miércoles, 21 de mayo de 2025

(Nueva) Nueva Alderaan

He vuelto a ver Parthenope,

fue todo tan bonito que solo pudo acabar mal.

Cansado de escuchar los pasos de quien no va a volver

mientras los astros, azules, no dejan de tiritar.

He vuelto a mirarme los zapatos,

hasta el olvido se acuerda de ti a veces.

Duele menos romper a tiempo que un adiós aletargado,

pero hubiese muerto por un ratito más entre tus dientes.


Y hoy en la (Nueva) Nueva Alderaan solo hay un sol atardecente.

Un sol que no se atreve a salir, una luna que no acaba de caer;

el disparo rápido y mortal de la Estrella de la Muerte

como fue verte en abril, como fue no volverte a ver.


No dejo de escuchar Lento Ternura,

fue todo tan malo que supe sacarle brillo.

Cansado de que la cama cada vez sea más dura

mientras amo el daño y olvido el provecho estando difunto y vivo.

No dejo de mirar hacia la puerta,

a veces se olvidan de ti hasta los recuerdos.

Duele más verte de lejos cuando has estado tan cerca

que me hubiese muerto por un ratito más entre tus huesos.


Y hoy en la (Nueva) Nueva Alderaan solo hay un sol atardecente.

Un sol que no se atreve a morir, una luna que no acaba de perecer;

el disparo agónico y mortal de la Estrella de la Muerte

como fue verte salir, como fue no verte volver.




martes, 15 de abril de 2025

Mala droga dura (no hacer grande a quien te haga sentir pequeño)

Vas oliendo estrellas sin querer,

he descubierto que yo también estuve arriba.

Voy confundiendo querer volverte a ver

con verte volver desde la luna algún día.


Ni el brillo, ni el fuego, ni mil viajes,

he descubierto lo mala que es otra droga dura:

ponerme a la sombra de lo que puedas darme

y darte tres poemas y ochenta kilos de culpa.


Desde abajo he visto que eres más grande,

perdí la perspectiva de que mi amor propio era gigante.

Desde detrás he visto como hacías tu camino,

perdí yo mismo mis mapas, aprendí a andar a tu ritmo.


Vas oliendo las nubes sin querer,

he descubierto que todas las canciones hablan de ti.

Voy preguntando a los demás sobre lo que puede doler

un mensaje inesperado, hacerme pequeño y sonreír.


Ni verde, ni azul, ni mil colores,

he descubierto otra droga más adictiva:

subirte a un altar y pintarlo de flores,

ponerme a su lado y mirar desde arriba.


Porque desde abajo he visto que eres más grande,

perdí la perspectiva de que mi amor propio era gigante.

Desde detrás he visto cómo hacías tu camino,

perdí todos los mares en los que quise ser mío.


He descubierto otra mala droga dura:

hacerme pequeño, pero estar a tu altura.

La sombra que me dabas era adictiva,

pero ver el sol con mis ojos, pura adrenalina.

Si mirases hacia atrás entenderías la vida,

pero lo que me queda está hacia adelante.

Si no mirase el culo con el que me guías

vería que mi amor propio es gigante.




domingo, 6 de abril de 2025

(Sencillita) alcarja (no tan mitológica ni mucho menos geográfica)

Sigo llevando los mismos ladrillos,

sin querer he construido el mismo sitio

y no sé cómo salir.

Solo hay papeles sobre el escritorio,

muchos están en blanco, debe ser premonitorio

y ya no sé qué escribir.


Como el fueguito de Laodomía y una estatua de bronce,

arraso con todo esta noche y lo de siempre de día:

nada nuevo, te he escrito los poemas de siempre

y siempre que los leo, ay, se me arruga la frente.

Como el destino de Casandra, créeme si te digo

que mis caballos son mitos que cabalgan por tu espalda

porque el lado vacío de la cama me ha vuelto a quitar el sueño,

solo soy Egina tirada como si nada en mitad del Egeo.


Y me colgaré de los cables de Atenas

con un puñado de palomas negras

esperando que quieras volver.

Tendré la raíz del olivo por venas,

tú cuerpo será más mar y el mío seca arena

en esta isla que llevamos por piel.


