lunes, 26 de enero de 2015

Red Dog

     Lo mejor para quitarse la sal de la playa era ir a la piscina. Estuvimos un rato tumbados en la parte que cubría poco, descansando y hablando de lo que haríamos esa noche. Fue muy poco tiempo, enseguida subimos a los apartamentos en la planta 24. Desde allí se podía ver gran parte de Benidorm. La rutina era siempre la misma, unos se duchaban, otros esperaban jugando a la consola. Javi y yo no hacíamos eso. Mientras Víctor se duchaba con la puerta abierta y entonaba un “soy mineroooo”, mientras Mario le grababa con el móvil, mientras los demás jugaban en el otro apartamento a la consola, un FIFA o un Tekken, Javi y yo salíamos a la terraza. Por aquel entonces yo tenía novia, maldita la hora en que la tuve. Javi la tenía y la sigue teniendo. Aprovechábamos ese rato para hablar con ellas. Él se sentaba en una silla y mirando al mar y a los otros edificios, la llamaba. A mí no me gustaba hablar por teléfono, así que le enviaba whatsapps mientras estaba apoyado en la barandilla, intentando no tener mucho vértigo. Pese a haber sido un día soleado, el cielo estaba gris, pero no lo suficientemente gris como para enfurecer al mar, que estaba en calma, intentando, con débiles olas, comerse la orilla, y con su peñón en medio del agua. Estábamos a una calle de la denominada “zona guiri”, y subía hacia arriba un olor dulce, como de gofres, y algo de jaleo, familias que se divertían antes de que el sol se fuese del todo, a dormir detrás de Terra Mítica, para que la luna sacase a los “jóvenes” de fiesta. Me gustaba mirar hacia abajo y hacia adelante.

     Una vez todos duchados, cenamos algo simple, salchichas, ensalada, filetes, no sé, no lo recuerdo, pero seguro que no era sano. Y por supuesto, muchas patatas fritas. Yo no tenía ni idea de cocinar, así que estaba en el equipo patatas, pelar, cortar, esperar a que se friesen... la mili vacacional. Después de cenar, mientras la TV emitía películas o series de mierda (la programación en verano es basura desde que se fue el Grand Prix), bebíamos. La mayoría bebía ron, yo también, claro, pero puede que esa noche Mario, Javi y yo comprásemos ginebra, no sé, eran tantos días seguidos... Jugábamos a juegos de cartas para beber hasta llegar al punto perfecto, aunque a veces la “operación: tormenta del desierto” dejaba algunos caídos en combate. Nos preparábamos y salíamos. Siempre había que esperar a Yñarritu, que era el que más tardaba.

     Fuimos por el paseo marítimo a tomar algo más. Esta gente encontró a unos italianos y se pusieron a hablar de fútbol y de chicas o yo qué sé. Yo tenía las alas cortadas, maldita la hora en que me las corté. Javi y yo éramos los únicos con novia, así que mientras nuestros amigos intentaban ligar, él y yo nos unimos a una despedida de soltera que había en una terraza. Le echamos un poco de cara, pero nos invitaron a vino y a tarta. Tuvimos que cantar algo de La quinta estación, creo, o tal vez Il Divo, o ambas. Fue divertido. Siempre se nos ha dado bien relacionarnos con mujeres más maduras, y no tenéis que pensar mal. O sí. Rápido levantamos el vuelo y nos reunimos con los demás.

     -¿Red Dog? -preguntó alguien, seguramente yo.
     -Tío, ¿otra vez? -se quejaría otro.
     -Por mí, sí -me apoyaría otro alguien.

     No debatimos mucho y fuimos allí. Volvimos por la “zona guiri”, que a esa hora ya no huele a dulce ni hay familias. A las 2:00 de la madrugada huele a alcohol, vómito, pis... y está llena de borrachos, algunos en el suelo, otros dando patadas a las papeleras, meando entre los coches, follando en los portales... Benidorm. Las luces de los locales se reflejaban en el pelo brillante lleno de gomina y en las gafas de sol que alguien se pone para salir.

