miércoles, 6 de mayo de 2020

Agogé

     Eran apenas dos "pelusos" bailando. El resto de pelotones vitoreaba a su alrededor mientras ellos recorrían un círculo invisible, dedicándose miradas y sonrisas. Pese a que le sudaban las manos, la lanza, embotada para evitar daños innecesarios, no se le escurría gracias a la ira de tela enrollada en ella. Sus ojos claros resplandecían bajo el influjo de Helios, pero no tanto como la sonrisa confiada de su oponente. En cierta manera, esa expresión torcida mientras enseñaba los dientes níveos sobre una tez bastante morena le resultaba atractiva. En cierta manera.

     –¿No has llegado muy lejos, ilota? –dijo mientras intentaba alcanzarle con la lanza, provocando un silbido en el aire, ya que su rival la esquivó con agilidad.
     –Mothakés, si no te importa. Yo que tú cerraría la boca, el poder de tu familia es inútil aquí... –y le dio con un costado de la punta de la lanza en la mejilla izquierda.
     –Al menos yo tengo familia, esclavo... –y escupió sangre.
     –Aquí solo tendrás esto –sentenció el oponente mientras se agarraba los testículos.
     –¡Basta! ¡Los dos! –gritó su irén.

     Tiró la lanza y se lanzó al cuello del ilota. Tenía un cuerpo fibroso, era más fuerte y ágil que él, y el sudor no ayudaba a mantenerse agarrado, pero el factor sorpresa le ayudó. Aún así, su oponente, que le sacaba diez centímetros se deshizo de él con facilidad. Le tiró al suelo y le dolió más el orgullo de que un esclavo haya conseguido derribar a un Euripóntida que el golpe en sí. La gravilla le arañó la espalda y las piernas. Seguramente tendría polvo dentro del taparrabos. El resto de pelotones jaleaba a su rival, que le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

     –Un hombre que pierde la calma, pierde dos veces –le dijo.

     Él no contestó y simplemente le dedicó una mirada que indicaba que ya se tomaría la revancha.

     […]

     Si no fuese una estatua, Artemisa habría bajado la mirada ante semejante vergüenza. No le habían “educado” para eso. Se preguntó si había merecido la pena el pan duro por todo lo que iba a soportar en esos momentos. “Robar está mal, que te pillen, aún peor”, pensó mientras dos compañeros le sujetaban, desnudo, frente al altar de la diosa.

     –Vaya, vaya... el “reyecito” no sabe comer si no se lo dan todo en la mano o se lo sirve un esclavo –y le dio el primer latigazo con una fusta de cuero marrón, algo gastada ya-
     –Sí, es que tu padre estaba ocupado limpiando la mierda de mis caballos –y apretó los dientes y se tragó el dolor y el orgullo. Cerró tan fuerte los puños que se hizo sangre en sus propias palmas.

     El de Mesenia se fijó en los hombros y en la ancha espalda del Euripóntida, alba con un trueno de sangre en medio. La tormenta solo acababa de llegar.

     [...]

     Esa noche había dormido mal, las cañas de su jergón estaban destrozadas. Los primeros rayos del sol se reflejaban ya en el Eurotas cuando él estaba ya cerca del lecho del río buscando nuevo material para su lecho. La naturaleza se estaba despertando en todos los sentidos. Olía a humedad, pero una humedad limpia, no a la humedad que le embozaba en los barracones debido al sudor y otros efluvios acumulados en el ambiente. Inspiró aire y crujió una rama. No le dio tiempo a girarse cuando ya le habían agarrado por detrás.

     –Siempre vigilado, recuerda. –le dijo una voz que conocía bien desde hace años.
     –Y siempre en guardia –y le dio un codazo en las costillas a su asaltante, que le soltó y resbaló sobre el barrizal que se acumulaba en la orilla del río. –Mira, ahora estás más limpio.
     –Y más guapo –replicó con su sonrisa torcida y sus dientes blancos.

     Le tendió la mano y le ayudó a levantarse. Flexionó el bíceps e hizo fuerza con los pectorales, gesto que no pasó desapercibido por el ilota.

