Hank vivía al final de la calle. No
era una gran calle, ni una calle bonita. Tampoco era muy segura a
partir de ciertas horas de la noche, pero era la calle en la que él
vivía. En su portal me encontré a un yonki durmiendo, pero fue
fácil de saltar. Subí al tercer piso fijándome en las paredes del
rellano, no sé si era por la luz o por el color, pero parecían
enmohecidas, y seguramente lo estuviesen. Tuve suerte de que todas
las bombillas funcionasen. Su puerta estaba bastante desconchada,
como su corazón. Como nuestro corazón. No tuve que llamar, la
puerta estaba medio entornada. Allí estaba Hank, viejo, con una
camisa medio desabrochada y con manchas de vómito, en calzoncillos,
mostrando unas fuertes piernas. Llevaba calcetines que
sorprendentemente iban a juego, por lo que supuse que se los había
puesto antes de beber. Debía llevar un par de semanas sin afeitarse,
y sin ducharse incluso. Pero así era Hank. Cuando entré levantó la
cabeza de entre sus papeles, me miró, señaló a la cocina y siguió
escribiendo. Fui a la cocina y cogí dos vasos y una botella de vino.
Yo no entendía de vino, pero sabía que si él lo tenía allí, no
era malo, aunque seguramente tampoco era bueno. Puse dos vasos y me
senté a su lado.
–¿Qué escribes, Hanky?
–Lo de siempre, zorras y carreras de caballos. ¿Quieres
que vayamos a apostar?–Vivo apostando, Hank, vivo apostando.
–¿Y ganas alguna vez?
–Depende, ¿a qué le llamas ganar?
–A no tener ese sentimiento de tristeza. Puedes ganar si tu caballo gana, pero también puedes ganar si, aunque tu caballo pierda, eres feliz en las carreras, pasas el rato... ganas en felicidad, si es que eso existe.
–Entonces vivo perdiendo, Hanky –bebí, él bebió y siguió escribiendo–. Tengo buen ojo para los caballos perdedores.
–Bueno, al menos te fijas en los caballos. Peor sería no jugártela y quedarte en casa esperando morir, sin saber si puedes ganar o perder. Aunque en cierto modo, eso es una derrota. Es LA derrota. ¿Te han derrotado alguna vez?
–Cada vez que he apostado. Nunca he perdido, me he ganado la derrota.
No dijo nada, sino que se levantó y se fue a su cuarto. Eché un ojo a lo que estaba escribiendo:
“Entró en mi casa como si nada. Yo estaba medio desnudo, pero no nos incomodaba. Le mandé a la cocina a por un poco de ese vino barato que entra mejor que muchas mujeres más caras. Me preguntó por lo que escribía. Odiaba que me llamase Hanky, pero diablos, le tenía algo de cariño a ese chico. Empezamos a hablar de carreras de caballos, pero la gente no es gilipollas. El juego es la metáfora más acertada para hablar del amor, y su caballo estaba cojo y viejo, pero podría ser peor, podría estar muerto. Cada vez que abría la boca veía como su alma se le escapaba un poco, desgarrándose la voz, el eco pronunciaba el nombre de una chica. Me levanté cansado de tristezas y fui a vestirme”
Hank salió de la habitación.
–¿Nos vamos a las carreras? –me preguntó.
–Prefiero un poco de juego.
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