     El Red Dog suele ser gratis, como mucho te cobran una consumición para entrar, pero bueno, estaba la oferta de dos Budweiser por 4 euros. A veces me sentaban bien, a veces mal. Ese sitio era el mejor antro del mundo. La música era actual, tenía una pista de baile bastante decente y hasta una barra de strippers en un lado. De vez en cuando soltaban el chorro de vapor ese que huele bien. En los baños puedes comprar cepillos de dientes, condones, tangas y pastillas para la impotencia, en cuyo envoltorio pone (no las compré, lo vi en la máquina): “tomar dos para mejor efecto”, y más adelante “por razones médicas no es recomendable tomar más de una”. O follas y te mueres o te mueres por no follar. En el Red Dog la clientela es muy variada, pero sobre todo hay chicas guiris, y pocos chicos. Nosotros tampoco nos explicábamos cuál era el motivo. Había también alguna madura pesada, pero le das un nombre falso, como James, y listo. Si estuviesen buenas, les darías el de verdad. Maldita la hora en el que tuve nombre. Lo mejor, a las 3:15 show porno en directo. Sí, porno, no erótico de esos que salen un par de gogós y ya. Había dos, el primero, al que ya no llegábamos (al menos ese día), que cuenta con la participación del público, muy gracioso, y el segundo en el que salen un chico y una chica y le dan al tema en tu puta cara.

     A la hora señalada se para la música y se abre espacio en la pista. Los actores cambian el número, ese año fue sobre todo el típico del policía y tal, pero el primero que fui había un vampiro y una doncella a la que le chupaban... la sangre. El asunto es que Samantha Pink empieza de rodilas frente al calvo, y con calvo me refiero al actor, que lo era, y lo seguirá siendo, imagino. Iban probando varias posturas, y mientras el calvo taladraba a cuatro patas a Samantha, el Dj lo comentaba desde la cabina. “Fucking doggy style”, y fue la chispa que faltó para hacer explotar la noche. Nos pusimos delante de ellos y gritar “¡Fucking doggy style!”. El actor nos miró, sin quitarse las gafas de sol y se reía mientras sacaba la lengua y empujaba a la chica, que también miraba y sonreía. Y todos, Budweiser en mano, nos mirábamos y sonreíamos también. Y mientras puede que me estuviesen llegando whatsapps de la que por aquel entonces era mi novia (creo que ya he dicho lo de “maldita la hora”), pero me daba igual, ya la contestaría mañana, u ojalá que nunca.

     Y terminado el show, algunos, los más ca(n)sados, nos fuimos al apartamento mientras los otros seguían de fiesta. Javi y yo volvíamos hablando, a través del olor a sordidez, no sabíamos si estaba en la calle o en nuestra ropa. De lo que hablamos algunas noches se podrían escribir muchas cosas, pero entonces se perdería la magia de los veranos. Subimos en el lento ascensor hasta la planta 24. Mientras Javi meaba, me asomé a la terraza. De noche el mar no se veía, pero sabías que estaba ahí porque una imagen plateada, difusa, se reflejaba en algo líquido. Del peñón no había ni rastro. Entonces observé, y vi otro mar. Uno de luces de neón, justo en las calles de abajo. Primando el rojo sobre otros. El rojo pasión que te dice que mientras unos han ligado y están follando, independientemente de los tamaños de las personas, tú vas a mear, a quitarte la ropa y a meterte en la cama mientras uno de tus mejores amigos ha hecho lo mismo y está en la cama de al lado. Antes de dormir sueltas un par de palabras.

     -Puto Red Dog, tío.
     -Ya ves. ¿Y el Pretty Woman?
     -Cerrado, tronco -dije yo -, cerrado. Maldita la hora.


domingo, 18 de enero de 2015

Tatuaje.

Estaba tan dentro que quería salir,
Puso este velero las velas a henchir.
Pero igual que las olas borran tus huellas,
El mar me devolvió rabioso a la tierra.

Dando dos pasos adelante y uno hacia atrás,
Hubo que sacar las alas y salir a volar.
Chocarme de frente contra tus cristales
Que cortaron las notas a mis cuerdas vocales

Pero yo sabía que te quería conocer
Porque iba a escribir los versos más bonitos,
Tatuándolos con tinta sobre tu piel,
Y si sientes doler, lo haré bien despacito.

Me sobran todos los sentidos menos las manos,
Con ellas hago tu cuerpo y con el resto al humano.
No está todo dicho, no está todo escrito, no está todo cantado,
Aún quedan restos de nuestros naufragios.