     –¿Has estado entrenando, basilisco?
     –Compruébalo, esclavo.

     El ilota se lanzó sobre él y le mordió el lóbulo de la oreja derecha. Se separaron y los ojos zarcos de uno se cruzaron con los azabaches del otro. El eros se apoderó de ambos, otra vez, como casi todas las mañanas desde que ambos despertaron. Solo el Eurotas era testigo de la relación carnal mientras el Taigeto miraba a lo lejos.

     –¿Qué dirán los grandiosos Euripóntidas si ven a uno de los suyos yacer con un simple “esclavo”? –sonrió el ilota mientras le apartaba los bucles rubios a su amante, pegados en la frente por el sudor y la humedad.
     –Nada comparado con lo que te harán los tuyos, salvajes, por traicionar la causa de tu revolución –y mordió el labio de su oponente.
     –Llegado el momento, te mataría, lo sabes.
     –No, eres un hombre libre. Morirás a mi lado, como un guerrero, como mi hermano. Esta noche será la prueba.

     La prueba era cazar un grupo rebelde de ilotas que se habían sublevado en una plantación de trigo cercana. No suponían un peligro en grupos pequeños, pero en un gran número podrían causar grandes problemas en Laconia. La prueba de esa noche supondrá volver a someterles y acallar los posibles fuegos de una rebelión. Era un ritual, la Krypteia.

     […]

     Le sabía la boca a sangre. Estaba siendo más duro de lo que creía. “Estos ilotas saben defenderse” pensó mientras escupía. Entre el tumulto de la refriega buscaba su hermano, pero no lo veía. Solo esperaba que siguiese siendo uno más de ellos. Un siervo le sorprendió saliendo de entre la espesura de la noche, pero no le costó esquivarlo y aprovechar la finta para derribarle de una patada en la espinilla. Apenas se cruzaron sus miradas, la punta de la lanza del espartano atravesó la garganta, provocando que borbotones de sangre brotasen de la boca del ilota. Apenas sacó la lanza sintió un golpe en la sien. Perdió el equilibrio y cayó al suelo, no se desmayó pero su percepción era peor que si hubiese tomado tres jarrillas de vino sin diluir, como hacían en los barracones. Pero en la noche, solo dos cosas podrían relucir tanto: Selene, oculta para no ver las desgracias y su sonrisa.

     –¿Qué haces?
     –Te dije que lo haría.
     –¡Pero eres un hombre libre! –gritó mareado, intentando ponerse en pie.
     –Y como tal, elijo a los míos. Lo siento, hermano.

     Esa última palabra, la forma de decirla, le dolió más que la punta de la lanza atravesando su vientre. Pero al mothakés también le sabía a sangre ahora la boca. Porque también le dolió a él el último beso.

jueves, 30 de abril de 2020

No es la primera vez que verás ese nombre

     Salió a pasear con el abrigo abrochado hasta arriba con cuidado de que la cremallera no le pellizcase las canas de la barba, a veces pasa y a veces duele, como la vida, o como tú por la vida. Pues eso, salió a pasear cerca del mar, no eran unos acantilados, ni siquiera era un paisaje bonito, y mucho menos un paseo marítimo agradable, sino que el cemento cortaba abruptamente la naturaleza propia del océano, aunque pensándolo bien, siempre que se corta algo es de manera abrupta, como la vida, como el amor. En eso que estaba este tipo paseando y hacía viento y el mar, azul, como el cielo, como tú, como todo lo bonito y lo fiero que representa luchaba contra el cemento gris, sobrio, aburrido, duro y todo lo feo y horrible que representa, triste, como lo que representa la gente como ese señor y como yo... bueno, el caso es que fue una lucha interminable entre el mar y lo demás, y claro, era triste porque ganaba el cemento y miles de trozos de agua marina, que quedaría mejor si se escribiese junto y no se cortasen abruptamente las palabras, aguamarina... miles de trozos de aguamarina tintadas de espuma como la rabia le salpicaban.

