sábado, 25 de abril de 2020

Polisíndeton confinado

     Te despiertas pero no te levantas, y miras el móvil por si por la noche, mientras tú piensas que no es casualidad que "amor" rime con "error", alguien se ha decidido a escribirte para decirte que le importas o para comentarte que sobras en su vida, cualquier opción sería interesante porque eso, te despiertas y no sabes si estás triste o solo te aburres y no hay mensaje, ni directo, ni privado, y hasta te duelen los ojos y no sabes si es por la luz de la pantalla aunque esté la iluminación bajada como igual de apagado está el pecho confinado, o si es por leer hasta tarde ese libro de ese escritor, no, el que se imagina todo el mundo no, otro, qué más da, el caso es que aunque no trasnoches te duermes tarde porque eso, no sabes si estás triste o estás cansado pero no hay nada mejor que una cama a ciertas horas casi de la madrugada, como cuando no podía dormir y te llamaba, o me llamabas, vaya, como cualquier otro tiempo pasado que era mejor.

     Y entonces te levantas y desayunas, ¿qué desayunas? deberías no tomar tanta mierda porque aunque haces ejercicio no te mueves tanto como antes, porque no sabes si es pereza o es que estás triste, porque pescar en el Animal Crossing no cuenta como deporte y eso que has conseguido pescar un celacanto y hasta practicas el salto con pértiga; pero aún así ahí está, un café (porque has dormido poco y mal) y unas galletas, y mientras se enciende el ordenador, y te metes en el blog y suben las visitas a las entradas de siempre y eso pues no sabes si te alegra y te hace sentir orgulloso o te enfada y entonces las eliminas como otras cosas que deberías borrar de la vida pero bueno, eso es más complicado, como aguantar la luz que entra por la ventana, poca, como aguantarlo todo y es pronto para corregir pero aún así hay correos y trabajos y reuniones y normal que te duelan los ojos como si hubieses llorado, incluso puede que lo hayas hecho, ¿estar todo el día con el ordenador? o llorar, no sé, puede que todo, puede que nada, y te pones una serie y hasta te ríes, pero no sabes qué tipo de risa es, si la serie es graciosa, si simplemente ríes por estar haciendo algo distinto o si es que ya te has vuelto loco porque ha pasado el tiempo pero no ha pasado todo.

     Y pasa la mañana, y comes y todo muy autómata, y vuelves al ordenador, y a veces más series, y más trabajos y hablas con la gente pero no socializas porque falta el calor, bueno, faltan muchas cosas, como tú, como a veces el sol (y mejor, que así se quitan las ganas de salir), como las ganas de todo, las ganas de nada a veces también fallan y abres una hoja en el word, bueno, la hoja no, lo que está siendo otro libro, y a veces no sale nada y no sabes si es porque estás triste o porque crees que va todo tan bien que no hace falta escribir, pero claro, no, qué vas a escribir si todo va mal porque realmente no pasa nada desde que hace tiempo pasó de todo, e intento que no todo sea sobre lo mismo, pero a veces no está todo dicho, o sí, pero hay mil formas de decirlo y he escrito dos líneas pero no eran para ti, y me como una manzana y leo, y juego, y sigo con el ejercicio y cuando me doy cuenta estoy en la ducha pensativo y tengo la cara mojada pero no he abierto el grifo, pero mientras pienso que cualquier cosa es carne de cañón para una canción, alguien está con un relato, pero yo me lavo, no me peino y salgo y otro día que no me he afeitado, para qué, nadie me va a ver, a nadie le va a raspar las mejillas, ni el pecho, ni las piernas, a nadie, o a mí sí, nos salen heridas, pero es de otra cosa de la vida.

     Y Bunbury no está sacando gran cosa nueva, pero sí Lichis, Rubén y Leiva y me pongo en bucle Asco y vergüenza y el mix me salta a Elton John, sabe que solo me emociona(s) con una canción, y ojalá estar en el espacio porque este confinamiento me pasa tan despacio que parece que ya llevo un año, y claro, lo pienso y prácticamente es lo que me ha pasado, que he salido pero he estado encerrado, y ahora que estoy aquí enclaustrado viendo como crece el pelo, y la barba y sintiendo cómo engordo y cómo doy la tabarra en las redes sociales a veces con fotos a veces con frases pues casi es mejor que estar volando pero no sabes si te libera la tristeza o es que estás muerto y tu alma vuela, y vuela, y vuela, y entonces cenas cualquier mierda y más series, o pelis, y te das cuenta de que te has dejado la persiana subida y piensas que es la hora de que la cabeza suelte la pena y cierras el libro, bueno, o apagas todo y piensas que todos los puntos que faltan aquí, son las lágrimas de los poemas y sueñas, y sueñas y te meas y te levantas y da igual que día sea, la verdad, porque pasan y no pasan, deseas y quieres pero no muero y me mueres.




