No sabía qué había hecho mi compañero de celda, pero era un buen tipo. Seguro que no era un violador o un hombre de esos que toquetean a los niños, esos están en otro módulo para evitar que el restos de presos les den palizas. Si mi compañero de celda fuese uno de esos yo mismo le metería la pata de la cama por su hediondo y jodido culo. Pero no, no lo era, era un buen tipo, aunque era una bondad extraña, curiosa y desconcertante, algo deprimente, como si tuviese que ser bueno porque no sabe hacer otra cosa, aunque ahí estaba, en la celda conmigo. Era una bondad salida del alma, pero su alma parecía haber sido llevada por todo su cuerpo utilizando un rastrillo oxidado.
Había bastante que hacer allí durante el día como para no aburrirte, siempre y cuando quisieras aprovechar bien el tiempo. Biblioteca, cursos para estudiar, gimnasio... Me llamaba la atención un curso de repostería, pero el resto de presos decidió que a ese curso solo iban los “maricas”, y no es porque me lo llamasen, sino por lo que les hacían a los “maricas”... no era plato de buen gusto, así que me olvidé de hacer bollos. Tampoco podías esperar algo bueno de aquel agujero. A mí me gustaba ir al gimnasio y, nada más terminar, echarme un cigarro. Mi compañero, el buen tipo, se dedicaba a escribir.
–¿Y para quién escribes? –le pregunté la primera vez que le vi hacerlo.
–Para mi chica. Diablos, sí que la echo de menos –me contestó mientras bajaba la cabeza y el pelo negro azabache le ocultaba parte de la cara. Era un tipo atractivo, de piel morena y los dientes bastante blancos, los ojos muy oscuros pero brillaban como un charco de barro reflejando el sol que sale después de la lluvia. Algo delgado, pero atractivo, no me extrañaba que tuviese novia.
–¿Cómo es ella? Cuéntame, va –dije mientras me liaba un cigarrillo.
–Maravillosa. Es rubia, con media melena, ojos de color miel, y no es casualidad, porque tiene los labios rosas y dulces... algo blanca de piel, y de cuerpo delgada, algo desgarbada, la verdad, pero bueno... Diablos, la echo de menos de verdad.
–Seguro que es guapísima, ¿y qué le escribes en esas cartas?
–Simplemente que me acuerdo de ella. Durante la semana apenas nos veíamos, ¿sabes? Pero llegaba el viernes y salíamos a cenar, el sábado al cine... en invierno podíamos estar en casa metidos debajo de una manta, ya sabes, follando... bueno, haciendo el amor, por muy cursi que suene...
–Bah, tranquilo, está bien.
–Y con la primavera y verano, pues ir a parques a tumbarnos en el césped, vaya aroma, se mezclaba la vainilla de su pelo con los rosales, como... un arco iris para la nariz, ¿sabes? La echo de menos, y se lo digo. Echo de menos hacer cosas con ella, aquí apenas salgo de este cubículo.
–Eres un buen tipo. ¿Y qué te contesta ella?
–Nada, no se las envío.
–¿Qué cojones? Vaya puta mierda, ¿por qué?
–Me odiará, supongo. No solo escribo para ella, en parte escribo para mí, para no olvidarme de que hay un motivo fundamental para hacer las cosas bien, para no olvidarme de ella. No sé ni si me estará esperando, pero joder, espero que sí. La echo de menos de verdad. Llevo aquí dos meses y este sitio puede volver loco a cualquiera que se deje arrastrar por ese agujero donde meamos, el goteo por las noches, los golpes, las palizas en el patio, los sollozos de los que de verdad creen que son inocentes... te vuelve loco. Una vez a la semana nos escribo, así no me olvido. Cuando salga, si me ha perdonado, se las daré.
–Eres un buen tipo, seguro que lo hará... ten –y le ofrecí un cigarro.
