jueves, 12 de enero de 2017

La chica de las lágrimas

Ella es la reina de la tristeza,
está aprendiendo a sangrar ahora.
Tiene en la cara perlas
y un collar de uñas rotas.
Quiere desaparecer,
pero pesan las mariposas.
Ella es la chica sin sonrisa,
le está doliendo el tiempo.
Tiene canciones de brisa
para momentos secos.
Entre los dedos una colilla
para borrar el sabor de los besos.
Ella es la princesa de los dramas,
ya la conocen en Madrid.
Tiene alcohol y tiene fama
pero está más rota que un abril.
“La llorona” de Malasaña,
es poemas sin escribir.

Cuántos trozos de ti
me trae este viento.
Estás hecha de mí
y un poco de mis miedos.


martes, 27 de diciembre de 2016

El regalo

     Inquietante como la comodidad de un ataúd. Miraba la cajita, pequeña, como quien mira un inmenso maizal deseando entrar en él pero con miedo a perderse. Esa cajita, como un muerto que se hace cada vez más grande y más guapo cuánto más muerto está, esa cajita que poco a poco crecía hasta que la cogí con mis manos. Mis manos que no eran gran cosa, que a veces sudan cataratas y a veces raspan como una cama de fakir donde se agujerean los sueños, con mis manos detuve el engrandecimiento. Abrirla era otra cosa. Para ello había que tirar de un extremo del lazo rojo. Personalmente, no seré yo quien se atreva a ello, deshacer un nudo rojo no parece una buena idea, ahora que el cielo se estaba volviendo morado y no iba a hacer juego con él. Joder, que podía llevarme un puñetazo en el ojo.

     ¿Y la curiosidad? La tenía, claro está, y eso sin ser gato. ¿Sólo había crecido la caja o lo de dentro también? Pues no lo sabía. Agité la caja creando un ritmo que nadie bailó, porque miré a mi alrededor y estaba solo, como siempre, en medio de esa carretera infinita. Lo que había dentro chocó con las paredes de la caja, rodaba y volvía a chocar. Efectivamente, la cagué. La caja explotó, a la mierda el cartón y a la mierda el hilo rojo. A la mierda yo, que acabé otra vez en una cuneta esperando ser un naranjo. Levanté la mirada y sólo veía una luz que se iba haciendo cada vez más y más grande, como la cajita. Levanté el resto del cuerpo y, como siempre, a correr, casi a volar como un cuervo con plumas nuevas. Ya una vez había roto un aleph y el resultado no fue emocionalmente agradable. Esta vez creé un big bang. En mi carrera me pasaban por encima estrellas, que subían al cielo esperando que alguien se suicidase hacia ellas, planetas hechos de tu piel esperando anillos de verdad. Joder, si hasta pequeños asteroides hechos de mierda impregnaron el aire. Ya podrían haberme regalado un mar.

     Me escondí detrás de una roca, a una distancia prudente pero no aburrida. Y ahí estaba ese torrente de luz llenando mi cielo morado de cosas. Pasaban minutos, horas, y no se acababa nunca. Dejé de mirar, aburrido, aunque la tentación de echar un vistazo aparecía cada 41 segundos más o menos. Ahí estaba, detrás de esa roca, pensando, y alejándome cada vez más mientras yo subía dentro de un marco de foto hasta el cielo, como todos los recuerdos que salieron. Cuando ya era sólo una hormiga detrás de un terrón de azúcar, me concentré en seguir subiendo y paseando entre ti, tus imágenes, planetas, estrellas, lunas y mucha mierda. Pensé que me iba a morir porque en el espacio no hay oxígeno, así que directamente me concentré en no respirar. Me llamaron al móvil, que ni siquiera sabía que lo tenía. Tan extrañado como un perro que ladra a la puerta en mitad de la noche, lo cogí.

     –¿Qué haces?
     –Subir –contesté.
     –Pues baja.

     No sabía quién era y por qué dependía tanto de mí. Tal vez sí que debiera bajar y, sea quien sea, explicarle que no hay que interrumpir a nadie en medio de un regalo. Hay quien tiene muñecas y las llaman Pipa, hay quien tiene perros. Otros que no se levantan a abrir regalos y se quedan en la cama pensando qué demonios son y que buscan las respuestas en las lágrimas. Hay otros que están en la cama también regalándose sueños de amor y muerte. Y estoy yo, que he tenido tanta suerte que he sabido hacer un mundo de cada regalo que me han dado. Y joder, gracias.

   

martes, 13 de diciembre de 2016

Dogma

Quédate,
ya que vienes despeiná
por encontrarte la tormenta y el mar,
tú, que eres arte y nada más.
Quédate,
ya que tienes a la luna
por enamorarla entre tanto cubo de basura,
tú, que eres tu piel y tu dulzura.

Tápate,
ya que puedo leer tu cuerpo
por enseñarme el lenguaje de los ciegos,
tú, que eres infierno y eres hielo.
Tápate,
ya que han cosido este cielo morado
por saber que entre tanta tela hay un mundo debajo,
tú, que eres religión y eres el diablo.

Tú, ven y...
Enséñame una canción que no hable de ti
y dejaré de creer en la música.
Dime otra persona que haya estado aquí
y dejaré de creer que eres la única.

