domingo, 5 de enero de 2020

El rey de los atunes


Despertar en una yurta junto a una luna
que no me ha dejado dormir.
No hay más fortuna que nadar entre las tumbas
de un cementerio y no terminar de morir.

Porque te vi acostada a mi lado y no me creo
que estuvieses aquí.
Teniendo ahí afuera todo un mundo,
lejos de mis barruntos,
y ahora sabes qué quieren decir.

Se me atascan en la garganta voces de sal y agua
que dan de respirar al rey de los atunes.
Pidió besos en las mañanas, lenguas enlazadas
y brazos para que me acunes.

Hasta que te vi llorar y hubo luces de colores,
drogas de todos los sabores
y te arrimaste más, sonabas a música sin compás.
Hasta que me hiciste llorar y hubo ruido de tambores,
harapos para vestir los dolores
y te arrimaste más, sonábamos a música celestial.

Las palabras fueron avispas y fue todo tan deprisa
que me caía sin querer.
Es enero en tus mejillas, primavera de mentira
y rompernos nos sienta tan bien.

Porque vi tu mano aquí agarrada y no me creo
que estuviese tan suave
después de acariciar ortigas,
de labrar en las heridas
desde que llegaste.

Hasta que te vi reír y hubo luces de colores,
drogas de todos tus sabores
y te arrimaste más, sobraban el mundo y los demás.
Hasta que me hiciste reír y hubo ruido de tambores,
bebidas que celebran los amores
y te arrimaste más, sonábamos a música celestial.

Y siguen en la garganta y con los besos se espantan,
el agua, la sal y el rey de los atunes.
Pero que encuentren otra causa, guerras que se ganan,
aunque a veces un abrazo me abrume.



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