El cielo estaba de ese color, cuando no
era de día, pero no era de noche. No era el naranja amanecer, sino
más bien rosa o morado atardecer. Un largo camino se reía delante
de mí. No sabía si el camino era solitario o lo era yo. Más bien
lo segundo, porque allí estaban ellos. En las cunetas de ese lugar
no había sólo un poeta muerto, con los mejores versos tallados en
un olivo que nacía donde su cuerpo descansaba. No. Allí había
miles de poetas muertos, amontonados en las cunetas, y cada uno con
un árbol distinto. Había un ciprés, un almendro, un naranjo... y
todos tallados. Pero entre tanto poeta muerto y tanto árbol vivo,
estaba yo solo, decidido a caminar.
No llevaba andando ni el canto de tres pájaros distintos
cuando una figura se acercó a mí y rompió la soledad morada. O
rosa. La anciana que daba forma definida a esa figura era... pues
eso, realmente anciana. Vestía de negro, tal vez por un luto
infinito a un joven amado que murió luchando por una bandera de
bilis y sangre y que nunca contestó más cartas que las que llevaba
ella en un bolso, negro también, colgando del brazo. En la mano
izquierda llevaba un ramo de violetas. Me ofreció una, pero no la
cogí. Sólo la miré y seguí andando. No la dejé muy atrás. Me
estaba siguiendo, y a mí no me molestaba. Ella caminaba con las
violetas extendidas hacia delante, como si ya hubiese pintado el
cielo de atrás. Un enorme ruido nos paró en seco. Ante nosotros
había caído una calabaza. Pese al gran golpe, no se había roto. La
anciana y yo nos acercamos. ¿O se acercaba la calabaza? No se
acercaba, sino que crecía, y crecía, haciendo la soledad más
pequeña pero el rechazo más grande. Eché a correr. La anciana
apenas podía huir de la sombra del zapallo, que era descomunal. Me
hubiese gustado ayudarla, pero no la conocía de nada y prefería
salvarme a mí. La cosa creció tanto que terminó de aplastar a la
portadora de violetas. No se escuchó ningún grito ni queja.
En mi continuo correr, no sé si de la calabaza o de la
soledad, pisé algo y me escurrí. Desde el suelo lo vi. Vi todo. La
creación, tu creación, el conocimiento, tu conocimiento, el amor,
nuestro amor, imágenes del mundo, tus imágenes, el fin, nuestro
fin. Todo pasaba ante mis ojos a una velocidad pasmosa. Todo eso que
debía estar encerrado, ahora era libre y volaba ante mi como
relámpagos de luz que duelen. Estaba claro, sin querer pisé un
Aleph y había soltado al mundo en mi camino de la soledad, y ahora
todos sabían todo, y yo sabía todo. Y aquí estaba todo, y estabas
tú. Ahora tenía que huir del cosmos del zapallo y de todo el mundo,
porque me gustaba mi soledad acogedora. La anciana no molestaba. Al
ponerme de pie noté que tenía el brazo derecho roto. Gracias a
“dios” o a quien fuere, era zurdo. Era y lo seguiré siendo.
Sucedió que me cansé, pero seguí siendo hombre y
solitario, igual que me cansé de ver dónde crecen los ríos sabiendo donde
van a parar. Dejé que tus imágenes me alcanzasen y que todos los
puntos del mundo finito e infinito lo vieran, porque así aprenderán
que huir de un recuerdo es imposible, ni aunque te vayas a otro
mundo. Y en un relámpago de imágenes te dije que desde que no
estás, no termina de salir la luna, no termina de aparecer el sol,
que el morado es un color muy triste, que no puedo escapar de la
dulzura y que a veces me explota todo el mundo que tengo dentro. Te
dije que desde que no estás, se me ha roto la literatura, pero que
cuando esté en la cuneta de mi camino, quiera o no, tu nombre va a
estar en mi árbol.
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