domingo, 15 de junio de 2014

Contigo.

     No sé lo que es estar contigo. No sé cómo se amoldaría el tiempo al simple hecho de que estuviésemos juntos. Lo mismo no le gustamos y termina separándonos, como suele hacer él. Tal vez sea eso lo que me hace falta, controlar el tiempo y pasarlo hasta que todo esté bien, contigo, y hacer eternos los buenos momentos e insignificantes los malos, los que no estoy contigo. Y todo esto si saber lo que es estar contigo pero, ¿sabes? No me importaría descubrir cómo es.

     No me importaría imaginar nuestra primera cita, en un parque cualquiera, paseando, matando flores para tus ojos, te dejaría mi chaqueta si tuvieses frío y, si se diese el caso, crearía una barrera antipolen sólo para ti. Podría invitarte a algo, dulce o salado, o las dos cosas, en una de esas cafeterías elegantes donde nos mirarían mal, tan modernas del centro. Tal vez al comer unas tortitas con nata y sirope te mancharías la nariz o la comisura del labio, y eso podría desencadenar un beso, o no. Sólo es cuestión de imaginarlo.

     Después, te acompañaría a casa, que es lo que hacen los caballeros, y yo a veces lo soy. Aquí podría tener cabida otro beso, aunque eso no es importante. Lo importante de nuestra primera cita es que tengamos ganas de que haya una segunda, me da igual si tengo que estar años sin besarte. Lo pasaríamos tan bien que repetiríamos y podríamos ir de compras por el centro, a esas tiendas de discos y libros tan geniales y así conocer nuestros gustos. Así te recomendaría el último CD de los Sidecars o alguna antología poética de un escritor que sólo sepa hablar de ti. Se nos haría tarde y hasta podría llover... ¡y nosotros sin paraguas! Pero te devuelvo a tu casa, empapada y con un calor especial en el cuerpo.

     No todo es perfecto, y estoy de exámenes, como tú, claro. Pero un miércoles de cine no nos lo podemos saltar. Te dejo elegir película, aunque me lleves a ver una comedia romántica de las 30 que hace Cameron Díaz al año, aunque si es de superhéroes, mejor. Compramos unas golosinas o palomitas y ya está. Si me atrevo, que será que sí, te cojo la mano, a oscuras, a la escasa luz de los ojos del actor guaperas que esté en pantalla. Besos dulces, más de lo que esperaba, pero tus besos al fin y al cabo.

     Esa misma noche, cada uno desde su casa, nos enviamos bastantes mensajes, y sonreímos como tontos, como dos idiotas de esos que se enamoran. Y así serían nuestros días, estando juntos sin darnos cuenta, y nos pondríamos motes, como las parejas moñas, yo te llamaría “colmillitos afilados”, como en la canción. Nos haríamos regalos, me gusta regalar cosas, y yo soy muy fácil para que me regalen, porque mis gustos son simples y sencillos, tú. Yo te escribiría cosas sobre regalarte la luna, el sol, y estrellas, y planetas, y así hasta que tengas tu propio universo.



     Pasará el tiempo, y no me habré cansado de ti, porque tu mano y la mía encajan perfectamente. Ya lo habríamos hecho, pero no quiero ensuciar algo tan bonito hablando de sexo, pero si diciendo que HICIMOS EL AMOR. Y siempre sería tan especial como la primera vez y con las ganas de como si fuese la última. Da igual si es tu cama, la mía, el parque o una nube. De verdad, espero que de momento te guste estar conmigo, porque voy a dar un salto en el tiempo.

     Tendríamos nuestras peleas de enamorados, y la gente dirá que lo hemos dejado, o que lo nuestro era imposible, y tú pensarás cosas, y yo pensaré otras, y a la gente le pueden dar por culo. Lo que dijesen me resbalaría tanto que podría deslizarme hasta tu lado y abrazarte y besarte con tanta fuerza que nos olvidaríamos de nuestros problemas, y así la gente tendría que aguantar nuestro amor un poco más.

