-Papá, hay algo debajo de la cama.
Me agaché. Ahí estaba, eran sus ojos, estaba asustado y llorando.
-Papá, hay algo acostado en mi cama.
Me levanté despacio, y cuando esperaba que mis ojos se encontrasen con la criatura sobre la cama, me desperté. No tenía ningún hijo. Habrá sido una pesadilla. No me podía mover, estaba paralizado. Me estaba agobiando un poco y la única luz que había era un pequeño halo de rayo de luna que se colaba por la ventana. Lo justo para iluminarlo a él, o a eso. En una esquina de la habitación se levantaba, enorme, una capa negra y sobre ella, la cara más terrorífica que se puede ver. Tenía cuernos. Ojos y boca negra. Pelo despeinado, moviéndose por ningún viento que soplaba.
-¡Cariño! ¡Baja a la cocina un momento, por favor! -dijo mi mujer.
-¡No bajes! ¡Esa no soy yo! ¡Estoy en el baño!
Pude moverme. Salí corriendo hacia el baño. El pasillo nunca se me había antojado tan largo. Cuando pasé por la escalera, vi, en la pared blanca, la sombra de eso. Estaba subiendo. Me encerré con mi mujer en el baño. No sé si fue por nuestra respiración acompasada, pero se empañó el espejo. Un dedo invisible empezó a escribir.
Puedes mirar arriba. Puedes mirar abajo. Mira a la derecha. Mira a la izquierda. Debajo de la cama. En los armarios. Mira donde quieras, pero no te des la vuelta, a él no le gusta.
No nos dimos la vuelta, pero evidentemente detrás de nosotros no había nada. No se veía nada reflejado en el espejo.
Nos dimos la vuelta, para no volver a dárnosla nunca más.



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