     Le salpicaban y no le importaba, porque el hombre ya estaba húmedo porque ya nunca es diciembre y casi siempre llueve, como en abril, porque está muy manido tirar de refranes y las aguas mil de ese dichoso mes caían como miles de agujas y por eso entre las agujas y la espuma ya qué le iba a doler... y el abrigo pues protegía pero no como unos brazos, secos, cálidos, cercanos, pero miraba hacia el fondo, hacia el horizonte, donde estarían ahora unos brazos, lejos, fríos, empapados tal vez de la pelea del mar contra todo, tal vez de la lluvia, tal vez de llorar o no sé. "Talasocracia, joder", pensó. Y ojalá. Y respiró y se llenó de salitre y se acercó más al abrupto corte y bajo la punta de sus zapatos color futuro de escritor había rocas húmedas, y cangrejos y mucha, mucha espuma que no era sino el cadáver palideciendo del mar, restos de lenguas y dedos salados que intentan en vano tomar la tierra que poco de tierra tiene ya. Y le vi llorar, bueno, a los dos, al hombre, y al mar, y si alguien comprase lágrimas, aquí sería rico, como en la canción.

     Y cerca del mar pocos árboles echan raíces y él no iba a ser menos, y mucho menos un árbol, que eso es otra historia, por que puestos a ser un árbol, a saber qué sitio escogería que no corriese peligro de ser talado, pero bueno, si hay que hacerlo que le conviertan en libros de poesía, sería incluso poético ser el de Walt Whitman, sí, ese, o cualquier otro libro, pero un buen libro, como en la canción. Y vaya estampa más triste, un hombre quieto sin ser mar, sin ser árbol y triste porque a veces pasa más tiempo intentando ser feliz pensando en tu vida sin él que en su vida sin ti, pero porque así nadie es feliz. Y tenía la nariz un poco hinchada, roja, con las venillas marcadas porque a veces bebía y bebía y solo así se olvidaba, y el salitre le escocía como a veces escuece un recuerdo de esos salados que te tira el mar o la vida encima y aprovechaba esa enorme narizota para respirar la brisa marina contaminada sin presencias y esas orejas de hombre mayor para oír que las gaviotas ya pocas veces vienen a ver el mar, que puede que estén todas en Saint-Jean-de-Luz.

     Yo lo vi todo porque a veces pues también salgo a pasear, cuando no estoy confinado, pero todo lo que parece bonito y poético en forma de restos de caricias de mar en el abrigo de ese hombre mayor a mí se me antoja melancólico y huele como a mar estancado, que la libertad es simplemente decir que has tenido que decir adiós a alguien. Y no era la primera vez que veía a ese hombre, pero le vi ahí tan quieto que podría ser la última vez si el mar se enamora de él y se lo lleva, porque joder, eso siempre es así, te elige ella a ti, si tú la quieres coger se te caerá entre los dedos, te deja las manos secas, saladas, agrietadas, como un corazón cuando te dejan, se seca y se te cae entre los dedos. Después de la pelea, después de los puñetazos. Yo lo vi todo, y cuando vuelvo de limar las suelas lo escribo, porque al fin y al cabo solo soy eso y aún intento encontrar el estilo, y puede que no lo encuentre nunca, y puede que no escriba más, o que escriba siempre, que sea bueno, que sea malo, no pretendo vivir de ello, pero es como me pasa contigo, tampoco puedo vivir sin esta mierda. Y el mar rugió abruptamente, no soltó toro alguno, no se llevó al hombre, se llevó un poco del alma de todos los que lo han visto, y hasta se llevó a las gaviotas. Y yo lo vi.


sábado, 25 de abril de 2020

Polisíndeton confinado

     Te despiertas pero no te levantas, y miras el móvil por si por la noche, mientras tú piensas que no es casualidad que "amor" rime con "error", alguien se ha decidido a escribirte para decirte que le importas o para comentarte que sobras en su vida, cualquier opción sería interesante porque eso, te despiertas y no sabes si estás triste o solo te aburres y no hay mensaje, ni directo, ni privado, y hasta te duelen los ojos y no sabes si es por la luz de la pantalla aunque esté la iluminación bajada como igual de apagado está el pecho confinado, o si es por leer hasta tarde ese libro de ese escritor, no, el que se imagina todo el mundo no, otro, qué más da, el caso es que aunque no trasnoches te duermes tarde porque eso, no sabes si estás triste o estás cansado pero no hay nada mejor que una cama a ciertas horas casi de la madrugada, como cuando no podía dormir y te llamaba, o me llamabas, vaya, como cualquier otro tiempo pasado que era mejor.

