domingo, 16 de agosto de 2015

El extraño suceso

     Vaya robo, el metro cada día más caro, pero bueno, tenía que volver a casa de alguna manera. Al menos había aire acondicionado. Me monté en Valdebernardo, iba casi vacío, así que no tuve problema para encontrar asiento. Se me iba a hacer el viaje eterno, menos mal que David Duchovny, además de actor, acababa de sacar un disco. Pasamos Pavones, bien. Se suben algunas personas, pero no muchas. En Artilleros más de lo mismo, supongo que la mayoría irán hacia Sáinz de Baranda o Avenida de América para hacer algún trasbordo, como yo. Intentaba no pensar en nada y disfrutar de la música. No había ninguna chica guapa a la que mirar. En Vinateros se subió un hombre que me llamó la atención, su cara me sonaba muchísimo. Se sentó justo enfrente de mí. Parecía nervioso. Llevaba un polo rojo de manga larga (¡en verano!) bastante hortera y unos pantalones cortos vaqueros más ridículos aún. Además, iba en chanclas. Supuse que tendría prisa y por eso estaba tan inquieto. No dejaba de mirar los carteles de los recorridos del metro. Extrañamente, también me miraba a mí. Me ponía nervioso. Con sus gafas no debía ver muy bien, pues se levantó para ver mejor el panel que estaba a mi lado, se quedó un rato de pie y cuando fue a sentarse, le habían usurpado su sitio. Mala suerte. Se sentó a mi derecha. No era gordo, pero sí grande, y la cara, juraría que había visto esa cara en algún sitio. Me sentía un poco acosado, no dejaba de mirarme. Llegamos a Avenida de América y me bajé. ¡Sorpresa! Él también.

     El trasbordo era bastante largo, así que esperaba darle esquinazo, pero no. Me seguía, era un hecho. Aceleré el paso, pero ahí venía, apartando a la gente. ¿Me seguía o es que de verdad tenía prisa? Cuando llegué al andén de la línea 7 le perdí de vista. El metro tardaría 9 minutos en llegar, no sé qué pasaba en verano, pero circulaban menos trenes, gracias, Metro de Madrid. Caminé hacia el fondo del andén, donde estaría mi salida. Me giré y allí estaba. Pasé de él, pero se estaba acercando. Quedaban 7 minutos para el tren. Llegó a mi lado y titubeó, yo seguía con los cascos puestos, deseando que no me hablase.

     –¿Chema? –mierda, me habló.
     –Eh... sí.
     –Escúchame con atención, no dejes que...

     No terminó la frase. Un tipo le empujó contra la pared. Iba con un traje negro, la verdad es que daba bastante miedo y yo, como una persona normal que soy, lo tenía.

     –¿Qué te ha dicho?
     –Nada, de verdad, justo cuando iba a hablarme ha aparecido usted y... –lo raro es que pudiese hablar, porque me estaba meando, estaba asustado y sólo quería salir corriendo. Sólo sé que lo dije muy rápido. El de rojo se recuperó un poco y me miró, esos ojos marrones oscuro, casi negro, me sonaban de algo, como si los hubiese estado mirando durante mucho tiempo.
     –¡No le creas! ¡Hazme caso a mí! Ella no es la adecuada, tienes que terminar con...

     El tipo de negro le volvió a pegar, pero el acosador del metro me seguía gritando.

     –Si no quieres acabar solo y desgraciado, tienes que querer a otra persona que no sea ella. Por tu culpa no tengo nada, ¡por su culpa! ¡Tienes que seguir adelante! La chica ideal para nosotros es...

     ¡Me cagué en la puta allí mismo! El tipo de negro empujó al de rojo a las vías justo cuando llegaba el metro. Ese tipo me había matado. Era una especie de Agente Smith de Matrix, pero real, o eso creía. También podía ser una broma, pero mi sangre no engañaba, estaba cubierto de ella.

     –¡Escucha chaval! Sigue con tu vida como si nada de esto hubiese ocurrido, a fin de cuentas nadie se ha dado cuenta –y era cierto, nadie en el andén estaba mirando, como si fuésemos invisibles, no se habían enterado de nada–. Si no quieres que te pase esto ya sabes cómo tienes que actuar, no te hagas caso. Además, no creerás que ninguna sea la adecuada.

     Me subí al metro, alucinando. Mi sangre había desaparecido. Miraba a la gente, pero ellos estaban tranquilos con sus vidas tranquilas.

      “¡Din, don, din! Próxima estación, Paco de Lucía”. Mierda, me había dormido hasta el final del trayecto. Ya lo dijo Oscar Wilde, “El futuro no envía heraldos”.  


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