jueves, 14 de junio de 2012

Llamadme Caín.


     Tiene gracia. Un nombre bíblico para mí. Más gracia tiene mi historia. Casualmente estoy paseando por el exilio, y hay un lugar parecido en el que los fortuitos hechos acontecieron. Imaginad una llanura, vacía, con el suelo grisáceo. Unas cuantas rocas y montañas. Típico, ¿verdad? Y... ¿qué hago en el exilio? No quiero ser encontrado. Es como si me hubiesen echado, pero me fui por decisión propia. Matas a un hombre, y ya te condenan. Ese hombre lo merecía.

     Era un desierto como este. Había una carretera, y unos postes de luz. ¿Qué pinto yo andando por ahí? Que más da... uno se pone a caminar y ya está. No hacía ni frío ni calor. No había viento. No era de día ni de noche. Era como si a la nada le hubiesen otorgado un paisaje. Y ahí estaba yo, supuestamente feliz, paseando...

- ¡Oiga!


     Escuché que alguien me llamaba. Era un tipejo algo desagradable. Vaya pintas tenía, se había dejado la elegancia debajo de las mantas, en el armario de su madre... si tenía madre, claro, porque yo le hubiese repudiado hasta el fin. Vaya pelos, vaya barbas...

- No quiero sus piojos, gracias -le contesté con amabilidad.
- Gracioso a la par que prejuicioso -y me miró mal.
- Con esas pintas de Jesucristo lo pones fácil... En fin, ¿puedo ayudarte en algo? Daría tu mano por que la respuesta fuese no.
- Pues verá, pese a las pintas, soy buena persona, y me dirijo a un pueblo de aquí al lado. Son bastante pobres y les llevo todo tipo de recursos. ¿Me ayudaría a llevarlos?
- No tengo la costumbre de ser buena persona, pero por un día haré una excepción, amable y generoso personajillo.


     El tipo sabía que le estaba ayudando de mala gana, pero lo que importaba era que lo estaba haciendo. Me estaba dejando la espalda llevando enormes cajas. El tío debía estar sudando con esa cazadora de cuero, seguramente falso, puesta. Lo cual explicaría su desagradable olor...

- Ya estamos llegando.
- Genial, puede que haya una peluquería abierta, te vendría bien.

     Pero no pude seguir insultándole. Un grupo de personas, seguramente sin olfato ni vista, fue corriendo a abrazarle y a darle las gracias. Yo he ido con él, y no he recibido ni una mirada. Por eso no suelo ser buena persona. Me empecé a ir.

- ¡Eh!, gracias por la ayuda, me llamo Abel -y me extendió la mano.
- Psé... Caín. Imagino que ya sabes cómo termina todo esto. Y aparta tu sucia mano.

     Era tarde ya, y estaba volviendo por donde había venido, cuando la mierda me llegó a la suela de los talones, literalmente.
- Anda que esperas, Caín.
- Supuse que estabas ocupado recibiendo halagos.
- Esa gente es idiota. Les tengo cuando quiero. Sé que haga lo que haga, un día volverán a mí, y todo porque les di lo que necesitaban. Lo que es el mundo...
- ¿Qué ganas con eso?
- Diversión. Reconocimiento. Me siento especial.
- ¿Sabes por qué yo soy especial? Porque no necesito a nadie que me lo haga ver.

     Y tal como suele suceder entre la gente que se llama así. Y porque yo soy el primero y Abel será el segundo. Y porque nunca nadie sabe el verdadero motivo, hasta que yo os lo he contado, maté a Abel. Simplemente me agaché y cogí una piedra y le golpeé la cabeza. Le tumbé, pero no le dejé inconsciente. Mejor, así sabría disfrutar del sabor de la punta de mis zapatos. Tan caros que hasta me daba pena que se manchasen con sangre de cerdo. Le pisé todas las partes del cuerpo que pude. Los crujidos de sus huesos eran la música que seguía, sólo fastidiada por los quejidos lastimeros del hombrecillo infecto.

- Llora, llora Abel. Porque ni tú, ni nadie podrá separarme de lo que tengo. De mi vida, de mi humanidad. Y dan igual todas las acciones que escojas hacer. Da igual que creas que lo sabes todo. Porque un día, y ese día ya ha llegado, alguien, y ese alguien soy yo, sabrá de qué vas. Y tu castigo es la sangre y la muerte. Porque nadie, salvo yo, es bueno para la gente, para ella, salvo yo, que en mi encanto tengo el no usarla y el no hacerle daño.

     Y así es amigos, Abel está bien muerto. No me lo agradezcáis, pues no sabéis lo que pasó. Yo por si acaso, huyo, y luego que escriban libros diciendo que yo soy el malo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario