Despertar
en una yurta junto a una luna
que
no me ha dejado dormir.
No
hay más fortuna que nadar entre las tumbas
de
un cementerio y no terminar de morir.
Porque
te vi acostada a mi lado y no me creo
que
estuvieses aquí.
Teniendo
ahí afuera todo un mundo,
lejos
de mis barruntos,
y
ahora sabes qué quieren decir.
Se
me atascan en la garganta voces de sal y agua
que
dan de respirar al rey de los atunes.
Pidió
besos en las mañanas, lenguas enlazadas
y
brazos para que me acunes.
Hasta
que te vi llorar y hubo luces de colores,
drogas
de todos los sabores
y
te arrimaste más, sonabas a música sin compás.
Hasta
que me hiciste llorar y hubo ruido de tambores,
harapos
para vestir los dolores
y
te arrimaste más, sonábamos a música celestial.
Las
palabras fueron avispas y fue todo tan deprisa
que
me caía sin querer.
Es
enero en tus mejillas, primavera de mentira
y
rompernos nos sienta tan bien.
Porque
vi tu mano aquí agarrada y no me creo
que
estuviese tan suave
después
de acariciar ortigas,
de
labrar en las heridas
desde
que llegaste.
Hasta
que te vi reír y hubo luces de colores,
drogas
de todos tus sabores
y
te arrimaste más, sobraban el mundo y los demás.
Hasta
que me hiciste reír y hubo ruido de tambores,
bebidas
que celebran los amores
y
te arrimaste más, sonábamos a música celestial.
Y
siguen en la garganta y con los besos se espantan,
el
agua, la sal y el rey de los atunes.
Pero
que encuentren otra causa, guerras que se ganan,
aunque
a veces un abrazo me abrume.

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