Estaba pasando el día en la feria. No era una gran feria,
era más bien cutre, con atracciones feas y oxidadas, o tal vez esas
fuesen las personas, no sé, no lo recordaba muy bien. Estaba
oscureciendo y mi piel reflejaba luces de colores, como si fuese yo
un pobre payaso desdibujado, emborronado, como cuando la sangre no
sale de las paredes que se caían encima cuando intentaba dormir. La
música alegre se mezclaba con el ruido que hacían algunos niños al
reír, algunos padres gritar y muchas máquinas trabajar. Atracciones
metálicas y veloces, máquinas de algodón de azúcar huracanadas y
mareantes, explosiones entre cuatro cristales y ¡pum!, palomitas.
Sí, estaba pasando el día, o la tarde ya, en la feria, simplemente
por pasear un poco.
–¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean al mismísimo diablo!
–gritaba un tipo con bigote, vestido de manera circense,
estrafalaria, como en ese relato de ese escritor que tanto gustaba a
los adolescentes que creen que pueden ser como él por juntar las
palabras “polla”, “coño” y “cerveza”. Estaba junto a una
carpa con un cartel que ponía “Ver al diablo, 3 euros”. Me
acerqué –. ¿Se atreve a ver este prodigio de la naturaleza?
–¿Por qué no?
Pagué y atravesé las cortinas pesadas de la carpa. Pero
esto no era como en el relato ese de ese escritor que alardeaba
siempre de sus piernas y de joder con mujeres. Aquí no había
ninguna jaula con nadie dentro. Había un espejo. Ni me acerqué y
salí.
–¿Qué ha visto? –me preguntó el tipo estrafalario. Yo
le agarré del pecho.
–¡Devuélveme el dinero, hijo de puta!
–¿Qué había en el espejo? ¿Ha visto al diablo? ¿No se
ha atrevido a mirar? No tiene usted pinta de cobarde... ¿acaso es un
cobarde? ¡Pasen y vean al amigo cobarde del diablo! –se puso a
gritar. Yo no era un cobarde, le había aguantado unos asaltos a Hemingway. Le solté y me dirigí a la entrada, pero el hombre me gritó
mientras se atusaba el bigote y se colocaba la pechera –. ¡Oiga!
Ver al diablo son 3 euros.
–¡Váyase a la puta! –pero pagué.
Entré, y al fondo de la carpa, como antes, había un espejo
colocado. Me asomé y mi fea cara me devolvió la mirada. Eso no
pasaba en ese relato, no. Así que ese era el diablo, quería decir.
Salí para pegar al tipo.
–¿Qué ha visto esta vez? ¿Se ha asomado en el espejo? ¿A
quién a visto?
Le volví a agarrar de la pechera y levanté el puño. Con la
mano apretando el vacío y dispuesta a cortar el aire, me paré. Tal
vez tenía razón, y si continuaba así, se la iba a acabar dando.
Así que era el diablo, quería decir. Le solté y me volví a casa,
a mí no me esperaba nadie allí, ni Teresa, ni Vicki, ni Cass...
Joder, no me esperaba nadie, ni una cerveza. No, no era como en ese
relato de ese escritor, el de las almorranas, los caballos y el
whisky barato.
No sabía qué había hecho mi compañero de celda, pero era
un buen tipo. Seguro que no era un violador o un hombre de esos que
toquetean a los niños, esos están en otro módulo para evitar que
el restos de presos les den palizas. Si mi compañero de celda fuese
uno de esos yo mismo le metería la pata de la cama por su hediondo y
jodido culo. Pero no, no lo era, era un buen tipo, aunque era una
bondad extraña, curiosa y desconcertante, algo deprimente, como si
tuviese que ser bueno porque no sabe hacer otra cosa, aunque ahí
estaba, en la celda conmigo. Era una bondad salida del alma, pero su
alma parecía haber sido llevada por todo su cuerpo utilizando un
rastrillo oxidado.
Había bastante que hacer allí durante el día como para no
aburrirte, siempre y cuando quisieras aprovechar bien el tiempo.
Biblioteca, cursos para estudiar, gimnasio... Me llamaba la atención
un curso de repostería, pero el resto de presos decidió que a ese
curso solo iban los “maricas”, y no es porque me lo llamasen,
sino por lo que les hacían a los “maricas”... no era plato de
buen gusto, así que me olvidé de hacer bollos. Tampoco podías
esperar algo bueno de aquel agujero. A mí me gustaba ir al gimnasio
y, nada más terminar, echarme un cigarro. Mi compañero, el buen
tipo, se dedicaba a escribir.