     ¿En qué zona viviríamos? ¿Salimos del barrio? Los dos tenemos un buen trabajo, y podemos permitirnos un buen piso. No es sólo estar contigo, es vivir juntos. Me gustaría ser tan raro como para coger tus pelos de la almohada y los de la ducha y guardarlos por si un día te vas y tengo que clonarte. Te llevaría el desayuno a la cama SIEMPRE QUE PUEDA, y te haría corazones con la comida o alguna gilipollez así. Nos ducharíamos juntos y empañaríamos el espejo. Iríamos a trabajar sabiendo que esa tarde de miércoles acordamos ir al cine a ver la cuarta película de la saga esa que vimos empezar. Cualquier cosa que nos recuerde nuestro pasado servirá para reforzar el futuro.

     Este día estoy especialmente nervioso. No hemos dormido juntos, pero en un rato nos veremos. Me encanta mi traje, y mi pajarita. Horas antes estaba con mis amigos bebiendo y gritando “¡LO QUE ES LA VIDA!”. Y sí, lo que es. Ahí estás, frente a un altar, y eso que las iglesias no son lo mío. Está todo en silencio y entras tú, de blanco, a juego con tus colmillitos afilados. Me sudan las manos, pero tú ya lo sabes y te da igual. Ese beso me sabe mejor que todos los que te he dado hasta ahora. Tal vez porque es el principio de nuestro para siempre. ¿Quién lo iba a imaginar? ¿Quién me hubiese dicho que íbamos a terminar así después de quitarte un poco de sirope de la cara?

     Meses después de la boda y la luna de miel en [INSERTA AQUÍ EL LUGAR DE TUS SUEÑOS], me dices que estás embarazada. Yo te querré aunque engordes y se te hinchen los tobillos, aunque me mandes a ir a una tienda de madrugada porque te apetecen palmeritas de chocolate, y aunque te vuelvas insoportable. Siempre es siempre. Siempre y cuando al despertar no te asustes de que te esté mirando. Puede que todo sea muy cursi, o puede que simplemente, todo el amor tenga que ser así.

     Con nuestra familia ampliada, sólo puedo decir que somos cada vez más felices y que nos queremos. Que cada día tus ojos brillan más y tus labios saben mejor, y que cada día me muero por escribir un poco más de ti, después de dejar a los niños en el cole, después de ver cómo se gradúan, después de que se casen ellos. Pasado, presente y futuro.

     Han pasado ya muchos años, Sidecars ha sacado muchos discos, ha habido muchos poetas peores que yo, han sacado muchas más películas de superhéroes y ya tenemos muchas canas. Pero cuando mi mano arrugada y temblorosa se acerca a tu mejilla para secarte una lágrima, veo con ilusión que lo único más blanco que tu pelo son tus colmillitos afilados. Y en esa cama del hospital donde me esté muriendo, sólo podré dar gracias de que me voy antes que tú, porque si un día te vas antes que yo, si me dejas, toda esta vida que he imaginado no servirá para nada.




domingo, 1 de junio de 2014

El pozo.

¿Estás mal y necesitas ánimo y apoyo? Aquí te dejo esto.

Te pudo salir muy caro seguir el camino,
Era verano y tú aún con abrigo
Por si los abrazos no fueron calvario,
De lino por fuera y por dentro sin tacto.

Ahora que andas solo te acechan tormentas,
Las nubes lo saben y se hacen de piedra
Para que duelan más, como si estar roto
no fuese suficiente para volverse loco.

Dices que estás en el fondo de un pozo,
Pero no dejes de mirar, arriba, al fondo
Verás, que sigue entrando la luz
Aprovecha para salir y olvida el azul.

Te han robado la huerta y las flores,
De qué sirve una primavera sin colores.
Por si quieres llorar, pañuelo de cielo
Estampa de estrellas, las penas al vuelo.

Ahora que llevas la vida a medio gas,
La media sonrisa te tiene que encontrar,
Así que déjale en un árbol grabado
A dónde vas, que te ha estado acechando.

Dices que estás en el fondo de un pozo
Pero no dejes de mirar, arriba, al fondo
Verás, que sigue entrando luz
Si quieres salir, sólo puedes tú.



domingo, 18 de mayo de 2014

Soñaba con ser bailarina.

     Ya tenía un hermoso pelo negro azabache, con unos rizos negros tan ensortijados que nunca dejaban que sus sueños se escapasen por la cabeza, aunque si tal vez por los oídos. O la nariz. Pero aún así, se ponía una larga y radiante peluca rubia. Le costaba mucho, tenía que aplastarse mucho el pelo y sujetárselo con muchas pinzas y horquillas. No pasaba nada, la melena rubia le quedaba estupendamente. Más larga que su pelo negro, así cuando bailaba, olas doradas salían desprendidas de su cabeza.

