domingo, 10 de febrero de 2019

Tuya es


Ey, solo en tu cuerpo se pueden unir
esa desgana y las ganas de vivir.
Estorba en tu cara ese humedal
pudiendo ser la risa de mi eternidad.

Crees que nada avanza,
pero cada segundo nos mata,
ey, es tu tiempo el que se ha parado
en ese sitio que has inundado.

Pero tuya es esta tristeza tan bonita,
y es por eso el sol en tus pesadillas.
Por eso hay tanta ternura en tu aflicción,
realmente es bonita como lo es tu desazón.

Ey, si te rompes estando sola,
cuántos huesos suenan sin que los oiga.
No des todas las guerras por perdidas
sólo porque al ver tus manos están heridas.

Crees que todo se puede arreglar
pero tu mejor opción siempre es volar,
ey, es tu vida la que decide no bailar
aunque haya sitios con orden de gritar.

Pero tuya es esta tristeza tan bonita,
y es por eso el sol en tus pesadillas.
Por eso encuentro amor en tu amargura,
realmente melancólica en tus ojos está la luna.





jueves, 1 de noviembre de 2018

Nadie dice nada, pero yo lo siento igual


Qué asco de corazón siempre con su sinrazón
de querer plantar cipreses, de morirse todos los meses
que contracorriente encuentran otro resbalón.
El vinagre que le besa le deja la boca seca
y en las comisuras la saliva de una luna
que se hace la dura, que mata a mi espera.

Vaya con este tañer que no nos deja ver
por cambiarnos los sentidos, por querer hablar dormidos
sabiendo que en este nido hay mucho hueso que roer.
El bosque va tallado con su traje de noviazgo
pero ya sobra tela y las montañas veranean
y a la sombra de tu sierra planto todos mis años.

Voy a meterle mano a todos tus sueños
y a quitarles la falda del desespero
y follarles con la realidad
hasta que griten que quieren despertar,
que quieren sabernos de verdad.

Qué ternura de remolinos para ahogar todos los ruidos
que arañan la puerta y por la ventana se desperezan,
que el mundo entero se muera que para hablar ya estoy conmigo.
El cemento en mis pies no sabe si está arriba o del revés,
yo sólo veo agua, eran unas manos mi barca
pero en la plegaria se juntaron y ya ves.

Vaya con este domar, entre coces y cuerdas era todo sal
que va bien para las heridas que decoran el paisaje de esta vida
que está aquí dormida y que si gime, escupo y a volar.
El fruto de las reses para cuando se vacíen las veces
y que hagan compañía a la mierda en las tripas y en la cabeza
porque en la loma como enredadera aún queda la simiente.



martes, 13 de febrero de 2018

Madridfornication [2]

     Estaba celebrando algo, no recuerdo bien el qué... puede que el aniversario de nacimiento o muerte de algún escritor, o de algún músico, o incluso mi cumpleaños, no sé. Como siempre cuando se trata de mí, era una celebración solitaria, en un bar del centro y con la luna entre la contaminación como única compañía. La cerveza estaba fría, los corazones más, y sólo escribí un par de frases en una servilleta para no dejar solo al “Gracias por su visita” que la adorna. Hice una bola de papel y la tiré fuera, para que fuese libre, como deben ser las palabras. Cuando el camarero me informó de que iba a cerrar me pedí la última para beberla rápido. Era pronto, pero también era martes.

     Salí y hacía más frío que nadando en la cerveza o que arropándose con un corazón. Pues no se había dado mal la celebración y el metro aún estaría abierto. Bajaba por Montera hasta Sol y hasta el amor rápido llevaba bufanda y pantalones, porque si un martes a esas horas alguien quiere comprar un poco, ya sabe lo que hay, no hay que vender nada, pero tristemente se hace.

     La luz del metro me hizo daño en los ojos, se me cerraban un poco (más aún), pero tuve suerte, sólo quedaban 3 minutos para el tren, andén casi vacío. Escuché algo de jaleo acercándose. Un par de rusos acababan de llegar, uno era alto, trajeado, de facciones cuadradas pero algo desencajadas (y no por algo natural, obviamente) y los ojos azules le brillaban bastante; su compañero era bajito, con el pelo largo y barba, más tosco, parecían sacados de una película de mafia cutre. Iban acompañados por unas chicas que me sonaban de vista, estaban por Montera. El bajito se me acercó.

