Érase una vez un chico llamado… Ninguno, porque no me apetece pensar ningún nombre, que se despertó con unas ganas terribles de comer tomates. Así que salió de su bañera (sí, duerme en una bañera), se puso ropa estrambótica, caótica, atípica, insólita, mítica y demás, puso el sol en el cielo, se inventó una puerta y salió a la calle en busca de tal hortaliza.
Ninguno tenía un paso alegre, con mucho ritmo, e iba dedicando sonrisas a la gente. Al llegar a la esquina de su calle, la calle Inventada, se encontró con el viejo Falsílez.
- ¡Ninguno! ¡Qué sorpresa, muchacho!- dijo el anciano- ¿Dónde vas con esa marcha?
- ¡Buenos días, señor Falsílez!- contestó el joven- Pues verá, me dirijo a la tomatería, pues casualmente hoy he amanecido hambriento de rojo alimento.
- Aaaaaaahhhh, el tomate. Muchos piensan que es el fruto de una planta, y que es una hortaliza, y que es originario de las tierras altas de la costa occidental de Sudamérica. Pero en verdad, no es así como llegó el tomate hasta nosotros.
- ¿No? ¿Y cómo vino entonces?- Ninguno estaba atónito ante tal comentario.
- Pues veras, era yo aún un chaval joven e inocente- empezó a relatar el viejo-, cuando, estando un día en el campo de excursión con mis amigos, alguien, y no tú, escondió el sol, y puso sobre nuestras cabezas un algo gigantesco y oscuro, muy mecánico. Ese algo es lo que hoy se llama nave espacial. La nave espacial se plantó ante nosotros, y salió un humanoide enano con una cabeza roja enorme.
- ¿La cabeza era un tomate?- preguntó el joven, ansioso de conocer más.
- ¿Tomates? ¿De qué diantres estás hablando, chico? ¡Vete fuera de mi vista! ¡Y que sepas que será la última vez que te cuento cómo se lava la ropa en Neptuno!
Ninguno salió corriendo ante el repentino ataque de ira del señor Falsílez. “Ese hombre siempre se inventa historias muy raras”, pensó el joven. Para distraerse puso unas nubes en el cielo y prosiguió su camino a la tomatería.
Como era primavera, por ejemplo, unos pajarillos alegres le pusieron delante un cartel que decía: “Te quedan 4 pasos y medio para la tomatería”. Ninguno estaba nervioso, pues no todos los días uno hace realidad su sueño. Así que dio los 4 pasos y medio y alguien (yo, evidentemente), puso la tomatería ante sus ojos.
- ¡Los tengo fresquísimos, oiga!- anunciaba la tomatera.
- Pues póngame uno para cada día de la semana- pidió Ninguno.
- Pues ahí van, 9 tomates rojos para Ninguno. Por cierto, ¿sabes de dónde vienen los tomates?
- ¿Del espacio exterior?- preguntó el chaval, acordándose del principio de la historia de Falsílez, y pensando que en qué parte había empezado a desvariar el viejo.
- No, es mucho más fácil- explicó la tomatera-. Estos tomates existen porque tú crees en ellos. Si los tomates te molestasen, o no los quisieras, sería fácil pensar que no están ahí, aunque si estén para otras personas. El tomate quiere existir para ti, y tú lo aceptas y crees en él.
- ¿Y por qué no iba a hacerlo? Están ahí, puedo verlos, aunque no me apetezcan.
- Pues eso no me lo preguntes a mí, pregúntale a ella por qué no te cree, si estás ahí, y existes. Le molesta que existas y no te cree porque no quiere, no porque no le salga. Pobre tomate inexistente en su mente. Y deja de desvariar, que luego acabas escribiendo sobre tomates… Das pena.
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