Eran
apenas dos "pelusos" bailando. El resto de pelotones
vitoreaba a su alrededor mientras ellos recorrían un círculo
invisible, dedicándose miradas y sonrisas. Pese a que le sudaban las
manos, la lanza, embotada para evitar daños innecesarios, no se le
escurría gracias a la ira de tela enrollada en ella. Sus ojos claros
resplandecían bajo el influjo de Helios, pero no tanto como la
sonrisa confiada de su oponente. En cierta manera, esa expresión
torcida mientras enseñaba los dientes níveos sobre una tez bastante
morena le resultaba atractiva. En cierta manera.
–¿No has llegado muy lejos, ilota? –dijo
mientras intentaba alcanzarle con la lanza, provocando un silbido en
el aire, ya que su rival la esquivó con agilidad.
–Mothakés,
si no te importa. Yo que tú cerraría la boca, el poder de tu
familia es inútil aquí... –y le dio con un costado de la punta de
la lanza en la mejilla izquierda.
–Al menos yo tengo
familia, esclavo... –y escupió sangre.
–Aquí solo tendrás
esto –sentenció el oponente mientras se agarraba los testículos.
–¡Basta!
¡Los dos! –gritó su irén.
Tiró la lanza y se
lanzó al cuello del ilota. Tenía un cuerpo fibroso, era más fuerte
y ágil que él, y el sudor no ayudaba a mantenerse agarrado, pero el
factor sorpresa le ayudó. Aún así, su oponente, que le sacaba diez
centímetros se deshizo de él con facilidad. Le tiró al suelo y le
dolió más el orgullo de que un esclavo haya conseguido derribar a
un Euripóntida que el golpe en sí. La gravilla le arañó la
espalda y las piernas. Seguramente tendría polvo dentro del
taparrabos. El resto de pelotones jaleaba a su rival, que le tendió
la mano para ayudarle a levantarse.
–Un hombre que
pierde la calma, pierde dos veces –le dijo.
Él no contestó y
simplemente le dedicó una mirada que indicaba que ya se tomaría la
revancha.
[…]
Si no fuese una
estatua, Artemisa habría bajado la mirada ante semejante vergüenza.
No le habían “educado” para eso. Se preguntó si había merecido
la pena el pan duro por todo lo que iba a soportar en esos momentos.
“Robar está mal, que te pillen, aún peor”, pensó mientras dos
compañeros le sujetaban, desnudo, frente al altar de la diosa.
–Vaya, vaya... el
“reyecito” no sabe comer si no se lo dan todo en la mano o se lo
sirve un esclavo –y le dio el primer latigazo con una fusta de
cuero marrón, algo gastada ya-
–Sí, es que tu
padre estaba ocupado limpiando la mierda de mis caballos –y apretó
los dientes y se tragó el dolor y el orgullo. Cerró tan fuerte los
puños que se hizo sangre en sus propias palmas.
El de Mesenia se fijó
en los hombros y en la ancha espalda del Euripóntida, alba con un
trueno de sangre en medio. La tormenta solo acababa de llegar.
[...]
Esa noche había
dormido mal, las cañas de su jergón estaban destrozadas. Los
primeros rayos del sol se reflejaban ya en el Eurotas cuando él
estaba ya cerca del lecho del río buscando nuevo material para su
lecho. La naturaleza se estaba despertando en todos los sentidos.
Olía a humedad, pero una humedad limpia, no a la humedad que le
embozaba en los barracones debido al sudor y otros efluvios
acumulados en el ambiente. Inspiró aire y crujió una rama. No le
dio tiempo a girarse cuando ya le habían agarrado por detrás.
–Siempre vigilado,
recuerda. –le dijo una voz que conocía bien desde hace años.
–Y siempre en
guardia –y le dio un codazo en las costillas a su asaltante, que le
soltó y resbaló sobre el barrizal que se acumulaba en la orilla del
río. –Mira, ahora estás más limpio.
–Y más guapo
–replicó con su sonrisa torcida y sus dientes blancos.
Le tendió la mano y
le ayudó a levantarse. Flexionó el bíceps e hizo fuerza con los
pectorales, gesto que no pasó desapercibido por el ilota.
–¿Has estado
entrenando, basilisco?
–Compruébalo,
esclavo.
El ilota se
lanzó sobre él y le mordió el lóbulo de la oreja derecha. Se
separaron y los ojos zarcos de uno se cruzaron con los azabaches del
otro. El eros
se apoderó de ambos, otra vez, como casi todas las mañanas desde
que ambos despertaron. Solo el Eurotas era testigo de la relación
carnal mientras el Taigeto miraba a lo lejos.
–¿Qué dirán los
grandiosos Euripóntidas si ven a uno de los suyos yacer con un
simple “esclavo”? –sonrió el ilota mientras le apartaba los
bucles rubios a su amante, pegados en la frente por el sudor y la
humedad.
–Nada comparado con
lo que te harán los tuyos, salvajes, por traicionar la causa de tu
revolución –y mordió el labio de su oponente.
–Llegado el
momento, te mataría, lo sabes.
–No, eres un hombre
libre. Morirás a mi lado, como un guerrero, como mi hermano. Esta
noche será la prueba.
La prueba era cazar
un grupo rebelde de ilotas que se habían sublevado en una plantación
de trigo cercana. No suponían un peligro en grupos pequeños, pero
en un gran número podrían causar grandes problemas en Laconia. La
prueba de esa noche supondrá volver a someterles y acallar los
posibles fuegos de una rebelión. Era un ritual, la Krypteia.
[…]
Le sabía la boca a
sangre. Estaba siendo más duro de lo que creía. “Estos ilotas
saben defenderse” pensó mientras escupía. Entre el tumulto de la
refriega buscaba su hermano, pero no lo veía. Solo esperaba que
siguiese siendo uno más de ellos. Un siervo le sorprendió saliendo
de entre la espesura de la noche, pero no le costó esquivarlo y
aprovechar la finta para derribarle de una patada en la espinilla.
Apenas se cruzaron sus miradas, la punta de la lanza del espartano
atravesó la garganta, provocando que borbotones de sangre brotasen
de la boca del ilota. Apenas sacó la lanza sintió un golpe en la
sien. Perdió el equilibrio y cayó al suelo, no se desmayó pero su
percepción era peor que si hubiese tomado tres jarrillas de vino sin
diluir, como hacían en los barracones. Pero en la noche, solo dos
cosas podrían relucir tanto: Selene, oculta para no ver las
desgracias y su sonrisa.
–¿Qué haces?
–Te dije que lo
haría.
–¡Pero eres un
hombre libre! –gritó mareado, intentando ponerse en pie.
–Y como tal, elijo
a los míos. Lo siento, hermano.
Esa última palabra,
la forma de decirla, le dolió más que la punta de la lanza
atravesando su vientre. Pero al mothakés también le sabía a
sangre ahora la boca. Porque también le dolió a él el último
beso.
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