¡Diablos! Era guapa la chica, o al menos a mí me lo
parecía. Joven y bonita. Yo también era joven, pero no tanto como
ella. También eran jóvenes los momentos que empezamos a pasar
juntos, pero como siempre pasa en las historias de este tipo, esos
momentos envejecen, e incluso mueren. Así es la vida, se puede
definir perfectamente como momentos. Momentos en la calle, momentos
en un parque, momentos en un bar, momentos en la cama, momentos en la
ducha. Viendo esa lista también podríamos decir besos en lugar de
momentos, pero no, no podemos permitírnoslo. Fue, es y será una
norma básica de esto. Nada de amor, porque no es conveniente.
Llegados a este punto, enamorarse sería echarlo todo a perder,
joder. Malditos sentimientos queriéndose entrometer en todo... pues
con nosotros no podrán, ya te lo digo yo.
-Nunca me había fijado, pero tienes el blanco de los ojos
demasiado blanco. O tal vez es que eres muy moreno y tienes los ojos
muy oscuros, y por eso resalta más. Es increíble.
-Tal vez es que sólo unos ojos claros me han visto bien
-dije yo-, o tal vez es el reflejo de la aurora boreal.
-También tienes unas manos muy suaves.
-No habrás tocado muchas manos entonces.
-Bufff, no, y espero no hacerlo.
-Mejor, mejor.
No podíamos permitírnoslo. De vez en cuando nuestras manos
se tanteaban, pero nunca se agarraban. El roce hace el cariño, así
que nos rozábamos lo justo y necesario. Si nos sobrepasábamos,
echábamos la culpa a la oscuridad. Cada vez nos veíamos menos a la
luz del día, y yo no sé cómo se lo tomaba ella, pero a mí me daba
igual, lo importante era verse de vez en cuando. Verse sin ropa, no
verse con la luz apagada y sentirse, hacerlo sin querer(se).
Después la acompañaba un poco a su casa. Se podría
interpretar como un gesto de caballería. No nos confundamos, que no
la quisiera no significa que no me gustase, y no quería que le
pasase nada a altas horas de la madrugada. Es curioso, porque a mí
me podrían atracar igual que a ella, pero bueno, el gesto está ahí.
Gestos bonitos que crean momentos que esperamos que no nos hagan
enamorarnos, porque joder, es imposible. Más allá de dos cuerpos
desnudos somos bastante diferentes. Yo quería Bunbury, ella Fito. Y
no, no puede ser. Aún así, había besos de despedida, después de
los de bienvenida.
-Adiós, ten cuidado el resto del camino.
-Lo tendré, y seguro que llegaré antes que tú a casa.
Y era verdad. Claro, con esas largas piernas hasta el suelo
caminaba con más brío que yo. Además, yo era un caminante lento
ensimismado. Me cruzaba con un par de cucarachas, algún gato y poco
más. Ningún coche cruzaba el barrio a esas horas, y era una mierda,
porque entre tanto silencio sólo se escuchaba una voz atronadora en
mi cabeza.
-¿Qué haces? No te lo permitas, eh -me decía.
-Claro que no, joder. Está todo hablado. Pero sí que me
preocupo por ella, porque es más joven, más inocente, y no sé si
ella sabrá no permitírselo. Parece madura, pero...
-Ten cuidado.
-Lo que tengo es miedo, no quisiera hacer daño a nadie.
-Tener miedo es buena señal.
-¿De qué?
-De que es verdad que tú no te lo permites. Sea como sea, no
le hagas daño.
¿Para qué cojones escribo un diálogo con una voz en mi
cabeza? Justo me llegó un whatsapp cuando mi llave se estaba
follando a la cerradura de mi casa. Ella ya había llegado. Me
tranquilicé. Bebí agua, meé, me quité la ropa y me acosté.
¡Diablos! La cama aún olía a ella, igual que sus manos olerían a
mí. Me levanté y cogí un rotulador negro, permanente, me abrí el
pecho, saqué el corazón y puse “STOP”. Hice una foto antes de
colocármelo y se la mandé. Al cabo de tres minutos ella me contestó
con otra foto, en ella salían su corazón y su cerebro, y en ambos
estaba dibujada una señal de prohibición sobre un corazón.
Perfecto.
A qué viene esa sonrisa,
No ves que fuera está lloviendo.
Barritan los grifos de la ducha
Porque ya no ven tu cuerpo.
