jueves, 3 de octubre de 2013

Peras y ciruelas.

     Hay una pobre chica. Pobre porque lo digo yo, que soy el escritor. ¿Os da pena? Bueno, ya decidiré a lo largo del relato si hago que sea feliz o no. Comencemos.

     Como nuestro amigo de plátanos y albaricoques, esta pobre chica quiere salir a dar un paseo. Me apetece que se vista con algo sencillito, le dejo elegir a ella, aunque esos calcetines negros y morados que tiene en la mano no me gustan. Esperemos que no se le vean. ¿Esa camiseta? Buah, en qué hora la he dejado escoger, pero bueno, aún así va mona la chica.

     -¡Qué día tan estupendo! Me encantan los otoños grises, en los que el ambiente está tan húmedo que aunque pises las hojas del suelo, no crujen porque están mojaditas. Menos mal que he cogido la rebeca –dijo al notar que hacía algo de fresco. Y no es cosa mía eh, recordad que es otoño y que le gusta.

     Se encuentra al salir de su casa con un gato negro, pero le hago no creer en las supersticiones, así que sigue contenta su paseo. El gato la empieza a seguir. A ella no le molesta.

     -¿Quieres que vayamos a pasear al acantilado? –le preguntó al gato. Supongo, y gracias a mí mismo, que deben estar en algún sitio del norte de España, nublado, campo, acantilados… No está mal. A ver cómo sigo.

     Cuando llegaron, en menos de una línea, el paisaje que se encontraron era precioso. El inmenso cielo gris se bebía el mar de color azul oscuro, casi negro. No había nada reflejado en el. Y ese silencio, increíble, sólo roto por el crujir de las olas contra las rocas del acantilado. Paseó nuestra amiga por el borde, tratando de no tropezarse con el gato que se metía jugueteando entre sus pies. Las gaviotas se escuchaban, pero no se veían. Ella sabía que había una especie de puerto pequeño por ahí cerca. O eso escribí. También escribí que tuviese hambre.

     -¡Qué hambre tengo señor gato! –dijo, dándome la razón.
     -Ahí hay una caseta, cerca del puerto, seguro que hay comida –dijo el gato.
     -¿Puedes hablar? –no sé de qué se asombraba tanto, esto es sólo ficción.
     -Y no sólo puedo hablar, sino que soy una representación del escritor, a partir de ahora hablaré por él. Dice que si queremos tomar algo, vayamos a la caseta.

     Seguí a la chica hasta la caseta. Estaba cerca del puerto, pero no tan cerca, no sé si me explico. Estaba como encima de una montañita, cerca de un faro. Espero que dejen entrar animales.

     Dejan, y menos mal porque la humedad me está matando.

     -Hola, ¿qué tienen para comer aquí? –preguntó la chica a la vieja tendera.
     -Pues verás, teníamos muchas cosas, especialidad en pescados, pero me ha dicho el gato ese que sólo tenemos peras fritas y ciruelas estofadas. Además, te contaré la vieja historia de los amantes del faro.
     -Venga una ciruela de esas –pidió la chica. Yo me senté a escuchar lo que iba a escribir que iba a decir la señora.
     -Toma –le alcanzó una ciruela, y a mí, aunque no pedí nada, me dio otra, qué asco-. Verás, hace un tiempo hubo una pareja, feliz como la que más. Se querían tanto, que él a ella le regaló un faro, faro de guía, alto, muy alto. Para iluminar todo el mar y que le hiciese ver la inmensidad de su amor. Ambos se instalaron allí. Allí, juntos, pasaron mucho tiempo, además de ayudar a todos los barcos que venían. Eran buenos tiempos.
     -¿Eran? –preguntó la chica. Mierda, al final me he ido a lo que me he ido. Empecé a mirar mal a la vieja y a la chica. Saqué mis uñas, por si acaso. No se dieron cuenta.
     -Sí, mira, asómate al puerto, y dime, ¿qué ves?

     Se levantó mi amiga de la silla y se dirigió a la ventana. Apartó la raída cortina y echó un vistazo. Sólo vio restos de barcos, y lo más sorprendente es que ninguno estaba en el puerto, sino dentro del mar, hechos pedazos, saliendo mástiles y tablones del agua, como alguien a medio enterrar con los brazos fuera. Como pidiendo auxilio. Como no queriendo hundirse en ese frío y solitario mar.

     -¿Qué pasó?
     -El faro se fundió…

     Mierda, me fui de la lengua. Mi lengua de lija. No tuve más remedio que lanzarme contra la señora y matarla a arañazos, que para eso era creación mía. La chica, asustada, salió corriendo hacia el acantilado. Corrí tras ella con mis cuatro patas. No tuve que correr mucho, simplemente escribir que se tropezase y cayese acantilado abajo, contra las rocas, entre restos de barcos. Me asomé y lo único que vi fue su brazo pidiendo socorro, no queriendo hundirse en ese frío y solitario mar.





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