Soy la clara muestra de por qué el agua y la electricidad
No se mezclan. Deja que te enseñe
Por qué no se juntan el agua y el aceite.
Soy el vivo ejemplo de la influencia literaria
En un cerebro. Quédate a mirar
Porqué se llevan mal el azúcar y la sal.
Soy el terrible resultado de horas perdidas
Que pasaron de largo. Deja que te ilustre
Sobre cómo cabeza y corazón discuten.
Soy el número final de un circo decadente
El día de carnaval. El igual de la ecuación
Entre el sexo sucio y hacer el amor.
Soy la prueba viviente de por qué no se debe parar
Una bala con los dientes. Ven a aprender
Qué pasa si sacas del agua a un pez.
Soy lo que queda cuando a un poeta
Le quitas las letras. Haz un estudio
sobre como destruyo todo lo que construyo.
Soy de la promoción que se hace diamante
Si le raspas el carbón. El trozo de piel que sujeta
A otro trozo cuando te cortas las venas.
Soy Jesucristo y no sé caminar por el agua,
Tampoco sé si existo. El demonio con forma de recuerdos
Que hace que llores en tus sueños.
…
Soy el almirante de mi vida,
Así que ponme hielos
Y disfruta de la caída.
Soy un ángel de la muerte
Que va por el cielo
Tentando a la suerte.
Soy un medio limón,
Ácido y amargo,
Con medio corazón.
Soy una media naranja
Y por eso no encajo
Con mi otra cara.
Soy del club de los imposibles,
De balas perdidas,
Con encanto irresistible.
Soy un gato que ha gastado
Sus siete vidas
Durmiendo por los tejados.
Soy la forma de la luna
Que miras por la ventana
Mientras te haces la dura.
Soy el rayo del sol
Golpeando tu persiana
Para hacerte el amor.
Soy el frío invierno
Que te llena de nieve
Los sentimientos.
Soy el cálido verano
En el que se detienen
Los jóvenes enamorados.
Soy la colorida primavera
Haciéndote flor
Porque estoy como una regadera.
Soy el oscuro otoño
Secando tu rubor
Porque estoy loco.
…
Soy como un beso en un portal,
Joven, intenso y fugaz.
Soy como un sueño en la cama,
Viviendo en tu almohada hasta mañana.
Soy como un río y nunca miro hacia atrás,
Sigo mi corriente hasta el final.
Soy como tú estás, soy como te sientas,
Soy un poco de Rubén y un poco de Leiva.
Soy de veintitantos pero de Vega,
Yo también espero a febrero con pena.
Soy un tipo elegante, nada interesante,
Viajando en Sidecars cada instante.
Soy el perro verde, el hijo de la Inés
Que no se Marea ni con el mundo al revés.
Soy bohemio, viviendo en una canción,
Oye Andrelo, vamos a poner en venta un corazón.
Soy el punto y final de estos versos,
La saliva amarga de un beso.
Soy un pañuelo blanco de despedida
Y las lágrimas en tus mejillas.
domingo, 21 de septiembre de 2014
domingo, 14 de septiembre de 2014
Duele.
Cuando te despiertas un día, no sabes a qué tipo de guerra
te vas a enfrentar. Yo al menos no. Ni uno de esos cascos tan duros
podría haberme salvado. Tal vez unos cascos para los oídos, para
escuchar música y evadirme del problema principal, para no escuchar
el silbido de las balas pasando a mi lado y dando a parar contra el
pecho o la cabeza de algún compañero. Pero así es esta guerra,
puede caer quien menos te lo esperas, da igual que sea guapo, feo,
rico, pobre, simpático, borde... todos caemos tarde o temprano. Si
algo se llama guerra, no puede salir nada bueno de ahí.
Salí de mi tienda al campo de batalla, había un sol radiante dándome los buenos días, con sorna, el muy hijo de puta. No había pájaros en el cielo, y era normal. Parecía que las nubes también habían huido asustadas de la inminente revuelta. Hoy no se esperaba batalla, sólo reconocimiento de la zona y rastreo de algún enemigo, si es que lo había. Todo estaba en silencio, de momento. Un silencio incómodo que ponía muy nervioso. Iba con un compañero por la zona norte, como en una especie de avanzadilla. Sólo nosotros dos. Yo era algo más mayor, y sabía que estas cosas no terminan bien, pero él todavía iba con la ilusión de un joven que se enamora por primera vez.
-¿Ves algo? -me preguntó, iba detrás de mí.
-Hay bastantes formaciones rocosas que nos permitirían parapetarnos bien. Además estamos en el punto más elevado de la zona, lo que nos puede dar ventaja sobre el enemigo. Acerquémonos más a esas piedras de allí -y señalé hacia un montón de rocas que había a unos 20 metros.