Se quejan los azulejos del baño,
Cansados de aguantar el espejo
Que ya no muestra tu cara,
Sólo vaho de este invierno.
Este invierno sin prisa
Volviéndose un infierno.
Rugidos del metal de la estufa
Porque ya no calienta tus huesos.
Lloran los hilos de este trapo
Cansados del polvo de un recuerdo
En el que mojan tus babas
Por no inundar el suelo.
Este suelo no se pisa,
No ves que hay un muerto.
Graznidos de una almohada difunta
Porque se ha desangrado de sueños.
Gime el fondo de este plato
Cansado de estar vacío de sustento
Que alimentaba toda mi cara
Con saliva de tus besos.
Estos besos que no se repitan,
No ves que ahora estás lejos.
Ladran dos bocas que no están juntas
Porque no hablan de sentimientos.
Se lamenta la caja de mis ratos olvidados
Cansada de hacer sitio a los “te quiero”
Que me decías con una mirada
Antes de decirme “hasta luego”.
Era incómodo dormir en cubierta, pero
la brisa me despejaba. Parecía mentira que fuese un hombre de mar,
pero lo era. Ese mar que me mareaba me daba la vida. Así que cada
noche me subía a dormir allí, entre unos rollos de cuerda,
disfrutando de una clara noche. La luna brillaba bastante, pero no
llegaba a eclipsar a las estrellas. En conclusión, un conjunto de
perlas iluminaban el firmamento, sin una nube que amenazase. Me
estaba quedando dormido cuando escuché pasos sobre la madera. Su eco rompió el inmenso silencio de la respiración del agua. Pensé
que era raro, al vigía aún no le tocaba rotar su turno. Levanté la
cabeza.
-Te he amado tantísimo, que te sigo amando en el presente, y
dudo que este amor se fuese a terminar en el futuro -decía mi
capitán, Willem van der Decken. Pero... ¿con quién hablaba?-. Si
algo me separase de ti, no sabría de qué mástil colgarme, o en qué
mar hundir mi calavera. Te miro y me devuelves la mirada, me colocas
a la luna detrás, como si yo fuese el primero en tus oscuros y
profundos ojos.
Estaba asomado por la borda, como poseído. Pensé que se iba
a arrojar, así que me fui a levantar cuando noté que algo pasaba.
Un nubarrón gris oscuro tapó la luna, y la brisa se volvió
glacial, pero el capitán pareció no darse cuenta. Hubo un fogonazo
verde, después se mantuvo esa iluminación, tiñendo de verde todo la cubierta, coloreando el silencio, dándole un tono verde al vaho que de repente exhalaba. Confieso que me asusté
y me quedé donde estaba, entre cuerdas y aparejos. Otra voz habló,
pero no era una voz normal, sino cavernosa, profunda, diabólica.
-Así que un lobo de mar enamorado de...
-¡Calla! -espetó van der Decken, como si la presencia de
esa voz no le fuese ajena.
-Sabes... si no se enterase “nuestro amigo”... yo podría
hacer que fuese tuya... para siempre.
-¿Para siempre? ¿A cambio de qué?
-Para siempre, sin importar las adversidades. A cambio de
algo que nunca necesitarás... ¿para qué quieres tu alma?
-Si no es con el alma, ¿con qué voy a amarla?
-¡Con esto! -gritó la voz, y la luz se hizo más intensa,
tanto que dejé de mirar la escena y me guié por las sombras que se
proyectaban en una de las velas. El capitán estaba de rodillas, y
otra figura, la dueña de la voz, tenía en su mano... No podía ser.
Me giré y contemplé la escena de refilón. La mano dueña de la
voz, también era la dueña del corazón del capitán-. Cuídalo
bien, guárdalo en este cofre.
-¿Y mi alma?
-Esa la guardaré yo... y no solo la tuya... -hubo una pausa.
¿A qué se refería?-, también la de tu tripulación.
Di un leve grito de asombro, lo justo para que la mano me
señalase...
[…]
No tenía ganas de nada. Simplemente vagaba por la cubierta.
En cambio miraba al capitán y sonreía. Nos decía a todos que el
mayor tesoro se guardaba en cofres pequeños. Y siempre miraba al
mar. Entonces se encerraba en su camarote. Una noche en la que no
hacía nada, sólo existir, escuché voces.
-Te amo tanto, la amo tanto, y mientras esto esté aquí, el
amor será para siempre, sin importar tempestades, heladas,
insolaciones. Siempre.
¿Hablaba solo?
