De tantas palabras que me sé,
Ninguna es la adecuada para decirte adiós,
No sé si es que me queda por aprender
O es que el rencor no sabe gritar a viva voz.
Si te escribiese para que te fueses
Una canción, sería una mierda,
Poniendo con letras las veces
Que te querría ver muerta.
Porque no te quiero a mi lado,
Y que se me vuelen los brazos
Para ir a buscar
Un cuerpo sin cadenas
Que se llame libertad.
Cansados, así tengo los besos,
Así que déjalos entre sueños.
Que tengo los labios con sangre
Que sabe mejor que tu boca incesante.
No hay un número tan grande,
Ni ciencias explicables
Para este sentimiento
Que cava fosas,
Y es que te odio
Por encima de todas las cosas,
Así que vete alejando
Por el camino solitario,
Que te quiero escribir:
Amor espacial,
Sentimiento irracional,
Y para que te vayas
Un camino de aristas claras.
domingo, 7 de junio de 2015
domingo, 24 de mayo de 2015
Como dos desconocidos.
Ella nunca había hecho eso, ni se lo había planteado, pero
llegó su amiga Menchu, la moderna, y se lo dijo, que por probar no
pasaba nada, que era algo natural y que todo el mundo tiene sus
necesidades. Y claro, Menchu en eso era una experta. Ella, Gabi, no
tanto. Desde que su marido la dejó por una chica más joven, no ha
estado con nadie, y no creía necesitarlo, hasta que Menchu le metió
la idea en la cabeza.
-Es muy fácil, llamas y te lo envían a casa o a donde tú quieras y para lo que tú quieras, total discreción -decía su amiga ajustándose las gafas-. Toma, te dejo el número, vas a disfrutar, ya verás.
-No sé... bueno, ya veré -tendió la mano y cogió el papelito.
Y llamó, dispuesta a no pasar una noche de sábado sola, sin más compañía que una cena precocinada y un grupo de tertulianos diciéndose de todo en la TV. Ya estaba bien de esas noches tristes, llamó, y esa misma noche tendría un jovencito elegante en su puerta, y tomó además una decisión, esa noche mandaba ella.
Gabi se estaba terminando de maquillar cuando sonó el portero automático. Se puso un poco nerviosa, mientras su acompañante subía en el ascensor, podría retocarse un poco el pintalabios. No iba muy maquillada, esa noche la puta no era ella. Fue a abrir, cuando preguntó que quién era (aunque era absurdo, ya lo sabía), se escuchó un tímido: Su cita de esta noche.
El chico se miraba en el espejo del ascensor. Si la universidad no fuese tan cara no tendría que caer tan bajo. Sabía que había otros métodos de conseguir dinero, pero no tan rápido como hacer que una mujer entrada en años se sintiese querida y deseada. Sergio se atusó el tupé y se colocó el traje. En la profundidad de sus ojos marrones terminaba de morir la inocencia que le quedaba. Tiró el chicle de menta a una esquina del ascensor, salió y llego a la puerta, respiró hondo.
-Buenas noches -dijo él. Cuando la vio, supo que iba a ser, posiblemente, la peor noche en todo el tiempo que llevaba en la agencia.
-Adelante, pasa -invitó Gabi, con la voz temblorosa-, ¿quieres tomar algo? Tengo vino.
-Pues vino, mismamente -Gabi le hizo un gesto para que se sentase en un enorme sofá blanco, la mesa de delante estaba llena de papeles-.
-Perdona, estaba corrigiendo unos exámenes.
Al principio todo transcurrió sin más, Sergio miraba el salón con curiosidad, pero era una casa muy simple, con unos cuantos muebles blancos y negros, una televisión de pantalla plana de no más de 32 pulgadas y unos cuantos cuadros de algo que él no podía explicar, sencillo y moderno a la vez. La iluminación era tenue y el vino entraba muy bien, aunque él no era experto, podría haber sido vino de cartón y no se hubiese dado cuenta. Se quitó la americana.
-¿Quieres empezar ya? -preguntó Gabi presurosa al ver el gesto de su cita.