Así pasaban los días, y conseguí que algún día viniese conmigo al gimnasio o a hacer algo de deporte, porque apenas salía de la celda o de la biblioteca, siempre detrás de los libros de poesía, las montañas más complicadas que se podían escalar eran esas, palabras y más palabras... yo no tenía ni idea de lo que hablaban, bastante que sé leer, escribir, beber y no cagarme encima, pero él lo entendía todo, a veces me lo explicaba, me decía “voy a usar esto de Neruda para la carta de esta semana” o “Benedetti a veces es un poco simple, pero también hay veces que da en el clavo, intenta leerte este”, y lo intentaba, pero me aburría enseguida, prefería aprender de él. Aprendí lo que era una metáfora, ¿a quién se le ocurría lo de las perlas de la boca de alguien? Pero bueno, poco a poco.
–Hoy me toca jardinería, no voy al gimnasio, te veo luego –le comenté durante lo que llaman desayuno, pero joder, en un cubo de basura se comería mejor, seguro.
–Yo iré un poco, a ver si me quito este dolor de espalda con algún ejercicio, aunque seguramente será por eso mismo, luego iré a la biblioteca.
Desde que le conocía, apreciaba más algunas cosas, como las flores, ya no es solo que oliesen bien, era su tacto, era suave, y algo de color aquí siempre venía bien, era, como decía él, una de las cosas por las que no volverse loco, cuida las flores, cuida el espacio, te cuidas a ti, y podía parecer una gilipollez hablar de flores o incluso de un puto arbusto en un sitio como la cárcel, pero era algo más que eso. Hasta el tipo más chungo de por aquí podía sangrar si agarraba mal una rosa. Hasta el tipo más duro de aquí tenía su propia rosa que le hacía llorar.
Pasé por la biblioteca pero no estaba allí, las montañas inexpugnables habían desaparecido como si una apisonadora de desesperanza se hubiese llevado todo lo bueno... joder, ya podía casi hablar como él. Me fumé un cigarro mientras atravesaba el patio. Un guardia amigo mío me llamó, era un imbécil, pero venía bien para conseguir algo de tabaco y otros favores. El típico gilipollas que se creía importante por tener chanchullos con los presos porque así le respetaban y lo único que hacía era pasarnos algunos cigarros y revistas porno. Un pobre diablo, un gilipollas al que años más tarde, cuando encerrado, se le acabó el chollo porque le pillaron. Echó a perder un buen curro. Vaya gilipollas. El caso es que me llamó.
–¡Eh! Se han llevado a tu compañero.
–¿En serio? No me jodas, ¿dónde? ¿por qué?
–Tu puto compañero tiene tela, ¿no te lo contó? Vaya pieza... 8 muertes. Lo mandan para Estremera.
Llegué a la habitación y evidentemente estaba vacía. Encima de la cama estaban las cartas y una más para mí. Me lo contó todo, o al menos su versión, y no es algo de lo que me apetezca hablar. Me pedía que, si algún día me soltaban, le llevase las cartas a su novia. No le quería juzgar, no lo hice y nunca lo haré. Leía las cartas a menudo para aprender algo. Diablos, juraría que me podría haber enamorado de su novia solo por cómo hablaba de ella. De él nunca más volví a saber.
Pasaron dos años. Tenía más canas y ningún cigarro después del gimnasio me sentó tan bien como lo hizo el soplo de libertad al salir por la puerta. La tierra debajo de mis pies era color miel, y diablos, era normal, porque la sensación era dulce como tal. Dos días después me encontraba en la puerta de la casa de la chica con un taco de cartas amarillentas y llamé a la puerta. Me abrió un tipo alto y engominado con camisa azul y unos chinos marrones, ¿quién iba así por su casa? Antes de que él dijese algo, salió ella de detrás, no la había visto nunca y sabía que su pizza favorita era la cuatro quesos y vaya, sí que olía a vainilla.
–¿Quién es este tipo, amor?
–No sé, acabo de abrir, ¿puedo ayudarle en algo?
–Disculpen, me he equivocado – contesté.
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