A medida que nos acercábamos, algo decía en mi interior que todo estaba muy tranquilo, demasiado. Es en esos momentos cuando se te pasan por la cabeza miles de situaciones horrorosas, de esas que sólo conoces porque ya las has vivido antes en una guerra. De esas que están húmedas de lágrimas y manchadas de sangre. Situaciones sordas donde sólo escuchas gritos y bombas. Pero esta guerra era peor, mucho peor que esas. Cuando llegamos a las rocas propuse descansar un poco y beber agua. Sabía a metal de la cantimplora, pero vista la situación, era de lo que menos te podías quejar.
-¡Mira! -gritó mi compañero señalando algo que se movía a bastante distancia. Parecía el enemigo. Si.
-¡Mierda! ¡Prepara el arma, corre! -y sonó un disparo. La figura que se movía cayó de golpe, detrás del muro de una casa destruida – Buena puntería. Voy a acercarme a ver, cúbreme.
Avancé con cautela, nervioso. El sudor me caía por la punta de la nariz, no sabía si del calor o de sentimientos encontrados en mi interior, tales como miedo, emoción, impaciencia. No parecía haber nadie más en la zona. Puede que el enemigo estuviera también de reconocimiento por la zona y no para presentar batalla. Ese era el problema, nosotros siempre estamos preparados y ellos no. Llegué al cuerpo. Sabíamos del enemigo que era inteligente y que en ocasiones había tenido más fuerza que nosotros mismos. Era un adversario digno de admirar, pero ahí estaba, tumbad...
-¡Mierda! -grité cuando de repente se dio la vuelta. Y luego ya lo de siempre. Un silbido.
Mientras cerraba los ojos, pude ver como el enemigo se iba, y yo quedaba en un profundo estado de dolor. Evidentemente lloraba, y notaba el pecho húmedo, pegajoso. Siempre saben donde dar. Escuché unos pasos que venían hacia mí. Esperaba que fuese mi compañero.
-¿Qué cojones...? -y se puso de rodillas a mi lado. Me cogió- Estás sangrando, mierda. ¿Qué ha pasado? ¿Qué tipo de herida es esta?
-La peor -pude decir yo entrecortadamente-. He...
-¿He... qué? ¡joder!
-He visto a la muerte. Es de cera, de cera... pero es hermosa -tosí algo de sangre sobre mi compañero-. Sí, lo es.
-¡Le has echado un par de cojones!
-Y su voz... me ha dicho...
-¿Qué te ha dicho? -preguntó el soldado mientras lloraba, gritaba y se manchaba de mi sangre.
-Que me quiere como amigo.
Y me abrazó y lloró por mí, sabiendo que en una batalla de ese calibre no había bala que doliese más que esas palabras y que tantas vidas se habían llevado por delante.
En realidad no fue para tanto ni tan exagerado, pero la vida es más vida si la dramatizas un poco.
Salí de mi tienda al campo de batalla, había un sol radiante dándome los buenos días, con sorna, el muy hijo de puta. No había pájaros en el cielo, y era normal. Parecía que las nubes también habían huido asustadas de la inminente revuelta. Hoy no se esperaba batalla, sólo reconocimiento de la zona y rastreo de algún enemigo, si es que lo había. Todo estaba en silencio, de momento. Un silencio incómodo que ponía muy nervioso. Iba con un compañero por la zona norte, como en una especie de avanzadilla. Sólo nosotros dos. Yo era algo más mayor, y sabía que estas cosas no terminan bien, pero él todavía iba con la ilusión de un joven que se enamora por primera vez.
-¿Ves algo? -me preguntó, iba detrás de mí.
-Hay bastantes formaciones rocosas que nos permitirían parapetarnos bien. Además estamos en el punto más elevado de la zona, lo que nos puede dar ventaja sobre el enemigo. Acerquémonos más a esas piedras de allí -y señalé hacia un montón de rocas que había a unos 20 metros.
A medida que nos acercábamos, algo decía en mi interior que todo estaba muy tranquilo, demasiado. Es en esos momentos cuando se te pasan por la cabeza miles de situaciones horrorosas, de esas que sólo conoces porque ya las has vivido antes en una guerra. De esas que están húmedas de lágrimas y manchadas de sangre. Situaciones sordas donde sólo escuchas gritos y bombas. Pero esta guerra era peor, mucho peor que esas. Cuando llegamos a las rocas propuse descansar un poco y beber agua. Sabía a metal de la cantimplora, pero vista la situación, era de lo que menos te podías quejar.
-¡Mira! -gritó mi compañero señalando algo que se movía a bastante distancia. Parecía el enemigo. Si.
-¡Mierda! ¡Prepara el arma, corre! -y sonó un disparo. La figura que se movía cayó de golpe, detrás del muro de una casa destruida – Buena puntería. Voy a acercarme a ver, cúbreme.
