sábado, 27 de julio de 2019
La prostitución del Cabo Sounion
Qué rabia no llorar y quiero,
este quebranto lo aprendí de tu vuelo
que amansa las lenguas saladas,
tranquilas se olvidaron de que volveremos.
El ansia de no morirse y gritar,
ni las perdices picotearon mi llorar
que reposa bajo un cielo rosa,
no encontré sosiego pero tú, sí paz.
Mudan las horas en minutos y ves,
el sol ya ha puesto el vinoso ponto a tus pies,
que plácidos descansan sabiéndose en su casa,
yo solo buscaba quietud y la encontré al revés.
Qué angustia este cavilar y no quiero,
las preguntas me arremeten por tu miedo:
a qué vino eso de ceñirnos,
buscaba tierra en medio y me encontré tu cuerpo.
Las ganas de no desaparecer y pensar,
rodeado del gentío y su estruendoso murmullar
que se eleva en un cielo de brevas,
solo encontré la hartura de verte llegar.
Quise de esos segundos, horas, y ves,
la luna nos clavó la noche y te arrullé,
los párpados cosidos, tu cuello ya abatido,
no quería contemplarte y naufragué.
Y qué diría el poeta que maldijo a Atenea
que vio en tu abrazo la rebeldía,
que sintió en mi pecho la alegría
de desvivir una vez más,
¿acaso no vio Egeo que este era el mejor lugar?
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