     Las arrugas de la cara, cuestión de la edad, se tapaban fácilmente con algo de maquillaje. Sus cejas estaban perfectamente depiladas, no muy finas, pero lo justo como para ser elegantes. Dos rayas negras que sujetaban su frente, tristes. Tristes como los ojos marrones. Si destacaban era por las largas pestañas que había sobre ellos. Exceso de rímel y raya del ojo, negra, alargada hacia el final. Así disimulaba también las patas de gallo. Para adornar su rostro de bailarina de porcelana, unos labios rojos vestían su sonrisa melancólica, que echaba de menos besar escenarios que nunca pisó. Escenarios que le recordaban a una infancia distante, lejana, como los enfados y los golpes de su padre cuando decía que quería ser bailarina. Si seguía pensando en eso se iba a poner a llorar y se iba a ir a la mierda el rímel, así que se puso de pie y empezó a vestirse.

     No intentaba engañar a nadie, llevaba relleno en el sujetador y se sabía. A ese tal nadie no parecía importarle si el espectáculo era bueno. Abrió el armario del camerino y buscó, entre tanta ropa elegante que había traído, una funda de color beige. Dentro había un vestido corto de seda, ajustado. Era rojo, a juego con los labios. A juego con la pasión que quería poner bailando. Era su debut. Era mayor, pero nunca es tarde para que los sueños se hiciesen realidad. El vestido era suave, y se acomodó a su cuerpo perfectamente. Le daba la ligereza y la confianza que necesitaba. Sus piernas, bastante fuertes, se estilizaron bajo ese infierno de cuerpo, que se sostenía, a duras penas, sobre unos tacones cortos y gruesos. Tal vez no fuera a bailar ballet, pero iba a moverse, iba a deslumbrar.

     Llamaron a la puerta, dos veces, y le dijeron que en cinco minutos salía. Los dos golpes de la puerta le recordaron a los golpes que daba su padre cuando quería romper sus sueños. Tenía una copa de vodka con 7up en el tocador. No quedaba mucho hielo, pero estaba lo suficientemente frío como para congelar esos recuerdos y que no pasasen de ahí. Bebió y se enfrió el corazón. Se quemó la garganta. Se puso de pie y se miró al espejo.

     “Mira, papá, lo he hecho, soy bailarina”. Una lágrima se le escapó y se le corrió el rímel. Y a esa lágrima le siguió otra, hasta que su cara quedó cruzada como por dos ríos de petróleo. Siguió bebiendo hasta que hubo más pintalabios en el vaso que en su boca. Y volvían a llamar a la puerta para que saliese a actuar. “Mira papá, mira lo que va a hacer el maricón de tu hijo”. Se bebió lo que le quedaba de un trago, se arregló el maquillaje en un par de minutos y Arturo salió a comerse el escenario de ese garito de ese barrio de Madrid, y demostró que los sueños se pueden cumplir en cualquier lugar y en cualquier momento. 


lunes, 5 de mayo de 2014

Me gusta.

Me gusta colocarte el pelo detrás de las orejas.
Acercarme lento y susurrarte cosas feas.
Me gusta el aleteo de tu nariz oliendo mi cuello,
y que eso signifique que presagias un infierno.
Me gusta mucho, de hecho, me encanta besarte.
Cosas que nunca nos falten, cosas que no tenemos.

Me gusta repasarte las cejas con mis dedos,
dibujar su silueta, en otoño color del suelo.
Me gusta cuando te enfadas y frunces el ceño,
y que eso signifique que hoy me quedo sin cielo.
Me gusta mucho, de hecho, me encanta besarte.
Hoy sabes a martes, hoy sabe tu cuerpo.

Me gusta pensar en lo que puede ser y no es,
no me gusta pensar que sabemos el porqué.
Me gustaría pensar que nunca va a ser tarde
hasta que lo sea y tenga que marcharme.

Me gustan tus mejillas rojas de vergüenza,
colorean la flor del almendro en primavera.
Me gusta cuando mueves la punta de la nariz
y que eso signifique que te ríes de mí.
Me gusta mucho, de hecho, me encanta besarte.
Cosas que puedo darte, cosas que nunca tengo.

