Salí de mi tienda al campo de batalla, había un sol radiante dándome los buenos días, con sorna, el muy hijo de puta. No había pájaros en el cielo, y era normal. Parecía que las nubes también habían huido asustadas de la inminente revuelta. Hoy no se esperaba batalla, sólo reconocimiento de la zona y rastreo de algún enemigo, si es que lo había. Todo estaba en silencio, de momento. Un silencio incómodo que ponía muy nervioso. Iba con un compañero por la zona norte, como en una especie de avanzadilla. Sólo nosotros dos. Yo era algo más mayor, y sabía que estas cosas no terminan bien, pero él todavía iba con la ilusión de un joven que se enamora por primera vez.
-¿Ves algo? -me preguntó, iba detrás de mí.
-Hay bastantes formaciones rocosas que nos permitirían parapetarnos bien. Además estamos en el punto más elevado de la zona, lo que nos puede dar ventaja sobre el enemigo. Acerquémonos más a esas piedras de allí -y señalé hacia un montón de rocas que había a unos 20 metros.
A medida que nos acercábamos, algo decía en mi interior que todo estaba muy tranquilo, demasiado. Es en esos momentos cuando se te pasan por la cabeza miles de situaciones horrorosas, de esas que sólo conoces porque ya las has vivido antes en una guerra. De esas que están húmedas de lágrimas y manchadas de sangre. Situaciones sordas donde sólo escuchas gritos y bombas. Pero esta guerra era peor, mucho peor que esas. Cuando llegamos a las rocas propuse descansar un poco y beber agua. Sabía a metal de la cantimplora, pero vista la situación, era de lo que menos te podías quejar.
-¡Mira! -gritó mi compañero señalando algo que se movía a bastante distancia. Parecía el enemigo. Si.
-¡Mierda! ¡Prepara el arma, corre! -y sonó un disparo. La figura que se movía cayó de golpe, detrás del muro de una casa destruida – Buena puntería. Voy a acercarme a ver, cúbreme.
Avancé con cautela, nervioso. El sudor me caía por la punta de la nariz, no sabía si del calor o de sentimientos encontrados en mi interior, tales como miedo, emoción, impaciencia. No parecía haber nadie más en la zona. Puede que el enemigo estuviera también de reconocimiento por la zona y no para presentar batalla. Ese era el problema, nosotros siempre estamos preparados y ellos no. Llegué al cuerpo. Sabíamos del enemigo que era inteligente y que en ocasiones había tenido más fuerza que nosotros mismos. Era un adversario digno de admirar, pero ahí estaba, tumbad...
-¡Mierda! -grité cuando de repente se dio la vuelta. Y luego ya lo de siempre. Un silbido.
Mientras cerraba los ojos, pude ver como el enemigo se iba, y yo quedaba en un profundo estado de dolor. Evidentemente lloraba, y notaba el pecho húmedo, pegajoso. Siempre saben donde dar. Escuché unos pasos que venían hacia mí. Esperaba que fuese mi compañero.
-¿Qué cojones...? -y se puso de rodillas a mi lado. Me cogió- Estás sangrando, mierda. ¿Qué ha pasado? ¿Qué tipo de herida es esta?
-La peor -pude decir yo entrecortadamente-. He...
-¿He... qué? ¡joder!
-He visto a la muerte. Es de cera, de cera... pero es hermosa -tosí algo de sangre sobre mi compañero-. Sí, lo es.
-¡Le has echado un par de cojones!
-Y su voz... me ha dicho...
-¿Qué te ha dicho? -preguntó el soldado mientras lloraba, gritaba y se manchaba de mi sangre.
-Que me quiere como amigo.
Y me abrazó y lloró por mí, sabiendo que en una batalla de ese calibre no había bala que doliese más que esas palabras y que tantas vidas se habían llevado por delante.
En realidad no fue para tanto ni tan exagerado, pero la vida es más vida si la dramatizas un poco.
No sé si habrás conseguido que se nos haga menos cuesta arriba el nuevo curso, pero si has conseguido que dejemos de pensar en ello unos minutos...... la próxima vez no te hagas tanto de rogar!!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarhttp://4lachicaenllamas.blogspot.com.es/2014/09/casualidades-de-la-vida-el-destino.html?m=1
ResponderEliminar