Hola. Vengo a quitarle valor a mi libro Canciones para un viaje en cohete, de venta aquí (aunque no compres ahora, que estamos en cuarentena, los repartidores también son personas) subiendo al blog lo mejor que hay en él (creo). Llevo un tiempo escribiendo más bien poco, pero no quiero descuidar esto y, además, ya que estamos encerrados, qué más da un poco de cultura gratis. Si te mola, pues en el libro hay cosas igualmente bonitas. Y en el segundo que estoy preparando... más aún.
Tú tan “revolución o
barbarie” y yo más de “pero... ¿quién
mató a Laura Palmer?” Éramos dos y un sólo
precipicio y el vacío parecía tan
adictivo. Dijiste “la gota que rebosa
este mar” y la distancia que acerca un
final, se hicieron un hueco entre mis
huesos que de tanto temblar bailamos por última vez al
son de mis miedos. Si te vas me sobra todo lo que
venga detrás. Ir a buscarte es sólo una
canción más. Tenía un mapa y dos puntos de
partida y daba igual si encontrarte
son dos vidas. Corriste y casi al final
miraste hacia atrás sin darte cuenta de que llegué
antes de empezar. Sentir fue el mejor papel que
tuve en mi obra favorita, “sonreír hasta los lunes”. Y los dos como un par de
mundos extraños que compartieron esa magia del
daño. Teníamos un corazón y varias
cicatrices pero la vida entre sangre nos
hacía tan felices. Doblamos juntos el papel con
el camino, dibujamos nuevas huellas y
borramos hechizos. Las chispas de fuera nos
hacían brillar y también quemaron las redes que nos dejaban
nadar. Tú tan “vamos a luchar
unidos” y yo más de... “¿Pero qué
es la isla de Perdidos?” Pero al final los dos en un
mismo beso, dos cuerpos adictos y un sólo
deseo. Dijiste “usemos cada gota
para regar” y está floreciendo todo esto y aún no me creo que sea
verdad.
–Va de puta madre.
–Sí, la verdad es que sí –dijo ella, aunque tampoco
entendía mucho del tema.
–Toma, el móvil está conectado, pon la canción que
quieras.
–Vale.
Se lo habían dado esa misma mañana y él estaba como loco
por rodarlo. Estaban volviendo a casa después de estar todo el día
de aquí para allá. Había anochecido y los faros nuevos alumbraban
la carretera como tu sonrisa hacía lo mismo con la vida de quien se
topaba con ella, pero eso era otra historia, u otra histeria.
–Hay que pasar por casa de mis padres, que me ha dicho mi
madre que vaya a recoger unas cosas.
–Pues aparco en la puerta y subes en un momento.
–Joder, ¿no puedes subir y les saludas tú también? Son
mis padres, no unos desconocidos...
–Ya, pero es que es tarde y quiero llegar a casa, y no
quiero liarme a hablar con tu padre y tal.
–¿A casa? ¿para qué? ¿te vas a poner con la mierda de
la consola hasta las 2 de la mañana? Que hemos quedado pronto para
ir al campo con la bici.
–Bueno, pues eso, me apetece ir a casa a descansar. Si tus
padres me caen bien, pero es que hablan mucho...
–¡La semana pasada comimos con tus padres y estuvimos toda
la tarde!
–¡Joder! ¡Pues vale! Subo y saludo a tus padres,
hostias...
–¡No! ¡Déjalo! Y mira a la carretera, que vaya volantazo
has dado ahí detrás...
–A ver... me vas gritando...
–¿Ahora es culpa mía que tú seas gilipollas?
Él no contesto. Se quedaron en silencio unos minutos. La
música seguía sonando y las farolas... las farolas estaban ahí, no
todo tiene que tener un propósito estético en un relato, no todo es
como tú. Olía a nuevo, a limpio y un poco a vergüenza y
arrepentimiento. Sonó la canción. Él sonrió, y ella también.
–Lo siento. Voy a pasar a por unas cervezas y nos tomamos
algo con tus padres, ¿te parece?
–Vale, voy a avisar, lo mismo tienen ellos algo para picar.