     –¡Eeeeeh! ¡Amigo! ¡Fiesta! ¡Tú venir! ¿sí? –el alto lo secundó con gritos goriláceos, le faltó golpearse el pecho. Las chicas se reían escandalosamente y yo... yo no tenía nada que hacer.
     –¿Dónde es? ¿cuánto?
     –Pocas paradas, Manuel Becerra, ¡gratis! ¡ser cumpleaños de mi amigo Anatoli! –y más gritos del grandullón.

     Dicho y hecho, me iba con unos rusos locos de fiesta, ¿qué podría salir mal? En el metro sacaron unas botellas de vino y me dieron de beber, pero dije que no, que me esperaría a los vasos. Las chicas sí bebieron. Me guiaron hasta un portal con sillones de cuero en la calle trasera del Palacio de los Deportes (o como se llame ahora), enfrente de una tienda de medias. Me pregunté que a cuántos vecinos molestaríamos, pero bueno, yo no vivía allí. La casa era grande, y tenía vasos, y más alcohol. Me enseñaron un juego para beber chupitos, y eso lo jode todo siempre. Para romper con el estereotipo, diré que no sólo beben vodka. Leonov, que era el bajito, desapareció al cabo de un rato con una de las chicas, pero daba igual, porque en el rato que llevaba allí vino mucha más gente, todos con acento del este, menos algunas chicas, que eran de varios lugares por lo que pude escuchar. La mesa se convirtió en una orgía de vasos y cocaína, y yo no consumía (drogas), así que aproveché para ir al servicio a refrescarme. No sabía dónde estaba, probé en todas las puertas: un armario, una habitación vacía, otra habitación en cual estaba Leonov asfixiándose con una bolsa de plástico mientras una morocha le estaba masturbando... cerré rápidamente y acerté con la siguiente puerta, que era el servicio. Caray con el ruso, pensé. Meé y me lavé la cara. Al salir una chica castaña de ojos color miel me comió la boca. No sabía quién era, ni cuándo había llegado a la fiesta, pero volví a entrar al servicio, esta vez acompañado.

     Hicimos el amor, creo recordar, o algo parecido, bonito, sin empañar el espejo pero sí los oídos con susurros y jadeos, apoyados contra el lavabo, contra la fría cerámica, bajo esas estrellas casi caducas que eran las bombillas naranjas. ¿Vida real o fantasía? Cuando estaba a punto empujé tan fuerte que se clavó el grifo en la espalda y se hizo una herida. Me empujó y me dijo algo en otro idioma. Nada bueno, seguramente, y se fue. Yo que me había enamorado. Me subí los pantalones y al pasar por la habitación del ruso bajito escuché un golpe y un grito de mujer. Entré temiéndome lo peor y dispuesto a ayudar a la chica. Pero no vi eso. La morena estaba temblando en un rincón, sollozando y señalando a Leonov, que estaba tieso (todo) y con los ojos en blanco. Ella le había quitado la bolsa al ver que él ya no decía nada. Salí de esa habitación para buscar a Anatoli y decírselo. Supuse que estaría con la cara enterrada en un montón de cocaína o en el culo de alguna mulata. Pero la droga había volado de la mesa, en su lugar había una pistola y tres hombres sentados alrededor. El resto los rodeaba expectantes.

     –¡Español! ¡Tú jugar ruleta! ¿sí?
     –¡No me jodas, Anatoli! ¡Que tu amigo está muerto!

     Al puto ruso se le puso el semblante serio, cogió la pistola y fue a buscarle. Una de las chicas gritó y todos salimos de allí corriendo. Iba tan borracho y había tanto jaleo que en vez de bajar las escaleras, las subí. Varios vecinos ya estaban saliendo ante el ruido que se había provocado. El punto álgido a esa fiesta de pijamas en el rellano lo puso un disparo. Me quedé paralizado. Volví en mí y bajé la escalera mientras los vecinos se preguntaban qué pasaba. En un sillón rojo que había en el portal estaba la chica castaña llorando. ¿Me puse condón? Esperaba que sí. Ella ni me miró.

