sábado, 9 de noviembre de 2019

Como en ese relato de ese escritor


     Estaba pasando el día en la feria. No era una gran feria, era más bien cutre, con atracciones feas y oxidadas, o tal vez esas fuesen las personas, no sé, no lo recordaba muy bien. Estaba oscureciendo y mi piel reflejaba luces de colores, como si fuese yo un pobre payaso desdibujado, emborronado, como cuando la sangre no sale de las paredes que se caían encima cuando intentaba dormir. La música alegre se mezclaba con el ruido que hacían algunos niños al reír, algunos padres gritar y muchas máquinas trabajar. Atracciones metálicas y veloces, máquinas de algodón de azúcar huracanadas y mareantes, explosiones entre cuatro cristales y ¡pum!, palomitas. Sí, estaba pasando el día, o la tarde ya, en la feria, simplemente por pasear un poco.

     –¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean al mismísimo diablo! –gritaba un tipo con bigote, vestido de manera circense, estrafalaria, como en ese relato de ese escritor que tanto gustaba a los adolescentes que creen que pueden ser como él por juntar las palabras “polla”, “coño” y “cerveza”. Estaba junto a una carpa con un cartel que ponía “Ver al diablo, 3 euros”. Me acerqué –. ¿Se atreve a ver este prodigio de la naturaleza?
     –¿Por qué no?

     Pagué y atravesé las cortinas pesadas de la carpa. Pero esto no era como en el relato ese de ese escritor que alardeaba siempre de sus piernas y de joder con mujeres. Aquí no había ninguna jaula con nadie dentro. Había un espejo. Ni me acerqué y salí.

     –¿Qué ha visto? –me preguntó el tipo estrafalario. Yo le agarré del pecho.
     –¡Devuélveme el dinero, hijo de puta!
     –¿Qué había en el espejo? ¿Ha visto al diablo? ¿No se ha atrevido a mirar? No tiene usted pinta de cobarde... ¿acaso es un cobarde? ¡Pasen y vean al amigo cobarde del diablo! –se puso a gritar. Yo no era un cobarde, le había aguantado unos asaltos a Hemingway. Le solté y me dirigí a la entrada, pero el hombre me gritó mientras se atusaba el bigote y se colocaba la pechera –. ¡Oiga! Ver al diablo son 3 euros.
     –¡Váyase a la puta! –pero pagué.

     Entré, y al fondo de la carpa, como antes, había un espejo colocado. Me asomé y mi fea cara me devolvió la mirada. Eso no pasaba en ese relato, no. Así que ese era el diablo, quería decir. Salí para pegar al tipo.

     –¿Qué ha visto esta vez? ¿Se ha asomado en el espejo? ¿A quién a visto?

     Le volví a agarrar de la pechera y levanté el puño. Con la mano apretando el vacío y dispuesta a cortar el aire, me paré. Tal vez tenía razón, y si continuaba así, se la iba a acabar dando. Así que era el diablo, quería decir. Le solté y me volví a casa, a mí no me esperaba nadie allí, ni Teresa, ni Vicki, ni Cass... Joder, no me esperaba nadie, ni una cerveza. No, no era como en ese relato de ese escritor, el de las almorranas, los caballos y el whisky barato.



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