Avancé con cautela, nervioso. El sudor me caía por la punta de la nariz, no sabía si del calor o de sentimientos encontrados en mi interior, tales como miedo, emoción, impaciencia. No parecía haber nadie más en la zona. Puede que el enemigo estuviera también de reconocimiento por la zona y no para presentar batalla. Ese era el problema, nosotros siempre estamos preparados y ellos no. Llegué al cuerpo. Sabíamos del enemigo que era inteligente y que en ocasiones había tenido más fuerza que nosotros mismos. Era un adversario digno de admirar, pero ahí estaba, tumbad...
-¡Mierda! -grité cuando de repente se dio la vuelta. Y luego ya lo de siempre. Un silbido.
Mientras cerraba los ojos, pude ver como el enemigo se iba, y yo quedaba en un profundo estado de dolor. Evidentemente lloraba, y notaba el pecho húmedo, pegajoso. Siempre saben donde dar. Escuché unos pasos que venían hacia mí. Esperaba que fuese mi compañero.
-¿Qué cojones...? -y se puso de rodillas a mi lado. Me cogió- Estás sangrando, mierda. ¿Qué ha pasado? ¿Qué tipo de herida es esta?
-La peor -pude decir yo entrecortadamente-. He...
-¿He... qué? ¡joder!
-He visto a la muerte. Es de cera, de cera... pero es hermosa -tosí algo de sangre sobre mi compañero-. Sí, lo es.
-¡Le has echado un par de cojones!
-Y su voz... me ha dicho...
-¿Qué te ha dicho? -preguntó el soldado mientras lloraba, gritaba y se manchaba de mi sangre.
-Que me quiere como amigo.
Y me abrazó y lloró por mí, sabiendo que en una batalla de ese calibre no había bala que doliese más que esas palabras y que tantas vidas se habían llevado por delante.
En realidad no fue para tanto ni tan exagerado, pero la vida es más vida si la dramatizas un poco.
domingo, 3 de agosto de 2014
Si ella sonríe (lo de siempre).
A veces para que algo sea bonito no tiene que ser rebuscado. Versos simples y mensaje efectivo. Hasta octubre más o menos.
Si ella sonríe
Me chiva el sol
Al oído una canción.
Y si ella sigue
Casi me canta dos.
Si ella sonríe
Se me eriza la polla,
Toca trote y galopa.
Y si ella sigue
Le arranco a bocados la ropa.
Si ella sonríe
Se me van las penas,
Ya ni me corto las venas.
Y si ella sigue
Se quedan mudas las sirenas.
Si ella sonríe
Es que hay fiesta en su cama,
Toca no salir hasta mañana.
Y si ella sigue
Aguanto hasta que no haya ganas.
Si ella sonríe
Se pone celosa la luna
Porque su boca brilla más que ninguna.
Y si ella sigue
Se vuelve menos oscura.
Si ella sonríe
Me pongo tontorrón
Se me empalma el corazón
Y si ella sigue
Toca coserme a su edredón.
Si ella sonríe
Pone luces a mis quebrantos
Esos de los que yo canto
Y si ella sigue
Entonces me levanto.
Si ella sonríe
Me da pena pensar estas burradas
Porque ella es más bien un hada
Y si ella sigue
La beso, me quiere, y no ha pasado nada.
Si ella sonríe
Me chiva el sol
Al oído una canción.
Y si ella sigue
Casi me canta dos.
Si ella sonríe
Se me eriza la polla,
Toca trote y galopa.
Y si ella sigue
Le arranco a bocados la ropa.
Si ella sonríe
Se me van las penas,
Ya ni me corto las venas.
Y si ella sigue
Se quedan mudas las sirenas.
Si ella sonríe
Es que hay fiesta en su cama,
Toca no salir hasta mañana.
Y si ella sigue
Aguanto hasta que no haya ganas.
Si ella sonríe
Se pone celosa la luna
Porque su boca brilla más que ninguna.
Y si ella sigue
Se vuelve menos oscura.
Si ella sonríe
Me pongo tontorrón
Se me empalma el corazón
Y si ella sigue
Toca coserme a su edredón.
Si ella sonríe
Pone luces a mis quebrantos
Esos de los que yo canto
Y si ella sigue
Entonces me levanto.
Si ella sonríe
Me da pena pensar estas burradas
Porque ella es más bien un hada
Y si ella sigue
La beso, me quiere, y no ha pasado nada.
martes, 29 de julio de 2014
Operación.
No estaba muy nerviosa. Era una simple operación de la
nariz, ponerla recta, volver a respirar bien. Esas cosas. No sabía
si con dieciséis años lo normal era tener miedo por entrar en un
quirófano, si era así, ella no lo tenía. Y allí estaba, en una
camilla fría, con una luz dándole en toda la cara, pensando que
después de un rato tal vez fuese más guapa, o no. Al menos durante
unas horas tendría la cara hinchada, pero después sí, nariz nueva.
-Vamos a ponerte un poco de anestesía – dijo el cirujano, y le acercó una mascarilla a la cara-. Cuenta hasta diez.