viernes, 20 de marzo de 2020

El mapa del merodeador

Hola. Vengo a quitarle valor a mi libro Canciones para un viaje en cohete, de venta aquí (aunque no compres ahora, que estamos en cuarentena, los repartidores también son personas) subiendo al blog lo mejor que hay en él (creo). Llevo un tiempo escribiendo más bien poco, pero no quiero descuidar esto y, además, ya que estamos encerrados, qué más da un poco de cultura gratis. Si te mola, pues en el libro hay cosas igualmente bonitas. Y en el segundo que estoy preparando... más aún.


Tú tan “revolución o barbarie”
y yo más de “pero... ¿quién mató a Laura Palmer?”
Éramos dos y un sólo precipicio
y el vacío parecía tan adictivo.
Dijiste “la gota que rebosa este mar”
y la distancia que acerca un final,
se hicieron un hueco entre mis huesos
que de tanto temblar
bailamos por última vez al son de mis miedos.

Si te vas me sobra todo lo que venga detrás.
Ir a buscarte es sólo una canción más.
Tenía un mapa y dos puntos de partida
y daba igual si encontrarte son dos vidas.
Corriste y casi al final miraste hacia atrás
sin darte cuenta de que llegué antes de empezar.
Sentir fue el mejor papel que tuve
en mi obra favorita,
“sonreír hasta los lunes”.

Y los dos como un par de mundos extraños
que compartieron esa magia del daño.
Teníamos un corazón y varias cicatrices
pero la vida entre sangre nos hacía tan felices.
Doblamos juntos el papel con el camino,
dibujamos nuevas huellas y borramos hechizos.
Las chispas de fuera nos hacían brillar
y también quemaron
las redes que nos dejaban nadar.

Tú tan “vamos a luchar unidos”
y yo más de... “¿Pero qué es la isla de Perdidos?”
Pero al final los dos en un mismo beso,
dos cuerpos adictos y un sólo deseo.
Dijiste “usemos cada gota para regar”
y está floreciendo todo esto
y aún no me creo que sea verdad.
Aún no me creo que fueses de verdad.


jueves, 12 de marzo de 2020

15 años


     –Va de puta madre.
     –Sí, la verdad es que sí –dijo ella, aunque tampoco entendía mucho del tema.
     –Toma, el móvil está conectado, pon la canción que quieras.
     –Vale.

     Se lo habían dado esa misma mañana y él estaba como loco por rodarlo. Estaban volviendo a casa después de estar todo el día de aquí para allá. Había anochecido y los faros nuevos alumbraban la carretera como tu sonrisa hacía lo mismo con la vida de quien se topaba con ella, pero eso era otra historia, u otra histeria.

     –Hay que pasar por casa de mis padres, que me ha dicho mi madre que vaya a recoger unas cosas.
     –Pues aparco en la puerta y subes en un momento.
     –Joder, ¿no puedes subir y les saludas tú también? Son mis padres, no unos desconocidos...
     –Ya, pero es que es tarde y quiero llegar a casa, y no quiero liarme a hablar con tu padre y tal.
     –¿A casa? ¿para qué? ¿te vas a poner con la mierda de la consola hasta las 2 de la mañana? Que hemos quedado pronto para ir al campo con la bici.
     –Bueno, pues eso, me apetece ir a casa a descansar. Si tus padres me caen bien, pero es que hablan mucho...
     –¡La semana pasada comimos con tus padres y estuvimos toda la tarde!
     –¡Joder! ¡Pues vale! Subo y saludo a tus padres, hostias...
     –¡No! ¡Déjalo! Y mira a la carretera, que vaya volantazo has dado ahí detrás...
     –A ver... me vas gritando...
     –¿Ahora es culpa mía que tú seas gilipollas?

     Él no contesto. Se quedaron en silencio unos minutos. La música seguía sonando y las farolas... las farolas estaban ahí, no todo tiene que tener un propósito estético en un relato, no todo es como tú. Olía a nuevo, a limpio y un poco a vergüenza y arrepentimiento. Sonó la canción. Él sonrió, y ella también.