-No, no, tranquila, sólo es el cal... -pero no pudo contestar del todo porque aquella mujer le besó. No era costumbre que las clientas besasen, y más le sorprendió que fuese aquella clienta. Pero el deber era el deber, así que hizo su trabajo.
Del salón a la habitación se hizo un camino de ropa. Sobre todo la de él. Primero la corbata, la camisa, los calcetines, y ya en la puerta los pantalones. Se quedó sólo con los bóxer negros. Gabi le empujó contra la cama y sonrió de verdad por primera vez en toda la noche. Por primera vez en mucho tiempo. Ella se deshizo de su blusa y de su falda y se quedó en ropa interior. Llevaba un conjunto de color morado. Sergio se acordó del pelo de su exnovia. No era momento de pensar en eso ahora, en ese trabajo había que dejar los sentimientos de lado. Todo de lado y encima aquella mujer. Se quitó el sujetador y dejó caer dos pechos de tamaño considerable sobre su cara. Empezaba el trabajo.
Gabi no cabía en sí de la excitación, fue besándole el torso hasta llegar a los calzoncillos del chico. Los bajó y presentó su boca a la polla de Sergio. Él se temía que tendría que hacer lo mismo. Así que cambiaron de postura. Al menos está limpia, pensó el joven, intentando limpiar aquella situación en su mente. El subió con su boca hasta los pechos de Gabi y arrimó su miembro latente al rincón cálido de su clienta.
-No hace falta que uses condón -dijo ella entre gemidos.
-Debo hacerlo, normas de seguridad -contestó él mientras se ponía uno que había rescatado del pantalón, tirado en la puerta.
Gabi, a su edad, no se imaginaba las infinitas posibilidades de placer que podía otorgar un cuerpo. Para ella, ponerse a cuatro patas era de puta y de golfa, o así se lo hacía saber a sus amigas, sin embargo, ese fue uno de los mejores orgasmos de su vida. Del dormitorio pasaron a la ducha, donde lo único que no se empañó del todo fue ese trozo de mampara en el que el cuerpo de Gabi quedó empotrado mientras Sergio, pensando en el dinero, follaba como si no hubiese mañana, con el agua cayendo encima de ellos, limpiando lo más bajo de sus instintos. Mientras se secaban, él pensó que no tenía una espalda fea aquella mujer, pero entonces se giraba y volvió a sentir el enmudecimiento que tuvo nada más verla. No era fea tampoco, pensaba.
Se vistió mientras ella fue a buscar el dinero. Quería irse de allí ya. Apareció ella con un batín y 350 euros en la mano. Le acompañó a la puerta.
-Siento si no era lo que esperabas -le dijo mientras le acariciaba la cara a su joven y particular efebo -. Confío en la total discreción.
-La habrá. Buenas noches.
Gabi cerró la puerta y se miró en el espejo del recibidor. Unas puertas metálicas se cerraron detrás de Sergio y se miró en el espejo del ascensor. Ella estaba radiante. Él sólo quería irse a dormir y que todo hubiese sido una pesadilla, sintió lo que nunca había sentido con otra clienta. El lunes va a ser un día complicado en clase, pensaron los dos.
-Es muy fácil, llamas y te lo envían a casa o a donde tú quieras y para lo que tú quieras, total discreción -decía su amiga ajustándose las gafas-. Toma, te dejo el número, vas a disfrutar, ya verás.
-No sé... bueno, ya veré -tendió la mano y cogió el papelito.
Y llamó, dispuesta a no pasar una noche de sábado sola, sin más compañía que una cena precocinada y un grupo de tertulianos diciéndose de todo en la TV. Ya estaba bien de esas noches tristes, llamó, y esa misma noche tendría un jovencito elegante en su puerta, y tomó además una decisión, esa noche mandaba ella.
Gabi se estaba terminando de maquillar cuando sonó el portero automático. Se puso un poco nerviosa, mientras su acompañante subía en el ascensor, podría retocarse un poco el pintalabios. No iba muy maquillada, esa noche la puta no era ella. Fue a abrir, cuando preguntó que quién era (aunque era absurdo, ya lo sabía), se escuchó un tímido: Su cita de esta noche.
