Las antorchas
proyectaban sus sombras en una de las paredes, en un callejón junto al Alcázar.
Él corría un gran peligro allí. Los cristianos ya habían sitiado la ciudad,
pero ella, su Isabel, bien valía la pena el riesgo. En aquella penumbra, el
color tostado de su piel, de su mano, agarrando la pálida mano de su amada, se
sentía seguro. Nada podía hacerle daño si estaba junto ella. O sí. Ella era
hija de un gran capitán, él no entendía ese tipo de jerarquías, pero sabía que era
alguien importante. Lo que si entendía es que la hija de ese capitán había
clavado sus ojos azules en sus ojos castaños. Lo único que pudo ver, pues él
estaba escondido tras una pila de tablones, cubierto con unas mantas, mientras
los cristianos hacían una ronda. No sabía lo que le podía pasar si le cogían,
pero nada bueno.
−Tienes que irte,
si te cogen te matarán.
−No iré a ninguna
parte sin ti. Ya me salvaste la vida una vez. Si me alejo, ¿quién me mirará con
un cielo en los ojos? ¿qué piel blanca como la leche besaré? Huye conmigo.
−No puedo, sabes
que no puedo. Es una relación prohibida, lo dice mi Dios, lo dice el tuyo. ¿Qué
suena?
Se escucharon
pasos. Alguien venía. Si los encontraban, sería el fin de los dos, sobre todo
el de Abenámar. La mayoría de los moros ya habían huido. La ciudad se resistió
todo lo que pudo, pero el avance cristiano consiguió derrocarlos, no sin dejar
muertos de por medio. Se fomentó la conversión. ¿Valía la pena cambiar de Dios
por amor? ¿Por qué no se convertía ella? Pensaba siempre el moro.
Se despidieron
con un beso apasionado al tiempo que unos cuantos hombres doblaban una esquina.
Fue tarde, le vieron. Ellá gritó al tiempo que la agarraban. En cuanto le
viesen la cara, la llevarían ante su padre, pedro a él… él corrió y corrió.
Ella le perdió de vista, así como a los que iban tras él. Tal vez fuese una
idiotez rezar a Dios para que sale a otra persona con un Dios diferente, pero
aún así, cuando la dejaron en sus aposentos, lo hizo. Durmió entre lágrimas y
sábanas blancas, mientras la luna plateada era besada por la oscura noche, tal
y como habían hecho los dos enamorados momentos antes.
La despertó su
padre, el capitán Fernández.
−Le tenemos,
hija, no temas que ese moro te vuelva a ultrajar jamás. ¿Te hizo daño?
−¿Qué vais a
hacerle? ¡Padre, piedad! ¡Es un buen hombre!
−¿Un buen hombre?
Morirá como el cerdo que es, esta tarde le daremos muerte.
No dijo nada más.
Ella lloró como nunca había llorado. Era su primer amor, su único amor, y había
sido tan breve y tan eterno… Ojalá pudiese decirle unas últimas palabras. Salió
al balcón de su habitación y vio como hombres de su padre llevaban a su joven
amor, Abenámar, y a otros moros al centro de una plaza. Tenía buena visión
desde su palacete, pues allí todas las casas eran bajas. Su padre se paraba delante
de cada moro y decía algo. Acto seguido los ejecutaba. Isabel pensó que les
preguntaría si quieren convertirse al cristianismo, la auténtica y verdadera
religión. Y debía serlo, porque sino el Dios de Abenámar le salvaría la vida
como lo haría la cristiana.
−¡Tú, moro!
¿Aceptas la fe cristiana como única y verdadera y condenas a tu Dios a la
muerte en el infierno donde pagará por sus pecados?
Antes de que
pudiese decir no, una espada ya le estaba atravesando el cuello, y no pudo
gritar. Sin embargo, sí que se escuchó el grito de una joven que se arrojaba
desde un balcón para llevarla al cielo o al infierno donde los dioses quisieran
juntarla con su amor.
Jajajaja narracion de trama fronteriza del renacimiento... muy bien idol
ResponderEliminarSUBPOLE!
ResponderEliminarGavilán, gavilán, gavilán... Te llevaste mi polla gavilán :(