Ahora que hace frío me acuerdo del verano. De las tardes locas de higueras, del Cabo de Gata, de una cueva en una isla, su subida y el sudor y los burros y las chicharras, de una danza silenciosa que no se baila y del arte que, si se guardase en las pupilas, mirarte crearía un museo en mis ojos. De iglesias agnósticas que, junto a ti, serían el único motivo por el que un ateo creyese en Dios; y demonios huérfanos de casas y abrazos. Pero, sobre todo, me acuerdo de las tardes en el Odeón de Florencia. No tanto del helado de pistacho, que los he comido mejores, ni de la lluvia de agosto por allí, que hay ciudades más bonitas bajo la lluvia, y no lo digo yo, lo dice Léa en la que era tu película favorita y que he visto dos veces y otras treinta sin ti.
Es el Odeón una librería que guarda todas las historias que puedan caber en todas las páginas de todos los libros de todos los géneros que pueden caber en una librería, y ninguna es la nuestra. Puedes ojear mientras huele a café y suenan los Doors (ya lo explicaré). Me hubiese pasado las tardes allí. Y lo hice.
Es el Odeón un teatro que tiene unas tablas que no he pisado, que he mirado, no he escuchado y no me han escuchado. Hay un sofá donde interpretar una obra en la que nos queremos y un piano por si me diese por tocar las canciones que te he escrito, que nunca han sonado, que no he cantado y nadie ha escuchado pero que he recitado, y ha(s/n) leído. Me hubiese pasado las tardes allí. Y lo hice.
Es el Odeón un cine, pues al fondo del escenario del teatro de la librería hay una pantalla. Y hay una segunda planta con butacas y un bar y puedes comer palomitas y beber refrescos mientras Emma Stone se vuelve mala y loca y la BSO de esa película es genial, con los Doors, Nina Simone, Queen y demás. Es un cine que cuenta historias tan apasionantes como la nuestra, pero con colores pastel en un ciclo de Wes Anderson, como nuestra fina ironía y ácido humor del diablo que viste de Prada. Y allí estaban ellos y estaba yo, porque me pasé las tardes enteras.
Tiene el Odeón sobre los libros sin nuestra historia, sobre el teatro sin nuestras palabras y sobre la pantalla sin nuestras caras unas palabras en italiano que no voy a reproducir, pero sí a traducir de la misma manera que se traduce el daño que te hice en perder las miradas como “Quien quiera ser feliz, lo sea: no hay certeza en el mañana”. Y vaya si fui feliz esas tardes en el Odeón, y no me cansé ninguna, porque de lo que a uno le gusta nunca se cansa, como de un café por la mañana, de una canción que te gusta, de un poema que relees o, por ejemplo, de ti. Pero, algo va mal cuando el café y los besos saben distintos de repente un domingo de verano (o invierno) por la mañana.
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