Dicen que pueden caminar por tus lunares,
dicen que tus dientes brillan más que el sol,
dicen que tus ojos son como mares
y que puedo nadar en su color.
Dicen eso de que tus besos vuelven loco,
dicen que tu lengua juega al escondite,
dicen que tus labios son un infierno rojo
y que si los pruebo no hay dios que me libre.
Dicen que hueles mejor que la primavera,
dicen que hay que besar por donde pisas,
dicen que tus piernas son escaleras
y que si las subo, encontraré tu risa.
Dicen que te bajan las estrellas del cielo,
dicen que te harán una cama de nubes,
dicen que ellos no duermen y tú eres su sueño
y que si me despierto, veré que te tuve.
Dicen todos muchas cosas y que yo las repito,
dicen que son tópicos, típicos, palabras en ristre,
y yo les digo que no, que no es lo mismo,
sino que ahora que te conozco, comprendo lo que dicen.
jueves, 7 de enero de 2016
martes, 29 de diciembre de 2015
Dos dedos de cuerpo perfecto
Hacía más frío que en la mayoría de los corazones de
personas que conozco. Pero no era excusa. Me lo había propuesto. Así
que me puse el chándal y unas zapatillas viejas y salí a trotar. El
cielo estaba nublado, lo que haría que la gente se quedase en casa y
tuviese el carril bici para mí solo. Para mí solo y para los miedos
que me persiguen. Empecé con energía, pero estaba GORDO. Cada
zancada era una tortura, la grasa se revolvía en mi interior con tal
de no separarse de mí. Una gota de sudor caliente se enfriaba
mientras colgaba de mi nariz. Apenas veía el final del recorrido,
pero es que tampoco quería verlo. Ese era mi plan, correr. Correr y
dejar atrás los miedos y la grasa.
Para el segundo día me llevé un iPod. Llovía, así que sobre el chándal me puse una sudadera con capucha. November Rain en mis oídos y la lluvia de enero en mi cara. Otra vez estaba solo con mis pensamientos. En cada cuesta dejaba tabletas de turrón y suculentas y grasientas comidas que han acabado con más de uno durante la Navidad. Lo mejor, con este frío, era llegar a casa y darse una ducha caliente. Así si los miedos me alcanzaban, se podían ir por el desagüe.
Hacía más calor que en mi corazón si ella al menos me mirase, pero no. nunca se fijaría en mí, soy un puto GORDO. Llevo sólo unos días haciendo ejercicio, no esperaba que se me notase en el físico, aunque sí en el ánimo. Pero estaba igual de gris que el invierno. Me gustaba comer, pero sin duda, ella era mi dulce preferido. Ella, que seguramente no sabe ni como me llamo. Hasta ahora. Me acerqué. Iba impoluto con mis mejores ropas: unos vaqueros ajustados, aunque en realidad todos me quedaban así, no me cabían ni dos dedos por la cintura; y una camisa grande, con más cuadros que un museo.
–Hola...
–Hola –se sorprendió.
–Yo... –y le dije quién era.
–Encantada –también me dijo su nombre.
–¿Te apetecería ir un día al cine o a dar una vuelta? –odié cada centímetro grasiento y mórbido de mi cuerpo por ser tan cutre.
–¡Ah! Bueno... es que apenas nos conocemos, ¿sabes? Lo siento.
Vi cómo se alejaba. Se juntó con sus amigas y me miraron. Algunas se rieron, y las que no, se creyeron mejores personas por no hacerlo en mi cara. Esa tarde salí a correr. Corrí mucho. Pero no podía escapar de mí, de lo que era. Me duché, y también en la estrecha y angosta ducha seguía siendo yo. Salí, desnudo, y en el espejo estaba yo. Con mi enorme tripa, y la grasa del brazo colgando. Daba absoluto asco. No cené y me acosté. En la cama (que extrañamente soportaba todo mi peso), seguía siendo yo, y me di cuenta de que no todos los monstruos se esconden debajo de ella, sino que comparten almohada contigo. Lloré, como si eso me fuese hacer más guapo o delgado. Eso no.
Pero sí lo hará levantarme, ir al baño, subir la tapa del retrete y meterme dos dedos en la boca, hasta la campanilla. Eso sí me hará más delgado, puede que más guapo. Así si pude sacar todos los miedos de mi cuerpo.
