Como todos los días, no tenía nada que hacer. Dejé la cafetera trabajando mientras me daba una ducha. No sé cuánto tiempo estuve allí. Hay dos tipos de duchas, las que son contigo y las que sirven para pensar. Salí y me dolía la cabeza. Odiaba la televisión a esas horas, las noticias no cuentan cosas importantes porque aún no ha pasado nada. Me senté delante del ordenador dispuesto a que el amanecer fuese mi hora inspiradora para escribir. Puse la taza de café a mi izquierda, en ella se podía leer “Si echo humo, estoy trabajando”. El humo me recordó a ti, no sé por qué, porque tú no te evaporas. Pero podía empezar a escribir por ahí. El humo me recordó a ti, y digo recordó porque es lo que queda después del incendio que fuiste.
No le veía futuro. Seguí embobado mirando el humo. Miré el teléfono. Aún tenía tu número guardado, y era en mañanas como esas en las que me apetecía llamarte, pensando en que podían pasar dos cosas, que me dijesen que te habías muerto o que me dijeses que estabas bien. No sabía cuál era la mejor opción. Di vueltas por mi cabeza intentando descubrirlo y te llamé. En cuanto dio señal colgué, acojonado. Mierda. Ahora verías la llamada, y la devolverás. Tiré el móvil en un cajón. Lo mejor sería explicarte todo a la cara. Me vestí y salí de casa. Dejé el café entero, echando humo.
Seguía siendo pronto. Llegué a tu puerta y llamé. Podrías estar durmiendo, abrirme y cagarte en mis muertos, o podrías estar preparándote para irte a trabajar, y te cagarías en mis muertos igual. Sea como fuere, no acababa bien para mí. Abriste la puerta.
–¿Qué hay para desayunar?
–Me cago en tus muertos, gilipollas.
Estaba más pálida de lo habitual, sus ojeras eran encantadoras y el camisón blanco era horrendo. Noté su aliento apestoso y el pelo tenía tantos nudos como tuve yo en la garganta cada vez que me decía “Te quiero”. Me la hubiese tirado ahí mismo, en la puerta de su casa, si no me la hubiese cerrado en las narices. Volví a llamar y abrió la puerta para dejarme entrar, pero no dijo nada. Tal vez el frío y la lluvia de fuera tuvieran algo que ver.
–¿Qué quieres?
–¿Querer? ¿Es que dos personas que han compartido tanto no pueden seguir en contacto después de que se termine lo que tanto han compartido? ¿Firmamos algo así?
–Por desgracia, no.
–¿Echas de menos algo? –pregunté mientras me dejaba caer sobre su sofá.
–Pues sí, lo tranquila que estaba hace cinco minutos.
–Sé un modo para que te relajes.
–¿Es lo único que echas tú de menos?
–Lo echo todo de menos. Todo contigo era como el sexo, menos el sexo, eso era amor. Y ahora es cuando me doy cuenta de que lo que era como el sexo, también era amor. O sea, que no tuvimos sexo, porque desde el primer momento contigo ya supe que todo iba a ser amor.
–Y lo que tenías con las demás, ¿qué era?
–Un tremendo desamor.
Me levanté y fui hacia ella, que estaba callada.
–¿Aún me quieres? –le pregunté cogiendo su cara.
–Sí. Vete.
No me tomé ni un café caliente.
Con entradas así quitas todo el mérito a los Strokes
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