Estaba bien atada a la cama. No opuso
resistencia. También le vendé los ojos. Estaba nerviosa, pero
confiada. Se mordía el labio inferior. La empecé a masturbar. Abrí
otro de los cajones y saqué un cuchillo. Ella preguntó qué estaba
haciendo, pero todo era una sorpresa. Introduje el mango del cuchillo
en su coño y lo moví para darla placer. Tuve cuidado de no cortarme
a mi. Entre gritos ella preguntaba qué era aquello. Lo saqué y lo
apoyé contra su vientre.
-¿Tiene algo de metal? ¿Qué
es?
-Nada, un cuchillo.
-¿Estás loco? -y ahora si forcejeó.
-Un poco. Tranquila -me giré y sonreí a la cámara-. Cambiamos
de extremo.
Esta vez le metí la parte de acero por el coño. Quiero decir,
que se lo rajé a la muy puta. Ella gritaba, pero no como antes, sino
de dolor. Mientras yo movía el cuchillo y todas las sábanas se
llenaban de sangre. El cuchillo estaba muy afilado y su piel era
tierna, así que era fácil cortar, y más cuando la raja principal
ya estaba hecha. Ahora era yo el que gritaba y reía. Y me mordía el
labio de abajo. Ella sólo gritaba que parase, y hasta lloraba.
-¡Cállate puta! ¡Luego el que tiene que limpiar esta
mierda soy yo! -y hundí el cuchillo todo lo que pude. Me serené y
miré a la cámara-. Ya volveremos a la parte de abajo más adelante,
o no -y sonreí
Desaparecí un momento de la habitación y volví. Traía un
cutter. La chica estaba sollozando y diciendo cosas que nadie sería
capaz de entender. Pedí que se tranquilizase y sequé las lágrimas
que caían por debajo del pañuelo. Sin pensármelo, lamí el filo
del cutter, y acto seguido le rebané el pezón derecho.
-Hay que darle sabor -dije, y me fui a la cocina.
Volví con un limón cortado por la mitad, y puse una de las
mitades donde antes había estado el pezón. Delicioso. Hice lo mismo
con el pezón izquierdo. Intenté sofocar su escozor besándola.
Estaba salada, imagino que por las lágrimas. Estábamos empapados en
sangre, tumbados en una cama. ¿Podía existir algo mejor? Mi erguí
y miré a la cama. Sonreí y me empecé a masturbar mientras
manoseaba ese cuerpo húmedo y sangrante. Terminé. Le quité la
venda. La puta estaba más pálida que antes.
-¿Que tal? -pregunté.
-Por... favor.. déjame... por fa... - casi no podía ni
hablar.Eso era tan triste que tenía que ayudarla. La saqué el cuchillo del coño y lo lamí. Después le abrí la boca y agarré su lengua. Estaba tan resbaladiza que era casi imposible sujetarla. Pero pude, y con el cuchillo le rebané la lengua. Volví a la cocina a por algo de vinagre, por si la chica tenía sed. Estaba disfrutando como un enano, y mis risas ante las cámaras sólo eran sobrepasadas por los gritos de dolor de la chica, que ahora ya apenas articulaba algo. Solo esputaba sangre y vinagre. Tenía aún un cuerpo entero a mi disposición, y tenía que aprovechar antes de que muriese, o dejaría de ser divertido. Fui al salón (por cierto, era un placer andar desnudo por la casa), y cogí dos cuencos. En uno eché sal y en el otro cola. Cogí una caja de agujas, y una por una las fui sumergiendo en el cuenco de la cola y luego las pasaba por la sal, como si de rebozar se tratase. Iba con cuidado porque no quería manchar mi preciada mesita de centro de salón.
-Traigo una sorpresita para ti, monada -y enseñé a las cámaras las agujas saladas. Ella no podía hablar, se limitó a girar la cabeza, sin ver, hacia el lugar donde sonó mi voz. Claramente estaba asustada.
Le fui clavando las agujas donde me apetecía, como entre las uñas y los dedos, en las mejillas, atravesando las rodajas de limón de los pechos, en las ingles... donde yo pensaba que le iban a doler. El dolor es salud. Las dos últimas fueron a parar a los ojos a través de la venda de seda. La sangre empezó a salir por debajo, corriendo por su cara. Me sorprendió que la chica no gritase, sino que simplemente sollozaba. Era una fémina fuerte.
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