     Y entonces te levantas y desayunas, ¿qué desayunas? deberías no tomar tanta mierda porque aunque haces ejercicio no te mueves tanto como antes, porque no sabes si es pereza o es que estás triste, porque pescar en el Animal Crossing no cuenta como deporte y eso que has conseguido pescar un celacanto y hasta practicas el salto con pértiga; pero aún así ahí está, un café (porque has dormido poco y mal) y unas galletas, y mientras se enciende el ordenador, y te metes en el blog y suben las visitas a las entradas de siempre y eso pues no sabes si te alegra y te hace sentir orgulloso o te enfada y entonces las eliminas como otras cosas que deberías borrar de la vida pero bueno, eso es más complicado, como aguantar la luz que entra por la ventana, poca, como aguantarlo todo y es pronto para corregir pero aún así hay correos y trabajos y reuniones y normal que te duelan los ojos como si hubieses llorado, incluso puede que lo hayas hecho, ¿estar todo el día con el ordenador? o llorar, no sé, puede que todo, puede que nada, y te pones una serie y hasta te ríes, pero no sabes qué tipo de risa es, si la serie es graciosa, si simplemente ríes por estar haciendo algo distinto o si es que ya te has vuelto loco porque ha pasado el tiempo pero no ha pasado todo.

     Y pasa la mañana, y comes y todo muy autómata, y vuelves al ordenador, y a veces más series, y más trabajos y hablas con la gente pero no socializas porque falta el calor, bueno, faltan muchas cosas, como tú, como a veces el sol (y mejor, que así se quitan las ganas de salir), como las ganas de todo, las ganas de nada a veces también fallan y abres una hoja en el word, bueno, la hoja no, lo que está siendo otro libro, y a veces no sale nada y no sabes si es porque estás triste o porque crees que va todo tan bien que no hace falta escribir, pero claro, no, qué vas a escribir si todo va mal porque realmente no pasa nada desde que hace tiempo pasó de todo, e intento que no todo sea sobre lo mismo, pero a veces no está todo dicho, o sí, pero hay mil formas de decirlo y he escrito dos líneas pero no eran para ti, y me como una manzana y leo, y juego, y sigo con el ejercicio y cuando me doy cuenta estoy en la ducha pensativo y tengo la cara mojada pero no he abierto el grifo, pero mientras pienso que cualquier cosa es carne de cañón para una canción, alguien está con un relato, pero yo me lavo, no me peino y salgo y otro día que no me he afeitado, para qué, nadie me va a ver, a nadie le va a raspar las mejillas, ni el pecho, ni las piernas, a nadie, o a mí sí, nos salen heridas, pero es de otra cosa de la vida.

     Y Bunbury no está sacando gran cosa nueva, pero sí Lichis, Rubén y Leiva y me pongo en bucle Asco y vergüenza y el mix me salta a Elton John, sabe que solo me emociona(s) con una canción, y ojalá estar en el espacio porque este confinamiento me pasa tan despacio que parece que ya llevo un año, y claro, lo pienso y prácticamente es lo que me ha pasado, que he salido pero he estado encerrado, y ahora que estoy aquí enclaustrado viendo como crece el pelo, y la barba y sintiendo cómo engordo y cómo doy la tabarra en las redes sociales a veces con fotos a veces con frases pues casi es mejor que estar volando pero no sabes si te libera la tristeza o es que estás muerto y tu alma vuela, y vuela, y vuela, y entonces cenas cualquier mierda y más series, o pelis, y te das cuenta de que te has dejado la persiana subida y piensas que es la hora de que la cabeza suelte la pena y cierras el libro, bueno, o apagas todo y piensas que todos los puntos que faltan aquí, son las lágrimas de los poemas y sueñas, y sueñas y te meas y te levantas y da igual que día sea, la verdad, porque pasan y no pasan, deseas y quieres pero no muero y me mueres.