–¿Y para quién escribes? –le pregunté la primera vez
que le vi hacerlo.
–Para mi chica. Diablos, sí que la echo de menos –me
contestó mientras bajaba la cabeza y el pelo negro azabache le
ocultaba parte de la cara. Era un tipo atractivo, de piel morena y
los dientes bastante blancos, los ojos muy oscuros pero brillaban
como un charco de barro reflejando el sol que sale después de la
lluvia. Algo delgado, pero atractivo, no me extrañaba que tuviese
novia.
–¿Cómo es ella? Cuéntame, va –dije mientras me liaba
un cigarrillo.
–Maravillosa. Es rubia, con media melena, ojos de color
miel, y no es casualidad, porque tiene los labios rosas y dulces...
algo blanca de piel, y de cuerpo delgada, algo desgarbada, la verdad,
pero bueno... Diablos, la echo de menos de verdad.
–Seguro que es guapísima, ¿y qué le escribes en esas
cartas?
–Simplemente que me acuerdo de ella. Durante la semana
apenas nos veíamos, ¿sabes? Pero llegaba el viernes y salíamos a
cenar, el sábado al cine... en invierno podíamos estar en casa
metidos debajo de una manta, ya sabes, follando... bueno, haciendo el
amor, por muy cursi que suene...
–Bah, tranquilo, está bien.
–Y con la primavera y verano, pues ir a parques a tumbarnos
en el césped, vaya aroma, se mezclaba la vainilla de su pelo con los
rosales, como... un arco iris para la nariz, ¿sabes? La echo de
menos, y se lo digo. Echo de menos hacer cosas con ella, aquí apenas
salgo de este cubículo.
–Eres un buen tipo. ¿Y qué te contesta ella?
–Nada, no se las envío.
–¿Qué cojones? Vaya puta mierda, ¿por qué?
–Me odiará, supongo. No solo escribo para ella, en parte
escribo para mí, para no olvidarme de que hay un motivo fundamental
para hacer las cosas bien, para no olvidarme de ella. No sé ni si me
estará esperando, pero joder, espero que sí. La echo de menos de
verdad. Llevo aquí dos meses y este sitio puede volver loco a
cualquiera que se deje arrastrar por ese agujero donde meamos, el
goteo por las noches, los golpes, las palizas en el patio, los
sollozos de los que de verdad creen que son inocentes... te vuelve
loco. Una vez a la semana nos escribo, así no me olvido. Cuando
salga, si me ha perdonado, se las daré.
–Eres un buen tipo, seguro que lo hará... ten –y le
ofrecí un cigarro.
Así pasaban los días, y conseguí que algún día viniese
conmigo al gimnasio o a hacer algo de deporte, porque apenas salía
de la celda o de la biblioteca, siempre detrás de los libros de
poesía, las montañas más complicadas que se podían escalar eran
esas, palabras y más palabras... yo no tenía ni idea de lo que
hablaban, bastante que sé leer, escribir, beber y no cagarme encima,
pero él lo entendía todo, a veces me lo explicaba, me decía “voy
a usar esto de Neruda para la carta de esta semana” o “Benedetti
a veces es un poco simple, pero también hay veces que da en el
clavo, intenta leerte este”, y lo intentaba, pero me aburría
enseguida, prefería aprender de él. Aprendí lo que era una
metáfora, ¿a quién se le ocurría lo de las perlas de la boca de
alguien? Pero bueno, poco a poco.
–Hoy me toca jardinería, no voy al gimnasio, te veo luego
–le comenté durante lo que llaman desayuno, pero joder, en un cubo
de basura se comería mejor, seguro.
–Yo iré un poco, a ver si me quito este dolor de espalda
con algún ejercicio, aunque seguramente será por eso mismo, luego
iré a la biblioteca.
Desde que le conocía, apreciaba más algunas cosas, como las
flores, ya no es solo que oliesen bien, era su tacto, era suave, y
algo de color aquí siempre venía bien, era, como decía él, una de
las cosas por las que no volverse loco, cuida las flores, cuida el
espacio, te cuidas a ti, y podía parecer una gilipollez hablar de
flores o incluso de un puto arbusto en un sitio como la cárcel, pero
era algo más que eso. Hasta el tipo más chungo de por aquí podía
sangrar si agarraba mal una rosa. Hasta el tipo más duro de aquí
tenía su propia rosa que le hacía llorar.
