–Pues mire, señora, ahí está, anclado al colchón, que
con mil pasos delante aquí solo queda la raigambre y unos restos y
unas ruinas, una vez fui fuego y ahora solo la ceniza. Viví tan
confiado en los hados que no adiviné las constelaciones que quieres
recorrer. La nube dio paso a la selva y la luz no supo quedarse
quieta y lo que traigan las olas... Se volvió loca porque el tiempo
pasa y éramos todo y también poca cosa, un roto en las alas de las
mariposas.
–¿Y dónde va este vuelo?
–Pues mire, señora, ha sido mucho besar el suelo, mucha
lija y mucho terciopelo. De la poesía no se puede vivir, pero míreme
a mí, que no tengo para comer pero tengo donde sentir. Si tan solo
algo de lo que escribiese sirviese para algo no volaría tan despacio
con miedo de aterrizar, al final el suelo no es más que sombras y
alquitrán.
–¿Y ahora que nos queda?
–Pues mire, señora, es este verso una senda pero no se
fíe, que hay quererses imposibles pero nos dan igual los besos, la
única prisa que tengo es la de no llegar para acabar y seguir
acumulando en montones de tristeza unas escaleras de letras y
agujeros del rencor. Pero aún me queda algo de vida y muchas
canciones de amor que escribirte todavía, te lo debo, me lo debo y
ahí las tengo que de momento no son más que la potencia de promesas
dichas casi sin voz, ni dios, ni siendo los dos.