     –¡Vámonos, que la policía está al llegar, joder! –no quería que le pasase nada. Pero sólo me contestó con improperios en su lengua materna mientras se señalaba la espalda. Pues nada.

     Salí del portal, eran las 4 de la madrugada y las luces azules ya empezaban a inundar la calle. Había gente corriendo por todos los lados. Anatoli se había asomado a una ventana y estaba gritando con la pistola en la mano, corrí antes de que el puto King Kong albino me abriese un agujero en la cabeza por donde se colase la lluvia, como en la(s) canción(es). Los policías se bajaron de los coches y empezaron a parar a todo el mundo. Uno me iba a parar cuando el compañero le dijo “Deja a ese chaval, ¿no ves que es español? Busca rusos.” Yo sonreí como si aquello no fuese conmigo. Seguí andando hasta Alcalá mientras me hurgaba el bolsillo, para ver si tenía para un taxi. Pero no tenía, así que fui a por un búho.

     –Tienes sangre en el pantalón, ¿estás bien? –me dijo una chica, treinta y algo, rubia y con una bolsa con un uniforme de seguridad, delante de la que me senté.
     –Sí, no es mía, creo.
     –¿Una noche difícil? –preguntó sonriendo.
     –Y aún no ha acabado –y le devolví la sonrisa.

     Veinte minutos más tarde mis pantalones estaban en su lavadora, los suyos en el suelo y no sé, en 1837 está a punto de suicidarse Larra, no ha sido mala celebración.  




miércoles, 3 de enero de 2018

Somos de cristal

Bueno, antes de todo, feliz año nuevo. ¿Propósitos? Pues tal vez debería escribir más o buscar alguna motivación para ello. ¿Y si me propusiese publicar? Como si no lo hubiese intentado ya. Resulta que soy un mediocre escritor de poesía (creedme, sé de esto, lo he estudiado), un escritor de relatos algo decente, y creo que lo que mejor se me da es escribir canciones sin música. Sea como fuere, a cuentagotas, iré dejando cosas por aquí. De momento, antes de unos versos, os dejo un enlace para descargar un cuento de Navidad que escribí hace casi un mes: http://ge.tt/3Z1Mcin2

Ya que no somos la eternidad,
seamos belleza en un instante.
Que somos de cristal
y nos podemos quebrar
cada vez que nos tenemos delante.

Ya que es aparente la fragilidad,
sigamos siendo constantes.
Que sólo somos un segundo más
y nos podemos gastar
cada vez que un suspiro salta adelante.

Ya que nos sabemos marchitos
aprovechemos este color.
Que si nos tocamos con delicadeza
podemos evitar las grietas
cada vez que hacemos el amor.

Ya que las estrellas se apagan
disfrutemos de la luminosidad.
Que somos cuerpos reflectantes
y hay destellos lacerantes
cada vez que una palabra suena mal.

Ya que no somos todo mares
seamos al menos esa gota más.
Que a veces pesan los pesares
y las lágrimas son el maquillaje
cada vez que queremos desbordar.

Ya que el universo es infinito
seamos nosotros un punto y final.
Que somos cuerpos celestiales
con órbitas chocantes
cada vez que deseamos explotar.



PD: La imagen corresponde a la película Paterson (2016)

miércoles, 25 de octubre de 2017

De dentro

Bajo toda esa capa salada
me sabes a futuro y a tristeza,
a todas esas huellas por la arena,
a la sangre de tus hadas.

Y es que al final va a explotar,
aquí todos mis dominios,
todo lo es y ha sido mío,
queriendo gritar por la libertad.

Porque de nada me sirve parar el tiempo
si es constante tanto silencio,
pocas palabras, muchas heridas,
mucho dolor para tan poca vida.

Bajo esta noche estrellada
siento lejos tus ojos y tus manos,
nuestras historias sobre teatros,
perdidas entre tanta calada.

Y es que al final sale de dentro,
aquí en todo este campo,
todo lo que tengo es lo que valgo,
queriendo llorar por ningún muerto.

