Al salir de su casa, en el portal, se encontró con su vecina Victoria, que tendría unos 18 o 19 años.
-Buenos días, señor Ignacio -le dijo.
-Buenos días, bonita -contestó el anciano. Pensó que eso sí era una jovencita normal y guapa, no como su nieta, que ahora iba con los pelos de color morado. Modas juveniles que nunca entendería.
En la calle hacía bastante frío. Fue a comprar el periódico al Quiosco de Mateo y de allí, a su banco preferido, en el parque. Decía lo de siempre, que el gobierno nos robaba y que nosotros lo único que hacíamos era leerlo en periódicos. Ignacio pasó esas páginas, a su edad ya no le interesaban esas cosas. Demasiado viejo para amar otra vez, demasiado viejo para luchar como siempre. Más desgracias en países del tercer mundo, niños muriéndose de hambre, SIDA y demás. También demasiado viejo para ayudar desde debajo de su boina y detrás de su bufanda. Críticas de películas sobre robots luchando, tíos millonarios rodeados de tetas, historias de amor... ninguna era para él. Ya no era un joven que podía fantasear con ser un héroe de película. Bastante le costaba fantasear con llegar a fin de mes con su pensión. Ese invierno estaba siendo demasiado deprimente.
Se puso de pie para seguir con el paseo. Antes, cuando su mujer estaba viva, iban los dos juntos a tirarles pan a las palomas. La echaba de menos, pero ahora estaba en un lugar mejor, donde sí se acordaría de lo que era una paloma y, tal vez, de quién era Ignacio. Sus hijos y nietos apenas iban a verle, seguramente le consideraban una carga. Intentaba no darle mucha importancia mientras caminaba por la calle comercial de su barrio. Las tiendas estaban abriendo. Una frutería regentada por indios, una panadería en manos de chinos, locutorios de hispanoamericanos... en realidad no le molestaba, no era racista, todo lo contrario, le gustaba ver tanta cultura distinta en su barrio. Cuando él era joven, esas cosas eran impensables. Incluso ahora conocía a algunos. Les saludaba, les compraba a unos el pan, a otros unos tomates para una ensalada... Ignacio parecía un buen hombre.
Entonces llegó a su destino. Iba a ese parque desde hace 5 meses. Era perfecto, aún haciendo frío era su rincón acogedor. Se apoyaba en un árbol y unos setos le tapaban hasta algo más arriba de la cintura. Estaba enfrente de un colegio, y el frío no impedía que Ignacio introdujese su mano en el bolsillo y se empezase a masturbar mientras veía a las chiquillas con uniforme. Esas falditas hacían que Ignacio se relamiese la comisura de los labios con lascivia y pensase que ojalá llegase la primavera para que esas chicas fuesen más ligeras de ropa, con la falda más corta y sin abrigos encima. Mientras lo hacía, miraba al cielo, esperando que su mujer siguiese sin acordarse de él y no pudiese observarle mientras hacía eso.
Esto sí que no me lo esperaba para nada,pero en la variedad está el gusto, me masmola.
ResponderEliminarMantente literario.
Jo-der. Cualquier psicologo te diria que tienes un trauma chungo jajaja pero es muy tu, muy idol, forma impecable y un contenido que no deja indifefente. #Ole.
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