Sigo llevando los mismos ladrillos,
sin querer he construido el mismo sitio
y no sé cómo salir.
Solo hay papeles sobre el escritorio,
muchos están en blanco, debe ser premonitorio
y ya no sé qué escribir.
Como el fueguito de Laodomía y una estatua de bronce,
arraso con todo esta noche y lo de siempre de día:
nada nuevo, te he escrito los poemas de siempre
y siempre que los leo, ay, se me arruga la frente.
Como el destino de Casandra, créeme si te digo
que mis caballos son mitos que cabalgan por tu espalda
porque el lado vacío de la cama me ha vuelto a quitar el
sueño,
solo soy Egina tirada como si nada en mitad del Egeo.
Y me colgaré de los cables de Atenas
con un puñado de palomas negras
esperando que quieras volver.
Tendré la raíz del olivo por venas,
tú cuerpo será más mar y el mío seca arena
en esta isla que llevamos por piel.
He visto una flor pisada en el suelo después de la lluvia,
fuimos entonces Dánae y con furia hicimos lo mismo con un
beso
porque aquí de oro solo crisantemos y mojada solo la vida
en un desierto de recuerdos atardecente de una cárcel sin salida.
Escuché mi nombre en tu boca y es solo otra primavera
que, como un cisne a ver a Leda, se desboca,
como un corazón azabache que late sin bozal
como “Hija de prepotente padre” que en el ruido de espadas ve la libertad.
Y me colgaré de los cables de Atenas
con un puñado de palomas negras
esperando que quieras volver.
Tendré la raíz del olivo por venas,
tú cuerpo será más mar y el mío seca arena
en esta isla que llevamos por piel.

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