Dame un beso, tonto.
–Idiota.
–Va bien el coche, sí. Y el color es muy bonito.
–Mira el techo, si toco aquí se puede ver el cielo.
–Hala.
Un golpe seco y un frenazo sonoro rompieron el silencio de la
incipiente noche, como una alarma que avisaba de que había algunas
cosas no iban a ser iguales la mañana siguiente. 15 años tenía el
chico que les cayó justo en frente desde uno de los puentes que
cortan las autopistas que rodean Madrid, como cortar las venas a la
ciudad. 15 años y tal vez un solo motivo.
Vine, vi, amé.
Si vas a olvidar todo lo que hiciste bien,
no me olvides.
El reflejo de la ciudad te hacía tan guapa
que es insultante
intentar decirlo con palabras.
Qué tiene el mundo que no tenga yo,
estás eligiendo vivir de aburrimiento
en vez de morir de pasión.
Esta tierra prometida era la tuya
y nos lo dijiste a los tres en la habitación,
tú y yo, y la luna.
La vida
está hecha para los amantes,
por eso pasamos por ella tan deprisa.
Deprisa, jóvenes y borrachos,
y tú preciosa,
y al despertar estaré sereno,
pero tú seguirás siendo hermosa.
Me da miedo el folio en blanco y vacío
pero ya solo me quedan
las palabras que desearía haberte dicho.
Me hubiese pasado riéndome contigo
el resto de mi vida,
era un poco extraña la curva de tu risa.
Queda, solo queda entre nosotros
el noble arte del contacto visual
pero no soporto mirar y no me acuerdo de tus ojos.
Y la luz siempre es fácil de amar
pero yo quise hasta tus sombras
y aún así estoy agradecido
de que tú te quedases hasta estando
yo a oscuras.
Soy tan tonto y tengo tanto miedo
que todo lo que te quiero
me lo invento.
Soy tan idiota cada día nuevo
que todo lo que te digo
lo disfrazo de sentimientos.
Ahí está, esa chica es una tempestad,
dime quién queda vivo tras ella en la ciudad.
Las respuestas fáciles siempre estarán mal,
cuando llegue es cuando más hay que brillar.
Sonrisas de vagabundos y marginados,
siempre es como mejor he estado,
así que vamos a hacer este trato:
dormiremos juntos, echando de menos el sonido,
y con tanto ruido me preguntaría:
¿Cómo demonios podrías ser mía?
Pero quizás puedas recordar
que puedes soñar.
Últimamente las cosas van mejor que siempre.
Sólo me duele al respirar,
cierro los ojos para mirar
que últimamente siempre es diciembre.
Hablar mucho. Luchar poco. Es lo mío.
Era lo mío. Sería el momento perfecto para encenderse un último
cigarrillo, pero no fumaba. Aun así el vaho producido por el frío
hacía el intento y me sentí como un niño que lo expulsa por la
boca haciendo que fuma. Al fin y al cabo yo también era un niño de
esos que se enfadan si no consiguen lo que quieren. Pero no fumaba.
56 metros, miré hacia abajo y luciérnagas de metal se movían por
el frío asfalto. Seguía mirando y había farolas. Subí la mirada y
apenas había estrellas en el cielo porque las estrellas de ciudad se
las comen, y entonces entendí a Salinas, si tan solo pudiese elegir
la dirección... Más alto que nosotros solo el cielo. Y ahí estaba
yo, en un sándwich de estrellas, y ni siquiera estaba solo. En esta
azotea había mucha gente, con sus copas, sus cigarros, sus risas y
su frío. Y también estaba ella, quieta, con sus seis metros y medio
de altura, pero tú eres más grande; de bronce, pero tú eres oro.
Y ya no sé, o no sabía, a estas alturas de mi vida, del
edificio y de la película qué es lo que echaba de menos, o a quién.
A ti, a ella, a la compañía. Poner roja una cara a besos y un culo
blanco. Una espalda mojada y un cuerpo hecho de mar. Bocados, hablar,
reírnos, morder, besar, el calor, el olor a verano, el olor a
vainilla y a coco, la piel entre los dientes. Pero no lo sabía.
