–Va de puta madre.
–Sí, la verdad es que sí –dijo ella, aunque tampoco entendía mucho del tema.
–Toma, el móvil está conectado, pon la canción que quieras.
–Vale.
Se lo habían dado esa misma mañana y él estaba como loco por rodarlo. Estaban volviendo a casa después de estar todo el día de aquí para allá. Había anochecido y los faros nuevos alumbraban la carretera como tu sonrisa hacía lo mismo con la vida de quien se topaba con ella, pero eso era otra historia, u otra histeria.
–Hay que pasar por casa de mis padres, que me ha dicho mi madre que vaya a recoger unas cosas.
–Pues aparco en la puerta y subes en un momento.
–Joder, ¿no puedes subir y les saludas tú también? Son mis padres, no unos desconocidos...
–Ya, pero es que es tarde y quiero llegar a casa, y no quiero liarme a hablar con tu padre y tal.
–¿A casa? ¿para qué? ¿te vas a poner con la mierda de la consola hasta las 2 de la mañana? Que hemos quedado pronto para ir al campo con la bici.
–Bueno, pues eso, me apetece ir a casa a descansar. Si tus padres me caen bien, pero es que hablan mucho...
–¡La semana pasada comimos con tus padres y estuvimos toda la tarde!
–¡Joder! ¡Pues vale! Subo y saludo a tus padres, hostias...
–¡No! ¡Déjalo! Y mira a la carretera, que vaya volantazo has dado ahí detrás...
–A ver... me vas gritando...
–¿Ahora es culpa mía que tú seas gilipollas?
Él no contesto. Se quedaron en silencio unos minutos. La música seguía sonando y las farolas... las farolas estaban ahí, no todo tiene que tener un propósito estético en un relato, no todo es como tú. Olía a nuevo, a limpio y un poco a vergüenza y arrepentimiento. Sonó la canción. Él sonrió, y ella también.
–Lo siento. Voy a pasar a por unas cervezas y nos tomamos algo con tus padres, ¿te parece?
–Vale, voy a avisar, lo mismo tienen ellos algo para picar. Dame un beso, tonto.
–Idiota.
–Va bien el coche, sí. Y el color es muy bonito.
–Mira el techo, si toco aquí se puede ver el cielo.
–Hala.
Un golpe seco y un frenazo sonoro rompieron el silencio de la incipiente noche, como una alarma que avisaba de que había algunas cosas no iban a ser iguales la mañana siguiente. 15 años tenía el chico que les cayó justo en frente desde uno de los puentes que cortan las autopistas que rodean Madrid, como cortar las venas a la ciudad. 15 años y tal vez un solo motivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario