Hay lugares en los que no me gustaría estar. Cayendo desde
un séptimo piso. En mitad de la trayectoria de una bala. En una
cazuela gigante esperando a ser comido por caníbales. Perdido en
mitad de un bosque. Haciendo un examen cualquiera de una materia
infinita. En un avión que está a punto de estrellarse. Surfeando, o
intentándolo, en un tsunami. Haciendo puenting sin cuerda. En
carnaval sin disfraz. Delante de un espejo que me diga siempre la
verdad. A punto de tomar veneno...
Sin embargo, hay otros lugares en los que estaría sin dudar.
Esperando abajo para cogerte si eres tú la que se cae desde
un séptimo piso. En mitad de la trayectoria de una bala si así
impido que llegue hasta su final, que está en tu piel. Entre el
grupo de caníbales que observa impaciente una cazuela gigante en la
que tú estás dentro. Perdido en un bosque si tus brazos son la
tienda de campaña que necesito y tus ojos las estrellas que me
guían. Haciendo un examen si todas las preguntas son sobre tu vida y
tus virtudes. En un avión que está a punto de estrellarse si lo
hace en una isla desierta y tú estás conmigo. Surfeando, o
intentándolo, en un tsunami que esté hecho de tu saliva. Estaría
en ese espacio de aire que ocupa la cuerda que se estira mientras
eres tú la que hace puenting. En carnaval sólo con mi disfraz de
piel si va a juego con el tuyo. Delante de ti diciéndome la verdad.
Bebiendo el veneno que son tus besos...
El caso es que, creo yo, queda claro lo que quiero decir,
¿no? Mi casa está donde estás tú. (Asomado a una ventana donde se
vea un corazón.)
Salté un muro con el único miedo de no volver,
sin importar las brujas, sólo desaparecer.
No me sirven tus ojos si al mirarnos
no nos entendemos, si me estoy ahogando.
No sé qué hago aquí ni cómo he llegado,
creo que me trajo un pirata volando
y desde aquí, te veo temblando.
Me pides que vaya a buscarla,
si es por amor, no hará falta encadenarla.
Me seguirá al son de los rayos chocando
contra nuestras espaldas.
Se cayó la estrella y la fui a buscar
para irme a encontrar
con las farolas de tu barrio.
Y ahora que voy de morado
ya sé de qué color pintar
lo que no hemos borrado.
Fuimos todos a una siguiendo su estela,
quién se encontró una luz, quién una vela.
No me sirve vivir contigo ochenta años
si más que reír, siempre estoy llorando.
Ya no sé quién soy ni cuál es mi suerte,
seguro que darle por culo a la muerte
y que se olvide de nuestras caras.
Si quiere llevarnos se va a encontrar de frente
con una lluvia de espadas
que va a hacer temblar toda una ciudad
y después nosotros la cama.
Se cayó la estrella y la fui a buscar
para irme a encontrar
con las farolas de tu barrio.
Y ahora que voy de morado
ya sé de qué color pintar
lo que no hemos borrado
y que hoy he recordado
tal vez por tu ausencia,
tal vez por mi carencia
o mi apetencia al pasado...
Ojalá el sol haga siempre brillar tu pelo. Ojalá dejes de
quemar la almohada. Ojalá no te moleste nunca más la luz al
despertar para no ver cómo cierras mucho los ojos y no puedas verme.
Ojalá las sábanas sobre las que descansas no sean esas tan blancas
que dejan a tus dientes en evidencia. Ojalá no suspires al mirar por
la ventana y ver siempre el mismo paisaje. Ojalá no te doliese
estirarte por las mañanas. Ojalá pudiese despertarme más tarde que
tú, pero no puedo, porque verte al amanecer es más bonito que el
amanecer mismo. Ojalá pudiese llevarte el desayuno a la cama en
mejores condiciones. Ojalá esas flores hiciesen que este cuarto
oliese mejor. Ojalá tu risa mientras desayunas sea para siempre.