He visto una flor pisada en el suelo después de la lluvia,

fuimos entonces Dánae y con furia hicimos lo mismo con un beso

porque aquí de oro solo crisantemos y mojada solo la vida

en un desierto de recuerdos atardecente de una cárcel sin salida.


Escuché mi nombre en tu boca y es solo otra primavera

que, como un cisne a ver a Leda, se desboca,

como un corazón azabache que late sin bozal

como “Hija de prepotente padre” que en el ruido de espadas ve la libertad.


Y me colgaré de los cables de Atenas

con un puñado de palomas negras

esperando que quieras volver.

Tendré la raíz del olivo por venas,

tú cuerpo será más mar y el mío seca arena

en esta isla que llevamos por piel.




domingo, 16 de febrero de 2025

Lo recuerdo bonito porque era otro tiempo y yo era otra persona

Todos tenemos nuestra odisea particular,

llorando te hice un camino por si no sabes llegar.

Malditas sean las conversaciones pendientes,

malditas las palabras en una cárcel de dientes,

pero es domingo y el cuarto me ha parecido inmenso

todo este ratito en que te he echado de menos.


¿Cómo voy a dejar de hablar de ti si me has besado?

He hecho mi zona de confort el no estar a tu lado

y ojalá que la muerte me encuentre escribiendo,

la vida amando y todos los sueños despierto.

Lo recuerdo bonito porque era un tiempo distinto,

contigo vivía donde quisiera estar, eras mi sitio favorito.


Me salgo al ver tu cara y hacerte ver que mi valentía

es querer ser tu espejo por la mañana y un par de poesías.

Me pongo de espaldas y no conozco el miedo,

yo no puedo envejecer, desde que no estás no me preocupa el tiempo.

Pero es domingo y la casa me ha parecido inmensa

todo este ratito en que he recordado que eras la madre de sirenas*.


¿Cómo voy a dejar de hablar de ti si me besaste?

He hecho mi zona de confort los sitios en que una vez me abrazaste

y sigo buscando un corazón disidente

que me lleve desde nuestro pasado hasta mi presente.

Lo recuerdo bonito porque estoy al borde de un precipicio

y no dejo de repetirme “al final solo importa el principio”


Todos tenemos nuestra odisea particular…

 

*Melpómene (en griego Μελπομένη «La que canta») es la musa de la tragedia. […] A Melpómene se la describe cantando canciones de luto por la muerte de personas importantes, sobre todo poetas. En varias leyendas Melpómene hace aparición como la madre de las sirenas, cuyo padre sería Aqueloo o Forcis, el padre de las Gorgonas.




domingo, 12 de enero de 2025

El Popol Vuh de lo mío, lo tuyo, lo mío, lo tuyo, lo mío...

I. Quimerista yo

 

Hoy desperté adormecido porque me dormí desvelado.

He pasado otro domingo sin estar a tu lado.

Que no me encuentra la luz donde quiero estar,

por donde quiera irse el sol, por donde quiera salir,

mi tiempo no lo gasto yo, él solo pasa por ti y

que no me encuentras tú donde quiero estar.


No soy Jesucristo pero resucito con un dolor de espinas,

he parido un nido de serpientes con sus lenguas quimeristas.

Que no escucho, no, sus mudas canciones.

Por donde quiera irse la luna, por donde quiera salir,

me arañó de plata con sus uñas y no, no he podido dormir y

que no, no escucho sus mudas canciones.


Me mata el veneno, me tiene despierto,

y ya pienso como el Robe:

cuando ya no quede vida, ser comida para los ratones,

y cuando no me quede picha que sigan con los cojones.


Hoy caminé cansado por los barros de este tremedal,

si fuese un viaje de diez años lo importante sería no llegar.

Que algo va mal si los besos y el café no saben igual.

Por donde quiera irme yo, por donde quiera salir,

con carroña para dos y flores de papel para mí

porque algo va mal si no, si los besos y el café no saben igual.


Me mata el veneno, me tiene despierto,

sudar, llorar, rodar, gritar y empiezo a pensar

en cuando ya no quede vida, ser comida para los ratones,

y cuando no me quede picha, que sigan con los cojones.


Y me merezco el cielo, pero no, no me miras,

y yo, yo te veo y puedo pisar las golondrinas…


II. Alquimista tú

 

Hermosa, como un poema de piedra,

eras un amanecer contento de brevas

y yo tu secante de sueños.

Y no, no me parece justo que coincidamos,

que no nos conozcamos

después de lo que fueron los besos.


Tu cara encontraba mis miradas perdidas

y tú, tú apenas me miras…

Ojalá que remes con serpientes.

Que hemos sido la copa de dos personas que se besan,

las pupilas incendiadas, la llama con tu cara y tristeza…

Ojalá tus emociones vivan en los hoteles.


Y si tú también estás mal, tal vez curarte

con un poema fatal que no lea nadie.

Y cuidar de tus manos con heridas

de cuando has quitado mi recuerdo de encima.

Porque yo, yo no creo en dios,

pero sé que está en todo lo que escribo

porque no, no existimos los dos,

pero porque me curaste aquí sigo.


Y cuando no puedo dormir

eres una luz verde en el mar que rompe un delfín,

tus rosas de papel llevan mi nombre tatuado.

He leído que todas las veces que te pensaba

lo han traducido como apartar la mirada

cuando pasas a mi lado.


Y si tú también estás mal, tal vez curarte

con un poema fatal que no lea nadie.

Y si pensaras en mí, me gustaría saberlo

para ver si sabes morir como yo tuve que hacerlo

Porque yo, yo no creo en dios,

pero si tengo que rezar a algo, te tengo presente,

porque no, no existimos los dos

y últimamente siempre es diciembre.

 

III. Yo querría (Xibalbá)

 

Yo querría un ratito más contigo,

que viésemos La Constante una vez más

mientras el mundo sigue su ritmo.

Yo querría morir e ir al Xibalbá por sus caminos

sabiendo que después de ti nada me matará

y que, si tuve corazón, tú fuiste el motivo.


Yo querría dormir

sabiéndote a mi lado

en una noche sin fin.

Yo querría tu espalda para huir

porque el futuro me hace daño

como todo lo que no sabe a ti.


Yo querría terminar de ver el mundo

y que vuelvan los besos,

da igual si en un portal o en algo más profundo.

Yo querría borrar mapas juntos,

volar al aire de tu pelo

y morderte siempre el culo.


Yo querría con mi pecho

hacerte una casita de pieles

y frotarnos todo el cuerpo.

Yo querría ser el tiempo

y pasar por ti como tú dueles

para hacer historias sobre el infierno.


Yo querría ser tu sombra,

y andar siempre detrás de ti,

ser dos mundos que se tocan.

Yo querría probarte la boca,

agarrarte la mano, pellizcarte la nariz

y que te vuelvas loca.


Yo querría ver el mundo que me queda,

pero contigo en los aeropuertos,

contigo acabarme la Tierra.

Yo querría volver siempre a Grecia

y verte salir del Egeo,

donde estés tú, será mi planeta.


Yo querría respirarte en el cuello,

llorar mi cara en tu cara

porque es tu rostro un cielo.

Yo querría un barranco y un camino negro

porque los castigos son todos casa,

y después de todo ya no tengo miedo.


Yo querría tinta y papel,

palabras que te diría

y mil libros por hacer.

Yo querría hacerte un poema más por ser,

una canción por cada prenda que te quitas,

y vivir, aunque sea un rato, pero vivir bien.


Yo querría todo lo que no quieres,

que no existas tú conmigo,

las miradas fijas en las paredes.

Yo querría nunca envejecer,

pero lo querría todo contigo

pero solo tengo esto que ofrecer.

 



miércoles, 11 de diciembre de 2024

Las tardes en el Odeón

Ahora que hace frío me acuerdo del verano. De las tardes locas de higueras, del Cabo de Gata, de una cueva en una isla, su subida y el sudor y los burros y las chicharras, de una danza silenciosa que no se baila y del arte que, si se guardase en las pupilas, mirarte crearía un museo en mis ojos. De iglesias agnósticas que, junto a ti, serían el único motivo por el que un ateo creyese en Dios; y demonios huérfanos de casas y abrazos. Pero, sobre todo, me acuerdo de las tardes en el Odeón de Florencia. No tanto del helado de pistacho, que los he comido mejores, ni de la lluvia de agosto por allí, que hay ciudades más bonitas bajo la lluvia, y no lo digo yo, lo dice Léa en la que era tu película favorita y que he visto dos veces y otras treinta sin ti.


