domingo, 12 de octubre de 2014

Vivir y morir en Quíos.

     Hay quien dice que nunca escribo nada alegre o feliz. Puede que sea cierto, puede que no lo sea, pero el caso es que me lo tomé como un reto y pensé: Vamos a ello. ¿En qué momento he sido feliz? En muchos, pero recientemente, en este.

     Llegamos de madrugada, pero ya con el sol saliendo poco a poco a lo lejos, bañando de dorado la costa de Turquía, ya se podía adivinar el paisaje mediterráneo que había en la isla. Era como estar en casa, en una casa en la que nunca he estado. Creo que algunos iban medio dormidos en el viaje, yo iba con Violeta Plaza haciendo el gilipollas seguramente. Un primer momento feliz con la maleta a los pies y las estrellas diciéndonos adiós.

     El sitio parecía digno de película, con sofás blancos y negros, mesas y sillas para comer y desayunar, y unos toldos que venían muy bien. Nos asignaron las habitaciones, tuve suerte de ir con Mario, Abraham y un montón de hormigas naranjas invasoras. A Mario le tocaron las sábanas de Mickey, capullo con suerte. O no. Bajamos a desayunar, un desayuno largo, consistente, de los que dejan a Mario en la mesa más de una hora. Pan con mantequilla y miel, bacon, huevos cocidos, zumo, leche, cereales... de todo. No sé si era el olor de la isla o el de la comida, pero estaba estupendamente. Nos dijeron que podíamos ir a la playa o a dormir. ¿Quién va a dormir teniendo ya el sueño de esa isla despierto? Miguel, Pablo, Abraham y yo fuimos los primeros en irnos. Recorrimos ese pueblecito al norte de la isla creo, con sus casas de colores, unas verdes, otras rosas, y por supuesto, blanca con marcos azules, muy de allí, muy de la asamblea de las mujeres, muy de nosotros. Había algunas señoras sentadas en sillas en medio de la calle, como en un pueblo español, sólo que allí les dices “hola” y se te quedan mirando raro. Estaban frente al mar, como si en el agua pudiesen verse reflejadas y tal vez se acordasen de un tiempo mejor, en el que el Egeo bañó sus pieles, antaño tersas, y ahora arañadas por el tiempo. Un pueblo más, pero unas vistas únicas, en el agua azul se reflejaban las nubes blancas, escribiendo Ελευθερία.

     Estuvimos en una calita pequeña, que casi nacía del cemento del suelo. También había un olivo. Allí las playas son de piedras. Esas putas piedras que pinchan hasta siendo redondas. Pero nos dio igual. Éramos hijos del hierro, nosotros no sembramos y el agua con sal nos daba la vida. Vi a mis amigos meterse y, joder, me dio envidia. Un par y a bañarse. Debería tener sueño, pero aquello despertaba a cualquiera. Veíamos algo más lejos una especie de muelle o embarcadero de cemento, muy apropiado para saltar, tocar la mano a Zeus y caer a la casa de Poseidón, el marino, y si hay otro, pues otro. Como un intento de la tierra de conquistar lo que no es suyo. Para volver a subir al muelle tenías dos opciones, dejarte la piel y los pies en la piedra, o nadar un poco y subir por una escalerita junto a un pequeño bote. Yo la primera vez decidí dejarme la piel y los pies.

     Al rato vinieron unos cuantos compañeros más, y aquí ya viene lo más difícil de contar, porque no sé lo que sintió cada uno, pero si sé lo que sentí yo. Nuestro profesor nos dijo que no pasemos por Grecia, sino que Grecia pasase por nosotros. Lo que él no sabía es que pudimos hacer las dos cosas. Grecia pasó por todos nosotros, sólo tenemos que vernos el corazón para saberlo. Pero nosotros pasamos por Grecia, porque sé que Quíos se enamoró de nosotros. Se enamoró tanto, que sé que no fui el único en sangrar ese día, y es que sé que el mar nos arañó a unos cuantos los pies para que dejásemos nuestra sangre en el mar Egeo. Delante se alzaba un monte, y estoy seguro de que los dioses iban ahí de vacaciones. Y creedme que no les envidio, porque ellos son inmortales, y saben que siempre podrán vivir esa experiencia y estar allí, cerca. Pero ellos nos envidian, porque nosotros somos mortales, y sabremos lo que es morir después de haber sangrado en su casa, ese sentimiento que ellos nunca tendrán. Ellos no sangran, son eternos, y van a tener que ver nuestra herida y escuchar el eco de nuestras risas para siempre.

     Y así, amigos, es como Grecia pasó por mi, y espero que por vosotros, pero también es como todos nosotros pasamos por Grecia.





1 comentario:

  1. El de las sábanas de Mickey19 de octubre de 2014 a las 22:17

    Supongo que en esta entrada no había comentarios aún porque se comenta por sí sola...
    Lo mejor no fue que Grecia pasase por mí, o que yo pasase por Grecia... Lo mejor fue que pasasen ambas cosas a vuestro lado.
    Y es que Grecia es mágica, pero vosotros sois los magos que desentrañan los trucos más ocultos de esa tierra.
    Gracias por haberme permitido vivir algo así.

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