viernes, 20 de marzo de 2020

El mapa del merodeador

Hola. Vengo a quitarle valor a mi libro Canciones para un viaje en cohete, de venta aquí (aunque no compres ahora, que estamos en cuarentena, los repartidores también son personas) subiendo al blog lo mejor que hay en él (creo). Llevo un tiempo escribiendo más bien poco, pero no quiero descuidar esto y, además, ya que estamos encerrados, qué más da un poco de cultura gratis. Si te mola, pues en el libro hay cosas igualmente bonitas. Y en el segundo que estoy preparando... más aún.


Tú tan “revolución o barbarie”
y yo más de “pero... ¿quién mató a Laura Palmer?”
Éramos dos y un sólo precipicio
y el vacío parecía tan adictivo.
Dijiste “la gota que rebosa este mar”
y la distancia que acerca un final,
se hicieron un hueco entre mis huesos
que de tanto temblar
bailamos por última vez al son de mis miedos.

Si te vas me sobra todo lo que venga detrás.
Ir a buscarte es sólo una canción más.
Tenía un mapa y dos puntos de partida
y daba igual si encontrarte son dos vidas.
Corriste y casi al final miraste hacia atrás
sin darte cuenta de que llegué antes de empezar.
Sentir fue el mejor papel que tuve
en mi obra favorita,
“sonreír hasta los lunes”.

Y los dos como un par de mundos extraños
que compartieron esa magia del daño.
Teníamos un corazón y varias cicatrices
pero la vida entre sangre nos hacía tan felices.
Doblamos juntos el papel con el camino,
dibujamos nuevas huellas y borramos hechizos.
Las chispas de fuera nos hacían brillar
y también quemaron
las redes que nos dejaban nadar.

Tú tan “vamos a luchar unidos”
y yo más de... “¿Pero qué es la isla de Perdidos?”
Pero al final los dos en un mismo beso,
dos cuerpos adictos y un sólo deseo.
Dijiste “usemos cada gota para regar”
y está floreciendo todo esto
y aún no me creo que sea verdad.
Aún no me creo que fueses de verdad.


jueves, 12 de marzo de 2020

15 años


     –Va de puta madre.
     –Sí, la verdad es que sí –dijo ella, aunque tampoco entendía mucho del tema.
     –Toma, el móvil está conectado, pon la canción que quieras.
     –Vale.

     Se lo habían dado esa misma mañana y él estaba como loco por rodarlo. Estaban volviendo a casa después de estar todo el día de aquí para allá. Había anochecido y los faros nuevos alumbraban la carretera como tu sonrisa hacía lo mismo con la vida de quien se topaba con ella, pero eso era otra historia, u otra histeria.

     –Hay que pasar por casa de mis padres, que me ha dicho mi madre que vaya a recoger unas cosas.
     –Pues aparco en la puerta y subes en un momento.
     –Joder, ¿no puedes subir y les saludas tú también? Son mis padres, no unos desconocidos...
     –Ya, pero es que es tarde y quiero llegar a casa, y no quiero liarme a hablar con tu padre y tal.
     –¿A casa? ¿para qué? ¿te vas a poner con la mierda de la consola hasta las 2 de la mañana? Que hemos quedado pronto para ir al campo con la bici.
     –Bueno, pues eso, me apetece ir a casa a descansar. Si tus padres me caen bien, pero es que hablan mucho...
     –¡La semana pasada comimos con tus padres y estuvimos toda la tarde!
     –¡Joder! ¡Pues vale! Subo y saludo a tus padres, hostias...
     –¡No! ¡Déjalo! Y mira a la carretera, que vaya volantazo has dado ahí detrás...
     –A ver... me vas gritando...
     –¿Ahora es culpa mía que tú seas gilipollas?

