Está que quiere y no puede salir. Pero está. Noto cómo me está arañando en alguna parte de mi interior. Se ahoga y no puede respirar. No le sirve el oxígeno que inhalo, no le sirve el humo, porque es el humo lo que quiere salir, y mi cuerpo no aguantaría otro pequeño corte sangrante que lo libere. No lo aguantaría. Me tiro en el sillón, con el vacío delante, buscando una ventana para poder mirar algo de fuera, pero estoy que quiero y no puedo salir. Encerrado dentro de mí mismo. Arañar las paredes me haría más daño a mí que a ellas. Encima de ninguna mesa hay un vaso tan transparente que puede que esté vacío. Por si acaso bebo lo que pueda o no pueda haber. ¿Y si eso me inspirase? No lo creo. Mis pantalones vaqueros favoritos están rotos, pero llevo botines nuevos, negros, relucientes, a juego con la camiseta que llevo. Y la barba, la odio, no deja de crecer, quiere y puede salir. Esto es todo lo que tengo, y no me parece para nada interesante, pero escribir por escribir se está convirtiendo en un mal hábito, y es lo único que me preocupa, mientras afuera la gente se mata, se ríe, se pega, se folla, fuman, beben, saltan, bailan, como si estar vivos fuese la hostia, algo bueno. Y puede que lo sea cuando ellos son mayoría y yo estoy aquí sentado, mirando el espejo como si fuese una ventana.
Hoy tampoco sale. Creo. No, no sale, y quiere. Doy una patada a la mesa y el vaso se vuelca sobre los papeles vacíos. Me chorrea el pelo en una cruel metáfora. Si tuviese una vieja máquina de escribir estas cosas no me pasarían, eh Hank.
-Deja de hacerte el interesante y sal fuera a matar, a reír, a pegar, a follar, a fumar, a beber, a saltar, a bailar. Vive y deja de estar tan muerto. Quieres y puedes salir.
Y Hank se quedó detrás del espejo (¿o era una ventana?). Yo no le hice caso y seguí mojándome.

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