Y que me hagan cantarle a la curva de tus cejas
Y a lo que pasa en la cueva cerca de tus caderas.
Que el atraco en el muelle con el terremoto
Me ha hecho habitante de mis sueños rotos.

En los que te vi flotar agarrada en un tronco
Donde vivía un pájaro ronco,
Solitario por las noches sin compañía,
Sin lunas ni estrellas en una cama vacía.

Pero yo sabía que te quería conocer
Porque iba a escribir los versos más bonitos,
Tatuándolos con tinta sobre tu piel,
Y si sientes doler, lo haré bien despacito.

Me metí en medio de la pelea de perros y gatos
Para ir acostumbrándome a los arañazos
De cuando nos vayamos tú y yo por las ramas
Sabiendo que el mundo no nos depara nada.

Sólo el nudo de tus brazos contra mi cuerpo
Y el de tus piernas por mis miedos,
El de tu pelo mojado, negra trampa de musarañas,
Que se comían las mariposas de mis entrañas.

Pero yo sabía que te quería conocer
Porque iba a escribir los versos más bonitos,
Tatuándolos con tinta sobre tu piel,
Y si sientes doler, lo haré bien despacito.

Quiero saber a que sabes y tu sabor en mi boca,
Y que te enfades porque no te gustan estas cosas,
Pero si vivir conociéndote es dulce tormento
Intenta no pasar más segundos a este tiempo.

Para qué querría alguien una vida sin ti,
Es tener un libro donde sólo pone fin.
Y si un día me encontrase sin tus ganas
No saques al sol hasta que vuelvas mañana.

Te voy a construir una casa sin tejado,
Porque si llueve, nunca lo hace sobre mojado,
Así tenderás tu ropa interior al viento
Para que se seque con mis sentimientos.

Pero yo sabía que te quería conocer,
Y ahora que lo he hecho, ten lo más bonito,
No son estos versos, es tu piel sobre mi piel
Y que a tu corazón le sigan mis latidos.


martes, 13 de enero de 2015

Otro día, misma historia.

     Era un hombre fornido, ancho de espaldas, grande y fuerte. El pelo ralo, no se sabe muy bien si castaño o gris. Los ojos hundidos, tristeza, cansancio tal vez. Un rostro curtido, duro, con las marcas de una vida no muy fácil cruzándole la cara, pero a la vez un gesto bonachón, con la punta de la nariz roja por el frío de enero. Los labios apretados y finos, ya ni se acuerdan de lo que era curvarse en una sonrisa. Esta cara con ese gran cuerpo tenía nuestro protagonista,de nombre sin identificar, pero seguro que común, como José, Juan o Daniel. Mientras esperaba al metro se miró las manos. Los callos y ampollas habían desaparecido con el tiempo, igual que las manchas de grasa de su antiguo mono azul, que se quedó en el taller cuando tuvo que cerrar por la crisis, siempre la crisis. Puede que no tuviera estudios, pero sí era un tipo listo y trabajador, y lo único que quería era sacar a su familia adelante. Por eso, si era capaz de cambiar ruedas, baterías, de arreglar motores y todas esas cosas, también era capaz de hacer otros trabajos, más o menos vergonzosos con tal de conseguir algunas monedas.

     Cuando llegó el metro, vio como unos músicos sudamericanos se cambiaban de vagón, muy sonrientes después de haber conseguido... ¿cuánto? ¿tres euros? ¿cuatro?. La poca esperanza que le quedaba se escapó por el bolsillo roto. Pero aún así cogió aire y entró en el vagón...

     -Buenos días, perdonen las molestias, soy un padre de familia que se ha quedado sin trabajo y únicamente pido lo que con su buena voluntad puedan darme. Es triste pedir, pero no me avergüenzo, pues peor sería robar. Muchas gracias y perdonen otra vez por las molestias.

     Alguno de los viajeros pensarían que era una lástima, y les daría pena de verdad, pero ninguno hizo gesto o movimiento alguno para sacar unos céntimos. Y los que lo suelen hacer, acababan de dar el cambio del tabaco a los alegres músicos. Parece que no era el día de José, o Juan, o Daniel. Bueno, no era el día, ni el mes, ni el año.


viernes, 2 de enero de 2015

Oasis

Mientras me salían chorros de colores por las orejas
Y salían todas mis fantasías sudando por la cabeza.
Porque no me cabía más realidad en la imaginación
Y todo el cielo salpicó champán con la explosión...
¿Dónde estabas mientras nos drogábamos?