El chico se miraba en el espejo del ascensor. Si la universidad no fuese tan cara no tendría que caer tan bajo. Sabía que había otros métodos de conseguir dinero, pero no tan rápido como hacer que una mujer entrada en años se sintiese querida y deseada. Sergio se atusó el tupé y se colocó el traje. En la profundidad de sus ojos marrones terminaba de morir la inocencia que le quedaba. Tiró el chicle de menta a una esquina del ascensor, salió y llego a la puerta, respiró hondo.
-Buenas noches -dijo él. Cuando la vio, supo que iba a ser, posiblemente, la peor noche en todo el tiempo que llevaba en la agencia.
-Adelante, pasa -invitó Gabi, con la voz temblorosa-, ¿quieres tomar algo? Tengo vino.
-Pues vino, mismamente -Gabi le hizo un gesto para que se sentase en un enorme sofá blanco, la mesa de delante estaba llena de papeles-.
-Perdona, estaba corrigiendo unos exámenes.
Al principio todo transcurrió sin más, Sergio miraba el salón con curiosidad, pero era una casa muy simple, con unos cuantos muebles blancos y negros, una televisión de pantalla plana de no más de 32 pulgadas y unos cuantos cuadros de algo que él no podía explicar, sencillo y moderno a la vez. La iluminación era tenue y el vino entraba muy bien, aunque él no era experto, podría haber sido vino de cartón y no se hubiese dado cuenta. Se quitó la americana.
-¿Quieres empezar ya? -preguntó Gabi presurosa al ver el gesto de su cita.
-No, no, tranquila, sólo es el cal... -pero no pudo contestar del todo porque aquella mujer le besó. No era costumbre que las clientas besasen, y más le sorprendió que fuese aquella clienta. Pero el deber era el deber, así que hizo su trabajo.
Del salón a la habitación se hizo un camino de ropa. Sobre todo la de él. Primero la corbata, la camisa, los calcetines, y ya en la puerta los pantalones. Se quedó sólo con los bóxer negros. Gabi le empujó contra la cama y sonrió de verdad por primera vez en toda la noche. Por primera vez en mucho tiempo. Ella se deshizo de su blusa y de su falda y se quedó en ropa interior. Llevaba un conjunto de color morado. Sergio se acordó del pelo de su exnovia. No era momento de pensar en eso ahora, en ese trabajo había que dejar los sentimientos de lado. Todo de lado y encima aquella mujer. Se quitó el sujetador y dejó caer dos pechos de tamaño considerable sobre su cara. Empezaba el trabajo.
Gabi no cabía en sí de la excitación, fue besándole el torso hasta llegar a los calzoncillos del chico. Los bajó y presentó su boca a la polla de Sergio. Él se temía que tendría que hacer lo mismo. Así que cambiaron de postura. Al menos está limpia, pensó el joven, intentando limpiar aquella situación en su mente. El subió con su boca hasta los pechos de Gabi y arrimó su miembro latente al rincón cálido de su clienta.
-No hace falta que uses condón -dijo ella entre gemidos.
-Debo hacerlo, normas de seguridad -contestó él mientras se ponía uno que había rescatado del pantalón, tirado en la puerta.
Gabi, a su edad, no se imaginaba las infinitas posibilidades de placer que podía otorgar un cuerpo. Para ella, ponerse a cuatro patas era de puta y de golfa, o así se lo hacía saber a sus amigas, sin embargo, ese fue uno de los mejores orgasmos de su vida. Del dormitorio pasaron a la ducha, donde lo único que no se empañó del todo fue ese trozo de mampara en el que el cuerpo de Gabi quedó empotrado mientras Sergio, pensando en el dinero, follaba como si no hubiese mañana, con el agua cayendo encima de ellos, limpiando lo más bajo de sus instintos. Mientras se secaban, él pensó que no tenía una espalda fea aquella mujer, pero entonces se giraba y volvió a sentir el enmudecimiento que tuvo nada más verla. No era fea tampoco, pensaba.
Se vistió mientras ella fue a buscar el dinero. Quería irse de allí ya. Apareció ella con un batín y 350 euros en la mano. Le acompañó a la puerta.