-Uno, dos, tres, cuatr...
¿Se había dormido? No podía ser. Apenas notaba algo su cuerpo, pero sí escuchaba lo que sucedía a su alrededor, aunque fuesen voces muy lejanas. No podía abrir los ojos. Intentó hablar, pero tampoco pudo. Se empezó a agobiar un poco.
-¿Esta chica le vale, doctor? -escuchó preguntar a una enfermera.
-Me viene perfecta. Juguemos.
¿Juguemos? La chica esperaba que se refiriese a que la operación fuese fácil como un juego, pero enseguida se dio cuenta de que no era así. Ella era el juego. Empezó a notar presión sobre su brazo izquierdo, Pudo abrir los ojos. El cirujano, que había tenido una cara amable al ponerle la anestesia, estaba riendo como un desquiciado, lleno de sangre, de su sangre. La chica tenía el brazo izquierdo abierto, y el cirujano escarbaba con un bisturí, en busca de algo más que sacar por ahí. Lo peor era ver como le iba cortando los tendones sin que ella pudiese hacer otra cosa más que mirar horrorizada la escena, sin sentir casi nada, sabiendo cómo iba a terminar. Los tendones colgaban como cuerdas de violines rotas, que ya nunca más iban a producir sonido.
-¡Doctor, tiene los ojos abiertos!- gritó una enfermera.
El cirujano se volvió, sonriendo, mientras ella se imaginaba que estaba llorando, con su brazo colgando. El cirujano se acercó lo bastante como para que notase su aliento, y la besó. Su boca sabía a una mezcla café y sangre muy asquerosa.
-Buenos labios, pequeña, me los quedaré.
Y con el bisturí le cortó los labios, despacio, separándolos perfectamente de su cara. Ella seguía sin sentir nada, pero sí lo veía, y cada vez había más sangre. El cirujano se puso sus labios en su boca. Esta loco. Se volvió a acercar a su cara, y con el mismo bisturí le empezó a cortar las aletas de la nariz, hasta que también se la cortó, e hizo lo mismo, se la puso sobre su nariz. Se estaba creando una máscara con su cara. Ella sólo se quería morir. No ver nada más, pero si que vio como el siguiente paso fue un bisturí acercándose a su cuenca ocular derecha. No sintió nada, pero de repente sólo veía que el mundo se venía abajo con su ojo izquierdo.
Durante un momento, un instante, movió el brazo derecho. Pero el cirujano se dio cuenta.
-Enfermera, proceda usted con ese brazo.
Con su ojo izquierdo vio cómo la enfermera se acercaba a ella con una sierra pequeñita. Cogió su brazo y lo empezó a serrar. Sí lo sintió. Veía la sierra moverse mientras su brazo se iba descolgando, desgarrado. Trocitos de piel se quedaban a veces en los dientes de la sierra, intentando resistir y dejar unida la extremidad, pero un movimiento seco de la sierra lo separaba como si fuese papel. Dolía, fue el primer dolor que sintió. Luego el del resto del cuerpo. Gritó, pero sólo sangre salió de su boca.
-Repasemos: brazos, hecho; labios, hecho; nariz, hecha; ojos, a medias. ¿algo más enfermera?
-Tiene un bonito ombligo.
El cirujano se acercó con un tubo. Le arrancó el camisón, dejándola completamente desnuda. Preguntó a la enfermera que si quería tetas nuevas, y se echaron a reír. Vio cómo el cirujano se las agarraba, dejándolas llenas de sangre. Le miró a su único ojo y le dijo: No te preocupes, pequeña. Y clavó el tubo en su ombligo, cada vez más hondo, y más, ella lo sentía por dentro, y sólo deseaba poder morir antes de sentir mucho más. Cuando ya tuvo una longitud considerada del tubo dentro de ella, el cirujano soltó una carcajada y lo sacó de golpe, apartando todas las entrañas, haciendo que varias partes de su cuerpo soltasen un chorro de sangre. Ella se empezó a desmayar, con suerte a morir.
-¿Vamos a por los dedos de los pies? -fue lo último que escuchó.
…
Abrió los ojos, los dos. Estaba en la habitación del hospital, se notaba la cara hinchada. Se miró el cuerpo asustada. Estaba entera. Sus padres estaban a su lado hablando con el cirujano. Ella estaba asustada, había sido todo una pesadilla. Sus padres la vieron despierta, pero primero se acercó el cirujano para examinarla. Se acercó a ella, mucho, notó el aliento a café, pero a nada más.
-Te va a quedar una nariz que ya la querría yo para mí -entonces se acercó más y susurró-, bonito ombligo.
-Vamos a ponerte un poco de anestesía – dijo el cirujano, y le acercó una mascarilla a la cara-. Cuenta hasta diez.
-Uno, dos, tres, cuatr...
