-Sí, espera.
Se abrió la gabardina. No sé cómo me podía fiar de ese tipo, estaba completamente desaseado, con una barba asquerosa y un pelo greñudo que seguramente sería el hogar de unos cuantos piojos. El olor tampoco acompañaba mucho, y el lugar, menos aún. Un callejón con un par de portales en los que ningún joven querría besar por primera vez a la chica que le gusta. Es más, no creo que a nadie pudiese gustarle una chica que viviese en un sitio así. A mi no me quedaba más remedio que acudir allí, porque la necesitaba, necesitaba lo que ese capullo estaba a punto de darme. Estaba envuelto en papel de plata, lo cual era lógico, porque el oro no se envuelve con oro, igual que el mar no se envuelve con agua. Tenía ganas de tenerla para mí, no sabía si esnifarla, metérmela en vena, en la boca, por los ojos o hasta por el culo si hiciese falta, sólo quería tenerla dentro de mí. Me dio el paquete y lo abrí allí mismo.
-¡Hijo de puta! ¡Los ojos, te pedí sus ojos! ¡Los labios ya los tengo, y ni de coña son estos!
-¡Está bien! ¿Qué te parece la nariz? Esa naricita respingona, ¿la tienes?
-¡Lo tengo todo menos los ojos! Estoy harto de besos de esquimal, de besos en la boca, de morderle las orejas, de enredarme en su pelo, de tocarle las tetas, de azotarle el culo, del coño, de las rodillas, estoy harto de cogerle la mano y de escuchar latir su corazón... ¿De qué me sirve todo eso si no tengo sus ojos para que me devuelvan su mirada?
-Pues tenemos un problema, porque si quieres sus ojos, se los robas tú a la noche, y a ver quien mira a la luna sin estrellas. Ahí te quedas, hijo de puta.
Y se fue. Me dejó solo en ese callejón y con el amor a medias.
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