Es el Odeón una librería que guarda todas las historias que puedan caber en todas las páginas de todos los libros de todos los géneros que pueden caber en una librería, y ninguna es la nuestra. Puedes ojear mientras huele a café y suenan los Doors (ya lo explicaré). Me hubiese pasado las tardes allí. Y lo hice.


Es el Odeón un teatro que tiene unas tablas que no he pisado, que he mirado, no he escuchado y no me han escuchado. Hay un sofá donde interpretar una obra en la que nos queremos y un piano por si me diese por tocar las canciones que te he escrito, que nunca han sonado, que no he cantado y nadie ha escuchado pero que he recitado, y ha(s/n) leído. Me hubiese pasado las tardes allí. Y lo hice.


Es el Odeón un cine, pues al fondo del escenario del teatro de la librería hay una pantalla. Y hay una segunda planta con butacas y un bar y puedes comer palomitas y beber refrescos mientras Emma Stone se vuelve mala y loca y la BSO de esa película es genial, con los Doors, Nina Simone, Queen y demás. Es un cine que cuenta historias tan apasionantes como la nuestra, pero con colores pastel en un ciclo de Wes Anderson, como nuestra fina ironía y ácido humor del diablo que viste de Prada. Y allí estaban ellos y estaba yo, porque me pasé las tardes enteras.


Tiene el Odeón sobre los libros sin nuestra historia, sobre el teatro sin nuestras palabras y sobre la pantalla sin nuestras caras unas palabras en italiano que no voy a reproducir, pero sí a traducir de la misma manera que se traduce el daño que te hice en perder las miradas como “Quien quiera ser feliz, lo sea: no hay certeza en el mañana”. Y vaya si fui feliz esas tardes en el Odeón, y no me cansé ninguna, porque de lo que a uno le gusta nunca se cansa, como de un café por la mañana, de una canción que te gusta, de un poema que relees o, por ejemplo, de ti. Pero, algo va mal cuando el café y los besos saben distintos de repente un domingo de verano (o invierno) por la mañana.




domingo, 28 de julio de 2024

Las leyes de los dioses y los hombres

      Aquí hemos vuelto con un poema dividido en seis partes. Para que no se os atragante porque es un poco largo os ayudo un poco:

I. El amanecer necio: la introducción en la que se plantea la tesis, la distancia.

II. Símbolo compartido: una serie de elementos que han vertebrado la poesía de varios autores y que me permiten unos juegos de palabras que ayudan a profundizar en el tema.

III. Socolar y no plantar: cómo afecta a la tierra.

IV. Clavar el remo: aceptación de la separación y cómo afecta al mar.

V. Las últimas balas de Tacitus Kilgore: tratamiento de la distancia desde la aceptación.

VI. Que todos los hombres deben morir: muerte después de la vida plena con algún recuerdo agridulce.


I. El amanecer necio (introducción de por la mañana)

 

Por qué están tan calladas tus noches,

yo me las paso descosiendo

por si vinieras, que sepas que te quiero

aunque barro solo sea y tú seas las flores;

que por eso estarán tan calladas tus noches.


Por qué está por salir el sol,

yo me estaba preguntando qué duele más:

saber que llegarás tarde (mi pecho lo sabe) y esperar;

o tener la incertidumbre de si vendrás o no;

y por eso a la lumbre está por salir el sol.


Yo no controlo mi naturaleza,

es una ley no escrita para nosotros:

vivir a pesar de la tragedia

y morir cuando muera en tus ojos.


Por qué ha estado tan callada tu noche,

no te toco ni en canciones,

pero si vinieras, que sepas que está tu hueco,

siempre me ha pesado más tu recuerdo

que haberte besado todo el cuerpo.

Y ya ha salido el sol,

ha sido un amanecer necio sin encontrarnos a los dos,

porque no has llegado a llenar el mundo,

y yo sigo desnudo, y sigo siendo yo.


Yo no controlo la naturaleza,

es una ley no escrita de los dioses:

que las noches dolerán más por la ausencia

y que la mañana llegará aunque no me toques.