Para el segundo día me llevé un iPod. Llovía, así que sobre el chándal me puse una sudadera con capucha. November Rain en mis oídos y la lluvia de enero en mi cara. Otra vez estaba solo con mis pensamientos. En cada cuesta dejaba tabletas de turrón y suculentas y grasientas comidas que han acabado con más de uno durante la Navidad. Lo mejor, con este frío, era llegar a casa y darse una ducha caliente. Así si los miedos me alcanzaban, se podían ir por el desagüe.
Hacía más calor que en mi corazón si ella al menos me mirase, pero no. nunca se fijaría en mí, soy un puto GORDO. Llevo sólo unos días haciendo ejercicio, no esperaba que se me notase en el físico, aunque sí en el ánimo. Pero estaba igual de gris que el invierno. Me gustaba comer, pero sin duda, ella era mi dulce preferido. Ella, que seguramente no sabe ni como me llamo. Hasta ahora. Me acerqué. Iba impoluto con mis mejores ropas: unos vaqueros ajustados, aunque en realidad todos me quedaban así, no me cabían ni dos dedos por la cintura; y una camisa grande, con más cuadros que un museo.
–Hola...
–Hola –se sorprendió.
–Yo... –y le dije quién era.
–Encantada –también me dijo su nombre.
–¿Te apetecería ir un día al cine o a dar una vuelta? –odié cada centímetro grasiento y mórbido de mi cuerpo por ser tan cutre.
–¡Ah! Bueno... es que apenas nos conocemos, ¿sabes? Lo siento.
Vi cómo se alejaba. Se juntó con sus amigas y me miraron. Algunas se rieron, y las que no, se creyeron mejores personas por no hacerlo en mi cara. Esa tarde salí a correr. Corrí mucho. Pero no podía escapar de mí, de lo que era. Me duché, y también en la estrecha y angosta ducha seguía siendo yo. Salí, desnudo, y en el espejo estaba yo. Con mi enorme tripa, y la grasa del brazo colgando. Daba absoluto asco. No cené y me acosté. En la cama (que extrañamente soportaba todo mi peso), seguía siendo yo, y me di cuenta de que no todos los monstruos se esconden debajo de ella, sino que comparten almohada contigo. Lloré, como si eso me fuese hacer más guapo o delgado. Eso no.
Pero sí lo hará levantarme, ir al baño, subir la tapa del retrete y meterme dos dedos en la boca, hasta la campanilla. Eso sí me hará más delgado, puede que más guapo. Así si pude sacar todos los miedos de mi cuerpo.
domingo, 6 de diciembre de 2015
Dura como una roca
Se entorpece entre las piedras
buscando una luna llena,
y se para en los matorrales
buscando trozos de corales.
Va persiguiendo un imposible
que es no serme irresistible.
Quién sabe lo que hay en su mente
si no hay risa más inocente.
Me quedo mudo cuando me pregunta
sobre dos palabras que se juntan,
y cómo puedo explicarle
que ella es el motivo por el que lo hacen.
Dice que ella que no sabe de poesía
pero ¿acaso sabe el sol qué es el día?
Dice que tampoco sabe de poetas
pero ¿hablan las ventanas con las puertas?
Dice que no está hecha para sentimientos,
que me lea y sepa que no miento.
Dice que tampoco quiere querer,
que me bese y empiece a aprender.
Dice que sus oídos no buscan palabras
pero no puedo dejármelas en la garganta.
Dice que tampoco le saque los colores
pero ¿qué es la primavera sin las flores?
buscando una luna llena,
y se para en los matorrales
buscando trozos de corales.
Va persiguiendo un imposible
que es no serme irresistible.
Quién sabe lo que hay en su mente
si no hay risa más inocente.
Me quedo mudo cuando me pregunta
sobre dos palabras que se juntan,
y cómo puedo explicarle
que ella es el motivo por el que lo hacen.
Dice que ella que no sabe de poesía
pero ¿acaso sabe el sol qué es el día?
Dice que tampoco sabe de poetas
pero ¿hablan las ventanas con las puertas?
Dice que no está hecha para sentimientos,
que me lea y sepa que no miento.
Dice que tampoco quiere querer,
que me bese y empiece a aprender.
Dice que sus oídos no buscan palabras
pero no puedo dejármelas en la garganta.
Dice que tampoco le saque los colores
pero ¿qué es la primavera sin las flores?
martes, 1 de diciembre de 2015
Violencia
Entré en la comisaría con el ojo
morado y sangre cayendo por mi cara, manchando mi ropa. Unos cuantos
policías se levantaron para ayudarme. Me sentaron y me preguntaron
qué me había pasado. ¿Qué me había pasado? Aún estaba
asimilando el hecho de que una persona a la que has entregado tu vida
te paga así. Ojalá el alma doliese menos que los golpes.