     –Lo siento. Voy a pasar a por unas cervezas y nos tomamos algo con tus padres, ¿te parece?
     –Vale, voy a avisar, lo mismo tienen ellos algo para picar. Dame un beso, tonto.
     –Idiota.
     –Va bien el coche, sí. Y el color es muy bonito.
     –Mira el techo, si toco aquí se puede ver el cielo.
     –Hala.

     Un golpe seco y un frenazo sonoro rompieron el silencio de la incipiente noche, como una alarma que avisaba de que había algunas cosas no iban a ser iguales la mañana siguiente. 15 años tenía el chico que les cayó justo en frente desde uno de los puentes que cortan las autopistas que rodean Madrid, como cortar las venas a la ciudad. 15 años y tal vez un solo motivo.



martes, 3 de marzo de 2020

Pongamos que hablo de ti

Eres donde se cruzan dos caminos,
el mar se concibe en tu vestido añil,
no regreso porque no soy fugitivo,
pongamos que estoy hablando de ti.

Donde el deseo viaja entre roces,
y tu agujero queda para mí,
que me he dejado la vida en tus rincones,
pongamos que estoy hablando de ti.

No te hace falta ser princesa
y no me cansaría de perseguir
las espuma de tus besos de cerveza,
pongamos que estoy hablando de ti.

Los gatos visitan tus playas,
y las estrellas se ven mejor aquí,
la muerte viaja cuando te marchas,
pongamos que estoy hablando de ti.

El sol no calienta, son tus manos,
mi vida, un beso a punto de partir,
empañemos el espejo del lavabo,
pongamos que estoy hablando de ti.

Cuando la muerte venga a visitarme,
que no me lleve, ya no estoy aquí,
no tengo sitio para nadie,
pongamos que estoy hablando de ti.




domingo, 1 de marzo de 2020

Nostalgia automática, diciembre, L.A.


Vine, vi, amé.
Si vas a olvidar todo lo que hiciste bien,
no me olvides.
El reflejo de la ciudad te hacía tan guapa
que es insultante
intentar decirlo con palabras.
Qué tiene el mundo que no tenga yo,
estás eligiendo vivir de aburrimiento
en vez de morir de pasión.
Esta tierra prometida era la tuya
y nos lo dijiste a los tres en la habitación,
tú y yo, y la luna.
La vida
está hecha para los amantes,
por eso pasamos por ella tan deprisa.
Deprisa, jóvenes y borrachos,
y tú preciosa,
y al despertar estaré sereno,
pero tú seguirás siendo hermosa.
Me da miedo el folio en blanco y vacío
pero ya solo me quedan
las palabras que desearía haberte dicho.
Me hubiese pasado riéndome contigo
el resto de mi vida,
era un poco extraña la curva de tu risa.
Queda, solo queda entre nosotros
el noble arte del contacto visual
pero no soporto mirar y no me acuerdo de tus ojos.
Y la luz siempre es fácil de amar
pero yo quise hasta tus sombras
y aún así estoy agradecido
de que tú te quedases hasta estando
yo a oscuras.
Soy tan tonto y tengo tanto miedo
que todo lo que te quiero
me lo invento.
Soy tan idiota cada día nuevo
que todo lo que te digo
lo disfrazo de sentimientos.

Ahí está, esa chica es una tempestad,
dime quién queda vivo tras ella en la ciudad.

Las respuestas fáciles siempre estarán mal,
cuando llegue es cuando más hay que brillar.
Sonrisas de vagabundos y marginados,
siempre es como mejor he estado,
así que vamos a hacer este trato:
dormiremos juntos, echando de menos el sonido,
y con tanto ruido me preguntaría:
¿Cómo demonios podrías ser mía?

Pero quizás puedas recordar
que puedes soñar.
Últimamente las cosas van mejor que siempre.
Sólo me duele al respirar,
cierro los ojos para mirar
que últimamente siempre es diciembre.




domingo, 23 de febrero de 2020

Ext. Noche


     Hablar mucho. Luchar poco. Es lo mío. Era lo mío. Sería el momento perfecto para encenderse un último cigarrillo, pero no fumaba. Aun así el vaho producido por el frío hacía el intento y me sentí como un niño que lo expulsa por la boca haciendo que fuma. Al fin y al cabo yo también era un niño de esos que se enfadan si no consiguen lo que quieren. Pero no fumaba. 56 metros, miré hacia abajo y luciérnagas de metal se movían por el frío asfalto. Seguía mirando y había farolas. Subí la mirada y apenas había estrellas en el cielo porque las estrellas de ciudad se las comen, y entonces entendí a Salinas, si tan solo pudiese elegir la dirección... Más alto que nosotros solo el cielo. Y ahí estaba yo, en un sándwich de estrellas, y ni siquiera estaba solo. En esta azotea había mucha gente, con sus copas, sus cigarros, sus risas y su frío. Y también estaba ella, quieta, con sus seis metros y medio de altura, pero tú eres más grande; de bronce, pero tú eres oro.