-Pero esas cosas importan, y estarán presentes.
-No... nada me podrá separar de ella -decía mi capitán,
loco, chiflado, majareta. Se notaba que no tenía alma, la piel
cerúlea, los ojos ojerosos y con bolsas, pero sonreía. Y yo no
sabía distinguir una sonrisa de loco y una sonrisa de enamorado,
aunque tal vez no haya diferencia.
-Serás castigado por la justicia divina -dijo la otra voz,
calmada-. Sin embargo, yo creé a los hombres, y si amáis es por mí,
y si hacéis locuras y pactos con el diablo por amor, supongo que
puedo reprochármelo. Por tanto, te condeno a amar... para siempre.
Nunca te separarás de tu amor... y no sólo tú... tampoco tu
tripulación.
Fue sentencioso. Pero sin alma no pude sentir miedo, ¿o sí?
Y esto ocurrió hace ya muchos años. Desde entonces hemos
vivido lejos de la tierra, junto al amor del capitán. Lejos de todo
placer terrenal. Siendo la niebla que cubre el mar como el vestido
que cubre al gran amor del capitán. Silenciosos. Me gusta advertir a
otros de los horrores que pueden surgir de pasar tanto tiempo aquí.
Muchos dicen que el mar es traicionero, pero yo digo que la mar, o te
vuelve loco... o te enamora. Y cuando te enamora, sufren todos las
consecuencias.
Esta mañana a la luna se le ha olvidado irse
Y está por partirse la puta cara con el sol
Para ver cual de los dos ha de morirse
Al llenar de luz las piedras que serán carbón.
Este trovador que llora, no sé si canta
O sólo rasga las cuerdas de su voz,
Estrujando un corazón por la garganta
Y que suena más alto que un amor.
Que en este barrio la alegría se ha ido a tender
Las sonrisas a la azotea del olvido por si te ve
Pisando los adoquines que veían cómo te elevabas
Cada vez que te besaba haciendo de gallina tu piel.
Las margaritas desnudas se están peleando
Y terminarán llorando por no soñar
Que un golpe primaveral acabe coloreando
De sangre y de cielo las ramitas del azahar.
Nos dijeron que las calles han crecido
Desde que te has ido y no haces llorar
Con tu sucio amar a otros pobres chicos
Que pensaban que el oro salía de tu caminar.
Que en este barrio la tristeza se ha ido a tender
Los llantos a la terraza del recuerdo por si te ve
Pisando los adoquines que veían tus bragas
Cuando llevabas falda y nos hacías crecer.
Que eran sólo piedras en el asfalto
Como personas entre los humanos.
Ríos cruzando la montaña,
Cicatrices en la piel.
Tensión entre las miradas,
Adoquines contra la sien.
Testigos de todas las historias
Que acaban bien para la novia.
Aguantan pisadas y mierda,
Como yo, no lloran ni aunque llueva.
Está que quiere y no puede salir. Pero está. Noto cómo me está arañando en alguna parte de mi interior. Se ahoga y no puede respirar. No le sirve el oxígeno que inhalo, no le sirve el humo, porque es el humo lo que quiere salir, y mi cuerpo no aguantaría otro pequeño corte sangrante que lo libere. No lo aguantaría. Me tiro en el sillón, con el vacío delante, buscando una ventana para poder mirar algo de fuera, pero estoy que quiero y no puedo salir. Encerrado dentro de mí mismo. Arañar las paredes me haría más daño a mí que a ellas. Encima de ninguna mesa hay un vaso tan transparente que puede que esté vacío. Por si acaso bebo lo que pueda o no pueda haber. ¿Y si eso me inspirase? No lo creo. Mis pantalones vaqueros favoritos están rotos, pero llevo botines nuevos, negros, relucientes, a juego con la camiseta que llevo. Y la barba, la odio, no deja de crecer, quiere y puede salir. Esto es todo lo que tengo, y no me parece para nada interesante, pero escribir por escribir se está convirtiendo en un mal hábito, y es lo único que me preocupa, mientras afuera la gente se mata, se ríe, se pega, se folla, fuman, beben, saltan, bailan, como si estar vivos fuese la hostia, algo bueno. Y puede que lo sea cuando ellos son mayoría y yo estoy aquí sentado, mirando el espejo como si fuese una ventana.
Hoy tampoco sale. Creo. No, no sale, y quiere. Doy una patada a la mesa y el vaso se vuelca sobre los papeles vacíos. Me chorrea el pelo en una cruel metáfora. Si tuviese una vieja máquina de escribir estas cosas no me pasarían, eh Hank.
