Nunca cojo un taxi cuya matrícula
acabe en número par, y ese día no iba a ser menos. Así que me fui
a la acera izquierda, siempre la izquierda, y esperé a ver si
aparecía alguno que cumpliese esa condición. Tuvieron que pasar
tres coches hasta que apareció uno perfecto, acababa en siete. Lo
cogí y fui a trabajar. Llegaba cinco minutos antes, como siempre,
como me gusta, como necesito. Lo que pasó a continuación rompió mi
meticulosa y cuidada rutina. Se me acercó el jefe y me presentó a
la nueva becaria. Iba a trabajar conmigo. Se llamaba Diana, y tenía
un diente torcido. No me podía gustar si tenía un diente torcido,
pero lo hizo. Le di la mano, me sudaba. Empezaba bien. Pareció no
darse cuenta, y yo estaba deseando ir al baño a lavarme la mano que
ella había tocado, podía notar los gérmenes penetrando en mi piel.
-¿Me disculpáis? -pregunté cuando ya casi me estaba yendo.
Me lavé las manos dos veces, siempre hay que asegurar. Me
peiné las cejas y me quité una pestaña que tenía en la mejilla.
Mi camisa estaba perfectamente lisa. Cuando volví, Diana ya estaba
en su puesto de trabajo, trabajando con su diente torcido y su
cabello castaño cayendo como una cascada de chocolate sobre su blusa
blanca. Como era el primer día y no conocería a nadie, le dije que
si quería comer conmigo y así nos conocíamos, ya que íbamos a ser
compañeros. Se lo pedí por lo menos cuatro veces, aunque ella había
aceptado a la primera, pero siempre hay que asegurarse. Antes de
comer fui al baño a retocarme el pelo y las cejas. La comida fue
bien.
Fue tan bien, que ya han pasado cinco meses y estamos
saliendo. Ella ya se ha acostumbrado a mis pequeñas manías.
Recuerdo cuando subió a mi casa. Abrí y cerré la puerta tres veces
para asegurarme, ella mientras daba la luz del portal para no
quedarnos a oscuras. Encendí y apagué las luces de toda la casa
tres veces también. Las persianas estaban casi bajadas del todo,
dejaba sólo diez centímetros entre ella y el marco de la ventana.
No es que lo calcule con una regla, es que ya lo tengo calculado e
hice una señal con lápiz, por si un día tengo que borrarla y
hacerla otra vez. El caso es que allí estaba, le ofrecí una bebida
mientras ella se divertía con todo mi orden y perfeccionismo. Fue
difícil hacerlo. Mientras observaba su cuerpo desnudo, e imagino que
ella el mío, estaba preocupándome por tonterías. ¿había cerrado
bien la puerta? ¿funcionaban bien todas las bombillas? Pero allí
estaba, ese sexo tan perfecto y bonito. Me costó no ponerme
meticuloso con desordenar mucho la cama, pero una noche es una noche.
Y esa noche debió estar tan bien que repitió unas cuantas.
Ya han pasado un año y dos meses, y estamos viviendo juntos.
-¿Sabes? Creo que tu casa debe ser el lugar más seguro del
mundo.
-Las cerraduras no son una broma, cariño. Hay que
engrasarlas al menos dos veces al mes -contesté, no sé si medio
enserio o medio en broma, o las dos.
Por ella ya casi no me preocupaban muchas manías, pero había
adquirido otras nuevas. Debía observarla cada mañana al menos cinco
minutos, mientras dormía y el sol clareaba su pelo. Si no hacia eso,
algo me faltaba el resto del día. Como ella encontró otro trabajo
mejor que el de becaria, nos despedíamos antes de ir a trabajar. Le
daba doce besos por lo menos, y veinte si el día estaba nublado o
tenía que hacer horas extra. El amor también son pequeñas manías.
Pero mis pequeñas manías lo hacían tan grande... Me gustaba
hacerla feliz. El sexo ya no fue tan preocupante como al principio,
aprendí a apartar todas las cosas de mi cabeza y centrarme en ella,
en la miel, en sus pelos despeinados sobre mi mano, sobre nuestra
almohada blanca.
-¿Eres feliz conmigo? -pregunté un día, mientras estábamos
desnudos en la cama.
-Tanto como para encender y apagar todas las luces de la
ciudad, tres veces.
ATENCIÓN: AQUÍ ACABA EL FINAL FELIZ. SI QUIERES QUE LA HISTORIA TERMINE BIEN Y TE PAREZCA BONITA, NO SIGAS. EN CAMBIO, SI TE HA PARECIDO CORTO Y QUIERES CONTINUAR CON LA HISTORIA HACIA UN FINAL NO TAN BUENO, SIGUE LEYENDO.
Pero debe ser que se cansó de las luces, de los besos, y aprendió a mentirme. Un día me dijo que no podía más, que le cansaba esperar taxis a lo tonto por un estúpido número, que le dolía la cabeza con tanto encender y apagar las luces. Así que nos llegamos ni a los tres años y ya había desaparecido, y yo sigo buscándola para decirle adiós, para decirle que después de tocarla ya no me lavaba las manos, para decirle que los días de lluvia me faltan besos, para decirle que por las noches ya no enciendo ni apago las luces, sino que se quedan encendidas; que dejo las persianas más subidas; que dejo la puerta abierta, que hago todo eso por si quiere volver, que sea todo más fácil.
Creo que es la primera vez que me parece mas bonito el final no-bonito, el triste. Mis dies
ResponderEliminarDicen que primero hay que saber sufrir, para después amar, para después partir.
ResponderEliminarGrande, muy grande, como siempre.
A mi me gusta más el final triste, pero más realista.
ResponderEliminarBárbara.
Porque algunas veces la belleza no está en los finales felices.
ResponderEliminarBravo!