     Y ya no sé, o no sabía, a estas alturas de mi vida, del edificio y de la película qué es lo que echaba de menos, o a quién. A ti, a ella, a la compañía. Poner roja una cara a besos y un culo blanco. Una espalda mojada y un cuerpo hecho de mar. Bocados, hablar, reírnos, morder, besar, el calor, el olor a verano, el olor a vainilla y a coco, la piel entre los dientes. Pero no lo sabía. Cuesta acostumbrarse a que en este mundo las personas se pierdan unas a otras. Cuando era pequeño leí un libro de un niño que hablaba con una estatua del Retiro, creo que la de Pío Baroja. ¿Y a qué viene esto? Porque la estatua que tenía al lado me habló, o eso creí, y me dijo “πάθος”.

     Sufrimiento existencial, pero también pasión o desenfreno pasional. O mejor, emoción que se siente al contemplar una obra de arte cargada de ese mismo sentimiento, pero qué cutre y manido es llamar a una persona “arte”, que no soy, ni era, un escritorzuelo de Instagram o Twitter, o sí. Estado del alma, tristeza, pasión... Echar de menos algo que no se conoce. ¿Y si era eso? ¿Y si solo echo de menos la próxima ausencia que me haga escribir? ¿que me haga seguir adelante? Para mí una ausencia es el sitio favorito desde el que saltar a la tristeza.

     Y me acordé de Dead in the water de Noel Gallagher. Si tuviese fotografías de lo que quisiera ver, si tan solo lo tuviese tan claro, tal vez me parecería divertido. Si tan solo mi próximo destino fuese la tierra prometida. Crash. Morir en las olas de ciudad, flotar en la polución. No descansar mientras el amor esté tendido sobre la niebla de contaminación. Sobre las partículas húmedas de la niebla que estaba trayendo un prematuro amanecer. Con tanta pregunta solo trataba de cerrar el agujero en mi cabeza por donde la lluvia se colaba.

     Podía parecer que me estaba suicidando, que el último párrafo era la caída acuosa, brumosa, lacrimal e infinita. Pero estoy revisionando Californication, y sí, estaba al borde del abismo de cemento, pero una mano, no la suya, me agarró. Estaba preocupada, yo un poco también.

     –Gracias –me dijo.
     –¿No debería decirlo yo? Ya sabes, por impedirme saltar.
     –Si lo hubieses hecho habrías jodido la fiesta. Gracias. ¿Un cigarro?
     –No veo por qué no. ¿Cómo te llamas?
     –¿Acaso importa?
     –Nunca importa.

     Tan extraña como dolorosa, solo otra historia sobre soledad.



domingo, 9 de febrero de 2020

Jurassic Park


     No hacía un buen día, pero tampoco llovía. Algo nublado pero con el sol saliendo de vez en cuando, como para recordarnos que sigue ahí, no sé, tonterías. Cogí el libro que estaba leyendo, debería leer menos en una pantalla y más en un papel. Es un libro de esos que seguramente en los 80 o en los 90 hubiesen hecho alguna adaptación cinematográfica que no tuviese nada que ver, con unos jóvenes haciendo cosas en NY, pero que como película no estaba mal y que podríamos ver juntos... Ah, que ya la has visto... bueno, podemos verla otra vez. Le puse trabas a la respiración con una bufanda y me fui al parque a leer. Al principio me dio miedo, ya sabes, eso de que te vas a sentar y seguro que el banco está frío, pero aún así lo haces, porque claro, no me iba a quedar leyendo de pie...

     Llevaba dos páginas cuando salió el sol. Cerré un momento el libro e hice la fotosíntesis. Unos minutos después había niños en los columpios, gente con ropa de colores corriendo, gente con menos colores paseando, y él. En el banco de enfrente, a unos pocos metros, se sentó un hombre mayor. Con pantalones de pana marrones y un abrigo azul marino. Llevaba en la mano unas flores amarillas. Me miró, le miré, sonreí y volví al libro. Levantaba la vista de vez en cuando y ahí seguía, con sus flores, esperando, pero no pasaba nada. Sonreía pero esta vez solo. Respiraba y transmitía paz. Se le arrugaba más la cara y veía que había vivido mucho, y no por los años. Al cabo de un rato se levantó y se fue. Me fui.

