martes, 22 de octubre de 2019

Sabor, saber


     No sabía cómo podía estar vivo a estas alturas de la película (o de su vida). Llovía y no sabía si olía a humedad o era el insufrible hedor de alguien que dentro de poco iba a ser irrelevante para algunas personas. “Como todo, como todos” pensó. Llovía, y afuera también y no encontró mejor momento para hacerlo. Se echó un vistazo en un espejo con una esquina rota. Si lo había roto él, entendía tanta mala suerte; si no lo había roto él, se la estaba llevando igualmente. Tenía en la mirada un infinito que solo conocen los que sí que han llegado a su fondo. Un negro mate, sin brillo ni ilusión le devolvía la mirada. Torció el gesto. “Si esperas cambios, no van a venir aquí, mirándome”. Esperaba que pasase algo, pero no sabía el qué. Se alejó del espejo, pues el tipo que estaba viendo allí le estaba dando lástima. La sacó. “Sería horrible que el último sabor que tuvieses en la boca sea el del metal y no el suyo”. “¿Y en la cabeza? Pero eso a veces no sale bien, y es una visión horrorosa”. Fue a un aparador de madera que había en la sala de estar, abrió el segundo cajón y cogió una saca púrpura que tenía de no sabía qué, pero allí estaba. Se la puso en la cabeza y no sabía qué le iba a matar antes, si el disparo o la asfixia. El sabor a que te falte algo y tener la boca seca tampoco era agradable. Se la quitó y respiró frío. Con los pulmones helados pensó fríamente “hoy no”.

     Quería quitarse esa pesadumbre de encima. Salió a la calle y las hojas, mojadas, no crujían bajo sus pies. Miró hacia arriba y mientras la fina cortina de lluvia le cerraba los ojos pensó que a partir de ahora solo iba a tener pensamientos positivos sobre lo que se encontrase. Pasó cerca de un coche y un gato salió corriendo, o intentándolo. Cojeaba, estaba mojado y tenía un ojo rojo y lleno de legañas. No tenía muy buena pinta. Era blanco con manchas marrones. Del coche fue directo a la boca de una alcantarilla donde en ese momento desembocaba un riachuelo de agua gris de lluvia y que hacía que el gato no se atreviese a entrar. Los dos solos se miraron. Maulló y él se acercó. “Sé positivo, sería mucha mala suerte que te pegase una puta enfermedad”. Lo consiguió coger y el gato apenas puso resistencia. Era martes y el veterinario estaría abierto.

     –¿Qué le pasa a este pequeñín?– dijo una mujer con bata blanca cuando entró. Tanta pared blanca le dolía en los ojos. Los fluorescentes no ayudaban y el tono agudo repelente de esa veterinaria le volaba los sesos, como si no lo hubiese intentado.
     –Me lo he encontrado así bajo la lluvia...
     –¿Tienes pensado quedártelo?
     –Sí, claro– “los cojones, si no sé ni cuidarme a mí mismo, qué voy a hacer con una criatura a mi cargo”, pero ya era tarde y estaba rellenando una ficha con sus datos. –También cojea un poco, no sé qué será.
     –Tranquilo, mi ayudante se encarga.

     Si no hubiese sido como era él, se hubiese fijado en la joven. Media melena castaña caía como un pequeño mar de chocolate que iba a morir en sus hombros. Llevaba también una bata blanca y un pijama verde algo más oscuro que sus ojos. Para no fijarse en ella se quedó bien con esos detalles. La chica sonrió y los labios, muy finos, desaparecieron por un instante.

     –¿Qué le pasa a este peludito? –preguntó mientras se lo llevaba.
     –Usted puede esperar aquí un momento, intentaremos no tardar.
     –¿Le importa si voy mientras al cajero de enfrente?

     Antes de que pudiese contestar, salió de la tienda. Se encendió un cigarro y el sabor a nicotina le llenó la boca y los pulmones. “¿Qué cojones acabo de hacer?”. Pero tal vez ese era el cambio que necesitaba. “La gente a veces espera grandes cambios, un viaje de locura, dejar un trabajo, casarse o tener hijos, yo... tengo un gato”. Sonrió un poco mientras iba al cajero. Iba pensando nombres. “Metal está bien, prácticamente es lo único que casi desayuno esta mañana, o púrrrrpura” y se rió de su chiste. Metió la tarjeta en el cajero, no sabía cuánto podía costar el veterinario, así que sacó 300 euros. “Espero que sea suficiente. Le podría llamar otoño. Otoño está bien”. Se dio la vuelta mientras guardaba el dinero.

     –Los trescientos euros, ahora– ni siquiera vio al tipo, solo vio una navaja apuntándole.
     –Oye, espera, tranquilo...
     –¡Que me los des, hostias!

     Le supo la boca a metal. A óxido más bien. Se apoyó contra la pared mientras se agarraba el vientre. El tipo se largaba con su cartera. Apenas le vio, solo la navaja. La sangre le salía por la boca mientras intentaba no toser, pero sabía que ese sabor que le llenaba la boca no traía nada bueno. Echó la cabeza hacia atrás y, si fuese una película, la cámara se alejaría hacia el cielo mientras la sangre pierde color al ser diluida con el agua de la lluvia. No dejaba de llover, las nubes grises reclamaban lo que era suyo por propio derecho en otoño. La acera gris dejaría de serlo, aunque fuese un poco.






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