Pasé por la biblioteca pero no estaba allí, las montañas
inexpugnables habían desaparecido como si una apisonadora de
desesperanza se hubiese llevado todo lo bueno... joder, ya podía
casi hablar como él. Me fumé un cigarro mientras atravesaba el
patio. Un guardia amigo mío me llamó, era un imbécil, pero venía
bien para conseguir algo de tabaco y otros favores. El típico
gilipollas que se creía importante por tener chanchullos con los
presos porque así le respetaban y lo único que hacía era pasarnos
algunos cigarros y revistas porno. Un pobre diablo, un gilipollas al
que años más tarde, cuando encerrado, se le acabó el chollo porque
le pillaron. Echó a perder un buen curro. Vaya gilipollas. El caso
es que me llamó.
–¡Eh! Se han llevado a tu compañero.
–¿En serio? No me jodas, ¿dónde? ¿por qué?
–Tu puto compañero tiene tela, ¿no te lo contó? Vaya
pieza... 8 muertes. Lo mandan para Estremera.
Llegué a la habitación y evidentemente estaba vacía.
Encima de la cama estaban las cartas y una más para mí. Me lo contó
todo, o al menos su versión, y no es algo de lo que me apetezca
hablar. Me pedía que, si algún día me soltaban, le llevase las
cartas a su novia. No le quería juzgar, no lo hice y nunca lo haré.
Leía las cartas a menudo para aprender algo. Diablos, juraría que
me podría haber enamorado de su novia solo por cómo hablaba de
ella. De él nunca más volví a saber.
Pasaron dos años. Tenía más canas y ningún cigarro
después del gimnasio me sentó tan bien como lo hizo el soplo de
libertad al salir por la puerta. La tierra debajo de mis pies era
color miel, y diablos, era normal, porque la sensación era dulce
como tal. Dos días después me encontraba en la puerta de la casa de
la chica con un taco de cartas amarillentas y llamé a la puerta. Me
abrió un tipo alto y engominado con camisa azul y unos chinos
marrones, ¿quién iba así por su casa? Antes de que él dijese
algo, salió ella de detrás, no la había visto nunca y sabía que
su pizza favorita era la cuatro quesos y vaya, sí que olía a
vainilla.
–¿Quién es este tipo, amor?
–No sé, acabo de abrir, ¿puedo ayudarle en algo?
–Disculpen, me he equivocado – contesté.
Ya estaba despierto antes de que sonase la alarma, así que
la paró enseguida. Cuando todo estaba en silencio un ruido fuerte le
molestaba, como si perturbase su paz, o la paz de su piso pequeño y
vacío. Eran las 5:30 y daba igual horario de verano o de invierno,
siempre era de noche cuando se levantaba. A oscuras fue al baño, ya
estaba acostumbrado a la imagen de sí mismo que tenía nada más
despertarse, así que el tipo del espejo le dio igual. Le costó mear
con la erección con la que siempre amanecía, “la naturaleza”,
supuso. Por la noche había dejado la cafetera trabajando, se puso
una taza de café caliente. No comía nada, a esa hora apenas tenía
hambre y el café entraba de milagro. Se lavó la cara, se lavó los
dientes, se peinó un poco y se vistió. Otro día más al trabajo.
“A ver qué dice la radio” se dijo a sí mismo nada más
arrancar el coche. No era invierno aún, pero hacía el suficiente
frío como para que saliese algo de vaho con un poco de su alma. A
esas horas apenas había tráfico, así que el locutor solo le
narraba algunas noticias durante los 20 minutos que tardaba en llegar
al tanatorio, cosas sobre las inminentes elecciones, “otras”
pensó, y desgracias al otro lado del mundo. Su trabajo era sencillo,
era camarero en el bar de allí. Intentaba estar animado y de buen
humor, atender con una sonrisa a los clientes que ya de por sí lo
estaban pasando mal. Su chiste estrella para los primeros clientes:
“Pase, hoy abrimos por defunción”, y la gente, lejos de
tomárselo mal, le devolvían una sonrisa. Como camarero en un sitio
así estaba acostumbrado a escuchar historias de todo tipo, y ya casi
era un experto en consolar a las personas.