-Siento si no era lo que esperabas -le dijo mientras le acariciaba la cara a su joven y particular efebo -. Confío en la total discreción.
-La habrá. Buenas noches.
Gabi cerró la puerta y se miró en el espejo del recibidor. Unas puertas metálicas se cerraron detrás de Sergio y se miró en el espejo del ascensor. Ella estaba radiante. Él sólo quería irse a dormir y que todo hubiese sido una pesadilla, sintió lo que nunca había sentido con otra clienta. El lunes va a ser un día complicado en clase, pensaron los dos.
martes, 12 de mayo de 2015
Pequeño
No llego ni al suelo,
Pero tengo el tamaño perfecto
Para entrar a vivir
Dentro de ti.
Porque el miedo
Me ha hecho tan pequeño
Que me podría colgar
Del nudo de la garganta
Que no me deja hablar
Y decirte que soy así,
Tan pequeño, minúsculo,
Porque me perdí
En el lado oscuro
De tu cuerpo desnudo
Y me asomé
Por tus pupilas
Y me asombré
De lo fea que es la vida
Cuando no te veo delante,
Sino que veo mi semblante
Desde tus ojos rojos,
Como si fuese un espejo roto
Haciendo versiones de mí,
Versiones pequeñitas,
Cada una en una cajita,
Una para cada día.
Porque mi tamaño perfecto
Es el que me permite,
Por ser tan pequeño,
Nunca despedirme
Y colarme en tus sueños
Escalando por el pelo,
Entrando por tus orejas,
Y matando los desvelos,
Ver que conmigo sueñas,
Y juegas,
Y te tocas.
Entonces ya no soy pequeño,
Pero querría serlo
Para vivir en tu boca
Mientras tu mano piensa
En lo que tienes entre las piernas.
Pero ya no soy pequeño,
Lo siento.
Pero tengo el tamaño perfecto
Para entrar a vivir
Dentro de ti.
Porque el miedo
Me ha hecho tan pequeño
Que me podría colgar
Del nudo de la garganta
Que no me deja hablar
Y decirte que soy así,
Tan pequeño, minúsculo,
Porque me perdí
En el lado oscuro
De tu cuerpo desnudo
Y me asomé
Por tus pupilas
Y me asombré
De lo fea que es la vida
Cuando no te veo delante,
Sino que veo mi semblante
Desde tus ojos rojos,
Como si fuese un espejo roto
Haciendo versiones de mí,
Versiones pequeñitas,
Cada una en una cajita,
Una para cada día.
Porque mi tamaño perfecto
Es el que me permite,
Por ser tan pequeño,
Nunca despedirme
Y colarme en tus sueños
Escalando por el pelo,
Entrando por tus orejas,
Y matando los desvelos,
Ver que conmigo sueñas,
Y juegas,
Y te tocas.
Entonces ya no soy pequeño,
Pero querría serlo
Para vivir en tu boca
Mientras tu mano piensa
En lo que tienes entre las piernas.
Pero ya no soy pequeño,
Lo siento.
domingo, 3 de mayo de 2015
404
¡Diablos! Era guapa la chica, o al menos a mí me lo
parecía. Joven y bonita. Yo también era joven, pero no tanto como
ella. También eran jóvenes los momentos que empezamos a pasar
juntos, pero como siempre pasa en las historias de este tipo, esos
momentos envejecen, e incluso mueren. Así es la vida, se puede
definir perfectamente como momentos. Momentos en la calle, momentos
en un parque, momentos en un bar, momentos en la cama, momentos en la
ducha. Viendo esa lista también podríamos decir besos en lugar de
momentos, pero no, no podemos permitírnoslo. Fue, es y será una
norma básica de esto. Nada de amor, porque no es conveniente.
Llegados a este punto, enamorarse sería echarlo todo a perder,
joder. Malditos sentimientos queriéndose entrometer en todo... pues
con nosotros no podrán, ya te lo digo yo.
-Nunca me había fijado, pero tienes el blanco de los ojos demasiado blanco. O tal vez es que eres muy moreno y tienes los ojos muy oscuros, y por eso resalta más. Es increíble.