Me gustan tus dientes cuando muerden mis labios.
Me da igual que sangren si los has probado.
Me gusta que tus brazos encajen con los míos,
y que eso signifique que no muramos de frío.
Me gusta mucho, de hecho, me encanta besarte.
Hoy quiero matarte, hoy te quiero menos.

Me gusta pensar en lo que puede ser y no es,
no me gusta pensar que sabemos el porqué.
Me gustaría pensar que nunca va a ser tarde
hasta que lo sea y tengas que echarme.

Me gusta que te acerques, cogerte la cintura,
levantarte del suelo y llevarte a la locura.
Me gusta cuando te pones de puntillas
y que eso signifique que eres mi pequeña vida.
Me gusta mucho, de hecho, me encanta besarte.
Cosas que quiero decirte y hoy no me salen.

Me gusta pensar en lo que puede ser y no es,
no me gusta pensar que sabemos el porqué.
Me gustaría pensar que nunca va a ser tarde
hasta que lo sea y tenga que odiarme.


miércoles, 30 de abril de 2014

La chica del pelo morado.

    Entré en el bar, rezando por lo que pudiese encontrarme a esas horas en un sitio así. Yo no solía ir mucho de bares, apenas bebía, pero un día es un día. Estaba casi vacío, sería por las cucarachas, o por el ambiente cargado y lúgubre que había. Un tipo gordo bebía cerveza en una mesa, al fondo, mientras escuchaba la música que sonaba, algo con violines. Una chica estaba sentada en un taburete, en la barra. Tenía el pelo morado. ¿Y si...? Nah, no debía hacerlo, pero ya era tarde, me estaba sentando a su lado.

     -Hola -dije.
     -No me traigas flores, que ya tengo las espinas -contestó mientras bebía de su copa. No sé qué era, era marrón oscuro, pero seguro que Coca-cola no.

     Pedí una cerveza sin alcohol al camarero, que me miró como si le hubiese hecho gracia mi pedido. La chica del pelo morado también se giró y esbozó media sonrisa.

     -¿Un tiarrón como tú bebe cerveza sin? -preguntó sin quitar la media sonrisa que le hacía estar reluciente, pese a la poca luz que había.
     -Pues... ya ves... una noche loca -y sonreí tímidamente -¿Tú qué bebes?
     -Algo suave, ron con cola. Con este ya van dos.

     Como no supe qué decir, me quedé callado, esperando mi cerveza. La chica volvió otra vez a su mundo. Algo me decía que la media sonrisa le había debilitado. Me acomodé en el taburete al tiempo que me traían la cerveza. Bebí. Su sabor era desagradable, pero refrescante al mismo tiempo. Bebí otro sorbo, y así hasta que al cuarto me gustó. Me enamoré de una rubia en una noche. No sabía si la iba a volver a ver.

     -Venga, la próxima con alcohol -dijo la chica.
     -¿Cómo te llamas? -pregunté para cambiar de tema.
     -¿A quién le importa? Y antes de que puedas decir que a ti, te aviso de que a mi tu nombre no me interesa. Charlemos, y nada más. ¿Qué hace un chico como tú en un sitio como este?
     -De despedida. ¿Y tú?
     -Mi amigo ha muerto hace poco, y mi abuelo está detenido por pajillero. Así es la vida. No digo que esté bebiendo por eso, bebo porque me gusta y no tengo nada mejor que hacer.
     -Vaya, lo siento. Mi tío se mató en Navidad, se cayó de un andamio, y mi hermano es un hombre de ciencia, trabaja en un hospital, ve muchas desgracias y me las cuenta. Si no bebe él después de todo lo que ve... no sé qué hago aquí. Pareces buena chica, no deberías destrozar tu belleza bebiendo, aunque con el color de tu pelo has perdido toda la naturalidad y...
     -Si te beso... ¿dejas de darme la chapa?

     Pidió el tercer ron, yo acababa de terminar mi primera cerveza sin y ella me pidió una con alcohol. No me besó, pero seguimos hablando de cosas sin importancia, como política, y de cosas importantes, como la fe. Me invitó a ir a su piso. Una noche es una noche, y yo me había tomado otra más con alcohol.

     -Hay una cosa que debes saber -dije en cuanto me besó, en su sofá, rodeado de esos cuadros con rockeros salvajes -, soy virgen.
     -¿Virgen? ¿Cuántos años tienes? Bueno, da igual, voy lo suficientemente borracha como para que me importe. Intentaré ser delicada. Fóllame y vive, córrete y muere, el cielo o el infierno no dependen de ello.
     -O sí.

