Hay una pobre chica. Pobre porque lo digo yo, que soy el
escritor. ¿Os da pena? Bueno, ya decidiré a lo largo del relato si hago que sea
feliz o no. Comencemos.
Como nuestro
amigo de plátanos y albaricoques,
esta pobre chica quiere salir a dar un paseo. Me apetece que se vista con algo
sencillito, le dejo elegir a ella, aunque esos calcetines negros y morados que
tiene en la mano no me gustan. Esperemos que no se le vean. ¿Esa camiseta?
Buah, en qué hora la he dejado escoger, pero bueno, aún así va mona la chica.
-¡Qué día tan
estupendo! Me encantan los otoños grises, en los que el ambiente está tan
húmedo que aunque pises las hojas del suelo, no crujen porque están mojaditas.
Menos mal que he cogido la rebeca –dijo al notar que hacía algo de fresco. Y no
es cosa mía eh, recordad que es otoño y que le gusta.
Se encuentra al
salir de su casa con un gato negro, pero le hago no creer en las
supersticiones, así que sigue contenta su paseo. El gato la empieza a seguir. A
ella no le molesta.
-¿Quieres que
vayamos a pasear al acantilado? –le preguntó al gato. Supongo, y gracias a mí
mismo, que deben estar en algún sitio del norte de España, nublado, campo,
acantilados… No está mal. A ver cómo sigo.
Cuando llegaron,
en menos de una línea, el paisaje que se encontraron era precioso. El inmenso
cielo gris se bebía el mar de color azul oscuro, casi negro. No había nada
reflejado en el. Y ese silencio, increíble, sólo roto por el crujir de las olas
contra las rocas del acantilado. Paseó nuestra amiga por el borde, tratando de
no tropezarse con el gato que se metía jugueteando entre sus pies. Las gaviotas
se escuchaban, pero no se veían. Ella sabía que había una especie de puerto
pequeño por ahí cerca. O eso escribí. También escribí que tuviese hambre.
-¡Qué hambre
tengo señor gato! –dijo, dándome la razón.
-Ahí hay una
caseta, cerca del puerto, seguro que hay comida –dijo el gato.
-¿Puedes hablar?
–no sé de qué se asombraba tanto, esto es sólo ficción.
-Y no sólo puedo
hablar, sino que soy una representación del escritor, a partir de ahora hablaré
por él. Dice que si queremos tomar algo, vayamos a la caseta.
Seguí a la chica
hasta la caseta. Estaba cerca del puerto, pero no tan cerca, no sé si me
explico. Estaba como encima de una montañita, cerca de un faro. Espero que
dejen entrar animales.
Dejan, y menos
mal porque la humedad me está matando.
-Hola, ¿qué
tienen para comer aquí? –preguntó la chica a la vieja tendera.
-Pues verás,
teníamos muchas cosas, especialidad en pescados, pero me ha dicho el gato ese
que sólo tenemos peras fritas y ciruelas estofadas. Además, te contaré la vieja
historia de los amantes del faro.
-Venga una
ciruela de esas –pidió la chica. Yo me senté a escuchar lo que iba a escribir
que iba a decir la señora.
-Toma –le alcanzó
una ciruela, y a mí, aunque no pedí nada, me dio otra, qué asco-. Verás, hace
un tiempo hubo una pareja, feliz como la que más. Se querían tanto, que él a
ella le regaló un faro, faro de guía, alto, muy alto. Para iluminar todo el mar
y que le hiciese ver la inmensidad de su amor. Ambos se instalaron allí. Allí,
juntos, pasaron mucho tiempo, además de ayudar a todos los barcos que venían.
Eran buenos tiempos.
-¿Eran? –preguntó
la chica. Mierda, al final me he ido a lo que me he ido. Empecé a mirar mal a
la vieja y a la chica. Saqué mis uñas, por si acaso. No se dieron cuenta.
-Sí, mira,
asómate al puerto, y dime, ¿qué ves?
Se levantó mi
amiga de la silla y se dirigió a la ventana. Apartó la raída cortina y echó un
vistazo. Sólo vio restos de barcos, y lo más sorprendente es que ninguno estaba
en el puerto, sino dentro del mar, hechos pedazos, saliendo mástiles y tablones
del agua, como alguien a medio enterrar con los brazos fuera. Como pidiendo
auxilio. Como no queriendo hundirse en ese frío y solitario mar.
-¿Qué pasó?
-El faro se
fundió…
Mierda, me fui de
la lengua. Mi lengua de lija. No tuve más remedio que lanzarme contra la señora
y matarla a arañazos, que para eso era creación mía. La chica, asustada, salió
corriendo hacia el acantilado. Corrí tras ella con mis cuatro patas. No tuve
que correr mucho, simplemente escribir que se tropezase y cayese acantilado
abajo, contra las rocas, entre restos de barcos. Me asomé y lo único que vi fue
su brazo pidiendo socorro, no queriendo hundirse en ese frío y solitario mar.
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