Cuesta acostumbrarse a que en este mundo las personas se pierdan unas
a otras. Cuando era pequeño leí un libro de un niño que hablaba
con una estatua del Retiro, creo que la de Pío Baroja. ¿Y a qué
viene esto? Porque la estatua que tenía al lado me habló, o eso
creí, y me
dijo “πάθος”.
Sufrimiento
existencial, pero también pasión o desenfreno pasional. O mejor,
emoción que se siente al contemplar una obra de arte cargada de ese
mismo sentimiento, pero qué cutre y manido es llamar a una persona
“arte”, que no soy, ni era, un escritorzuelo de Instagram o
Twitter, o sí. Estado del alma, tristeza, pasión... Echar de menos
algo que no se conoce. ¿Y si era eso? ¿Y si solo echo de menos la
próxima ausencia que me haga escribir? ¿que me haga seguir
adelante? Para mí una ausencia es el sitio favorito desde el que
saltar a la tristeza.
Y
me acordé de Dead
in the water de Noel Gallagher. Si tuviese fotografías de lo que quisiera ver, si
tan solo lo tuviese tan claro, tal vez me parecería divertido. Si
tan solo mi próximo destino fuese la tierra prometida. Crash. Morir
en las olas de ciudad, flotar en la polución. No descansar mientras
el amor esté tendido sobre la niebla de contaminación. Sobre las
partículas húmedas de la niebla que estaba trayendo un prematuro
amanecer. Con tanta pregunta solo trataba de cerrar el agujero en mi
cabeza por donde la lluvia se colaba.
Podía parecer
que me estaba suicidando, que el último párrafo era la caída acuosa, brumosa, lacrimal e infinita. Pero
estoy revisionando Californication, y sí, estaba al borde del abismo
de cemento, pero una mano, no la suya, me agarró. Estaba preocupada,
yo un poco también.
–Gracias –me
dijo.
–¿No debería
decirlo yo? Ya sabes, por impedirme saltar.
–Si lo
hubieses hecho habrías jodido la fiesta. Gracias. ¿Un cigarro?
–No veo por
qué no. ¿Cómo te llamas?
–¿Acaso
importa?
–Nunca
importa.
Tan extraña
como dolorosa, solo otra historia sobre soledad.
No hacía un buen día, pero tampoco llovía. Algo nublado
pero con el sol saliendo de vez en cuando, como para recordarnos que
sigue ahí, no sé, tonterías. Cogí el libro que estaba leyendo,
debería leer menos en una pantalla y más en un papel. Es un libro
de esos que seguramente en los 80 o en los 90 hubiesen hecho alguna
adaptación cinematográfica que no tuviese nada que ver, con unos
jóvenes haciendo cosas en NY, pero que como película no estaba mal
y que podríamos ver juntos... Ah, que ya la has visto... bueno,
podemos verla otra vez. Le puse trabas a la respiración con una
bufanda y me fui al parque a leer. Al principio me dio miedo, ya
sabes, eso de que te vas a sentar y seguro que el banco está frío,
pero aún así lo haces, porque claro, no me iba a quedar leyendo de
pie...
Llevaba dos páginas cuando salió el sol. Cerré un momento
el libro e hice la fotosíntesis. Unos minutos después había niños
en los columpios, gente con ropa de colores corriendo, gente con
menos colores paseando, y él. En el banco de enfrente, a unos pocos
metros, se sentó un hombre mayor. Con pantalones de pana marrones y
un abrigo azul marino. Llevaba en la mano unas flores amarillas. Me
miró, le miré, sonreí y volví al libro. Levantaba la vista de vez
en cuando y ahí seguía, con sus flores, esperando, pero no pasaba
nada. Sonreía pero esta vez solo. Respiraba y transmitía paz. Se le
arrugaba más la cara y veía que había vivido mucho, y no por los
años. Al cabo de un rato se levantó y se fue. Me fui.
