jueves, 5 de septiembre de 2019

Invierno en Arájova


     –¿Primera vez que viaja a Arájova? –chapurreó en español el conductor que me llevaba desde Atenas a la localidad.
     –He pasado por aquí un par de veces al ir a Delfos, poco más.

     Habían pasado ya las siete de la tarde, era prácticamente de noche y hacía frío. El chófer me dijo que seguramente habría nevada esa misma noche. Era mi primera vez en Grecia en invierno y también era la primera vez que iba solo. No llevaba a nadie a mi lado al pasar por la lambda en la cual Edipo mató a su padre, nadie contempló conmigo el Parnaso, al que siempre había visto desnudo, con nieve en la cumbre. Arájova era idílico, como un pueblo de montaña ideal para vacaciones en pareja o en familia, y yo lo disfrutaría solo.

     Reconocí la calle principal antes de que el coche subiese por unas callejuelas a la parte más alta del lugar, donde estaba situado el hotel en el que me alojaría. Era rústico, no muy grande, más bien acogedor y el calor me caló enseguida, y menos mal, pues nada más estacionar el coche, empezaron a caer los primeros copos de nieve. “Καλή νύχτα”, me dijo una recepcionista vestida de azul, labios rosas, dientes blancos, ojos verdes y pelo negro. Contesté en inglés para seguir la conversación, porque mi nivel de griego era más bien nulo. Mi habitación estaba en la segunda planta, aunque tampoco había más, y me dijo que podía ir a cenar algo al bar-restaurante del propio hotel, ya que con la nieve empezando a caer no era muy recomendable salir.

     La habitación parecía sacada del Great Northern Hotel, de Twin Peaks, con una madera muy vistosa y decoración rural. Una cama de matrimonio enorme que se haría más enorme si en algún momento tu recuerdo me atormentaba como lo hacía la nieve contra la ventana. El cuarto de baño era pequeño y algo antiguo, con un retrete de los que no tragan papel, aunque eso era muy común en tierra helena. Me senté en la cama a pensar si de verdad quería estar allí solo, sabiendo que ibas a estar tú más en mi mente que el propio disfrute. Te echaba de menos. Te imaginé ya deshaciendo la maleta y colocando todo, organizando lo que podíamos hacer durante los siguientes cinco días y diciéndome que busque yo algo o que fuese a pedir la clave del WiFi. Como antes. Así que dejé la maleta hecha, tiré el móvil encima de la cama y bajé al bar.

     El bar tenía la misma decoración que la habitación, aunque estaba más oscuro. Había una familia en una mesa, una pareja en otra y dos tipos en la barra, conmigo tres, y uno de ellos era mi conductor, que supuse que pasaría allí la noche porque conducir con lo que caía era peligroso. Pedí una Mythos para abrir el apetito antes de la cena.

     –¿Trabajo? –me preguntó el chófer. No tenía ganas de hablar, pero seguro que era la única persona que hablaba un poco idioma y no le iba a hacer el feo.
     –A medias, también un poco de placer y otro poco de tortura.

     Mi interlocutor se echó a reír y siguió bebiendo, y yo también, pero sin reír, como siempre, que últimamente siempre es diciembre. El hilo musical era horrible y casi prefería que alguno de los niños de la familia berrease o gritase para no tener que escuchar esa música sin alma.

     –¿A qué te dedicas? –preguntó pasados unos minutos.
     –No sé, escritor, supongo.

     Entonces cruzó unas palabras en griego con el otro tipo que debió escuchar el camarero. Yo no entendía nada. El de detrás de la barra se me acercó y me dijo: “Ah... μεράκι, μεράκι”, y casualmente yo conocía esa palabra, y sonreí, fue una sonrisa de las que te empañan los ojos y te llenan un poco de orgullo y pensé que ojalá estuvieses ahí para verlo, para verme, o para decir que la cerveza no sabe igual que en verano.

     Me fui a una mesa para cenar. Ensalada, dos souvlakis de pollo y vino de retsina. La mesa era un mundo sin fin, con un horizonte vacío que solo una persona como tú podría haberlo llenado y entendido por qué era tan especial pasar un invierno ahí, mientras la nieve caía y hacía viento fuera, y estarías deseando que saliese el sol al día siguiente para ver las vistas de día.

     No quise postre, pero si me subí una botellita de ouzo y unos cacahuetes a la habitación. Y no, no sabe igual que en verano. Faltaban batallitas de teatro, faltaba tu risa y la luna en una azotea viendo el Partenón al fondo, pero estando allí quise descubrir el encanto de Grecia en invierno para escribirlo, aunque me lo tuviese que inventar. Tal vez así me echarías un poco de menos. No me lavé los dientes y con el regusto dulce del ouzo en los labios me dormí sin tener que abrazar o besar a nadie antes.

     El cielo amaneció blanco, y mi sorpresa fue que desde mi ventana había una panorámica poliédrica espectacular de las montañas nevadas. Lo sé porque se me olvidó cerrar las cortinas. Tuve la vaga esperanza de que salieses del baño y mirases por ella, mientras te hacía una foto desde la cama, de que hiciésemos el amor antes de bajar a desayunar, de ducharnos juntos, pero lo único bueno que pude sacar de esa ducha fue que el agua casi hirviendo me sentó de maravilla.

     No me quedé a desayunar en el hotel, quise explorar el pueblo con luz, desayunar en una cafetería de Arájova, comprobar si había puntos desde los que ver Delfos y el mar, aunque estaba bastante nublado para ello. Me senté en un café con vistas a un mirador en el que a pesar de solo ver montañas blancas, sin más, podía afirmar que era precioso. Pedí un café solo no muy bueno y un bollo de mantequilla algo mejor. Saqué el móvil e inconscientemente busqué alguna foto tuya. Lo guardé y salí fuera. El mirador empedrado estaba limitado por una barandilla negra cuya parte de arriba estaba cubierta por la nieve. Lo agarré tenso. La bufanda verde ocultaba mi sonrisa amarga y estaba seguro de que si lloraba se me iban a congelar las lágrimas en la cara. La gente que iba a la estación de esquí pasaba de largo por detrás de mí y me dejaba tan solo como ya lo han hecho antes. Pese al frío, las señoras del pueblo, de negro, se sentaban en las puertas de sus casitas y en muchas tiendas turísticas de alrededor ya estaban poniendo la decoración navideña.

     Una mano se apoyó en mi hombro.

     –¿Es que está muerta?
     –¿Y si lo estoy yo?



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