     Él no contesto. Se quedaron en silencio unos minutos. La música seguía sonando y las farolas... las farolas estaban ahí, no todo tiene que tener un propósito estético en un relato, no todo es como tú. Olía a nuevo, a limpio y un poco a vergüenza y arrepentimiento. Sonó la canción. Él sonrió, y ella también.

     –Lo siento. Voy a pasar a por unas cervezas y nos tomamos algo con tus padres, ¿te parece?
     –Vale, voy a avisar, lo mismo tienen ellos algo para picar. Dame un beso, tonto.
     –Idiota.
     –Va bien el coche, sí. Y el color es muy bonito.
     –Mira el techo, si toco aquí se puede ver el cielo.
     –Hala.

     Un golpe seco y un frenazo sonoro rompieron el silencio de la incipiente noche, como una alarma que avisaba de que había algunas cosas no iban a ser iguales la mañana siguiente. 15 años tenía el chico que les cayó justo en frente desde uno de los puentes que cortan las autopistas que rodean Madrid, como cortar las venas a la ciudad. 15 años y tal vez un solo motivo.



martes, 3 de marzo de 2020

Pongamos que hablo de ti

Eres donde se cruzan dos caminos,
el mar se concibe en tu vestido añil,
no regreso porque no soy fugitivo,
pongamos que estoy hablando de ti.

Donde el deseo viaja entre roces,
y tu agujero queda para mí,
que me he dejado la vida en tus rincones,
pongamos que estoy hablando de ti.

No te hace falta ser princesa
y no me cansaría de perseguir
las espuma de tus besos de cerveza,
pongamos que estoy hablando de ti.

Los gatos visitan tus playas,
y las estrellas se ven mejor aquí,
la muerte viaja cuando te marchas,
pongamos que estoy hablando de ti.

El sol no calienta, son tus manos,
mi vida, un beso a punto de partir,
empañemos el espejo del lavabo,
pongamos que estoy hablando de ti.

Cuando la muerte venga a visitarme,
que no me lleve, ya no estoy aquí,
no tengo sitio para nadie,
pongamos que estoy hablando de ti.




domingo, 1 de marzo de 2020

Nostalgia automática, diciembre, L.A.


Vine, vi, amé.
Si vas a olvidar todo lo que hiciste bien,
no me olvides.
El reflejo de la ciudad te hacía tan guapa
que es insultante
intentar decirlo con palabras.
Qué tiene el mundo que no tenga yo,
estás eligiendo vivir de aburrimiento
en vez de morir de pasión.
Esta tierra prometida era la tuya
y nos lo dijiste a los tres en la habitación,
tú y yo, y la luna.
La vida
está hecha para los amantes,
por eso pasamos por ella tan deprisa.
Deprisa, jóvenes y borrachos,
y tú preciosa,
y al despertar estaré sereno,
pero tú seguirás siendo hermosa.
Me da miedo el folio en blanco y vacío
pero ya solo me quedan
las palabras que desearía haberte dicho.
Me hubiese pasado riéndome contigo
el resto de mi vida,
era un poco extraña la curva de tu risa.
Queda, solo queda entre nosotros
el noble arte del contacto visual
pero no soporto mirar y no me acuerdo de tus ojos.
Y la luz siempre es fácil de amar
pero yo quise hasta tus sombras
y aún así estoy agradecido
de que tú te quedases hasta estando
yo a oscuras.
Soy tan tonto y tengo tanto miedo
que todo lo que te quiero
me lo invento.
Soy tan idiota cada día nuevo
que todo lo que te digo
lo disfrazo de sentimientos.

Ahí está, esa chica es una tempestad,
dime quién queda vivo tras ella en la ciudad.

Las respuestas fáciles siempre estarán mal,
cuando llegue es cuando más hay que brillar.
Sonrisas de vagabundos y marginados,
siempre es como mejor he estado,
así que vamos a hacer este trato:
dormiremos juntos, echando de menos el sonido,
y con tanto ruido me preguntaría:
¿Cómo demonios podrías ser mía?

Pero quizás puedas recordar
que puedes soñar.
Últimamente las cosas van mejor que siempre.
Sólo me duele al respirar,
cierro los ojos para mirar
que últimamente siempre es diciembre.