–Quiero denunciar a mi pareja –dije al policía que sentó
delante de mí.
–¿Esto se lo ha hecho su pareja? –se sorprendió.–Sí, pasa a menudo.
–Está bien, ¿qué pasó? Cuénteme.
–No confía en mí. Hoy he llegado tarde del trabajo y quería saber por qué, quería leer mis mensajes, me quería quitar el móvil. Pero eso no es nada nuevo. Entonces me empezó a gritar. Reconozco que yo también levanté la voz. Me degradó. Me dijo que como no valía ni como ser humano, que era una cosa inútil y que estaba conmigo por pena, que nadie podría quererme, ni siquiera mi familia ni mis amigos, que ojalá me muriese –empecé a llorar.
–Tenga, tenga –y me alcanzó una caja de pañuelos. Vi que otros policías se habían acercado a escuchar la historia–. ¿Y cómo hemos llegado a los golpes?
–En plena discusión me empujó contra la pared. Yo le devolví el empujón y cayó al suelo. Me di la vuelta e hice ademán de irme, pero me tiró un cenicero. Me dio en la espalda. Yo levanté la mano, pero me vi incapaz de asestar un golpe, supongo que en el fondo, en mi fondo, hay amor aún. Luego mi pareja cogió una lampará y me tiró en la cabeza, de ahí la brecha. Yo tenía ya la cara llena de sangre, y escuchaba sus insultos, me llamaba gilipollas, imbécil, se cagaba en mi puta madre, me lanzaba golpes y puñetazos, uno de ellos me dio en el ojo. Me entró un ataque de furia y le devolví el puñetazo. Hubo tirones de pelo, arañazos, destrozamos una habitación entera, algunos vecinos ya estaban saliendo de sus casas. Le di con un espejo en la cabeza. No sé lo que pasó después con mi pareja, yo salí corriendo y vine hacia aquí.
–Supongo que querrá poner la denuncia, ¿no?
Dudé. Denunciar al amor de mi vida no era mi idea de felicidad, pero tampoco lo son los insultos, los golpes, las vejaciones... ¿Quién me garantizaría que todo iría a mejor después de la denuncia? Si no me han sabido querer bien ahora, ¿podrán hacerlo en el futuro? Volví a llorar. Tenía que salir de allí, denunciar sería lo mejor.
–Sí, quiero denunciar.
–Perfecto –cogió unos papeles–. Necesito sus datos, ¿Nombre y apellidos?
–Jesús Palma Ortiz.
–¿Los de su pareja?
–Eva Rivera López.
lunes, 23 de noviembre de 2015
Pampampam
A veces estás tan lejos
que puedo verte donde
se juntan la ciudad y el cielo.
Pero entonces te acercas,
llegas y me rompes,
no soy más que tierra.
Y todavía no sé
cuándo dueles más
(pampampam).
No quiero saber
si te va bien o mal
(pampampam).
A veces estás tan alto
que puedo verte caer
mientras me guardo las manos.
A veces estás tan hundida
como las huellas de ayer
y el alma de quien las seguía.
Y todavía no sé
si puedes doler más
(pampampam).
Ven que quiero saber
si te va bien o mal
(pampampam).
Vamos a despertar
a ver si ya no estás
y deja de sonar
esta canción
(pampampam).
Hace tiempo que acabó.
que puedo verte donde
se juntan la ciudad y el cielo.
Pero entonces te acercas,
llegas y me rompes,
no soy más que tierra.
Y todavía no sé
cuándo dueles más
(pampampam).
No quiero saber
si te va bien o mal
(pampampam).
A veces estás tan alto
que puedo verte caer
mientras me guardo las manos.
A veces estás tan hundida
como las huellas de ayer
y el alma de quien las seguía.
Y todavía no sé
si puedes doler más
(pampampam).
Ven que quiero saber
si te va bien o mal
(pampampam).
Vamos a despertar
a ver si ya no estás
y deja de sonar
esta canción
(pampampam).
Hace tiempo que acabó.
domingo, 15 de noviembre de 2015
La carta
Querida desconocida:
Si estás leyendo esto en un blog, lo siento, no tuve el
ánimo suficiente como para escribirlo en un papel en el que
seguramente se hubiese corrido la tinta pero que quedaría más
personal. El mundo se ha vuelto loco, y nosotros con él. La gente se
está matando y nosotros también. No quería que esto ocurriese así,
mi intención no era para nada esta. Conocer a alguien y no saber
cómo puede acabar, supongo que eso es lo que nos hace humanos.
