Entré en la comisaría con el ojo
morado y sangre cayendo por mi cara, manchando mi ropa. Unos cuantos
policías se levantaron para ayudarme. Me sentaron y me preguntaron
qué me había pasado. ¿Qué me había pasado? Aún estaba
asimilando el hecho de que una persona a la que has entregado tu vida
te paga así. Ojalá el alma doliese menos que los golpes.
–Quiero denunciar a mi pareja –dije al policía que sentó
delante de mí.
–¿Esto se lo ha hecho su pareja? –se sorprendió.–Sí, pasa a menudo.
–Está bien, ¿qué pasó? Cuénteme.
–No confía en mí. Hoy he llegado tarde del trabajo y quería saber por qué, quería leer mis mensajes, me quería quitar el móvil. Pero eso no es nada nuevo. Entonces me empezó a gritar. Reconozco que yo también levanté la voz. Me degradó. Me dijo que como no valía ni como ser humano, que era una cosa inútil y que estaba conmigo por pena, que nadie podría quererme, ni siquiera mi familia ni mis amigos, que ojalá me muriese –empecé a llorar.
–Tenga, tenga –y me alcanzó una caja de pañuelos. Vi que otros policías se habían acercado a escuchar la historia–. ¿Y cómo hemos llegado a los golpes?
–En plena discusión me empujó contra la pared. Yo le devolví el empujón y cayó al suelo. Me di la vuelta e hice ademán de irme, pero me tiró un cenicero. Me dio en la espalda. Yo levanté la mano, pero me vi incapaz de asestar un golpe, supongo que en el fondo, en mi fondo, hay amor aún. Luego mi pareja cogió una lampará y me tiró en la cabeza, de ahí la brecha. Yo tenía ya la cara llena de sangre, y escuchaba sus insultos, me llamaba gilipollas, imbécil, se cagaba en mi puta madre, me lanzaba golpes y puñetazos, uno de ellos me dio en el ojo. Me entró un ataque de furia y le devolví el puñetazo. Hubo tirones de pelo, arañazos, destrozamos una habitación entera, algunos vecinos ya estaban saliendo de sus casas. Le di con un espejo en la cabeza. No sé lo que pasó después con mi pareja, yo salí corriendo y vine hacia aquí.
–Supongo que querrá poner la denuncia, ¿no?
Dudé. Denunciar al amor de mi vida no era mi idea de felicidad, pero tampoco lo son los insultos, los golpes, las vejaciones... ¿Quién me garantizaría que todo iría a mejor después de la denuncia? Si no me han sabido querer bien ahora, ¿podrán hacerlo en el futuro? Volví a llorar. Tenía que salir de allí, denunciar sería lo mejor.
–Sí, quiero denunciar.
–Perfecto –cogió unos papeles–. Necesito sus datos, ¿Nombre y apellidos?
–Jesús Palma Ortiz.
–¿Los de su pareja?
–Eva Rivera López.
Se echa en falta algún poema más de aquel proyecto dedicado a "Ellas". Toda una delicia.
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