¿Se había dormido? No podía ser. Apenas notaba algo su cuerpo, pero sí escuchaba lo que sucedía a su alrededor, aunque fuesen voces muy lejanas. No podía abrir los ojos. Intentó hablar, pero tampoco pudo. Se empezó a agobiar un poco.
-¿Esta chica le vale, doctor? -escuchó preguntar a una enfermera.
-Me viene perfecta. Juguemos.
¿Juguemos? La chica esperaba que se refiriese a que la operación fuese fácil como un juego, pero enseguida se dio cuenta de que no era así. Ella era el juego. Empezó a notar presión sobre su brazo izquierdo, Pudo abrir los ojos. El cirujano, que había tenido una cara amable al ponerle la anestesia, estaba riendo como un desquiciado, lleno de sangre, de su sangre. La chica tenía el brazo izquierdo abierto, y el cirujano escarbaba con un bisturí, en busca de algo más que sacar por ahí. Lo peor era ver como le iba cortando los tendones sin que ella pudiese hacer otra cosa más que mirar horrorizada la escena, sin sentir casi nada, sabiendo cómo iba a terminar. Los tendones colgaban como cuerdas de violines rotas, que ya nunca más iban a producir sonido.
-¡Doctor, tiene los ojos abiertos!- gritó una enfermera.
El cirujano se volvió, sonriendo, mientras ella se imaginaba que estaba llorando, con su brazo colgando. El cirujano se acercó lo bastante como para que notase su aliento, y la besó. Su boca sabía a una mezcla café y sangre muy asquerosa.
-Buenos labios, pequeña, me los quedaré.
Y con el bisturí le cortó los labios, despacio, separándolos perfectamente de su cara. Ella seguía sin sentir nada, pero sí lo veía, y cada vez había más sangre. El cirujano se puso sus labios en su boca. Esta loco. Se volvió a acercar a su cara, y con el mismo bisturí le empezó a cortar las aletas de la nariz, hasta que también se la cortó, e hizo lo mismo, se la puso sobre su nariz. Se estaba creando una máscara con su cara. Ella sólo se quería morir. No ver nada más, pero si que vio como el siguiente paso fue un bisturí acercándose a su cuenca ocular derecha. No sintió nada, pero de repente sólo veía que el mundo se venía abajo con su ojo izquierdo.
Durante un momento, un instante, movió el brazo derecho. Pero el cirujano se dio cuenta.
-Enfermera, proceda usted con ese brazo.
Con su ojo izquierdo vio cómo la enfermera se acercaba a ella con una sierra pequeñita. Cogió su brazo y lo empezó a serrar. Sí lo sintió. Veía la sierra moverse mientras su brazo se iba descolgando, desgarrado. Trocitos de piel se quedaban a veces en los dientes de la sierra, intentando resistir y dejar unida la extremidad, pero un movimiento seco de la sierra lo separaba como si fuese papel. Dolía, fue el primer dolor que sintió. Luego el del resto del cuerpo. Gritó, pero sólo sangre salió de su boca.
-Repasemos: brazos, hecho; labios, hecho; nariz, hecha; ojos, a medias. ¿algo más enfermera?
-Tiene un bonito ombligo.
El cirujano se acercó con un tubo. Le arrancó el camisón, dejándola completamente desnuda. Preguntó a la enfermera que si quería tetas nuevas, y se echaron a reír. Vio cómo el cirujano se las agarraba, dejándolas llenas de sangre. Le miró a su único ojo y le dijo: No te preocupes, pequeña. Y clavó el tubo en su ombligo, cada vez más hondo, y más, ella lo sentía por dentro, y sólo deseaba poder morir antes de sentir mucho más. Cuando ya tuvo una longitud considerada del tubo dentro de ella, el cirujano soltó una carcajada y lo sacó de golpe, apartando todas las entrañas, haciendo que varias partes de su cuerpo soltasen un chorro de sangre. Ella se empezó a desmayar, con suerte a morir.
-¿Vamos a por los dedos de los pies? -fue lo último que escuchó.
…
Abrió los ojos, los dos. Estaba en la habitación del hospital, se notaba la cara hinchada. Se miró el cuerpo asustada. Estaba entera. Sus padres estaban a su lado hablando con el cirujano. Ella estaba asustada, había sido todo una pesadilla. Sus padres la vieron despierta, pero primero se acercó el cirujano para examinarla. Se acercó a ella, mucho, notó el aliento a café, pero a nada más.
-Te va a quedar una nariz que ya la querría yo para mí -entonces se acercó más y susurró-, bonito ombligo.
martes, 22 de julio de 2014
Y para siempre, Grecia.
Jose Luis Navarro y Gemma López por confiar en nosotros para sus espectáculos y por querernos tanto como nosotros a ellos. Sin ellos nada sería posible. Gracias por la libertad y el mar Egeo. Gracias por la inmortalidad. A Rafita, por las noches de humor, grande.