     Hacía mejor día, con el sol de febrero jugando a “estoy aquí pero no caliento mucho”. Cogí el mismo libro que el otro día, aunque ya me quedaba poco. Pensé que leer en un parque no tiene edad, y que seguía siendo joven. Le puse trabas a tocarte y me puse guantes. El banco del otro día estaba ocupado por unas señoras mayores que habían salido al fresco, como se dice, y que estaban hablando de sus mierdas. Me fui al banco de enfrente. Leí más bien poco y llegó él. Pantalones de pana marrones y abrigo verde oliva. Llevaba en la mano unas flores moradas. Le miré, me miró. Se sentó y me dio igual, claro, el banco es de todos.

     –La vida, eh... –me dijo.
     –Un día más, un día más.

     Resopló, bajó la mirada y sonrió. Y vaya, con tanto silencio creo que me contó algo. No sé si estaba esperando a alguien que no iba a llegar. Tal vez tenía alzheimer y estaba desorientado en su rutina del parque, tal vez paseaba las flores, son más limpias que un perro, huelen mejor... ¿Estaba triste? ¿Era un hombre feliz? Terminé el libro y me fui. Pasé por delante de las señoras, estaban hablando del tipo, pero no escuché.

     Volvía a estar nublado, pero estaba con un libro que iba sobre un hombre que quiere volver, pero no puede. Y hay quien le ayuda, y hay quien se lo impide, pero yo creo que lo peor es no saber si hay alguien que de verdad quiera que vuelva, aunque en el libro sí lo hay, después de tantos años... Le puse trabas a los sueños y me puse los auriculares con esa canción de Sidecars que era tan larga. No hacía sol pero las señoras mayores volvían a estar en el banco, muy abrigadas y hablando de a saber qué. Una se echó para atrás y se manchó con una mierda de pájaro. Me senté en el banco de enfrente mientras la señora vociferaba que ese abrigo granate se lo había regalado su nuera, y que vaya tristeza. Saqué el libro. Pantalones de pana marrones y abrigo azul marino se sentó a mi lado. Nunca he dicho de qué color tiene los ojos porque apenas se le ven, pero llevaba en la mano unas flores blancas.

     –Cómo pasa el tiempo, eh... –me dijo.
     –Igual que ayer, igual que siempre.

     ¿Y para quién eran las flores? Yo me iba antes, no sé si llegaba alguien después, el primer día no lo hizo, desde luego. Si era así, llegaba tarde a la vida de ese señor, o tal vez el señor llegaba pronto. Empezó a oler a humedad y se puso a llover, como siempre en la vida de la gente que va al parque sola. Las señoras gritaron y se fueron. Yo me puse de pie y me fui antes de que todo se llenase de barro. La gente de colores corría más rápido y pantalones de pana marrones se quedó en el banco, pero se puso una boina. Resopló, me sonrió y me vio irme, como habría visto irse a muchas personas de su vida.

     El sol me llamó cobarde por no querer salir, y como no podía partirle la cara, cogí el libro del tipo que estaba deseando volver pero no podía (estaba a punto de terminarlo), le puse trabas al pecho poniéndome mi abrigo favorito, y salí. Quedaban aún un par de semanas para primavera, pero ya se olía. Señoras mayores invaden bancos. Parejas de ancianos pasean en tropel y los corredores de colores hacen más ejercicio esquivando que corriendo como tal. Ahí estaba, pantalones de pana marrones y una cazadora negra. Llevaba en la mano unas flores amarillas, moradas y blancas. ¿Qué edad tendría? Pasaba de los ochenta años, seguro. Y aguantaba el frío de la madera húmeda en el culo. Y yo no iba todos los días, pero a lo mejor él sí. Se sentó.

     –¿A quién espera? –pregunté por fin.

     Me miró y sonrió. Se le cerraron más los ojos y resopló. Solo asintió y no dijo nada. Seguí leyendo y terminé el libro. No sé si habían pasado 20 minutos o 2 horas. Lo entendí. Le miré, le sonreí y me fui. Iba pensando, no está ahí para esperar a alguien que sabe que no va a llegar, está ahí para decir adiós a alguien que ya se ha ido. Y qué bien, ¿no?