El oasis que nos daba cosas para beber
Cambia como la gente que creías conocer.
La verdad ahí afuera mató al soñador
Y con él todos los sueños cuando despertó.
¿Dónde estabas mientras nos drogábamos?

Algún día lunar me encontrarás cantando algo azul
Para los que digan que en el pozo no quedan peces.
Creí verte en el impacto de un relámpago al apagar la luz,
Dime si no es por el sudor en mi almohada si vuelo a veces

No me supe subir cuando me eché abajo
Pero eso corría por mis venas como un cañonazo.
A veces quiero vivir para siempre sólo por hablar
No estoy loco, no me llames, es porque suelo respirar.
¿Dónde estabas mientras nos drogábamos?

Déjame libre como libre te quiero,
Poco a poco se hizo un sentimiento.
Sin mirar hacia atrás estando enfadado
Y sin saber dónde ir cuando las carreteras se han acabado.
¿Dónde estabas mientras nos drogábamos?

No sé cuál de las voces creer
En este tiempo hecho de papel,
En el que mientras algo se desliza,
Nadie puede verle, nadie se lo imagina.
¿Dónde estabas mientras nos drogábamos?

Algún día rodando me encontrarás con la canción del pájaro
Para los que digan que el plan no era un plan maestro.
¿Sabes lo que quiero decir? Debe ser amor y hay que sacarlo,
Haz que deje de llorar y que sea el blues que quiera, pero nuestro.


jueves, 25 de diciembre de 2014

La pasajera.

     Había turbulencias. Sabíamos que íbamos a atravesar una tormenta, pero a los pasajeros nos importaba poco. El avión era el medio de transporte más seguro, o eso decían. Y todo parecía más tranquilo cuando veías las impresionantes piernas de la azafata acercarse para ofrecerte una copa. Me había tocado ventanilla, así que tenía primer plano de relámpagos. Me puse a escribir tonterías en una libreta. Una sacudida me volcó la copa e hizo que se encendiesen las luces de abrocharse el cinturón. Aún así estaba tranquilo. No podía decir lo mismo de un niño pequeño que estaba un par de asientos delante, que había empezado a llorar. Un trueno que sonó como si partiese el avión por la mitad hizo que llorase aún más.

     Quería otra copa, y ninguna azafata estaba disponible. Imaginé que estarían sentadas y bien amarradas, para que una de las fuertes sacudidas no las hiciese caer en medio del pasillo. Hubo entonces un relámpago impresionante. Me cegó, tal vez por estar junto a la ventanilla. Cuando volví a ver, me llevé una terrible sorpresa. El resto de pasajeros había desaparecido. Todos los asientos vacíos. No había nadie en el avión, supuse que ni pilotos, aunque el avión por el momento no estaba cayendo en picado. No había nadie excepto una chica, parada de pie en mitad del avión. Alta, morena, paliducha, delgada, con los ojos enormes y marrones. No era especialmente guapa. Me sonrió, nada extrañada por la situación. Hubo otro relámpago enorme y el trueno sonó milésimas después. Entonces la chica desapareció y volvieron a aparecer mis desconocidos compañeros de vuelo.

     -¿Qué ha pasado? -grité, pero nadie me contestó, y me miraban raro.
     -¿Dónde ha estado usted? -me preguntó el tipo que tenía al lado sentado.
     -Yo he estado aquí, los que habéis desaparecido habéis sido vosotros.

     Una azafata de piernas infinitas se me acercó. Me iba a decir algo cuando un rayo sacudió el avión, haciendo otra vez que todos desapareciesen, y con el sonido del trueno volvió a aparecer la chica morena.

     -¿Quién eres? -pregunté.
     -Me llamo Alma. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿De dónde vienes?
     -¡No!, ¿de dónde vienes tú? ¿dónde están mis compañeros de vuelo?
     -Yo estoy en mi avión -y se rió.

     Me levanté y fui al servicio. No sé si las turbulencias estaban fuera del avión o dentro de mi cabeza. Me lavé la cara y me miré en el espejo. Me pregunté si el tío que había al otro lado estaba en su avión. Fuera, la tormenta seguía, así que salí a hacerle frente. Me encontré en el primer vuelo, con mis primeros compañeros y sin chica morena. Volví a mi asiento, notando las miradas de todos en mí. Antes de llegar a sentarme, la azafata que me iba a hablar antes se me volvió a acercar.