A Abraham, que es el hombre de teatro total sin el que jamás hubiésemos podido llegar hasta aquí. Un placer tenerle entre mis mejores amigos, igual que a Pablo Plaza, gracias, porque en un viaje, cuantos más amigos, mejor, y tú has hecho de este viaje algo especial. A Yosef, nuestro Teoclímeno, por tu buen sentido del humor y tu cariño. A Jorge Povo por hacer que la brecha generacional bastante amplia no signifique nada. A Sergio Traski, pequeño gran hombre dentro y fuera del escenario. A Miguel Plaza porque ¡You raped her! ¡You murdered her! ¡Killed her children! y por supuesto, por todas las risas. A Barbi, que estuvo con vosotros en el concurso y se ha ganado este viaje a pulso, igual que ha estado conmigo tanto tiempo. A Eva porque tiene una foto con Chemario en Micenas y siempre sabe sacar una sonrisa. A Violeta Plaza, porque sin Helena de Troya no estaríamos aquí, y aunque yo sea mala persona, le tengo un cariño especial y ha sido un placer viajar con ella. A Dani Castaño, por compartir tanto gas en un camarote, por sus buenas noches y su pasión por la sandía. A Pablo porque hay que tener mucha paciencia para aguantar todos los chistes, y él lo hace, también ha sido una grata compañía. A Manu, nuestro Menelao, destructor de Troya, donde pone el ojo pone la hinchazón, Maaanu, tú si tienes dedos, gracias por la compañía, amigo. A Paula Urrutia, que gustosamente se dejó matar por mí, y que también es una grande dentro y fuera del teatro.
A Maripi, porque es lo MÁS, aguantando el tirón desde el primer día. Buena persona, buena actriz, buena compañera, buena amiga. A Alba Salcedillo, porque es como una hermana para mí desde hace mucho tiempo. A Jessi, porque un viaje es mejor si tu "idol" va contigo, gracias por soñar a mi lado. A Carmen porque hija, que iba a ser un viaje sin la joven "madre" del grupo, siempre ayudando. A Irene Vieco, porque tira hacia delante del coro, buena actriz, buena compañera, y además me hizo andar de más. A Paula Molina porque... ¿para qué has venido a Grecia? Posiblemente a la persona que menos conocía y con la que más risas me he echado, gracias por todo. A Violeta porque... piñiiiiiiiiiiiiiiii y bla bla bla, gracias por aguantarme y por no quererme, por tus je je y por la compañía. Gracias a Lidya porque... vaya tela de viaje, gracias por las risas y los buenos momentos, y por llevarte a Mario por ahí y que me dejase la cama sin hormigas. A Laura Soriano porque es la más guapahermosapreciosa de toda la compañía y es un gustazo viajar con ella, tanto como compañera como amiga. Y por último, a mi hermano, Mario, porque espero que nos queden muchos más viajes juntos, y tampoco hay mucho más que decir que no sepas.
Gracias todos por el viaje. Os quiero demasié. Orgullo Selene.
Me dejé la piel hecha tiras y jirones
En cada escenario que me pisaba los talones,
Sabiendo que su sol y sus ruinas, eso que me enferma,
Su odioso calor, su amada presencia, serían la recompensa.
Su rica historia, el dios inmortal que nos lo contaba,
La tierra que vimos y que nos cambiaba.
Me dejé el color de mis ojos, el negro que arropa
A la luna en la noche, el blanco que libre aprisiona,
Volviéndolo rojo, la gota de sangre que colma el azul Egeo
Que nosotros orgullosos navegamos contra el viento.
Si fuimos Ariadnas o fuimos Teseos que nos lo diga el tiempo
Que ahora toca llorar por lo que vivimos y sólo nosotros sabemos.
Y ojalá que no nos muramos nunca, y si lo hacemos
Que sea en Grecia, que nunca será para siempre eterno,
Y si es de verdad, que sea como este viaje, como un sueño,
Donde reímos, donde lloramos, pero sobre todo donde nos queremos.
Me dejé la voz algo húmeda en el teatro de Epidauro.
En el laberinto de nuestras vidas, a veces somos el minotauro,
Pero tenemos la guía, que sus manos sean un ovillo de lana,
Que nos saque de la vida y nos lleve a otro viaje mañana.
Arrebátame un grito en un túnel, ponme una corona,
Aunque llegases es último también puedes cantar victoria.
Me dejé los brazos en un abrazo que vieron las columnas,
Que guardó el partenón. si no besé a una cariátide no besé a ninguna.
Si no pensé en el cabo, si no llegué a una isla que me trató como a un hijo,
Si no era una fina ironía que estas vistas las tuviese Homero en Quíos.
Que me traigan ouzo, que me traigan una azotea, que me traigan sandía,
Que me traigan amigos para vivir esto todos los días.
Y ojalá que no nos muramos nunca, y si lo hacemos
Que sea en Grecia, que nos guarden en un templo.