Porque de nada me sirve cambiar el espacio
si eres constante entre tanto fallo,
pocas caricias, muchos golpes,
mucho aire para tan poco roce.

Yo te haré volar, no hagas caso,
a veces está bien volver atrás.
Poetas de barro que suelen arrancar
las páginas de un diario
pero las vuelven a pegar,
primero con sus labios,
con lágrimas al acabar.
Pues yo contigo, entre tus líos,
seré un guardián de tus delirios,
y de tus vicios el principal,
así que deja atrás esas cadenas,
toda esa pena, y vamos a saltar,
que ahí fuera se mueren de ganas
de vernos triunfar.


jueves, 12 de octubre de 2017

Pueblo [2]

     Salí de allí dejando al muchacho con sus pensamientos y su vergüenza. Corrí hacia la casa de la chica para ver a su padre. Alicia seguía por allí pese a que me había dicho que tenía prisa. Buena forma de librarse de mí, supuse. Cuando llegué, el padre me estaba esperando en la puerta.

     –Venga conmigo.
     –Antes quiero hacerle unas preguntas.
     –Por eso quiera que venga conmigo. Responderé a todas.

     Caminamos hacia el bosque, fue un paseo más silencioso de lo que me hubiera gustado. Sólo se escuchaba el calor haciendo sudar a unos pájaros. Tenía ganas de llegar sólo para ponerme a la sombra de un maldito árbol y que ese hombre hablara, que me dijese por qué llamó a su hija, por qué me mintió, qué hacía en mi sueño y qué coño pasaba en ese pueblo. Pasamos por la choza de Silverio, y tan pronto como pasamos, la dejamos atrás para internarnos en el bosque. Tenía mucha sed, tanta que hubiese bebido del bidón del estrábico.

     –¿Qué pasa? –pregunté cuando nos detuvimos.
     –Ya hemos llegado. Ahora hay que esperar.
     –¿A qué? Mientras esperamos contésteme... ¿por qué llamó a su hija?
     –Para salvarla. Si ese chico la hubiese tocado un pelo... ya no la querrían, no. Menos mal que su amiga me avisó.
     –¿Su amiga? ¿Alicia? ¿Salvarla de qué?
     –De la vida que hubiese llevado. Ellos las quieren puras.
     –¿Quiénes son ellos?

     Escuchamos un ruido cerca de nosotros. Siendo un bosque podía ser cualquier cosa. Los dos miramos hacia la misma dirección. Mientras él empezó a sonreír de una manera macabra, yo agarré lentamente mi pistola. Volvió a crujir algo, cada vez más cerca. Puede ser un animal, o el propio Silverio, pensé. El padre de la chica se acercaba al lugar de donde venían los ruidos. Una gota de sudor me resbaló por la nariz y cayó justo a la vez que Flint salió de entre los árboles. Puto gato. Sentí alivio y mi acompañante decepción.

     –Empieza a contestar a las preguntas.
     –Yo... –empezó a decir, pero entonces se nubló el cielo. Tanto que parecía casi de noche. La humedad se volvió fría. Volví a sujetar la pistola –. Ahí vienen.

     Flint volvió al lugar, pero esta vez en brazos de su dueña. Con ella vino más gente, pero estaba encapuchada. El padre de la chica se sentó. Flint dio un salto desde los brazos de su dueña y me miró.

     –Vete del pueblo –me dijo.
     –¿Me está hablando un gato?
     –¿Acaso me has visto mover la boca?
     –¿Qué cojones?
     –Tú, puedes irte –le dijo al padre de la chica. Pero es verdad, no movía su boca de gato, era como telepatía–. Has cumplido. Gracias por tu hija.
     –¿Qué está pasando aquí?

     El gato echó a andar. Le seguí, y fui el único, los encapuchados se quedaron quietos. Flint me llevó otra vez fuera del bosque. Aunque se veía con más claridad, seguía nublado y las vacas pastaban tranquilamente. Escuchamos un disparo. Flint se giró y el cascabel de su collar sonó. Corrió, y yo detrás de él. Las vacas no se inmutaban cuando pasábamos a su lado. El felino las iba esquivando a todas, y yo detrás de él. De repente, se metió por debajo de una de ellas, y la reconocí, tenía una huella de sangre. Me metí debajo yo también y aparecí en la habitación de la casa de la anciana.