Ojalá pasear contigo de la mano fuese eterno, pero ojalá fuese en
otro lugar. Ojalá estar contigo siempre en la ducha, ojalá estar
siempre en la cama, ojalá todo siempre contigo, pero no así. Ojalá
no llorar, ninguno de los dos, y ojalá reírnos al acordarnos de todo esto. Ojalá no te estés muriendo en un
hospital. Ojalá yo en tu lugar.
Me ha costado volver. No creo que esto sea lo mejor que he escrito, y puede que no sea una gran bienvenida, pero es lo que hay, es lo que me ha salido, y me gustaba en un principio. Intento no leerlo mucho para no cogerle manía. Aún no sé si es por un lugar, por una persona o por las dos cosas, el caso es que aquí está y es todo vuestro.
De no tener tiempo para vernos,
a pensarnos todos los días.
Tú te peinabas tu pelo de olivos,
yo sólo tierra y ceniza.
No tenemos tiempo para recuerdos,
salvo las curvas de Egina.
Aprendí a no estar contigo,
ahora me repaso tu vida.
Tanto hemos cambiado, pero el mar...
Tanto hemos cambiado, pero tus ojos...
De no querer tocar tu cuerpo
a borrarte con caricias.
Tú te desangrabas los labios,
yo mordí de tu sandía.
No queremos robarle al viento
más azoteas de lunas amarillas.
Me arropé con las sombra de los pinos,
me destapó la compañía.
Tanto hemos cambiado, pero el mar...
Tanto hemos cambiado, pero tus ojos...
Todo me llenaba de sal,
en los dos me podía ahogar...
Ahora sé que nunca me dejaste solo,
que yo te dí poco y tú me diste todo,
pero el mar...
pero tus ojos...
Siguen igual,
siguen llorosos.
–Si me das la espalda, te la daré
yo también a ti, pensando que al otro lado del mundo está tu
mirada.
–¿Y no piensas que si te la doy es por algo?
–Claro, tú también quieres ver mis ojos a lo lejos.
–Con suerte un sol me deja ciega.
–Con suerte los soles que yo vea son tus ojos.
–Con suerte alguien levanta un muro entre medias.
–Con suerte lo levanta detrás de mi.
–Con suerte te podrías morir. Te odio tanto.
–Con suerte lo hago si me sigues dejando.
–Con suerte te vas.
Y se fue. Y ella se quedó esperando una respuesta que no
llegó. No se giró, sino que echó a caminar hacia delante, porque
le echaba de menos y esperaba encontrárselo de frente. Un sol la
dejó ciega. Al no ver, se dio un fuerte golpe con un muro. Se cayó.
Sintió una mano agarrar la suya. Se levantó y se dejó llevar.
–¿Qué...?
–Tranquila, soy yo.
–¿No te habías ido?
–¿De tu lado? Nunca, jamás.
–¿Y qué pasó?
–Que me dejaste y me morí.
–¿Y yo?
–También.
En un verde prado hay una pareja.
–Mira esa nube, parecen dos personas de la mano.
–Tienes razón, qué curioso. Allá van, caminando por el
cielo.
–Así no se chocan con nada –y se rió.
–Pero están muy cerca del sol.
Me mata.
Me mata la herida que me hiciste.
Me mata el que no se vaya.
Me mata porque aún existes.
Me mata.
Me mata acordarme de nosotros.
Me mata ver que el tiempo pasa.
Me mata tanto que apenas lo noto.
Me mata el amor.
Sabes que...
Mil tormentas no se llevarán el dolor.
Da igual cuánta lluvia caiga alrededor.
Es como un rayo cayendo en mi corazón.
Sabes que...
Una guerra enfermiza se libra en mi interior.
Una bomba que explota y la rabia ganó.
Es como si te murieses y me muriese yo.
Me mata.
Me mata ver todo lo que has cambiado.
Me mata que olvidases lo que significabas.
Me mata que te hayas alejado.
Me mata.
Me mata ver cómo regalas tus besos.
Me mata verte con otro y me desarmas.
Me mata saber que no soy ni un recuerdo.
Me mata el amor.
Sabes que...
Mil tormentas no se llevarán el dolor.
