Era incómodo dormir en cubierta, pero
la brisa me despejaba. Parecía mentira que fuese un hombre de mar,
pero lo era. Ese mar que me mareaba me daba la vida. Así que cada
noche me subía a dormir allí, entre unos rollos de cuerda,
disfrutando de una clara noche. La luna brillaba bastante, pero no
llegaba a eclipsar a las estrellas. En conclusión, un conjunto de
perlas iluminaban el firmamento, sin una nube que amenazase. Me
estaba quedando dormido cuando escuché pasos sobre la madera. Su eco rompió el inmenso silencio de la respiración del agua. Pensé
que era raro, al vigía aún no le tocaba rotar su turno. Levanté la
cabeza.
-Te he amado tantísimo, que te sigo amando en el presente, y
dudo que este amor se fuese a terminar en el futuro -decía mi
capitán, Willem van der Decken. Pero... ¿con quién hablaba?-. Si
algo me separase de ti, no sabría de qué mástil colgarme, o en qué
mar hundir mi calavera. Te miro y me devuelves la mirada, me colocas
a la luna detrás, como si yo fuese el primero en tus oscuros y
profundos ojos.
Estaba asomado por la borda, como poseído. Pensé que se iba
a arrojar, así que me fui a levantar cuando noté que algo pasaba.
Un nubarrón gris oscuro tapó la luna, y la brisa se volvió
glacial, pero el capitán pareció no darse cuenta. Hubo un fogonazo
verde, después se mantuvo esa iluminación, tiñendo de verde todo la cubierta, coloreando el silencio, dándole un tono verde al vaho que de repente exhalaba. Confieso que me asusté
y me quedé donde estaba, entre cuerdas y aparejos. Otra voz habló,
pero no era una voz normal, sino cavernosa, profunda, diabólica.
-Así que un lobo de mar enamorado de...
-¡Calla! -espetó van der Decken, como si la presencia de
esa voz no le fuese ajena.-Sabes... si no se enterase “nuestro amigo”... yo podría hacer que fuese tuya... para siempre.
-¿Para siempre? ¿A cambio de qué?
-Para siempre, sin importar las adversidades. A cambio de algo que nunca necesitarás... ¿para qué quieres tu alma?
-Si no es con el alma, ¿con qué voy a amarla?
-¡Con esto! -gritó la voz, y la luz se hizo más intensa, tanto que dejé de mirar la escena y me guié por las sombras que se proyectaban en una de las velas. El capitán estaba de rodillas, y otra figura, la dueña de la voz, tenía en su mano... No podía ser. Me giré y contemplé la escena de refilón. La mano dueña de la voz, también era la dueña del corazón del capitán-. Cuídalo bien, guárdalo en este cofre.
-¿Y mi alma?
-Esa la guardaré yo... y no solo la tuya... -hubo una pausa. ¿A qué se refería?-, también la de tu tripulación.
Di un leve grito de asombro, lo justo para que la mano me señalase...
[…]
No tenía ganas de nada. Simplemente vagaba por la cubierta. En cambio miraba al capitán y sonreía. Nos decía a todos que el mayor tesoro se guardaba en cofres pequeños. Y siempre miraba al mar. Entonces se encerraba en su camarote. Una noche en la que no hacía nada, sólo existir, escuché voces.
-Te amo tanto, la amo tanto, y mientras esto esté aquí, el amor será para siempre, sin importar tempestades, heladas, insolaciones. Siempre.
¿Hablaba solo?
-Pero esas cosas importan, y estarán presentes.
-No... nada me podrá separar de ella -decía mi capitán, loco, chiflado, majareta. Se notaba que no tenía alma, la piel cerúlea, los ojos ojerosos y con bolsas, pero sonreía. Y yo no sabía distinguir una sonrisa de loco y una sonrisa de enamorado, aunque tal vez no haya diferencia.
-Serás castigado por la justicia divina -dijo la otra voz, calmada-. Sin embargo, yo creé a los hombres, y si amáis es por mí, y si hacéis locuras y pactos con el diablo por amor, supongo que puedo reprochármelo. Por tanto, te condeno a amar... para siempre. Nunca te separarás de tu amor... y no sólo tú... tampoco tu tripulación.
Fue sentencioso. Pero sin alma no pude sentir miedo, ¿o sí?
Y esto ocurrió hace ya muchos años. Desde entonces hemos vivido lejos de la tierra, junto al amor del capitán. Lejos de todo placer terrenal. Siendo la niebla que cubre el mar como el vestido que cubre al gran amor del capitán. Silenciosos. Me gusta advertir a otros de los horrores que pueden surgir de pasar tanto tiempo aquí. Muchos dicen que el mar es traicionero, pero yo digo que la mar, o te vuelve loco... o te enamora. Y cuando te enamora, sufren todos las consecuencias.
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