¿Sabes lo que define también a la humanidad? los sentimientos. Uno
empieza sintiendo una cosa, se la transmite al otro, y al final todo
es un cúmulo de sentimientos que se traducen en horas desnudos en
una cama o vestidos en la calle, parados junto a un semáforo en
rojo, besándonos, parando sólo para ver en qué banco de qué
parque nos vamos a sentar a seguir compartiendo saliva. Así se
empieza, y lo siguiente que te preguntas es que hasta cuándo va a
durar esto.
Somos lo suficientemente maduros como para saber que el amor
no es lo nuestro y que esto no va a terminar bien. Eso no quiere
decir que no sea bonito y que no estemos aprovechando el tiempo, lo
estamos aprovechando perdiéndolo de una manera útil. No es que nos
estemos matando, es que cuando te vas, me doy cuenta de que ya estoy
muerto, y siento si te estoy matando. Me gustaría poder darte una
historia bonita, con un final feliz, pero sabemos que eso nunca va a
pasar, ni contigo ni con nadie, y ojalá me equivoque. Tengo el
pequeño defecto de haber tenido una historia que normalmente trato
de obviar pero que no puedo. No fue una historia bonita, supongo,
pero lo que si que es seguro es que no tuvo un final feliz. Y vaya,
si nunca he tenido un final feliz... ¿cómo voy a poder dar uno a
una persona? Si no sé cómo es que las cosas acaben bien, ¿cómo
voy a terminar bien con alguien? A veces nos dejamos llevar y tenemos
que esperar a que el tiempo lo arregle todo, u otras personas. Tal
vez seamos los indicados para enseñarnos el uno al otro lo que es un
final feliz, tal vez tengamos que aprender solos, juntos, separados.
También puede ser que los finales felices no existan para
nosotros. La verdad, no lo voy buscando. Tú tampoco. Y si lo
quisieras, es probable que no sea el escritor que ponga la palabra
“fin” a tu búsqueda. Puede que sea pesimista, pero alguien me
enseñó que nada del corazón es eterno. Lo siento.
En parte tuyo.
X
miércoles, 11 de noviembre de 2015
La Petite Mort
Queríamos cambiar el mundo
pero no pudimos. Yo no lo intenté,
tú sólo me besaste, y en un segundo
vimos que lo hiciste amanecer.
Dejaste de darme de beber
al no besarme. ¿Y la saliva?
Te la llevaste y me sequé,
al acercarte me diste la vida.
Después de aquella pequeña muerte,
todo había mejorado.
Sólo necesité tenerte a mi lado.
Esa explosión de bocas y suerte
trajo todo el morado
y lenguas con sentimientos inocentes.
Tuve que morir para hacerlo mejor,
y lo haría otra vez por ti,
así que sigue soltando besos de amor
y hagamos de nosotros un mundo feliz.
Rompamos las flechas y las cadenas
que ya no hay quien nos mate,
queramos menos con la cabeza
y más con lo que late.
Después de aquella pequeña muerte,
teníamos todo el tiempo,
nos fallaron los miedos.
Esa explosión de bocas y suerte
enredó nuestros cabellos
y nuestros cuerpos siguieron la corriente.
Que todo sea tan bueno,
que no estemos muertos,
que sea sólo un sueño,
y cuando despertemos
vuélveme a besar/matar.
pero no pudimos. Yo no lo intenté,
tú sólo me besaste, y en un segundo
vimos que lo hiciste amanecer.
Dejaste de darme de beber
al no besarme. ¿Y la saliva?
Te la llevaste y me sequé,
al acercarte me diste la vida.
Después de aquella pequeña muerte,
todo había mejorado.
Sólo necesité tenerte a mi lado.
Esa explosión de bocas y suerte
trajo todo el morado
y lenguas con sentimientos inocentes.
Tuve que morir para hacerlo mejor,
y lo haría otra vez por ti,
así que sigue soltando besos de amor
y hagamos de nosotros un mundo feliz.
Rompamos las flechas y las cadenas
que ya no hay quien nos mate,
queramos menos con la cabeza
y más con lo que late.
Después de aquella pequeña muerte,
teníamos todo el tiempo,
nos fallaron los miedos.
Esa explosión de bocas y suerte
enredó nuestros cabellos
y nuestros cuerpos siguieron la corriente.
Que todo sea tan bueno,
que no estemos muertos,
que sea sólo un sueño,
y cuando despertemos
vuélveme a besar/matar.
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