Hacía mejor día, con el sol de febrero jugando a “estoy
aquí pero no caliento mucho”. Cogí el mismo libro que el otro
día, aunque ya me quedaba poco. Pensé que leer en un parque no
tiene edad, y que seguía siendo joven. Le puse trabas a tocarte y me
puse guantes. El banco del otro día estaba ocupado por unas señoras
mayores que habían salido al fresco, como se dice, y que estaban
hablando de sus mierdas. Me fui al banco de enfrente. Leí más bien
poco y llegó él. Pantalones de pana marrones y abrigo verde oliva.
Llevaba en la mano unas flores moradas. Le miré, me miró. Se sentó
y me dio igual, claro, el banco es de todos.
–La vida, eh... –me dijo.
–Un día más, un día más.
Resopló, bajó la mirada y sonrió. Y vaya, con tanto
silencio creo que me contó algo. No sé si estaba esperando a
alguien que no iba a llegar. Tal vez tenía alzheimer y estaba
desorientado en su rutina del parque, tal vez paseaba las flores, son
más limpias que un perro, huelen mejor... ¿Estaba triste? ¿Era un
hombre feliz? Terminé el libro y me fui. Pasé por delante de las
señoras, estaban hablando del tipo, pero no escuché.
Volvía a estar nublado, pero estaba con un libro que iba
sobre un hombre que quiere volver, pero no puede. Y hay quien le
ayuda, y hay quien se lo impide, pero yo creo que lo peor es no saber
si hay alguien que de verdad quiera que vuelva, aunque en el libro sí
lo hay, después de tantos años... Le puse trabas a los sueños y me
puse los auriculares con esa canción de Sidecars que era tan larga.
No hacía sol pero las señoras mayores volvían a estar en el banco,
muy abrigadas y hablando de a saber qué. Una se echó para atrás y
se manchó con una mierda de pájaro. Me senté en el banco de
enfrente mientras la señora vociferaba que ese abrigo granate se lo
había regalado su nuera, y que vaya tristeza. Saqué el libro.
Pantalones de pana marrones y abrigo azul marino se sentó a mi lado.
Nunca he dicho de qué color tiene los ojos porque apenas se le ven,
pero llevaba en la mano unas flores blancas.
–Cómo pasa el tiempo, eh... –me dijo.
–Igual que ayer, igual que siempre.
¿Y para quién eran las flores? Yo me iba antes, no sé si
llegaba alguien después, el primer día no lo hizo, desde luego. Si
era así, llegaba tarde a la vida de ese señor, o tal vez el señor
llegaba pronto. Empezó a oler a humedad y se puso a llover, como
siempre en la vida de la gente que va al parque sola. Las señoras
gritaron y se fueron. Yo me puse de pie y me fui antes de que todo se
llenase de barro. La gente de colores corría más rápido y
pantalones de pana marrones se quedó en el banco, pero se puso una
boina. Resopló, me sonrió y me vio irme, como habría visto irse a
muchas personas de su vida.
El sol me llamó cobarde por no querer salir, y como no podía
partirle la cara, cogí el libro del tipo que estaba deseando volver
pero no podía (estaba a punto de terminarlo), le puse trabas al
pecho poniéndome mi abrigo favorito, y salí. Quedaban aún un par
de semanas para primavera, pero ya se olía. Señoras mayores invaden
bancos. Parejas de ancianos pasean en tropel y los corredores de
colores hacen más ejercicio esquivando que corriendo como tal. Ahí
estaba, pantalones de pana marrones y una cazadora negra. Llevaba en
la mano unas flores amarillas, moradas y blancas. ¿Qué edad
tendría? Pasaba de los ochenta años, seguro. Y aguantaba el frío
de la madera húmeda en el culo. Y yo no iba todos los días, pero a
lo mejor él sí. Se sentó.
–¿A quién espera? –pregunté por fin.
Me miró y sonrió. Se le cerraron más los ojos y resopló.
Solo asintió y no dijo nada. Seguí leyendo y terminé el libro. No
sé si habían pasado 20 minutos o 2 horas. Lo entendí. Le miré, le
sonreí y me fui. Iba pensando, no está ahí para esperar a alguien
que sabe que no va a llegar, está ahí para decir adiós a alguien
que ya se ha ido. Y qué bien, ¿no?