jueves, 5 de mayo de 2016

Historias

     Tenía tantos años como arrugas en la piel. Era mayor, sí, pero si le mirabas la cara, justo encima de las bolsas de sus ojos veías una mirada joven, oscura y radiante. Ojos que se cerraban de vez en cuando en siestas interminables en su sillón favorito. Pero ese día no había siesta, ese día tocaba cuidar a su nieto en quien reconocía la misma mirada que tenía él. Habían terminado de comer mientras veían “los dibujos amarillos esos” que decía el abuelo. Después, en su sillón, el anciano se lamía los labios secos y blanquecinos mientras el nieto correteaba.

     –Abuelo –dijo el niño sentándose en un brazo del sillón– ¿cómo conociste a la abuela?
     –Espera un momento...

     Se levantó y cogió del aparador un viejo álbum de fotos. Volvió a su sitio y lo abrió. Allí estaba ella. Su mujer murió hace dos años, pero a esa edad ya no la echaba tanto de menos porque sabía que estaba más cerca de verla que lejos. Estaba guapa incluso en blanco y negro.

     –La conocí antes de la guerra, vivíamos en la misma calle e íbamos al mismo colegio de pequeños, pero de esa época no tengo fotos. Mira... aquí, fuimos con otros amigos del barrio de vacaciones a Nerja. Todavía no era mi novia, pero yo ya la conocía. Era la más guapa de todas. Recuerdo que todos los chicos de la pandilla estaban coladitos por ella, y era normal. Tenía unos ojos que no tenían nada que envidiar al mar o al cielo. ¡Y mira, mira qué cuerpo! No mires así, eran los bañadores que se llevaban en la época. Al volver a Madrid le pedí una cita.
     –¿Y dónde fuisteis?
     –A ningún sitio especial, eso era lo de menos, lo importante es que estaba con ella. Mira qué rubia era. Y con el sol, mucho más. No la quise llevar al Parque del Retiro porque las flores se iban a poner celosas de su olor. Nos sentamos a tomar unos refrescos en una terraza. Era muy graciosa, tenía una risa cantarina que sonaba mejor que una pieza de música clásica, me podría morir recordando esa melodía; y no era para nada tímida, ya ella me cogía de la mano... ¡y qué mano! Era más suave que una nube.
     –¿Estabais muy enamorados, abuelo?
     –Mucho, mucho. Yo casi todos los días le regalaba una rosa y una carta, ella las tenía guardadas todas. Me acuerdo de muchas. Ella me contestaba, creo que tengo algún recorte de carta por aquí... sí, mira.

No sé si es miedo o esperanza
lo que tengo cada noche,
al girarme y sentir un roce,
y que aparezcas en mi cama.

     Claro, en esa época estaba muy mal visto dormir juntos si aún no estabas casado...
     –¿Y entonces os casasteis?
     –Bueno, pasaron muchas cosas entre medias, pero sí, me casé con tu abuela.

     El niño más o menos quedó satisfecho y se fue a seguir jugando. Al abuelo le empezaron a temblar las manos y se le humedecieron los ojos. Volvió a ver la foto del grupo en la playa. El amor de su vida se fue siendo joven, no dio tiempo a que el rubio se volviese blanco, ni a que las nubes de su piel creasen tormentas... nada. Un coche se la arrebató, pero la vida siguió.
     –Sí, me casé con tu abuela, que era la mejor amiga de mi rubia... –susurró mientras cerraba el álbum.          

  

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