     -Señor, no puede volver a su asiento. Será usted retenido junto a la cabina del piloto hasta que lleguemos al destino. Acompáñeme, por favor.
     -¿Qué dice? ¿por qué no puedo volver? -le pregunté indignado. Miré hacia mi asiento y vi, con gran sorpresa, que no estaba libre. La chica morena del otro avión estaba allí.
     -Ella es la verdadera pasajera. Hemos comprobado la lista de pasajeros y su nombre figuraba, al contrario que el suyo. Así que tendrá usted que explicar muchas cosas.
     -¡No puede ser! ¡Tengo el billete, mire, mi nombre, el vuelo y el asiento! -y se lo mostré. Estaba pasando de la indignación al enfado.
     -Exacto, es su nombre -me comunicó ella, sonriente-, también es su asiento, pero ese vuelo que usted tiene ahí no existe, es más, faltan como... meses para la fecha de su supuesto vuelo, mírelo. Ahora, acompáñeme por favor.

     No supe qué hacer, lo comprobé, no vi nada extraño en la fecha. Un hombre se levantó y dijo que si había algún problema, que era policía. Yo pensé que eso era una casualidad que sólo pasaba en las películas. Decidí no montar un numerito y seguí a la azafata. Me dieron un asiento nuevo, donde se solían sentar ellas. ¿Qué pasaba? No entendía nada.

     -Llegaremos en dos horas -dijo la azafata-, no se mueva de aquí. Tenga, por si se aburre -y me tendió un periódico. Al menos no me trataban como a un delincuente. Todo era rarísimo. Me puse a leer.

La científica Alma Heisenberg ha hecho importantes avances en el estudio científico de los mundos paralelos o mundos múltiples. Afirma, aunque aún carece de pruebas fiables, que estos supuestos mundos existen y que es posible que algunos están ocupando el mismo espacio que la Tierra. “Podríamos llamarlos así como Tierra2, Tierra3, Tierra4... Y también es posible que debido a diversos factores se pudieran abrir brechas en el espacio, no necesariamente en el tiempo, y producirse así una confluencia entre dos o más mundos, pudiendo generarse así un caos que...”

     Miré la fecha del periódico.

     -Señorita, ¿el periódico es de hoy? -pregunté a una azafata desconcertado.
     -Si, señor.

     No podía ser. Era de hace tres meses.


viernes, 14 de noviembre de 2014

Desde que no estás [verso].

Desde que no estás, es constante la caída,
y para no ver el final
me voy cosiendo las heridas,
Que no dejan de sangrar
y dejar mi calma hundida.

Te fuiste y no dejaste nada que no doliera.
Te fuiste y me dejaste la vida en la puerta.
Te fuiste y todo fue una explosión.
Te fuiste y no supe decir adiós.

Y ahora quién va a limar las esquinas.
Y ahora pasarás de sueño a pesadillas.
Y ahora recuerdo tu mano en el gatillo.
Y ahora sólo odio haberte querido.

Y desde que no estás, no escucho latir,
aquí dentro hay un tronar
como en una tormenta de ese abril
que nos vio llegar
antes de que quisieras partir.

Te fuiste y nadie estaba preparado.
Te fuiste y estoy mejor solo que mal acompañado.
Te fuiste y me dejaste los ojos rojos.
Te fuiste y yo como un cerezo en otoño.

Y ahora quién me enseñará el mundo.
Y ahora este barco no tiene rumbo.
Y ahora llueve hasta en mi habitación.
Y ahora para qué quiero el corazón.

Y desde que no estás, no escucho reír,
Aquí sólo se permite llorar
con el fin de ser feliz
aunque se desborde el mar
que nunca crucé por ti.

Y desde que no estás, lo bonito es diferente,
Como ir a volar
con el sol de frente
que tiene que quemar
los momentos impacientes.

Te fuiste y no dejaste nada que no doliera,
Me secaste la primavera.
Te fuiste y te llevaste tu canción,
Te fuiste y fuiste la mejor inspiración,
Tal vez la equivocada,
La que no se merecía nada.
Te fuiste.

Y desde que no estás, hay letras en las cunetas,
Morado en el cielo
y en las flores violetas.
Hay más miedo al universo
y más amor para quien quiera.