     Lo hice. Vi por primera vez el cuerpo desnudo de una mujer. Lo toqué, y no sé si todos eran así, pero el de la chica del pelo morado era un cuerpo suave y cálido. Como era mi primera vez, quise besarla por todo el cuerpo. Me introduje dentro de ella, creando una unión mística, encontrando el refugio y la verdad que siempre estuve buscando. Encontré seguridad de hiel. Iluminamos la habitación con gemidos, sudamos nuestros pecados para introducir otros. Me mordió. Me arañó. Me tiró del pelo, y yo sólo podía abrazarla fuerte para seguir dentro de ella. Quise repetir. Quise beber cerveza. Ojalá la cerveza fuese morada. Su pelo parecía líquido violeta esparcido sobre la almohada, me quise bañar. Lo olí, la besé y dormimos. No supe su nombre nunca. Desperté, dejé una nota y me fui.

 …

     Ella se levantó. El lado de la cama donde había dormido él estaba frío ya. Mejor. Consiguió lo que quería. Aunque fue especial, y repetirlo no habría estado mal, nunca se sabe cuando va a aparecer el indicado. Vio una nota en la mesa.

      “Querida chica del pelo morado, gracias. Dije que estaba de despedida, y lo estaba. Estaba dejando atrás una parte de mi vida para ir a encontrarme con otra nueva. No me hace falta saber tu nombre para saber que nunca te olvidaré, y que gracias a ti recordaré siempre que la pérdida de la inocencia es un viaje que nunca termina y que no tiene retorno, pero de momento, en el siguiente andén yo me bajo. Espero que todo te vaya bien en la vida, Dios y yo velaremos por ti, igual que tu amigo. Perdón por haberme ido tan pronto, pero me ordeno sacerdote a las 11:00. Con cariño, X”



domingo, 13 de abril de 2014

Personas.

Nada de lo que todo y todo de lo que nada,
Me agarra y se retuerce, es pasado y presente,
Una soledad que todo lo abarca
Desde la nuca hasta mis ojos intermitentes

Todo de lo que nada y nada de lo que todo,
El mundo se queja y gira más despacio
Y nos habla con sus polos llorosos
Yo le entiendo a través de los abrazos

Y de verdad, si estuviese en mi mano
Seríamos más humanos y menos personas,
Queriendo sin demora y errando
Sobre las cosas que menos importan

Nada de lo que todo y todo de lo que nada,
A veces pasa lo que pasa y ya está
Y si no pasa, sigue hasta que se acaba
Y que siga, que si es necesario volverá

Todo de lo que nada y nada de lo que todo
Civilizaciones perdidas que están esperando
A que las busquemos con otros ojos
Y destruyamos lo que nos está matando

Y de verdad, si estuviese en mi mano
Seríamos más humanos y menos personas,
Queriendo sin demora y errando
Sobre las cosas que menos importan

Todo de lo que asusta y nada de lo que da miedo
Nada de lo que me gusta y todo de lo que tengo
Sobran las chustas que raspan de tu veneno
Y me faltan todas las cosas que yo quiero

Y de verdad, si estuviese en mi mano
Serías menos puta y más persona
Pero es tarde, y la verdad desagradable asoma,
Envejece, muere, que ésta ya no es tu obra.


jueves, 3 de abril de 2014

Historia de un amor obsesivo compulsivo.

     Nunca cojo un taxi cuya matrícula acabe en número par, y ese día no iba a ser menos. Así que me fui a la acera izquierda, siempre la izquierda, y esperé a ver si aparecía alguno que cumpliese esa condición. Tuvieron que pasar tres coches hasta que apareció uno perfecto, acababa en siete. Lo cogí y fui a trabajar. Llegaba cinco minutos antes, como siempre, como me gusta, como necesito. Lo que pasó a continuación rompió mi meticulosa y cuidada rutina. Se me acercó el jefe y me presentó a la nueva becaria. Iba a trabajar conmigo. Se llamaba Diana, y tenía un diente torcido. No me podía gustar si tenía un diente torcido, pero lo hizo. Le di la mano, me sudaba. Empezaba bien. Pareció no darse cuenta, y yo estaba deseando ir al baño a lavarme la mano que ella había tocado, podía notar los gérmenes penetrando en mi piel.