Y si es de verdad, que lo ponga en Micenas nuestro Hefesto,
Pero que estemos todos juntos, donde reímos, donde lloramos,
Pero sobre todo, donde todos nos queremos.
domingo, 6 de julio de 2014
Por fin un final feliz.
-Nunca me ha gustado el camino fácil.
-¿Y por eso te has ido parando por las esquinas? -espetó ella.
-Sabes que las cosas no son así, que sólo han sido baches y obstáculos que superar para llegar hasta ti. Si no hubiese otras, nunca hubiese sabido que tú eres la mejor.
-Lo peor de todo es que intentes justificarte. Ya estoy muy cansada de esto, que es lo de siempre. Vete. -y empezó a llorar.
-¿Y de qué sirve entonces que esté aquí?
-¿De qué sirven las palabras si las acciones las contradicen?
Él se quedó helado, sabía que le tenía cogido por los huevos, pero no iba a rendirse. Era ella o ninguna, ella por encima de las otras. Él no veía mal el hecho de haberse acostado con otras, porque sólo había servido para demostrar que ninguna era como ella. Besos secos contra besos húmedos, distancia contra abrazos, ratos contra infinito.
-Te quiero.
-Como a todas.
-Todas no tienen nombre, y tú eres única, la única de la que me enamoro en cada beso, por eso estoy aquí.
-La culpa es mía por no dejar clara nuestra relación, aunque se daba por hecho para cualquier persona madura con dos dedos de frente que no se muere por coger cada piruleta que le ofrecen.
-Sabes que no es culpa mía. Si una chica hace el esfuerzo de besarte, le devolvemos el favor. Si Dios no quisiese que nos besásemos con otras personas no nos habría dado miradas ni labios.
-Lárgate con tu estúpida jerga romanticona. Esta noche no estoy para tus gilipolleces.
Ella se giró, dándole la espalda. Él también se giró, y espalda con espalda fueron la mejor pareja que existió durante unos segundos, hasta que él se volvió para no decir nada. Estaba perdiendo la apuesta contra sí mismo. Culpa suya por quererla tanto que se asustaba y se refugiaba en otras que frenaban sus sentimientos.
-Esta noche lo que estás es preciosa. Eso es lo que te diferencia de las demás, que tú eres guapa, eres preciosa, eres bella.
-¿Me estás diciendo que las otras son feas? -preguntó ella mientras se volvía a girar para clavar sus ojos en el corazón del patético payaso.
-No, simplemente no eran tú -al decir esto, ella se quedó callada, así que él siguió-. Asómate a la ventana y dime qué necesita la noche para ser noche.
-¿Oscuridad? ¿Luna? ¿Estrellas?
-¿Y qué son las estrellas al lado de la luna?
-Un intento de mitigar tu oscuridad.
-Puede, pero la que más brilla es la luna. Ya sé que la he cagado muchas veces y de muchas formas distintas, pero al final siempre termino aquí. Si no la cagase, no sería yo, ni sería mi vida.
-No soy tu puto salvavidas.
-No, eres mi vida entera, y si ahora mismo das sólo unos pasos hacia aquí, me abrazas y me besas, te juro que todo irá bien.
-Ya, hasta que salga el sol.
-Pues por la noche te conquistaré otra vez.
Y ella fue hacia él, pero no supo qué hacer. Era un final feliz porque es un final en el que ninguno nos vamos a meter, que hagan lo que ellos quieran, porque el amor es así, se nos va de las manos.
-¿Y por eso te has ido parando por las esquinas? -espetó ella.
-Sabes que las cosas no son así, que sólo han sido baches y obstáculos que superar para llegar hasta ti. Si no hubiese otras, nunca hubiese sabido que tú eres la mejor.
-Lo peor de todo es que intentes justificarte. Ya estoy muy cansada de esto, que es lo de siempre. Vete. -y empezó a llorar.
-¿Y de qué sirve entonces que esté aquí?
-¿De qué sirven las palabras si las acciones las contradicen?
Él se quedó helado, sabía que le tenía cogido por los huevos, pero no iba a rendirse. Era ella o ninguna, ella por encima de las otras. Él no veía mal el hecho de haberse acostado con otras, porque sólo había servido para demostrar que ninguna era como ella. Besos secos contra besos húmedos, distancia contra abrazos, ratos contra infinito.
-Te quiero.
-Como a todas.
-Todas no tienen nombre, y tú eres única, la única de la que me enamoro en cada beso, por eso estoy aquí.
-La culpa es mía por no dejar clara nuestra relación, aunque se daba por hecho para cualquier persona madura con dos dedos de frente que no se muere por coger cada piruleta que le ofrecen.
-Sabes que no es culpa mía. Si una chica hace el esfuerzo de besarte, le devolvemos el favor. Si Dios no quisiese que nos besásemos con otras personas no nos habría dado miradas ni labios.
-Lárgate con tu estúpida jerga romanticona. Esta noche no estoy para tus gilipolleces.