-Deja de hacerte el interesante y sal fuera a matar, a reír, a pegar, a follar, a fumar, a beber, a saltar, a bailar. Vive y deja de estar tan muerto. Quieres y puedes salir.
Y Hank se quedó detrás del espejo (¿o era una ventana?). Yo no le hice caso y seguí mojándome.
Dicen que la envidia no es un sentimiento,
Que se lo digan al que no sabe que brilla por dentro.
Que no hace otra cosa más que mirar su reloj
Como si el tiempo fuese su revolución.
Y la inquietud que paraliza su cuerpo,
Las agujas que le han besado veneno.
Se empalman sus labios, su boca, sus dientes,
La lengua cuando sabe que no hay amaneceres.
Porque se abraza por si acaso a la soga
Cuando ve que en el mundo no caben más personas.
Los pies sólo pisan la línea donde se juntan la mierda
Y las páginas que traen versos de niebla.
Cuando la pata de la silla se parte, aparece la fe
Como aparecen las putas para los que en el amor no creen.
Hacer acopio de oxígeno es egoísmo, si por la sangre
Ya corre podrida la calavera que nos vuelve nadie.
Tuvo dos formas de decir adiós y usó las dos,
La emotiva y la física, la de las venas y la del cordón.
La que recorre su cuerpo como si fuese un hormigueo
Y la que te deja sin habla al besarte el cuello.
Con los ojos en blanco aún balanceaba sus pies,
Se lo encontró su alma preguntando por qué.
Estira el brazo, el polvo atraviesa sus manos,
¿Es un fantasma o sólo estaba muy delgado?
Las ojeras hablan desde el reflejo en el espejo,
¿En qué momento decidió no hacerse viejo?
Dicen que el suicidio es inquietante hasta el último momento,
Que se lo digan al que en vano llevaba la lucha por dentro.
Sé perfectamente lo que es estar sin
ti. El tiempo pasa dolorosamente lento, amoldándose a los
sentimientos, como si no le gustásemos desde el principio y nos
quisiera mantener separados. Tal vez me falte eso, saber controlar el
tiempo para aprender a vivir sin ti, pasarlo hasta ese momento idóneo
y perfecto en el que me encuentro a gusto sin ti, pasarlo hasta los
buenos momentos. Y todo esto sabiendo lo que es estar sin ti pero,
¿sabes? No se está tan mal, y puedo descubrir tu vida sin mi.
Tu primera cita, en un parque cualquiera, con un chico
cualquiera, mientras yo estoy leyendo un libro de poesía debajo de
un árbol, sin ti. Empezaría a hacer frío, y mientras los galanes
de pacotilla se desprenden de sus chaquetas para dárselas a sus
damiselas, yo cogería el metro, solo, y me iría a mi casa. Tu chico
cualquiera te invitaría a algo, como si el dinero no importase, como
si ahora los sentimientos se pudiesen comprar. Yo he gastado mi
dinero, sin ti, en un abono transportes para poder moverme. Como tu
chico cualquiera te ha invitado, propicia una escena de beso en esa
cafetería elegante del centro, a la que si yo fuese sin ti, me
mirarían mal. Es fácil imaginarlo.
Estoy en casa, tirado en la cama haciendo dibujos con el
gotelé, mientras a ti te han acompañado a casa con la intención de
robarte un beso en el portal. Yo tengo ganas de aceptar esta soledad
tan reconfortante, mientras que vosotros queréis vuestra mutua
compañía, no sabéis estar solos, sin ti. Iría algún día al
centro, a una tienda de esas de libros y discos geniales. Mientras
estoy escuchando el último disco de Noel Gallagher, voy a buscar un
libro de poesía que no hable necesariamente de ti. Entonces me
encuentro con la pareja cualquiera compartiendo gustos. Llueve y me
voy. No llevo paraguas, pero por el camino te veo compartiendo
paraguas con un chico cualquiera.
Empiezan los exámenes, no todo puede ser perfecto. Tengo
todo el tiempo del mundo para estudiar. Siento no poder decir lo
mismo de ti. Aún así, un miércoles de cine se puede salvar. Voy
solo a ver la última película más premiada de los Óscar, mientras
tú vas a ver la película boba y erótica del momento, arrastrando a
un pobre condenado contigo. Y yo sin ti. En nuestra sala nos
emocionamos con la mirada del actor menos de moda del mundo, mientras
en la vuestra, las parejas se cogen de la mano al escaso brillo de la
sonrisa del guaperas de turno.
