martes, 5 de abril de 2016

Así se hacen los cuervos

     Llegaba tarde. No sabía dónde iba, pero llegaría tarde. Sacó su reloj de bolsillo y marcaba más de las 25:00. Era tan tarde que se había salido del tiempo. Volvió a guardar el reloj, dejando fuera la cadena. A simple vista parecía una cadena de plata, pero no era sino puro cristal, que le recordaba siempre la fragilidad del tiempo. En el otro bolsillo llevaba dos margaritas con pétalos infinitos por si nunca se decide a querer a nadie. Sacó una y apuró el paso mientras la deshojaba, pero no terminó de arrancar ni cinco pétalos cuando un graznido sonó encima de él, que no encima suya, no porque un adverbio no deba ir con un posesivo, sino porque el espacio no era suyo. El cuervo le adelantó y fue dejando un rastro de plumas negras.

     –Lo mismo es un fénix pardo –dijo.
     –¿Con quién hablas?

     Eso digo yo, si estaba solo. Siguió el rastro de plumas mientras las recogía. Eran más negras que sus ojos. Podía sembrar nubes grises con ellas, seguro. Así se hacían las nubes. No se había dado cuenta del paisaje que le rodeaba, pero estaba caminando junto a un playa. En lugar de arena, las olas iban a morir a un campo salado de orquídeas y violetas. El cuervo se había posado en una estatua de una diosa de la que ya se ha hablado antes. En su azul pudo ver todo lo que se ha callado. Cuando el cuervo le vio, echó a volar también a la vez que graznó otra vez. Y otra vez todo lleno de plumas negras. El cierzo que sopló le envolvió con ellas, no podía ver nada, así que echó a correr a ciegas hasta que se dio con un ciprés en la cara.

     –Ya he llegado.

     No se levantó, se quedó tumbado intentando mirar al cielo, pero sólo veía copas de árboles, repletas de vino unas, de ginebra otras, y las había también con ron. Vaya piratas los árboles. El chocar de sus ramas hacían del silencio algo tranquilizador y no supo si era lluvia o que se volcaba el contenido de las copas, pero algo en estado líquido cayó sobre él. Las plumas se le quedaban pegadas, tan pegadas que dolían. Se las intentaba quitar pero le arañaban la piel como un tren arañó el paisaje a lo lejos y le dio de fumar a la luna, que empezaba a salir. Gritaba. Consiguió quitarse unas cuantas. Estaba tan ensangrentado que pensó en morirse, ya nada más podía hacer...

     Las plumas con sangre empezaron a brillar cuando salió el sol, tan rápido que ya eran más de las 33:75, como si el tiempo se hubiese ido a la mierda con el tren, las olas y sólo le estuviese esperando la estatua. Las plumas se empezaron a deshacer y de ellas salieron cuervos pequeños. Dos de ellos volaron haciendo un corazón en el aire, ya que allí eran más libres que un sentimiento. Llegó lo que los separó, la vida. Uno de ellos se fue por la izquierda y otro por la derecha.

     Un ornitólogo muy orgulloso de su red con hilos rojos del destino paseaba también por esos parajes sin señas. Escuchó graznar un cuervo y lo atrapó con ella. Vio en los ojos negros del cuervo todo lo que se había callado. Lo enmarcó en un marco verde.

     –No le han salido las cosas a derechas.

     El otro cuervo cuervo siguió volando libre. El viento le despeinaba las plumas, incluso se las arrancaba. Vio abajo cómo un chico con unas margaritas las recogía.

     –Se ha levantado con el pie izquierdo.  


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