Ella se giró, dándole la espalda. Él también se giró, y espalda con espalda fueron la mejor pareja que existió durante unos segundos, hasta que él se volvió para no decir nada. Estaba perdiendo la apuesta contra sí mismo. Culpa suya por quererla tanto que se asustaba y se refugiaba en otras que frenaban sus sentimientos.
-Esta noche lo que estás es preciosa. Eso es lo que te diferencia de las demás, que tú eres guapa, eres preciosa, eres bella.
-¿Me estás diciendo que las otras son feas? -preguntó ella mientras se volvía a girar para clavar sus ojos en el corazón del patético payaso.
-No, simplemente no eran tú -al decir esto, ella se quedó callada, así que él siguió-. Asómate a la ventana y dime qué necesita la noche para ser noche.
-¿Oscuridad? ¿Luna? ¿Estrellas?
-¿Y qué son las estrellas al lado de la luna?
-Un intento de mitigar tu oscuridad.
-Puede, pero la que más brilla es la luna. Ya sé que la he cagado muchas veces y de muchas formas distintas, pero al final siempre termino aquí. Si no la cagase, no sería yo, ni sería mi vida.
-No soy tu puto salvavidas.
-No, eres mi vida entera, y si ahora mismo das sólo unos pasos hacia aquí, me abrazas y me besas, te juro que todo irá bien.
-Ya, hasta que salga el sol.
-Pues por la noche te conquistaré otra vez.
Y ella fue hacia él, pero no supo qué hacer. Era un final feliz porque es un final en el que ninguno nos vamos a meter, que hagan lo que ellos quieran, porque el amor es así, se nos va de las manos.
martes, 24 de junio de 2014
Irreal.
Noto que se me parte el alma
Al no sentir tu calma
Ni la paz de tu respiración,
Entonces salto de la cama
Buscando lo que echo en falta
Por toda mi habitación.
Luego me doy cuenta
De las marcas en mis venas
Y que fue cosa de mi imaginación,
Que te quiso inventar entera,
De verdad verdadera,
Y hasta con un corazón.
Y los sordos escucharon tu voz,
Y los mudos la imitaron luego,
No existías y nadie te abrazó,
Y nuestros besos, son sueños de ciego.
Te inventé, y el color de tu pelo,
Que fue real sólo por un momento,
Hasta que salió el maldito sol.
Ningún mar conoce experto marinero
Que sea capaz de desatar nuestros dedos
Cuando jugábamos al amor.
Ojalá también fueses mía
Cuando se hace de día,
Que salieses del edredón.
Que no seas sólo mentiras
De mis ganas de poesía
Y del ansia de mi canción
Y los sordos escucharon tu voz,
Y los mudos la imitaron luego,
No existías y nadie te abrazó,
Y nuestros besos son sueños de ciego.
Creo que no existe cura,
Cuando te creé desnuda
Para darle a la pasión.
Eras o tú o ninguna,
La que me subía a las alturas
De esta extraña atracción.
Quise tu fingida piel rugosa
Como el pétalo de una rosa
Rezumando baños de flor.
No podías ser tu sola,
Llorando por estar rota
Pero sin decir adiós.
Y los sordos escucharon tu voz,
Y los mudos la imitaron luego,
No existías y nadie te abrazó,
Y nuestros besos son sueños de ciego.
Al no sentir tu calma
Ni la paz de tu respiración,
Entonces salto de la cama
Buscando lo que echo en falta
Por toda mi habitación.
Luego me doy cuenta
De las marcas en mis venas
Y que fue cosa de mi imaginación,
Que te quiso inventar entera,
De verdad verdadera,
Y hasta con un corazón.
Y los sordos escucharon tu voz,
Y los mudos la imitaron luego,
No existías y nadie te abrazó,
Y nuestros besos, son sueños de ciego.
Te inventé, y el color de tu pelo,
Que fue real sólo por un momento,
Hasta que salió el maldito sol.
Ningún mar conoce experto marinero
Que sea capaz de desatar nuestros dedos
Cuando jugábamos al amor.
Ojalá también fueses mía
Cuando se hace de día,
Que salieses del edredón.
Que no seas sólo mentiras
De mis ganas de poesía
Y del ansia de mi canción
Y los sordos escucharon tu voz,
Y los mudos la imitaron luego,
No existías y nadie te abrazó,
Y nuestros besos son sueños de ciego.
Creo que no existe cura,
Cuando te creé desnuda
Para darle a la pasión.
Eras o tú o ninguna,
La que me subía a las alturas
De esta extraña atracción.
Quise tu fingida piel rugosa
Como el pétalo de una rosa
Rezumando baños de flor.
No podías ser tu sola,
Llorando por estar rota
Pero sin decir adiós.
Y los sordos escucharon tu voz,
Y los mudos la imitaron luego,
No existías y nadie te abrazó,
Y nuestros besos son sueños de ciego.
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