jueves, 12 de septiembre de 2019

Lo que se ve desde aquí


     Degollaron a la cabra y cuando cayó al suelo de golpe, el sonido del cuerpo inerte resonó por la cueva. Un hombre rajó la panza del animal y rebuscó el hígado. “Qué raro, no es día 7”, pensé. Sacó el órgano de un color rojo brillante, sano. La Pitia lo aceptaría. Un olor como a azufre empezó a emanar de las grietas del suelo junto a unos vapores que me hicieron empezar a sudar. La mano del tipo me empujó la espalda, haciendo que la camisa se me pegara debido al sudor.

     –Al aditon –me dijo.

     Pasé por delante del ónfalos, una roca con forma de medio huevo enorme, y entré en el habitáculo que no era más que una estancia aparte de la propia cueva, donde el olor a huevo podrido era más intenso aún. Una mujer cuyo rostro no veía se sentó en un trípode. No abrí la boca para nada porque nada quería saber. Solo quería irme porque no entendía nada, empezaba a marearme por el calor y el olor y estaba a varios kilómetros de donde debería estar. Intenté caminar hacia la salida cuando la Pitia habló.

Aedo, aspiras a lo mismo que las águilas,
pero en esta guerra el cielo te queda lejos.
Tus versos solo hacen que la diosa
resguarde los glaucos ojos bajo el casco,
el pecho intransitable tras la égida
y nada tienen que hacer contra la sabiduría.
Si buscas tu paz, prepárate para su guerra.

     Desperté bajo el cuadro de un trirreme. La supuesta madera de la habitación me abrasó los ojos. Fuera estaba todo nevado, pero el día era claro. Miré por la ventana, Delfos era imposible de ver, pero lo que sí se podía ver desde aquí era el cruce de montañas donde debería estar aproximadamente. No sabía que hora era, hace ya que me pediste tiempo y desde entonces he perdido el mío y el que pueda
tener no me importaba. Tragué la poca saliva que tenía en la boca y fui a lavarme la cara.

     Me senté en los pies de la cama a pensar, pero el ruido de mi cabeza no me dejaba hacerlo con claridad. Se enzarzó la mente con tus pasos, y el rugido del estómago entró en una discusión que ya se sabía ganada por el apetito. Un tapiz enfrente de la cama con unas grecas azules bajo un fondo rojo hizo que mis ojos se perdieran por un segundo, pero me puse en pie y salí. Salí de la habitación, salí del hotel, intenté salir de tu vida y fui a buscar un sitio para comer algo en el pueblo. “Το Πιθάρι” me dijo un tipo con bigote y boina señalando una cuesta hacia abajo. Bajé con cuidado intentando no resbalarme con la nieve y el hielo, bastante ridiculez llevaba mi vida encima.

     El calor hogareño del restaurante me reconfortó. Olía a alguna carne asada, no sabía lo que era, pero tenía que comer eso. Pedí como pude en inglés y me trajeron un trozo de lo que parecía cordero con patatas fritas y un poco de ensalada en un plato enorme. También unos hojaldres rellenos de queso que no había pedido, pero como buen turista que era dejé que me la colaran y me los comí. No sé cuánto llevaba sin comer(te). “Kόκκινο κρασί” era otra de las pocas cosas que sabía decir. Y pedí bastante. “Menos mal que el hotel es todo cuesta arriba”.

     Salí repleto, pero aún era pronto, supuse, para volver al hotel. No iba tampoco (muy) borracho, así que hice lo que se hace cuando estás de vacaciones solo y sin nadie que organice nada: pasear. Entré en una tienda de souvenires y me llevé imanes para mi familia, una baraja de cartas algo erótica para un amigo, comida y bebida para las demás personas y bebida para mí. También entré en el mercado del pueblo para aprovisionarme, que tampoco tenía tanto dinero como para comer a diario en restaurantes, y el del hotel no era barato precisamente.

     Volví a la cafetería con vistas a tomarme un café solo muy caliente, deporte nacional de la zona y me dispuse a hacer eso para lo que había venido. Saqué una libreta y un bolígrafo. Miré las montañas nevadas, miré el pueblo de postal, miré la hoja en blanco y pensé: “Esto te hubiese encantado”, y escribí en el papel:

     Ojalá te olvide pronto para hacer del recuerdo algo disfrutable.






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