 

II. Símbolo compartido

 

Humo,

hoy seremos solo nudos

unidos por la distancia;

midiendo el aire entre las palabras

olvidando lo que hicimos juntos.


Ruido,

repican las agujas en mis tejidos

unidos por la sangre;

impulsos de un amor tan grande

dormido, cansado y perdido,

olvidando todo lo que vivimos.


Caballos,

caricias salvajes por las líneas de mis manos

alientan el galope hacia ti;

búscame cuando quieras salir.

Amaneceremos compartidos

los labios y su sabor desprendido,

la cama y la huella de tu culo

ofrecido a doce dioses furibundos

sabiendo el sabor a prohibido.


Luna,

luz de tu cuerpo cuando aúlla

una vez que fue la vida,

nunca la muerte y solo mía;

adorar la belleza y tu hermosura.


Y puede que sea un día perdido,

puede que sea que no haya estado contigo.

Tenemos en común

este símbolo compartido

colgando del cuello de un cisne descolorido

que halló su belleza en su quietud.


Suelo,

solo somos dos sueños

urdidos por alguien que no duerme

esperando a ver si vienes;

levantando los pies de este suelo

olvido tu roce si me quedo.


Agua,

a veces muero si se estanca,

gano vida si corre

uniendo mi día y tus noches

a las patas de una cama mojada.


Flores,

follando hicimos ocho revoluciones,

las tuyas y las de las estaciones;

olivos secos,

retazos de un amor tan muerto

escrito sin orden ni renglones

sobre las manos de un rey ciego,


Navajas,

nos dijeron “tres heridas bastan”

aquí, sobre las miradas,

ven, otra que no hará latir,

allí, la que nunca hará decir:

joder, qué bien,

adiós y que nunca te vuelva a ver

salvo que te pida que quieras venir.


Y puede que sea un día perdido,

este símbolo compartido

no tiene sentido

si no vuelves.

Será que no he estado contigo

al borde de los precipicios

sintiéndonos dioses caídos,

saltándonos todas sus leyes.

 

III. Socolar y no plantar

 

Dime cómo es un árbol que nunca he visto ninguno,

es que estabas a mi lado y desaparecía el mundo.

He desmochado mis campos para que nada te estorbe,

ya no quedan naranjos, ya no hay camas de girasoles.


Camíname por mis labrantíos con tus pies de plata,

haz que me vuelva un río y recorra tu espalda.

He meado en todas las flores para descalabrar su tono,

que llene mis noches de colores para nunca sentirme solo.


Poco colchón será un campo yermo

que no quise plantar después de socolar.

Si pasaste por aquí se regará de truenos

y si ha de brotar, será la nada y nada más.


Dime cómo es su tallo que nunca he visto ninguno,

si vi una flor fue en tus manos y ese era mi mundo.

He cercenado la dehesa para que nada te haga sombra,

que seas tú cada beso de la tierra y esos labios las olas.


Ándame por estas praderas con tu piel de mármol,

yo te la siembro de poemas y tú me los lees en alto

y así espantar cuervos y buitres, las patadas a estos nubarrones,

a la primavera que se desdice y al sueño que mana de tus soles.


Poco colchón será un campo yermo

que no quise plantar después de socolar.

Por si vuelves por aquí con los brazos abiertos

está la vida sin cercar por si buscas hogar, hogar será.


Ni leyes ni toro encabritado me agarran el corazón

al saber que fuiste canción en ese remanso desbocado.

Y qué será ahora de los pasillos de este laberinto de hiedras

con tu seno como piedra donde mi boca durmió con su cuchillo.


Se descose la tierra y trata de brotar una gota de olvido

para regar el no estar contigo y nos perdamos en la maleza.

En esta marea de porcelana no brillarán flores ni sol,

las ramas serán un abrazo de dos que crecerá en la distancia.


Poco colchón será un campo yermo

donde solo quise plantar después de socolar

la madera más encarroñada de mi remo

que como él y el mar, tú nunca vendrás.

 

IV. Clavar el remo

 

Estaba mirando al mar por si mirases mis ojos

lo pudieses ver tú también.

Como un cormorán con su vuelo roto

despidiendo este atardecer.

Y en la tierra escarbar buscando tu tesoro

por si quisieras aparecer.