-Tal vez es que sólo unos ojos claros me han visto bien -dije yo-, o tal vez es el reflejo de la aurora boreal.
-También tienes unas manos muy suaves.
-No habrás tocado muchas manos entonces.
-Bufff, no, y espero no hacerlo.
-Mejor, mejor.
No podíamos permitírnoslo. De vez en cuando nuestras manos se tanteaban, pero nunca se agarraban. El roce hace el cariño, así que nos rozábamos lo justo y necesario. Si nos sobrepasábamos, echábamos la culpa a la oscuridad. Cada vez nos veíamos menos a la luz del día, y yo no sé cómo se lo tomaba ella, pero a mí me daba igual, lo importante era verse de vez en cuando. Verse sin ropa, no verse con la luz apagada y sentirse, hacerlo sin querer(se).
Después la acompañaba un poco a su casa. Se podría interpretar como un gesto de caballería. No nos confundamos, que no la quisiera no significa que no me gustase, y no quería que le pasase nada a altas horas de la madrugada. Es curioso, porque a mí me podrían atracar igual que a ella, pero bueno, el gesto está ahí. Gestos bonitos que crean momentos que esperamos que no nos hagan enamorarnos, porque joder, es imposible. Más allá de dos cuerpos desnudos somos bastante diferentes. Yo quería Bunbury, ella Fito. Y no, no puede ser. Aún así, había besos de despedida, después de los de bienvenida.
-Adiós, ten cuidado el resto del camino.
-Lo tendré, y seguro que llegaré antes que tú a casa.
Y era verdad. Claro, con esas largas piernas hasta el suelo caminaba con más brío que yo. Además, yo era un caminante lento ensimismado. Me cruzaba con un par de cucarachas, algún gato y poco más. Ningún coche cruzaba el barrio a esas horas, y era una mierda, porque entre tanto silencio sólo se escuchaba una voz atronadora en mi cabeza.
-¿Qué haces? No te lo permitas, eh -me decía.
-Claro que no, joder. Está todo hablado. Pero sí que me preocupo por ella, porque es más joven, más inocente, y no sé si ella sabrá no permitírselo. Parece madura, pero...
-Ten cuidado.
-Lo que tengo es miedo, no quisiera hacer daño a nadie.
-Tener miedo es buena señal.
-¿De qué?
-De que es verdad que tú no te lo permites. Sea como sea, no le hagas daño.
¿Para qué cojones escribo un diálogo con una voz en mi cabeza? Justo me llegó un whatsapp cuando mi llave se estaba follando a la cerradura de mi casa. Ella ya había llegado. Me tranquilicé. Bebí agua, meé, me quité la ropa y me acosté. ¡Diablos! La cama aún olía a ella, igual que sus manos olerían a mí. Me levanté y cogí un rotulador negro, permanente, me abrí el pecho, saqué el corazón y puse “STOP”. Hice una foto antes de colocármelo y se la mandé. Al cabo de tres minutos ella me contestó con otra foto, en ella salían su corazón y su cerebro, y en ambos estaba dibujada una señal de prohibición sobre un corazón. Perfecto.
-Nunca me había fijado, pero tienes el blanco de los ojos demasiado blanco. O tal vez es que eres muy moreno y tienes los ojos muy oscuros, y por eso resalta más. Es increíble.
-Tal vez es que sólo unos ojos claros me han visto bien -dije yo-, o tal vez es el reflejo de la aurora boreal.
-También tienes unas manos muy suaves.
-No habrás tocado muchas manos entonces.
-Bufff, no, y espero no hacerlo.
-Mejor, mejor.
No podíamos permitírnoslo. De vez en cuando nuestras manos se tanteaban, pero nunca se agarraban. El roce hace el cariño, así que nos rozábamos lo justo y necesario. Si nos sobrepasábamos, echábamos la culpa a la oscuridad. Cada vez nos veíamos menos a la luz del día, y yo no sé cómo se lo tomaba ella, pero a mí me daba igual, lo importante era verse de vez en cuando. Verse sin ropa, no verse con la luz apagada y sentirse, hacerlo sin querer(se).