     –¿Qué te parece Alicia? En vez del conejo, puede que siga al gato.
     –¿Me vas a decir qué cojones está pasando en este pueblo?

     Se quedó quieto. Fuera se escuchaban truenos, o disparos. No sabía muy bien si fuera de la habitación o fuera de donde estuviese. No me atreví a mover las cortinas para observar. Flint me miraba, y a continuación miraba a un enchufe, después otra vez a mí.

     –Hay cierta belleza en la energía cósmica que exige la tierra para vivir. Hay pureza, y una raíz siempre es más que eso. Al fin y al cabo nunca vemos lo que son ni lo que hacen.
     –¿Qué dices? –y sonó otro estruendo.
     –Parece mentira que al final por el aleteo de una mariposa se vaya a desmoronar todo, pero así funciona todo.

     Al lado de Flint apareció Carlos.

     –Ya viene –dijo al gato–. Lo siento.

     Sonó otro estruendo y me caí. Supuse que había muerto porque no escuchaba nada. La habitación desapareció, y con ella Flint y Carlos. Sólo veía mariposas azules con las alas rotas.

     –¡Corre, joder, corre!
     –¿Eh? –dije medio despertándome con tanto trote. Alguien me estaba llevando en brazos y yo estaba cubierto de sangre. Me habían disparado en un hombre.
     –Te bajo y corres, sigue corriendo.

     Era Silverio. Me puso en el suelo. Él se quedó quieto, apuntando con su escopeta a los árboles que habíamos dejado atrás. Empezó a emerger una figura de allí, pero él disparó.

     –¡Corre! ¡Y no vuelvas! ¡Vete!
     –Pero... ¿qué?
     –¡Joder! Siento que hayas visto esto –paró para disparar otra vez–, nunca cometen errores, pero esta vez... sabía yo que ese mequetrefe no iba a poder... ¡corre!

     Corrí a la vez que sonó otro disparo.                                        

domingo, 24 de septiembre de 2017

El cambiacapas

Estimados pocos lectores:
Que actualice poco no significa que no escriba. Estoy escribiendo un libro cuyo nombre es Canciones difíciles de escuchar, y es una recopilación de canciones sin música, de versos que duelen como agujas y que llevo desarrollando ya unos cuantos meses. Voy lento porque quiero estar contento con todo, y no quería subir nada de ese libro al blog para que fuese totalmente nuevo, pero supongo que un breve adelanto no nos hará mal a ninguno, ni a mí, que aquí lo dejo, ni a ti, que tendrás la (buena/mala) suerte de leerlo. 

Me perdono por las noches en casa
mientras se quemaba Malasaña
y yo haciendo que sé escribir.
Me perdono por todas las palabras
que trafico como si fueran hadas
pero quedándome las que son para ti.

Me perdono por todos los viajes,
sin saber lo que duelen los baches
que me da cada mapa lejos de tu vera.
Me perdono por no saber tratarte
como se merecen las rosas que aparte
se desnudan matando a la primavera.

Me perdono por despertar en la rutina
que empezó a construir la ruina
que no supe ver en tu gesto torcido.
Me perdono por si he matado a tu risa
con mis asuntos de ventana y cornisa
pero es que sólo me salvan tus oídos.

Me perdono por todos los regalos
que se quedaron sin lazo
y que usé para abrocharme la cabeza.
Me perdono por no bailar en tus zapatos
si yo reía y tú estabas gritando,
pero es que esa canción era pura mierda.

Me perdono por toda la indecencia,
por lo indebido y lo que me rodea,
fotos, canciones, poemas sin destinatario.
Me perdono por tener esta guerra,
y que la paz me viene sin merecerla,
supongo que sé jugar a ser Dios y el Diablo.

Me perdono por todo lo que he llorado
hasta inundar este cuarto,
pero es que he aprendido a nadar.
Me perdono por haber “mal querido”
pero por eso mismo me permito
hacerlo todo mal una vez más.