La gravilla crujió bajo las ruedas del
monovolumen familiar. Apenas había apagado el motor, Charo ya se
había bajado del coche. “¡Qué asco de humedad! Ya estoy
pegajosa... ¡Vamos niños, despertad y salid del coche, que ya
estamos en la playa!”. Los niños habían hecho la mayor parte del
viaje dormidos. Salieron pronto, sobre las 6, para no coger atasco.
No lo habían pillado. Mientras Marcos y Cristian se despertaban,
aprovechó para mirarse en el retrovisor. La frente sudada, entradas
más que incipientes... y menos mal que ahí no se notaba la
coronilla ya cada vez más despejada. “Los cincuenta están aquí
al lado, macho”. Despegó la espalda empapada de sudor del asiento
y él también bajó. Sacó las maletas (las regalaban con los
cupones de un periódico, buena oferta) y fueron al apartamento que
había alquilado para una semana en Santa Pola.
–¡Hala! Tiene piscina –dijo Cristian, el pequeño, al
entrar en la urbanización.
–¡Pero a la piscina puedes ir en Madrid! ¡Aquí a la
playa! Vamos a desayunar y nos bajamos a bañarnos –le dijo Charo.Ya llevaba él solo las maletas. Ya las subía él. “No se parece mucho al de las fotos, nos han engañado” escuchó decir a su mujer al entrar y recibir el olor a cerrado en la cara. Un apartamento blanco, dos habitaciones, un baño, una cocina, terraza con su mesa y sus sillas, una tele antigua... “Joder, y qué más da, si serán todos iguales. Vaya semana.” Bajó a buscar un mercado cerca para comprar algo para desayunar mientras su mujer organizaba las cosas. “¡Coge solo algo para el desayuno, que hoy es el primer día y comemos por ahí! ¡Y cómprame el Pronto para leerlo en la playa! ¿Metiste los manguitos del niño en la maleta? Seguro que no, cógele unos en algún chino o lo que sea.” Vacaciones, lo llamaban.
Cola Cao y TostaRica para todos. Se pusieron el bañador y bajaron. Aún había bastante hueco en la playa. Clavó la sombrilla y Charo colocaba un par de tumbonas. Llevaba un bañador negro, un sombrero de paja y un pareo de flores. Antes de sentarse se lo quitó, dejando ver los muslos. Se mantenía bien. Estaba bien que después de tantos años su mujer le siguiese atrayendo sexualmente, a ver si esas vacaciones podía hacer algo con ella o tenía que seguir con las pajas furtivas en el baño. Se le notaban los 20 minutos de fitness en el gimnasio del barrio y la media hora de después en la cafetería de enfrente con sus amigas. Se echó crema y sacó la revista.
–Mira, ya se van estos a Mallorca, ¡qué monas las niñas! Es lo que nos ha faltado a nosotros siempre, una niña, ¿verdad?
–Sí, tan guapa que hubiese sido... –“los cojones”, pensó. “Una niña, para que cuando fuese adolescente hubiese tenido que estar preocupado para que no se fuese con el primer gilipollas en moto que pasase...” “¿Y qué mierdas me importa a mí que la Familia Real se vaya a Mallorca? Estarán cansados de currar, no te jode.”– Pásame la crema, Charito.
–¡Niños! ¡No os metáis muy pa' lo hondo! A ver si esta tarde les compramos una pelota o unas palas, para que jueguen aquí.
–Sí, cariño.
Empezó a torrarse al sol mientras observaba el panorama. Vaya con las chicas. Sería la edad, pero le ponían todas. Iban con bikinis que apenas les tapaban, con tangas, hacían topless para que no se quedasen marcas... Las gafas de sol estilo aviador que le regalaron sus compañeros de trabajo ocultaban su mirada casi lasciva. “Joder, soy lo peor” y miró a su Charito, enfrascada en la última gilipollez de nosequé tertuliana. Vacaciones... ¿de qué? Si se ha traído lo que tenía en casa pero a la playa. Lo mismo pero más mojado. ¿Y la felicidad? ¿Cómo sabía si eso era la felicidad si no tenía nada con qué compararlo? Una carcajada de su mujer le sacó de sus pensamientos. “¡Uy la Yoli! Mira, mira lo que ha pasado por el grupo de madres, ¡jajajaja!” Y le enseñó un chiste, un meme de esos que llaman, que ya había visto mil veces en Facebook, pero sonrió igualmente. “¡Vaya tía!”. Cogió él también el móvil. Solo un mensaje de Whatsapp que decía: “Pásalo bien, hijoputa, ya nos contarás”. No creía que le fuesen a echar mucho de menos en el curro. Vio las noticias, últimos fichajes de su equipo y compartió en su muro un vídeo viral sobre los beneficios de la siesta, algo que solo podía ocurrir en España.
–¡Ay! Voy al agua, que me meo, échale un ojo a las cosas. ¡Marcos, Cristian, ya va mamá a bañarse! Mira, viene un negrito, cómprale una cerveza o algo, que tengo sed.
–Sí, cariño.
Se dobló hacia un lado, todo lo que su barriga no muy fondona le permitió, para sacar la cartera del bolsito color arena del Coronel Tapioca. “Hace mucho que no veo tiendas de estas, ¿habrán quebrado? En el centro comercial del barrio había una, el bolsito me lleva durando más de diez años, aunque las cremalleras ya no cierran. Ya me compraré una de piel en el paseo esta noche”.
–Cerveza, “migo”. Fría, cerveza.
–Dame un par, anda.
–Sí, dos euros, “migo”. Cerveza fría.
“De puta madre, esto en un chiringuito de esos son seis pavos por lo menos, vaya negocio tienen montado”, pensó mientras abría la lata. “¿No tendrá calor el negro? Va con ropa oscura y toda larga, madre mía, estarán acostumbrados, si es que viven en el desierto, y para venir aquí, a saber, si es que... cómo está el mundo, cómo lo pasarán allí para venir aquí, que tampoco están tan bien”. Y bebió un sorbo, acababa de pagar dos euros por dos latas de Steinburg del Mercadona. Después de las chicas, eso fue la segunda mejor cosa del día. “Está el agua estupenda, vete a bañarte con los niños, anda” escuchó como una voz lejana. Automáticamente dejó la cerveza y se fue con ellos.
“Mira cómo nado, papá” y se tiraba Marcos en plancha, como si al darle el agua en el pecho ostentase la talasocracia de la zona. El pelito rubio se le aplastó contra la frente y casi le tapaba los ojos. Cristian chapoteaba en la orilla con sus manguitos de la Patrulla Canina, pero se metió más cuando vio a su padre, en busca de la seguridad de sus brazos. Se remojó un poco y salieron todos del agua. Al salir, unas cuantas conchas blancas se le clavaron en los pies. Fue a su sombrilla, comprada en el Alcampo hace tres años y con el color rojo desgastado. Una gota que se cayó de la lata se resbalaba por el canalillo algo arrugado de Charo. Ella se dio cuenta, y se dio cuenta también de que su marido lo había visto. Le sonrió y se la quitó. Podía tener suerte esa noche. “¡Papá, quiero un polo!” “Yo quiero un flash”. Y fue, y esta vez sí tuvo que ir a un puesto de la playa. Esta vez fue más caro, casi tres euros. “Su puta madre, vaya negocio”.
–He visto antes al lado del apartamento un buffet libre, podemos comer ahí –dijo Charo cuando se volvió a sentar a su vera.
–Sí, cariño.
Y cerró un momento los ojos. Vacaciones, “¿de qué?”
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