Después la acompañaba un poco a su casa. Se podría interpretar como un gesto de caballería. No nos confundamos, que no la quisiera no significa que no me gustase, y no quería que le pasase nada a altas horas de la madrugada. Es curioso, porque a mí me podrían atracar igual que a ella, pero bueno, el gesto está ahí. Gestos bonitos que crean momentos que esperamos que no nos hagan enamorarnos, porque joder, es imposible. Más allá de dos cuerpos desnudos somos bastante diferentes. Yo quería Bunbury, ella Fito. Y no, no puede ser. Aún así, había besos de despedida, después de los de bienvenida.
-Adiós, ten cuidado el resto del camino.
-Lo tendré, y seguro que llegaré antes que tú a casa.
Y era verdad. Claro, con esas largas piernas hasta el suelo caminaba con más brío que yo. Además, yo era un caminante lento ensimismado. Me cruzaba con un par de cucarachas, algún gato y poco más. Ningún coche cruzaba el barrio a esas horas, y era una mierda, porque entre tanto silencio sólo se escuchaba una voz atronadora en mi cabeza.
-¿Qué haces? No te lo permitas, eh -me decía.
-Claro que no, joder. Está todo hablado. Pero sí que me preocupo por ella, porque es más joven, más inocente, y no sé si ella sabrá no permitírselo. Parece madura, pero...
-Ten cuidado.
-Lo que tengo es miedo, no quisiera hacer daño a nadie.
-Tener miedo es buena señal.
-¿De qué?
-De que es verdad que tú no te lo permites. Sea como sea, no le hagas daño.
¿Para qué cojones escribo un diálogo con una voz en mi cabeza? Justo me llegó un whatsapp cuando mi llave se estaba follando a la cerradura de mi casa. Ella ya había llegado. Me tranquilicé. Bebí agua, meé, me quité la ropa y me acosté. ¡Diablos! La cama aún olía a ella, igual que sus manos olerían a mí. Me levanté y cogí un rotulador negro, permanente, me abrí el pecho, saqué el corazón y puse “STOP”. Hice una foto antes de colocármelo y se la mandé. Al cabo de tres minutos ella me contestó con otra foto, en ella salían su corazón y su cerebro, y en ambos estaba dibujada una señal de prohibición sobre un corazón. Perfecto.
domingo, 26 de abril de 2015
Algo
A qué viene esa sonrisa,
No ves que fuera está lloviendo.
Barritan los grifos de la ducha
Porque ya no ven tu cuerpo.
Se quejan los azulejos del baño,
Cansados de aguantar el espejo
Que ya no muestra tu cara,
Sólo vaho de este invierno.
Este invierno sin prisa
Volviéndose un infierno.
Rugidos del metal de la estufa
Porque ya no calienta tus huesos.
Lloran los hilos de este trapo
Cansados del polvo de un recuerdo
En el que mojan tus babas
Por no inundar el suelo.
Este suelo no se pisa,
No ves que hay un muerto.
Graznidos de una almohada difunta
Porque se ha desangrado de sueños.
Gime el fondo de este plato
Cansado de estar vacío de sustento
Que alimentaba toda mi cara
Con saliva de tus besos.
Estos besos que no se repitan,
No ves que ahora estás lejos.
Ladran dos bocas que no están juntas
Porque no hablan de sentimientos.
Se lamenta la caja de mis ratos olvidados
Cansada de hacer sitio a los “te quiero”
Que me decías con una mirada
Antes de decirme “hasta luego”.
No ves que fuera está lloviendo.
Barritan los grifos de la ducha
Porque ya no ven tu cuerpo.
Se quejan los azulejos del baño,
Cansados de aguantar el espejo
Que ya no muestra tu cara,
Sólo vaho de este invierno.
Este invierno sin prisa
Volviéndose un infierno.
Rugidos del metal de la estufa
Porque ya no calienta tus huesos.
Lloran los hilos de este trapo
Cansados del polvo de un recuerdo
En el que mojan tus babas
Por no inundar el suelo.
Este suelo no se pisa,
No ves que hay un muerto.
Graznidos de una almohada difunta
Porque se ha desangrado de sueños.
