lunes, 25 de abril de 2016

No es un día perfecto

      –Vamos, despierta ya –dije dándole un pequeño empujón. Ella se giró y me dejó ver su culo entre las sábanas.
     –Así es imposible soñar.
     –¿De qué te sirve soñar dormida si no estás despierta para ver cómo tus sueños se pueden hacer realidad?

     Se volvió a girar y me sonrió. Me hubiese gustado decir que hacía sol y que un bonito día se dejaba ver al otro lado de la ventana, pero no. Estaba nublado, había grandes posibilidades de que lloviese, y entonces me di cuenta de cómo puede afectar eso al estado de ánimo. Me miró desde la cama, sus ojos hacían juego con el cielo, el cielo con mi corazón. Me gustaría poder llevarle el desayuno a la cama, pero bastante que tengo una cama a donde poder traerla a ella. La besé sin importar el aliento. Olía a descanso. Intenté acariciar su cabello como si fuese un gesto romántico, pero se acababa de despertar, sólo conseguí que mis dedos se enredasen en los nudos de su pelo, y no me importó, era una manera más de atraparme.

     –Me gustas tanto y te sé querer tan poco...
     –Pues debe ser que yo te quiero mucho, porque no me gustas nada y aquí estoy –me dijo casi susurrando, buscando mi cuello. Mi cuello que se alejaba de ella. Me levanté.
     –Espero que para desayunar te apetezca cerveza. También tengo macarrones congelados.
     –Ve a la ducha, ahora voy yo y luego te invito a desayunar.
     –Mierda –sonreí–. Soy tan pobre de dinero que sólo tengo amor.

     Me quité los calzoncillos por el camino y me metí en la ducha. El agua salió helada al principio, cuando ya estaba caliente, y el agua también, la llamé. No venía. Grité más alto, pero el agua se llevó mi voz por el desagüe. Por fin apareció, llorando. No me dijo nada, se metió en la ducha y me abrazó. Las lágrimas se perdieron.

     –¿Qué pasa?
     –¿Has pensado lo raro que es el hecho de que la vida sea tan corta, y la muerte sea para siempre?
     –Como si nos cansásemos de vivir algún día.

     La besé y gran parte del agua que había en sus labios estaba salada.

     –Hank ha muerto.
     –Mierda.

     Follamos en la ducha en su honor. Salí y me senté desnudo delante de mi máquina de escribir, pero más que palabras me salían entrañas. Ella salió minutos después, no se vistió y se volvió a meter en la cama. Era 9 de marzo, desayuné cerveza con amargura. No escribí nada, así que me vestí y salí. Lo último que dije fue “no tardo”. Sonó un gemido que interpreté como un sí. Fui a caminar por la playa. Había conchas y botellas rotas. El mar estaba más en calma que el cielo. Estaba tan nublado y estaba tan triste que pensé que vivía en blanco y negro. Le vi sentado en la orilla, mojándose el culo.

     –Dicen que has muerto.
     –Y sin embargo, el que no siente nada eres tú. Yo estoy con el agua al culo, pero tú estás con el agua al cuello.

     Se puso de pie y se metió en el mar. Yo volví al piso. No hay que despedir a alguien que tenía tantas ganas de irse.

     –Hueles a salitre.
     –Yo también te quiero.

     Y follamos en su honor. Ella puso las olas y yo la espuma.

     O quizás no, y es que me había resbalado en la ducha y todo era producto del agua metiéndose por mi nariz y mi inconsciencia.            

   

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