Da igual cuánta lluvia caiga alrededor.
Es como un rayo cayendo en mi corazón.
Sabes que...
Una guerra enfermiza se libra en mi interior.
Una bomba que explota y la rabia ganó.
Es como si te murieses y me muriese yo.
Sabes que...
Hasta el cielo es un infierno por el dolor.
Da igual cuántas veces me saque el corazón.
Es como una noche eterna, no recuerdo el sol.
Sabes que...
En esta batalla no gana el amor.
Vuelan las balas silbando tu canción.
Es como si no me quisieras, pero yo...
Tenía tantos años como arrugas en la
piel. Era mayor, sí, pero si le mirabas la cara, justo encima de las
bolsas de sus ojos veías una mirada joven, oscura y radiante. Ojos
que se cerraban de vez en cuando en siestas interminables en su
sillón favorito. Pero ese día no había siesta, ese día tocaba
cuidar a su nieto en quien reconocía la misma mirada que tenía él.
Habían terminado de comer mientras veían “los dibujos amarillos
esos” que decía el abuelo. Después, en su sillón, el anciano se
lamía los labios secos y blanquecinos mientras el nieto correteaba.
–Abuelo –dijo el niño sentándose en un brazo del
sillón– ¿cómo conociste a la abuela?
–Espera un momento...
Se levantó y cogió del aparador un viejo álbum de fotos.
Volvió a su sitio y lo abrió. Allí estaba ella. Su mujer murió
hace dos años, pero a esa edad ya no la echaba tanto de menos porque
sabía que estaba más cerca de verla que lejos. Estaba guapa incluso
en blanco y negro.
–La conocí antes de la guerra, vivíamos en la misma calle
e íbamos al mismo colegio de pequeños, pero de esa época no tengo
fotos. Mira... aquí, fuimos con otros amigos del barrio de
vacaciones a Nerja. Todavía no era mi novia, pero yo ya la conocía.
Era la más guapa de todas. Recuerdo que todos los chicos de la
pandilla estaban coladitos por ella, y era normal. Tenía unos ojos
que no tenían nada que envidiar al mar o al cielo. ¡Y mira, mira
qué cuerpo! No mires así, eran los bañadores que se llevaban en la
época. Al volver a Madrid le pedí una cita.
–¿Y dónde fuisteis?
–A ningún sitio especial, eso era lo de menos, lo
importante es que estaba con ella. Mira qué rubia era. Y con el sol,
mucho más. No la quise llevar al Parque del Retiro porque las flores
se iban a poner celosas de su olor. Nos sentamos a tomar unos
refrescos en una terraza. Era muy graciosa, tenía una risa cantarina
que sonaba mejor que una pieza de música clásica, me podría morir
recordando esa melodía; y no era para nada tímida, ya ella me cogía
de la mano... ¡y qué mano! Era más suave que una nube.
–¿Estabais muy enamorados, abuelo?
–Mucho, mucho. Yo casi todos los días le regalaba una rosa
y una carta, ella las tenía guardadas todas. Me acuerdo de muchas.
Ella me contestaba, creo que tengo algún recorte de carta por
aquí... sí, mira.
No sé si es miedo o
esperanza
lo que tengo cada
noche,
al girarme y sentir un
roce,
y que aparezcas en mi
cama.
Claro, en esa época estaba muy mal visto dormir juntos si
aún no estabas casado...
–¿Y entonces os casasteis?
–Bueno, pasaron muchas cosas entre medias, pero sí, me
casé con tu abuela.
El niño más o menos quedó satisfecho y se fue a seguir
jugando. Al abuelo le empezaron a temblar las manos y se le
humedecieron los ojos. Volvió a ver la foto del grupo en la playa.
El amor de su vida se fue siendo joven, no dio tiempo a que el rubio
se volviese blanco, ni a que las nubes de su piel creasen
tormentas... nada. Un coche se la arrebató, pero la vida siguió.
–Sí, me casé con tu abuela, que era la mejor amiga de mi
rubia... –susurró mientras cerraba el álbum.