Gime el fondo de este plato
Cansado de estar vacío de sustento
Que alimentaba toda mi cara
Con saliva de tus besos.
Estos besos que no se repitan,
No ves que ahora estás lejos.
Ladran dos bocas que no están juntas
Porque no hablan de sentimientos.
Se lamenta la caja de mis ratos olvidados
Cansada de hacer sitio a los “te quiero”
Que me decías con una mirada
Antes de decirme “hasta luego”.
lunes, 13 de abril de 2015
Verde
Era incómodo dormir en cubierta, pero
la brisa me despejaba. Parecía mentira que fuese un hombre de mar,
pero lo era. Ese mar que me mareaba me daba la vida. Así que cada
noche me subía a dormir allí, entre unos rollos de cuerda,
disfrutando de una clara noche. La luna brillaba bastante, pero no
llegaba a eclipsar a las estrellas. En conclusión, un conjunto de
perlas iluminaban el firmamento, sin una nube que amenazase. Me
estaba quedando dormido cuando escuché pasos sobre la madera. Su eco rompió el inmenso silencio de la respiración del agua. Pensé
que era raro, al vigía aún no le tocaba rotar su turno. Levanté la
cabeza.
-Te he amado tantísimo, que te sigo amando en el presente, y
dudo que este amor se fuese a terminar en el futuro -decía mi
capitán, Willem van der Decken. Pero... ¿con quién hablaba?-. Si
algo me separase de ti, no sabría de qué mástil colgarme, o en qué
mar hundir mi calavera. Te miro y me devuelves la mirada, me colocas
a la luna detrás, como si yo fuese el primero en tus oscuros y
profundos ojos.
Estaba asomado por la borda, como poseído. Pensé que se iba
a arrojar, así que me fui a levantar cuando noté que algo pasaba.
Un nubarrón gris oscuro tapó la luna, y la brisa se volvió
glacial, pero el capitán pareció no darse cuenta. Hubo un fogonazo
verde, después se mantuvo esa iluminación, tiñendo de verde todo la cubierta, coloreando el silencio, dándole un tono verde al vaho que de repente exhalaba. Confieso que me asusté
y me quedé donde estaba, entre cuerdas y aparejos. Otra voz habló,
pero no era una voz normal, sino cavernosa, profunda, diabólica.
-Así que un lobo de mar enamorado de...
-¡Calla! -espetó van der Decken, como si la presencia de
esa voz no le fuese ajena.-Sabes... si no se enterase “nuestro amigo”... yo podría hacer que fuese tuya... para siempre.
-¿Para siempre? ¿A cambio de qué?
-Para siempre, sin importar las adversidades. A cambio de algo que nunca necesitarás... ¿para qué quieres tu alma?
-Si no es con el alma, ¿con qué voy a amarla?
-¡Con esto! -gritó la voz, y la luz se hizo más intensa, tanto que dejé de mirar la escena y me guié por las sombras que se proyectaban en una de las velas. El capitán estaba de rodillas, y otra figura, la dueña de la voz, tenía en su mano... No podía ser. Me giré y contemplé la escena de refilón. La mano dueña de la voz, también era la dueña del corazón del capitán-. Cuídalo bien, guárdalo en este cofre.
-¿Y mi alma?
-Esa la guardaré yo... y no solo la tuya... -hubo una pausa. ¿A qué se refería?-, también la de tu tripulación.
Di un leve grito de asombro, lo justo para que la mano me señalase...
[…]
No tenía ganas de nada. Simplemente vagaba por la cubierta. En cambio miraba al capitán y sonreía. Nos decía a todos que el mayor tesoro se guardaba en cofres pequeños. Y siempre miraba al mar. Entonces se encerraba en su camarote. Una noche en la que no hacía nada, sólo existir, escuché voces.
-Te amo tanto, la amo tanto, y mientras esto esté aquí, el amor será para siempre, sin importar tempestades, heladas, insolaciones. Siempre.
¿Hablaba solo?
-Pero esas cosas importan, y estarán presentes.
