domingo, 9 de noviembre de 2014

Desde que no estás [prosa].

     El cielo estaba de ese color, cuando no era de día, pero no era de noche. No era el naranja amanecer, sino más bien rosa o morado atardecer. Un largo camino se reía delante de mí. No sabía si el camino era solitario o lo era yo. Más bien lo segundo, porque allí estaban ellos. En las cunetas de ese lugar no había sólo un poeta muerto, con los mejores versos tallados en un olivo que nacía donde su cuerpo descansaba. No. Allí había miles de poetas muertos, amontonados en las cunetas, y cada uno con un árbol distinto. Había un ciprés, un almendro, un naranjo... y todos tallados. Pero entre tanto poeta muerto y tanto árbol vivo, estaba yo solo, decidido a caminar.

     No llevaba andando ni el canto de tres pájaros distintos cuando una figura se acercó a mí y rompió la soledad morada. O rosa. La anciana que daba forma definida a esa figura era... pues eso, realmente anciana. Vestía de negro, tal vez por un luto infinito a un joven amado que murió luchando por una bandera de bilis y sangre y que nunca contestó más cartas que las que llevaba ella en un bolso, negro también, colgando del brazo. En la mano izquierda llevaba un ramo de violetas. Me ofreció una, pero no la cogí. Sólo la miré y seguí andando. No la dejé muy atrás. Me estaba siguiendo, y a mí no me molestaba. Ella caminaba con las violetas extendidas hacia delante, como si ya hubiese pintado el cielo de atrás. Un enorme ruido nos paró en seco. Ante nosotros había caído una calabaza. Pese al gran golpe, no se había roto. La anciana y yo nos acercamos. ¿O se acercaba la calabaza? No se acercaba, sino que crecía, y crecía, haciendo la soledad más pequeña pero el rechazo más grande. Eché a correr. La anciana apenas podía huir de la sombra del zapallo, que era descomunal. Me hubiese gustado ayudarla, pero no la conocía de nada y prefería salvarme a mí. La cosa creció tanto que terminó de aplastar a la portadora de violetas. No se escuchó ningún grito ni queja.

     En mi continuo correr, no sé si de la calabaza o de la soledad, pisé algo y me escurrí. Desde el suelo lo vi. Vi todo. La creación, tu creación, el conocimiento, tu conocimiento, el amor, nuestro amor, imágenes del mundo, tus imágenes, el fin, nuestro fin. Todo pasaba ante mis ojos a una velocidad pasmosa. Todo eso que debía estar encerrado, ahora era libre y volaba ante mi como relámpagos de luz que duelen. Estaba claro, sin querer pisé un Aleph y había soltado al mundo en mi camino de la soledad, y ahora todos sabían todo, y yo sabía todo. Y aquí estaba todo, y estabas tú. Ahora tenía que huir del cosmos del zapallo y de todo el mundo, porque me gustaba mi soledad acogedora. La anciana no molestaba. Al ponerme de pie noté que tenía el brazo derecho roto. Gracias a “dios” o a quien fuere, era zurdo. Era y lo seguiré siendo.

     Sucedió que me cansé, pero seguí siendo hombre y solitario, igual que me cansé de ver dónde crecen los ríos sabiendo donde van a parar. Dejé que tus imágenes me alcanzasen y que todos los puntos del mundo finito e infinito lo vieran, porque así aprenderán que huir de un recuerdo es imposible, ni aunque te vayas a otro mundo. Y en un relámpago de imágenes te dije que desde que no estás, no termina de salir la luna, no termina de aparecer el sol, que el morado es un color muy triste, que no puedo escapar de la dulzura y que a veces me explota todo el mundo que tengo dentro. Te dije que desde que no estás, se me ha roto la literatura, pero que cuando esté en la cuneta de mi camino, quiera o no, tu nombre va a estar en mi árbol.  


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