Esa mañana las primeras personas en entrar fueron una mujer
mayor, unos sesenta y pico, rubia teñida, sin maquillaje y
sollozando,Los ojos nunca se veían, siempre llevaban gafas de sol;
una chica joven a su lado, su hija tal vez, semblante pálido,
ojeras, pelo castaño y lacio, pero no lloraba, sus ojos del color
del cielo después de la lluvia no tenían brillo ni expresividad; y
un hombre mayor también, pelo canoso y barba un poco más oscura,
serio.
–¿Qué desean? –preguntó el camarero.
–Tres cafés con leche, en vaso, uno de ellos descafeinado,
por favor. –pidió el tipo.
–Enseguida.
La máquina se puso a funcionar, a soltar vapor y él se puso
a cambiar filtros, dar a manivelas y observar al resto de personas
que entraban. Acababa de empezar el día.
–¿Quieren algo más, algo de comer?
–No gracias, así está bien, ¿cuánto es?
–Tres euros, y lo siento mucho.
–Gracias.
Se sentaron en una mesa y él siguió atendiendo. A esas
horas casi todo el mundo pedía cafés porque tan temprano lo normal
es haber estado toda la noche en vela llorando al fallecido. Algún
zumo de naranja “será por las vitaminas, supongo”, y cola caos
si venía algún niño. La mañana pasó sin más, entre cafés y
pinchos de tortilla, entre pésames y sonrisas vagas. De vez en
cuando pensaba que su trabajo, en parte, era un poco malévolo, tenía
un lado oscuro, y es que a más gente muerta, más consumidores en la
cafetería. Si su trabajo le parecía gris a veces, no quería
imaginar los que trabajaban “arriba” con los cadáveres. “No
hablarán mucho en el trabajo” se reía. Pasó ya el mediodía
cuando volvió a bajar la chica del café, la primera clienta.
–Buenas, ¿qué te pongo?
–Eh.. un plato combinado, el número 2, por favor.
–Marchando. ¿Qué tal vas? –se atrevía a preguntar
porque su experiencia le decía que la mayoría de las personas que
había allí quería hacerlo, quería desahogarse, buscaba un poco de
conversación que no fuese el típico “lo siento”.
–Bueno, qué te voy a contar que no hayas oído trabajando
aquí –y sonrió un poco.
–A ver, has pedido el plato combinado número 2 que no pide
casi nadie porque lleva calamares con ensalada y dos huevos fritos,
desde que te has sentado en la barra he escuchado algo que no había
oído –y ella soltó una carcajada–. En fin, ahora mismo lo
traigo, mucho ánimo.
–No estábamos juntos, ¿sabes? Pero aún así... qué mal,
qué horror. Ves que cosas así pasan a menudo y nunca piensas que
vayan a tocarte tan cerca. Solo hacía 3 meses que lo habíamos
dejado y ahora ya...
–Pues dice mucho de ti que estés aquí y honres su
memoria, de verdad. Si algo he aprendido trabajando en este sitio es
que decirte “hay que seguir adelante” no sirve de nada, todos
necesitamos un tiempo de duelo, pero ten cuidado, es normal estar
triste, no es normal hacer de esa tristeza tu día a día. Él no lo
querría. Acordarse de los fallecidos es bueno, echarles de menos
también, desear que vuelvan... no tanto. También he aprendido que
ir de negro aquí es peor aún, pero bueno, tradiciones... En fin, a
la bebida invita la casa.
–Gracias –y se puso a comer en silencio–... oye, ¿a
qué hora sales?
–A las 18:00, todos los días, menos los fines de semana
que libro.
–Estoy en la sala 22, me vendría bien tomar algo después.
–Ah, bueno, vale... yo... solo tengo el uniforme del
trabajo, pero sí, vale.
“¿He quedado con una chica que acaba de perder a su ex?”,
llevaba seis años trabajando allí y nunca le había pasado. “Será
el dolor o el encanto de estas paredes marrones, o seré yo, que de
vez en cuando me lo merezco”, pensaba mientras limpiaba vasos.
Miraba el reloj que tenía en frente, las 15:30 aún. Recogió
algunas mesas mientras su pensamiento ya no era tratar de hacer
sentir bien a los clientes, sino en intentar sentirse bien él mismo.