-No... nada me podrá separar de ella -decía mi capitán, loco, chiflado, majareta. Se notaba que no tenía alma, la piel cerúlea, los ojos ojerosos y con bolsas, pero sonreía. Y yo no sabía distinguir una sonrisa de loco y una sonrisa de enamorado, aunque tal vez no haya diferencia.
-Serás castigado por la justicia divina -dijo la otra voz, calmada-. Sin embargo, yo creé a los hombres, y si amáis es por mí, y si hacéis locuras y pactos con el diablo por amor, supongo que puedo reprochármelo. Por tanto, te condeno a amar... para siempre. Nunca te separarás de tu amor... y no sólo tú... tampoco tu tripulación.
Fue sentencioso. Pero sin alma no pude sentir miedo, ¿o sí?
Y esto ocurrió hace ya muchos años. Desde entonces hemos vivido lejos de la tierra, junto al amor del capitán. Lejos de todo placer terrenal. Siendo la niebla que cubre el mar como el vestido que cubre al gran amor del capitán. Silenciosos. Me gusta advertir a otros de los horrores que pueden surgir de pasar tanto tiempo aquí. Muchos dicen que el mar es traicionero, pero yo digo que la mar, o te vuelve loco... o te enamora. Y cuando te enamora, sufren todos las consecuencias.
domingo, 5 de abril de 2015
Adoquines
Esta mañana a la luna se le ha olvidado irse
Y está por partirse la puta cara con el sol
Para ver cual de los dos ha de morirse
Al llenar de luz las piedras que serán carbón.
Este trovador que llora, no sé si canta
O sólo rasga las cuerdas de su voz,
Estrujando un corazón por la garganta
Y que suena más alto que un amor.
Que en este barrio la alegría se ha ido a tender
Las sonrisas a la azotea del olvido por si te ve
Pisando los adoquines que veían cómo te elevabas
Cada vez que te besaba haciendo de gallina tu piel.
Las margaritas desnudas se están peleando
Y terminarán llorando por no soñar
Que un golpe primaveral acabe coloreando
De sangre y de cielo las ramitas del azahar.
Nos dijeron que las calles han crecido
Desde que te has ido y no haces llorar
Con tu sucio amar a otros pobres chicos
Que pensaban que el oro salía de tu caminar.
Que en este barrio la tristeza se ha ido a tender
Los llantos a la terraza del recuerdo por si te ve
Pisando los adoquines que veían tus bragas
Cuando llevabas falda y nos hacías crecer.
Que eran sólo piedras en el asfalto
Como personas entre los humanos.
Ríos cruzando la montaña,
Cicatrices en la piel.
Tensión entre las miradas,
Adoquines contra la sien.
Testigos de todas las historias
Que acaban bien para la novia.
Aguantan pisadas y mierda,
Como yo, no lloran ni aunque llueva.
Y está por partirse la puta cara con el sol
Para ver cual de los dos ha de morirse
Al llenar de luz las piedras que serán carbón.
Este trovador que llora, no sé si canta
O sólo rasga las cuerdas de su voz,
Estrujando un corazón por la garganta
Y que suena más alto que un amor.
Que en este barrio la alegría se ha ido a tender
Las sonrisas a la azotea del olvido por si te ve
Pisando los adoquines que veían cómo te elevabas
Cada vez que te besaba haciendo de gallina tu piel.
Las margaritas desnudas se están peleando
Y terminarán llorando por no soñar
Que un golpe primaveral acabe coloreando
De sangre y de cielo las ramitas del azahar.
Nos dijeron que las calles han crecido
Desde que te has ido y no haces llorar
Con tu sucio amar a otros pobres chicos
Que pensaban que el oro salía de tu caminar.
Que en este barrio la tristeza se ha ido a tender
Los llantos a la terraza del recuerdo por si te ve
Pisando los adoquines que veían tus bragas
Cuando llevabas falda y nos hacías crecer.
Que eran sólo piedras en el asfalto
Como personas entre los humanos.
Ríos cruzando la montaña,
Cicatrices en la piel.
Tensión entre las miradas,
Adoquines contra la sien.
Testigos de todas las historias
Que acaban bien para la novia.
Aguantan pisadas y mierda,
Como yo, no lloran ni aunque llueva.
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