     -¿Me disculpáis? -pregunté cuando ya casi me estaba yendo.

     Me lavé las manos dos veces, siempre hay que asegurar. Me peiné las cejas y me quité una pestaña que tenía en la mejilla. Mi camisa estaba perfectamente lisa. Cuando volví, Diana ya estaba en su puesto de trabajo, trabajando con su diente torcido y su cabello castaño cayendo como una cascada de chocolate sobre su blusa blanca. Como era el primer día y no conocería a nadie, le dije que si quería comer conmigo y así nos conocíamos, ya que íbamos a ser compañeros. Se lo pedí por lo menos cuatro veces, aunque ella había aceptado a la primera, pero siempre hay que asegurarse. Antes de comer fui al baño a retocarme el pelo y las cejas. La comida fue bien.

     Fue tan bien, que ya han pasado cinco meses y estamos saliendo. Ella ya se ha acostumbrado a mis pequeñas manías. Recuerdo cuando subió a mi casa. Abrí y cerré la puerta tres veces para asegurarme, ella mientras daba la luz del portal para no quedarnos a oscuras. Encendí y apagué las luces de toda la casa tres veces también. Las persianas estaban casi bajadas del todo, dejaba sólo diez centímetros entre ella y el marco de la ventana. No es que lo calcule con una regla, es que ya lo tengo calculado e hice una señal con lápiz, por si un día tengo que borrarla y hacerla otra vez. El caso es que allí estaba, le ofrecí una bebida mientras ella se divertía con todo mi orden y perfeccionismo. Fue difícil hacerlo. Mientras observaba su cuerpo desnudo, e imagino que ella el mío, estaba preocupándome por tonterías. ¿había cerrado bien la puerta? ¿funcionaban bien todas las bombillas? Pero allí estaba, ese sexo tan perfecto y bonito. Me costó no ponerme meticuloso con desordenar mucho la cama, pero una noche es una noche.

     Y esa noche debió estar tan bien que repitió unas cuantas. Ya han pasado un año y dos meses, y estamos viviendo juntos.

     -¿Sabes? Creo que tu casa debe ser el lugar más seguro del mundo.
     -Las cerraduras no son una broma, cariño. Hay que engrasarlas al menos dos veces al mes -contesté, no sé si medio enserio o medio en broma, o las dos.

     Por ella ya casi no me preocupaban muchas manías, pero había adquirido otras nuevas. Debía observarla cada mañana al menos cinco minutos, mientras dormía y el sol clareaba su pelo. Si no hacia eso, algo me faltaba el resto del día. Como ella encontró otro trabajo mejor que el de becaria, nos despedíamos antes de ir a trabajar. Le daba doce besos por lo menos, y veinte si el día estaba nublado o tenía que hacer horas extra. El amor también son pequeñas manías. Pero mis pequeñas manías lo hacían tan grande... Me gustaba hacerla feliz. El sexo ya no fue tan preocupante como al principio, aprendí a apartar todas las cosas de mi cabeza y centrarme en ella, en la miel, en sus pelos despeinados sobre mi mano, sobre nuestra almohada blanca.

     -¿Eres feliz conmigo? -pregunté un día, mientras estábamos desnudos en la cama.
     -Tanto como para encender y apagar todas las luces de la ciudad, tres veces.



     ATENCIÓN: AQUÍ ACABA EL FINAL FELIZ. SI QUIERES QUE LA HISTORIA TERMINE BIEN Y TE PAREZCA BONITA, NO SIGAS. EN CAMBIO, SI TE HA PARECIDO CORTO Y QUIERES CONTINUAR CON LA HISTORIA HACIA UN FINAL NO TAN BUENO, SIGUE LEYENDO.


     Pero debe ser que se cansó de las luces, de los besos, y aprendió a mentirme. Un día me dijo que no podía más, que le cansaba esperar taxis a lo tonto por un estúpido número, que le dolía la cabeza con tanto encender y apagar las luces. Así que nos llegamos ni a los tres años y ya había desaparecido, y yo sigo buscándola para decirle adiós, para decirle que después de tocarla ya no me lavaba las manos, para decirle que los días de lluvia me faltan besos, para decirle que por las noches ya no enciendo ni apago las luces, sino que se quedan encendidas; que dejo las persianas más subidas; que dejo la puerta abierta, que hago todo eso por si quiere volver, que sea todo más fácil.