Las 16:20, estaba poniendo algunos copazos la gente allí bebe más
que en otros sitios.
–Llénala bien, niño... Total, hoy no tengo a nadie que me
eche la bronca al llegar a casa borracho y apestando a DYC –y tras
decir esa frase, un hombre de unos ochenta y tantos se puso a llorar
y a gritar–. ¡Qué solo me has dejado, hija de puta! ¡Qué solo,
mi Maribel!
Aparecieron unos chicos más jóvenes, los hijos supuso, y se
lo llevaron, empezaron a pedir disculpas. No había por qué darlas,
poco se rompía la gente allí. Mucho traje negro, mucha alma más
negra aún. La tormenta de ese hombre no era más que un nubarrón en
el cielo del resto de personas, del mundo, por eso se lo puede
permitir, eran personas, en todas las bolsas viene una pipa pútrida
y asquerosa que te deja mal sabor de boca.
–¡Eh! Llama la atención a aquel hombre de allí, que está
fumando –le dijo su jefe.
–¿No le podemos dejar? A veces lo necesitan...
–Sabes que no, macho...
Le iba a negar un cigarro a un hombre que lo mismo acababa de
perder a su mujer, o a su hijo o hija o quien fuese, pero había
perdido a alguien.
–Disculpe, señor, no se puede fumar aquí.
–Joder, es que fuera está lloviendo.
–Lo siento, caballero, son las normas.
–¿Normas? –dijo el hombre de pronto mientras se puso de
pie, tiró lo que quedaba del Marlboro al suelo y lo pisoteó con la
punta de su zapato bastante caro seguramente– ¡A tomar por culo
las normas! ¿Dónde hay una norma que diga que un padre tiene que
enterrar a un hijo? ¿Por qué un puto yonki le puede apuñalar y
desaparecer y yo tengo que estar aquí sin fumar?
–Yo...
–¡Estás aquí! –era la chica de los ojos del cielo
después de la lluvia– Lo siento, vámonos Fernando, por favor.
Perdón, es mi ex-suegro...
–Tranquila, no pasa nada.
–Te veo luego –susurró cuando Fernando ya estaba algo
más lejos y calmado.
Escenas como esa y la anterior había bastantes al día. El
camarero empezaba a pensar de manera gris, “la muerte me trae
dinero y ahora una chica”. Le quedaba media hora, recogió algunos
tercios vacíos y se fue a seguir poniendo cafés. Seguían abiertos
por defunción.
Tú soltaste la cuerda, yo me até más fuerte.
Si iba a ser el último beso, lo habría dado para siempre.
Avive el seso las pesadillas del que duerme
por sufrir yo la condena del crimen que tú cometes,
que todo esto sucede porque me hieres.
Me clavo en las espinas mientras tú floreces.
Te hubiese dibujado si esas iban a ser las últimas miradas.
Me desentraño de otros daños para que te quedes
y estiro mis brazos por si al arraigar te salen alas,
que todo esto sucede porque me hieres.
Tú nadaste las lágrimas, yo me ahogo cuando crecen.
Me hubiese desollado las manos en las últimas caricias.
A cualquier cosa lo llaman ser diosa pero tú bebes
y crecen los mares pero naufrago en mil islas,
que todo esto sucede porque me hieres.
Tú soñabas despierta y a mi esta realidad me enloquece.
Te encendería el infierno con tal de que no sea tu último
aliento.
Henchidos los pulmones por los empujones del que muere
y quiere vivir sabiendo que es mejor eso que ningún sentimiento,
que todo esto sucede porque me hieres.
Me voy haciendo de aire al caer para que tú vueles.
Si iba a ser el último mordisco te hubiese arrancado la piel.
Giman de eco las paredes que vieron cómo me quieres,
encadenados, siendo pecado y salvación a la vez,
que todo esto ya no sucede porque me hieres.
No sabía cómo podía estar vivo a estas alturas de la
película (o de su vida). Llovía y no sabía si olía a humedad o
era el insufrible hedor de alguien que dentro de poco iba a ser
irrelevante para algunas personas. “Como todo, como todos” pensó.
Llovía, y afuera también y no encontró mejor momento para hacerlo.