Y pintar todo este marrón del azul de tu vestido

que en la arena se desespera

este pobre corazón que ya ha entendido

que ni las olas te acercan.

Mis brazos el último ponto que vio tu pelo desprendido

y lleno de nudos, sal y arena.


No tengo ni idea de cómo suena el mar

si tú estás cerca.

Yo solo quise escuchar las olas cantar

y tú me regalaste sirenas.

Pero este corazón ha dejado de llorar

porque la resaca te aleja.


Que ya me he ahogado mucho

en el mar que llevas dentro.

Nos hundiremos en este punto

suspensivo donde no nos encontraremos

porque ya no te quiero.

A veces me cuesta creer

en el universo, te ponía delante

y detrás solo el viento

y sin vela para soplar,

sin barco para navegar,

solo el remo para clavar

en un trozo de tierra que nunca

haya visto el coral de tus piernas.


Me quedaré mirando al mar guardado en mis ojos

por si no lo volviese a ver.

Seco como una flor de sal y ya solo islas de polvo

arropadas en mi piel.

Después de tanto naufragar y hasta probar el loto

si así tiene que acabar, aquí moriré.

Tras Circe, Calipso y Nausícaa; y vencer mil monstruos

si no soy nadie, nadie seré.

El infierno se me hizo hogar con todos sus rostros

y si tengo que volver, volveré

ahora que traigo la paz de un corazón que sabe todo:

hay caminos que no se deben recorrer.


Que ya me he ahogado mucho

en el mar que llevas dentro.

Será γαλήνη este mundo

cuando por fin clave el remo.

 

V. Las últimas balas de Tacitus Kilgore

 

Tengo un abril tachado

de lo triste que es hablar del amor contigo,

en las uñas un trozo de piel arrancado

de cuando grité todo lo que te había querido.

Y no me olvido de la luna aunque amanezca,

ni de tus ojos, las pelis de Léa, ni de si tenías pecas.


Tengo un abril tachado

de todas las cosas que aprendí contigo,

¿tú qué serías, la luz del pasado,

un presente ciego o un futuro que no se ha encendido?

Algunos sueños son mejores cuando acaban,

como un poema de Lorca o un cuento de Cortázar.


Y si quedase algo por decir

tendrías que venir

dispuesta a un duelo bajo el sol

cerca de ese árbol en Manzanita Post.


Tengo un abril tachado

por esa vida corta pero dulce contigo,

porque nunca nadie me ha preguntado

a dónde van tus pasos cuando te has perdido.

De tus ojos, creo, tenía envidia la primavera

pero eran algo fríos como ‘iceberg’ de Leiva.

Y hay otras canciones que no dejan de sonar

y poemas que no he vuelto a leer

porque las letras de tu nombre suelen aparecer

y el sonido de tu voz suele doler más que sanar.


Tengo un abril tachado

de las cosas que hicieron mis manos contigo.

¿Tú qué serías, la libertad de un gaucho,

el amor de un poeta o la rebeldía de un corsario?

Siempre cansada de caminar por mi frente

Provocando incendios en la nieve.

Y hay otras ciudades que descubrir

y labios por callar, algo de frío y calor,

y ese sitio de la oda a un ruiseñor;

y ahora que te digo adiós, quisieras regresar,

ya que estás aquí, nos podemos morir.


Y si quedase algo por decir

tendrías que venir

dispuesta a un duelo bajo el sol

cerca de ese árbol en Manzanita Post.

 

VI. Que todos los hombres deben morir

 

Que alguien me consuele, que alguien me abrace,

que de donde más duele no hay quien me saque.

De tanto escucharte te me antojaste

solo piel, sin relleno;

y si me quieres regalar algo tengo

un sueño

no cumplido, dos versos sin destino

y tres cruces sin milagros.

Leyes de dioses y de humanos.

Y tengo

estas cartas sin escribir

y sin mandar

por si quieres saber

cómo me llegué a sentir,

cómo me llegaste a matar,

cómo llegamos a morir

y aún así

sé que me hizo feliz porque lo quise repetir.


Porque fueron dulces todos los besos,

porque te fuiste, pero aquí sigue tu nombre

y no sé si quisiera verte venir.

Y no me aflijo por quienes están muertos,

pues este es el decreto aprobado por los dioses:

que todos los hombres deben morir.