     Mensaje!! Bueno, aquí viene otra despedida, temporal como todas. Pero no echo a volar para dejar la tierra atrás, sino para montar mi nido en otra parte. Sí, junto a otro amigo (Matías G. Rebolledo) he decidido seguir creando versos en otro blog del que próximamente tendréis información vía Twitter, así que estad atentos y que no os dejen ni un día sin poesía.

Este blog no se cerrará, estará abierto para que tú o yo podamos volver cuando queramos.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Desde que no estás [prosa].

     El cielo estaba de ese color, cuando no era de día, pero no era de noche. No era el naranja amanecer, sino más bien rosa o morado atardecer. Un largo camino se reía delante de mí. No sabía si el camino era solitario o lo era yo. Más bien lo segundo, porque allí estaban ellos. En las cunetas de ese lugar no había sólo un poeta muerto, con los mejores versos tallados en un olivo que nacía donde su cuerpo descansaba. No. Allí había miles de poetas muertos, amontonados en las cunetas, y cada uno con un árbol distinto. Había un ciprés, un almendro, un naranjo... y todos tallados. Pero entre tanto poeta muerto y tanto árbol vivo, estaba yo solo, decidido a caminar.

     No llevaba andando ni el canto de tres pájaros distintos cuando una figura se acercó a mí y rompió la soledad morada. O rosa. La anciana que daba forma definida a esa figura era... pues eso, realmente anciana. Vestía de negro, tal vez por un luto infinito a un joven amado que murió luchando por una bandera de bilis y sangre y que nunca contestó más cartas que las que llevaba ella en un bolso, negro también, colgando del brazo. En la mano izquierda llevaba un ramo de violetas. Me ofreció una, pero no la cogí. Sólo la miré y seguí andando. No la dejé muy atrás. Me estaba siguiendo, y a mí no me molestaba. Ella caminaba con las violetas extendidas hacia delante, como si ya hubiese pintado el cielo de atrás. Un enorme ruido nos paró en seco. Ante nosotros había caído una calabaza. Pese al gran golpe, no se había roto. La anciana y yo nos acercamos. ¿O se acercaba la calabaza? No se acercaba, sino que crecía, y crecía, haciendo la soledad más pequeña pero el rechazo más grande. Eché a correr. La anciana apenas podía huir de la sombra del zapallo, que era descomunal. Me hubiese gustado ayudarla, pero no la conocía de nada y prefería salvarme a mí. La cosa creció tanto que terminó de aplastar a la portadora de violetas. No se escuchó ningún grito ni queja.

     En mi continuo correr, no sé si de la calabaza o de la soledad, pisé algo y me escurrí. Desde el suelo lo vi. Vi todo. La creación, tu creación, el conocimiento, tu conocimiento, el amor, nuestro amor, imágenes del mundo, tus imágenes, el fin, nuestro fin. Todo pasaba ante mis ojos a una velocidad pasmosa. Todo eso que debía estar encerrado, ahora era libre y volaba ante mi como relámpagos de luz que duelen. Estaba claro, sin querer pisé un Aleph y había soltado al mundo en mi camino de la soledad, y ahora todos sabían todo, y yo sabía todo. Y aquí estaba todo, y estabas tú. Ahora tenía que huir del cosmos del zapallo y de todo el mundo, porque me gustaba mi soledad acogedora. La anciana no molestaba. Al ponerme de pie noté que tenía el brazo derecho roto. Gracias a “dios” o a quien fuere, era zurdo. Era y lo seguiré siendo.

     Sucedió que me cansé, pero seguí siendo hombre y solitario, igual que me cansé de ver dónde crecen los ríos sabiendo donde van a parar. Dejé que tus imágenes me alcanzasen y que todos los puntos del mundo finito e infinito lo vieran, porque así aprenderán que huir de un recuerdo es imposible, ni aunque te vayas a otro mundo. Y en un relámpago de imágenes te dije que desde que no estás, no termina de salir la luna, no termina de aparecer el sol, que el morado es un color muy triste, que no puedo escapar de la dulzura y que a veces me explota todo el mundo que tengo dentro. Te dije que desde que no estás, se me ha roto la literatura, pero que cuando esté en la cuneta de mi camino, quiera o no, tu nombre va a estar en mi árbol.