Se echó un vistazo en un espejo con una esquina rota. Si lo había
roto él, entendía tanta mala suerte; si no lo había roto él, se
la estaba llevando igualmente. Tenía en la mirada un infinito que
solo conocen los que sí que han llegado a su fondo. Un negro mate,
sin brillo ni ilusión le devolvía la mirada. Torció el gesto. “Si
esperas cambios, no van a venir aquí, mirándome”. Esperaba que
pasase algo, pero no sabía el qué. Se alejó del espejo, pues el
tipo que estaba viendo allí le estaba dando lástima. La sacó.
“Sería horrible que el último sabor que tuvieses en la boca sea
el del metal y no el suyo”. “¿Y en la cabeza? Pero eso a veces
no sale bien, y es una visión horrorosa”. Fue a un aparador de
madera que había en la sala de estar, abrió el segundo cajón y
cogió una saca púrpura que tenía de no sabía qué, pero allí
estaba. Se la puso en la cabeza y no sabía qué le iba a matar
antes, si el disparo o la asfixia. El sabor a que te falte algo y
tener la boca seca tampoco era agradable. Se la quitó y respiró
frío. Con los pulmones helados pensó fríamente “hoy no”.
Quería quitarse esa pesadumbre de encima. Salió a la calle
y las hojas, mojadas, no crujían bajo sus pies. Miró hacia arriba y
mientras la fina cortina de lluvia le cerraba los ojos pensó que a
partir de ahora solo iba a tener pensamientos positivos sobre lo que
se encontrase. Pasó cerca de un coche y un gato salió corriendo, o
intentándolo. Cojeaba, estaba mojado y tenía un ojo rojo y lleno de
legañas. No tenía muy buena pinta. Era blanco con manchas marrones.
Del coche fue directo a la boca de una alcantarilla donde en ese
momento desembocaba un riachuelo de agua gris de lluvia y que hacía
que el gato no se atreviese a entrar. Los dos solos se miraron.
Maulló y él se acercó. “Sé positivo, sería mucha mala suerte
que te pegase una puta enfermedad”. Lo consiguió coger y el gato
apenas puso resistencia. Era martes y el veterinario estaría
abierto.
–¿Qué le pasa a este pequeñín?– dijo una mujer con
bata blanca cuando entró. Tanta pared blanca le dolía en los ojos.
Los fluorescentes no ayudaban y el tono agudo repelente de esa
veterinaria le volaba los sesos, como si no lo hubiese intentado.
–Me lo he encontrado así bajo la lluvia...
–¿Tienes pensado quedártelo?
–Sí, claro– “los cojones, si no sé ni cuidarme a mí
mismo, qué voy a hacer con una criatura a mi cargo”, pero ya era
tarde y estaba rellenando una ficha con sus datos. –También cojea
un poco, no sé qué será.
–Tranquilo, mi ayudante se encarga.
Si no hubiese sido como era él, se hubiese fijado en la
joven. Media melena castaña caía como un pequeño mar de chocolate
que iba a morir en sus hombros. Llevaba también una bata blanca y un
pijama verde algo más oscuro que sus ojos. Para no fijarse en ella
se quedó bien con esos detalles. La chica sonrió y los labios, muy
finos, desaparecieron por un instante.
–¿Qué le pasa a este peludito? –preguntó mientras se
lo llevaba.
–Usted puede esperar aquí un momento, intentaremos no
tardar.
–¿Le importa si voy mientras al cajero de enfrente?
Antes de que pudiese contestar, salió de la tienda. Se
encendió un cigarro y el sabor a nicotina le llenó la boca y los
pulmones. “¿Qué cojones acabo de hacer?”. Pero tal vez ese era
el cambio que necesitaba. “La gente a veces espera grandes cambios,
un viaje de locura, dejar un trabajo, casarse o tener hijos, yo...
tengo un gato”. Sonrió un poco mientras iba al cajero. Iba
pensando nombres. “Metal está bien, prácticamente es lo único
que casi desayuno esta mañana, o púrrrrpura” y se rió de su
chiste. Metió la tarjeta en el cajero, no sabía cuánto podía
costar el veterinario, así que sacó 300 euros. “Espero que sea
suficiente. Le podría llamar otoño. Otoño está bien”. Se dio la
vuelta mientras guardaba el dinero.
–Los trescientos euros, ahora– ni siquiera vio al tipo,
solo vio una navaja apuntándole.
–Oye, espera, tranquilo...
–¡Que me los des, hostias!