Esa misma noche, en casa, yo estoy escribiendo algún relato
o poesía que no hable necesariamente de nadie. Así no se me colapsa
el móvil de mensajitos moñas. Dándome cuenta de que estoy sin ti,
pero vivo y respirando ese aire que transmite las ondas que llevan un
mensaje con un mote para ti, sacado de alguna canción, como “silueta
del pecado”. Yo sigo escribiendo, regalándome palabras, sin ti. Lo
hago mejor.
Vivo en una paz profunda. La gente dice que debería
encontrar pareja, como lo hiciste tú. Pero soy un chico imposible.
Tú pensarás tus cosas, yo pensaré mis cosas, y a la gente que la
den por culo. Lo que dijesen me resbalaría tanto que me tropezaría
conmigo mismo con tanta fuerza que acabaría en urgencias, donde
podría ver a otras que llegaron a mí antes que tú. Así la gente
me tendría que aguantar sin ti un poco más.
Pasará el tiempo, y mi mano, al viento, sólo agarra los
sueños que estaban a punto de escaparse, mientras que las parejas de
alrededor las llevan bien cogidas, sin espacio para alcanzar su
futuro. Tú engañarás a otro diciendo que cada vez que lo hacéis
es igual que bonito e intenso como la primera vez, pero sólo estáis
follando. Yo, sin ti, me quiero más, sin necesidad de ensuciar esto
con el sexo. Espero que no te de miedo saber cómo es mi vida sin ti,
porque voy a dar un salto en el tiempo, y sin nadie para agarrarme y
ayudarme a caer.
Tengo un buen piso en una buena zona de la ciudad. Realmente,
no me gustaría dejar el barrio. Tú estás con un chico cualquiera,
compartiendo piso, gastos, discusiones, etc. Me gustaría ser tan
raro como para mirar por una ventana, ver a una pareja feliz y desear
tener lo mismo, pero no lo soy, así que bajo la persiana para estar
bien sin ti. Podría ir esa misma tarde al cine a ver una peli del
actor que nunca estuvo muy de moda y ahora, ya de mayor, se está
llevando las mejores críticas. Cosas que hagan más amenas el
presente.
He dormido bien. Salgo por la mañana a dar un paseo, y te
veo. Estás saliendo de una iglesia, de blanco. Te tiran arroz y tú
sonríes, sin verme. Este sí podría ser el momento en el que
empiece a doler estar sin ti. Pero no lo es. Prosigo mi camino,
intentando olvidar tu silueta del pecado, mientras voy a tomar algo
con mis amigos. Les cuento lo que he visto, y sólo pueden decir “¡LO
QUE ES LA VIDA!”. Me acuerdo de esa tarde, en el parque, estando yo
sin ti y leyendo, y tú con un chico cualquiera. Y mira cómo ha
terminado todo.
Me encuentro dando clases, soy profesor, por supuesto. El
apellido de uno de mis alumnos me es dolorosamente familiar. Siempre
es siempre, y siempre me va a perseguir algo de tu recuerdo, hasta
cuando he hecho mi vida sin ti y sólo deseo que hubieses sido alma
ajena en el templo de mi vida. Puede que todo sea muy extraño, pero
es que el desamor, como el amor, no admite cuerdas reflexiones. Al
menos este no es tan cursi como Contigo.
Con mi vida hecha, sólo puedo decir que cada día soy más
feliz, que mis ojos brillan mucho, que mis labios han vivido más
todavía pero que, desgraciadamente, cada día tengo que escribir un
poco sobre ti. Por desgracia, pasado, presente y futuro.
Han pasado muchos años. Noel, después de sacar muchos
discos, volvió con Oasis, ha habido muchos poetas peores que yo, el
actor murió y dejó al buen cine huérfano y, por lo que sé,
tenemos muchas canas. Pero cuando mi mano arrugada y temblorosa
agarra una sábana blanca del dolor que siento, me doy cuenta con
mucho pesar de que lo más doloroso que hay en mi interior es el
recuerdo de tu silueta del pecado. Y en esa cama del hospital donde
me esté muriendo, sólo podré lamentar que me estoy yendo solo, sin
ti, porque si algún día me he arrepentido de algo, es de haberme
imaginado toda una vida en la que no estás conmigo.