-En lo que entras y sales, te escribo un verso por cada pestaña -le dije guiñándole un ojo y sujetándole la puerta.
-¿Acaso has contado cuántas tengo?
-Una por cada suspiro que he dado al faltarme el aire cuando has parpadeado.
Cuando salió le regalé un poema infinito. Le gustó, supongo, porque quince minutos después estábamos hablando de mierdas en un Starbucks. Pagaba ella, por supuesto. Me contó que vivía por la zona de Huertas, yo le dije que tenía ganas de vivir, y vaya, no mucho después ya me estaba sobando la polla en el ascensor. No sé si pedí el café con caramelo o eran sus besos, pero me sabía a gloria. No hacía mucho calor, pero sus sábanas moradas estaban mejor en el suelo y nuestros cuerpos carnosos mejor en su colchón. Eso sí fue un buen poema, lo estuve escribiendo hasta que el lápiz no dio mucho más de sí. El sacapuntas ya estaba lleno así que tuve que hacer recitación oral. Fue todo muy limpio y muy guarro, pero esos eran los mejores. Cuando terminé me dejó ducharme en su casa, porque a mí se me había olvidado dónde vivía o si mi madre se seguía preocupando por mí. Le robé unas gafas de sol que hacían juego con mi sombra y me fui.
En mitad de la calle y con el sol que daba una farola, me puse a leer las frases que había en el suelo. Latino se acababa de suicidar en un balcón mientras unas golondrinas oscuras le picaban los ojos, no tuve misericordia de él y lo inmortalicé en una conversación con una chica que pasaba. Era un poco bohemia, pelo mal recogido y una rasta por ahí, libre como el amor que respiramos, aunque creo que era maría. Sus pantalones bombachos ocultaban un buen culo, o eso quise pensar. La tía iba tan colocada que me siguió el rollo. Me habló de su carrera, que no me acuerdo de cuál era, comentó algo sobre política, pero me dio bastante igual, me recomendó algunos autores que ni siquiera apunté, no tenía dinero para leer, y eso si que era injusticia, y no esas cosas de las que ella me hablaba.
-Yo vivo del cuento.
-¿Eres estafador o algo de eso? -me preguntó mientras salíamos de un chino con una litrona en la mano.
-No, de las letras. Escribo cuentos para que las niñas mayores se vayan a la cama.
-¿Y eso da dinero?
-Da amor.
Y vaya si lo daba. A las 4 de la madrugada me estaba dando el lote con una hippie más limpia de lo que esperaba. Quiso ir más lejos pero vivía con sus padres, y realmente su casa si que estaba lejos. A mí me daba igual hacerlo o no, pero cuando te las das de escritor tienes que saber borrar los versos que no riman y las enumeraciones muy largas. Le dije que no tenía casa porque era demasiado libre, y demasiado pobre. No importó, si algo tiene Madrid son políticos y callejones. Entre dos coches empezó la faena, pasaba la boca de la litrona a... bueno, ya sabéis. No me gustaba que fumase, porque le tenía que sujetar yo el cigarro con aliño y el humo me tapaba las estrellas. Luego pensé que aquí no había estrellas, así que me concentré en tocarle las tetas. Fui bajando hasta la zona húmeda, pero ninguno teníamos bañador. Ahí se quedó la cosa. No sé si nos despedimos. Yo tiré para Cibeles y ella... pues no sé, a luchar por una causa justa. Espero que se acuerde de los libros.
Estaba amaneciendo y había perdido la tarde anterior y la noche deshaciéndome en dos chicas. Nunca tengo tiempo para mí, pero bueno, así no la cago. La última vez que pensé mucho la jodí, y no joder en el sentido de las dos últimas veces que he jodido. Me senté en el Paseo del Prado y me rasqué los sobacos, era el mejor placer mañanero que pude tener. No tenía el cuerpo para muchas erecciones. O sí. Una morena pasó haciendo eses y con los tacones en la mano. Iba de negro a juego con mi personalidad.
-¿Dónde vas, morena? ¿No ves que te han cerrado las farolas y te han apagado los bares?
Intentó hablar, pero se potó encima y se tiró a mi lado. No me molestaba el olor a pota, ya me había acostumbrado, yo también lloraba mucho de vez en cuando. Cogí su bolso, entre compresas y maquillaje vi la cartera. Miré su dirección en el DNI. Vivía en Serrano, si la llevaba a cuestas lo mismo desayunaba algo dulce, y además me invitaría a café con tostadas.
Dárselas de escritor es agotador, pero menos sexo da no tener imaginación.
"Baudelaire, Bukowski y Oscar Wilde, todos juntos en un escritor de puta madre"
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