Le supo la boca a metal. A óxido más bien. Se apoyó contra
la pared mientras se agarraba el vientre. El tipo se largaba con su
cartera. Apenas le vio, solo la navaja. La sangre le salía por la
boca mientras intentaba no toser, pero sabía que ese sabor que le
llenaba la boca no traía nada bueno. Echó la cabeza hacia atrás y,
si fuese una película, la cámara se alejaría hacia el cielo
mientras la sangre pierde color al ser diluida con el agua de la
lluvia. No dejaba de llover, las nubes grises reclamaban lo que era
suyo por propio derecho en otoño. La acera gris dejaría de serlo,
aunque fuese un poco.
Préndeme en la hoguera donde arden los planetas
que cupieron entre las estrellas que solo fueron remiendos
de los rotos que dejaron las palabras descontentas,
por tanto que acendro más de mil agujas que fluyeron
en un mar de hierba, en nuestro adiós violento.
Donde huelga el peregrino y seca de aguacero su sayal
nos encontramos como dos ánimas del diablo
que sin magia es podredumbre donde pacerán
todos nuestros tornados, mientras los dos maullamos
por querernos topar, por si hay que desempolvarnos.
Cuélgame en la horca donde mueren las horas
que pasaron entre las rosas que sirvieron como excusa
para advertir que en tu cuello también yanta mi boca,
por morderte la luna mientras mi corazón aúlla
y tú te vuelves loca, yo me vuelvo de espuma.
Tírame a al vacío donde caen rayos sin tronido,
que no llegan furiosos, porque se sienten estorbo
del sonido de tu voz cuando cantas porque he venido
con mi mandil lustroso cargado de pergaminos y de oro,
por tus alas reprimido y por enseñarte estos epodos.
Donde huelga el peregrino y seca de aguacero su sayal
nos encontramos como dos ángeles descalzos
que con su magia es abundancia de la que beberán
los mares que nadamos tan desnudos como hadados,
por querernos hallar, por si hay que desempolvarnos.
Yo quería que fueses mi novia cuando sea mayor,
que fueses mi constante si algo iba mal,
como un terremoto o un volcán en erupción.
Yo quería morir en las trincheras de tu corazón
cada vez que me declarabas la guerra mundial
porque este juego de uno no estaba hecho para dos.
Yo quería quedarme dormido
en las arrugas de tu frente,
de ese ceño fruncido.
Yo quería escapar contigo,
tú me hiciste más valiente
en este mundo podrido.
Yo quería terminar de ver el mundo
y besarte en mil lugares,
derribar todos los muros.
Yo quería tachar mapas juntos,
explorar todos tus lunares
y morderte siempre el culo.
Yo quería con mis manos
hacerte una casa con ruedas
donde tocarnos todo el rato.
Yo quería que el tiempo no pasase en vano
y hacerte ver que si te quedas,
quedan historias para susurrarnos.
Yo quería columpiarme en tu pelo,
marearme dando volteretas en tu boca,
no distinguir tus ojos del cielo.
Yo quería acurrucarme contigo en invierno,
hacer manitas y volverte loca,
elegir una serie y no verla por ponernos tiernos.
Yo quería ver países que nos quedan,
que te apoyases en mí en los aviones,
que me lleves a comer por Inglaterra.
Yo quería terminar de descubrir Grecia,
que el Egeo nos acaricie los talones,
y al terminar la Tierra, seguir con más planetas.
Yo quería respirar de tu cuello
y descansar sobre tus hombros
porque era tu cuerpo mi templo.
Yo quería un bosque y escondernos
porque contigo me sobran todos,
contigo solo me pasa el tiempo (y lento).
Yo quería hacer sombras en tu piel
con la luz de las auroras boreales
que nacían en mi cuarto cuando me venías a ver.
Yo quería jugar a qué prenda era la primera en caer
y en la geografía de tu cuerpo construir hogares
donde vivir aunque fuese un rato, pero vivir bien.
Yo quería que siguieses en la cama
o que me esperases en la ducha
y plantar vainillas en tu espalda.
Yo quería que siguieses aquí mañana,
si hace falta que no salga, secuestro a la luna,
atranco todas las puertas y cierro las ventanas.
Yo quería todo lo que no quieres,
seguir cosiendo ombligos,
pero a ti te esperan los trenes.
Yo quería hacer que no me dueles,
yo quería todo contigo
y solo tengo lo que ven estas paredes.