Quédate,
ya que has hecho el camino
por querer prender las brasas frotando dos destinos,
tú, que eres alma libre y cuerpo mío.
Quédate,
ya que han salido las estrellas
por hacer de esta noche más pintura y menos poemas,
tú, que eres verso y eres letras.

Hasta el amanecer,
ya que quiero desayunarte
por si acaso no te he comido ya bastante,
tú, que eres mil sabores y lo sabes.
Hasta el amanecer,
ya que hoy no saldrá el sol
por no hacerte sombra entre tanto corazón,
tú, que eres diosa y eres religión.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Las buenas costumbres

     La cena no me ha salido muy bien, pero es normal, la cocina nunca ha sido lo mío, pese a que veo varios programas. Puro entretenimiento. Jugueteo con las verduras, moviéndolas con el tenedor por todo el plato, lo que sea para hacer menos incómodo este silencio. Hay verde, hay morado, hay rojo, hay naranja. No levanto mucho la vista, pero puedo ver que tu plato está intacto. Otra vez. Se me ha quitado el hambre. Otra vez. Bebo lo que queda de agua y me levanto, recojo la mesa, tiro las sobras y friego yo los platos. Otra vez.

     Me voy solo al sofá. Está muy frío ahora que empieza el otoño. En la televisión no ponen nada interesante, al menos no para mí. Aún así sigo viéndola, esperando encontrar embobado algo que me entretenga. Le deben quedar pocas pilas al mando, así que aprieto los botones con fuerza, como si eso sirviese para todo: el mando, la vida... La casa, casi a oscuras, se ha vuelto azul por la luz que desprende el aparato. No vienes y la tele no me hace la suficiente compañía. Nadie se queja de que deje puesta una serie malísima, o de que haga demasiado zapping. Nadie se queja de que nunca dejo nada hasta el final. Yo me quejo de este silencio.

     No aguanto este tedio, apago el televisor y me voy a dormir, solo. Está muy fría la cama ahora que empieza el otoño, aunque esas sábanas blancas más bien hacen un invierno, un vacío infinito que no proyecta ninguna sombra y en el que siempre estoy cayendo. Dejo tu lado de la cama intacto, por si decidieras tumbarte. Sé que no va a suceder, sé que me va a costar soñar, pese al sueño que tengo y las ganas de soñarte aquí que se me desbordan por los ojos. La cama es pequeña, pero la distancia es tan grande. Cama para dos para uno. Luna y estrellas de Madrid para nosotros dos para uno. Amanecer para uno. Tu lado de la cama sigue frío. Me da pereza y pesadumbre levantarme, es todo tan gris que se le ha contagiado al cielo y mirar por la ventana es como mirarse a un espejo. Miro el teléfono, ningún mensaje, ninguna llamada y poca batería.

     Llorar en la ducha es tan inútil como soplar en un huracán. Simplemente por eso no lo hago. El agua está caliente ahora que empieza el otoño tan frío. Entre gota y gota pienso que ojalá vinieses a la ducha. O que no vinieses pero que al menos te quejases de cómo lo dejo todo. Ropa en el suelo, azulejos y espejo empañados, pelos en el desagüe. No sé, algo. No me molesto en limpiar el espejo porque no hay nada que ver. Si lo hiciese, se vería borroso, más real. Nada que ver. Voy a preparar el café. Mientras se enfrían las tazas voy a terminar de vestirme. Tu taza sigue intacta. Mejor, así tendré café para más tarde. Huele tan bien como se ve tu piel. El humo sale de las tazas como un fantasma silencioso, como un recuerdo. Te bebo y pienso que soy gilipollas. Pienso que tengo que perder la costumbre de hacer cena para dos, la costumbre de esperar hacer cosas contigo, tengo que perder la costumbre de hacerte el café.

     Tal vez lo mejor para todos sería que me acostumbrase a ver que hace unos años que te fuiste.


jueves, 20 de octubre de 2016

Cita romántica en Chernóbil

Tus labios son niebla y no quiero ver.
Quiero ser tu carita del revés.
La radiactividad de tu cuerpo desolado
me convierte en un mutante enamorado.

Preparamos el picnic en un parque abandonado,
treparé por la noria, gritaré a los reactores destrozados.
Saldrá la luna verde brillante y se deslizarán
los tentáculos por debajo del traje de seguridad.

No echo de menos tener sólo dos brazos para abrazarte,
dos pies me parecían pocos para seguirte a cualquier parte,
y quien tuviera los ojos como yo para verte siempre desnuda,
y tantos oídos para escucharte incluso cuando me susurras:
“quiéreme monstruosamente como no lo ha hecho nadie”.

Tu pelo son nubes y va a llover.
Quiero ser tu carita del revés.
Plutonio, uranio, son parte de nuestro cielo,
que caiga la radiación mientras bailan nuestros huesos.

Vamos a desayunar a la orilla del lago,
usaré mis aletas, ya estoy acostumbrado al fango.
Saldrá el sol rojo brillante y nos traerá
pájaros mutantes que nos cantarán:

No echan de menos pocos brazos para abrazarse,
con tantos pies van juntos a cualquier parte,
y quien tuviera sus ojos para ver siempre lo especial
que se pone ella cuando empieza a susurrar:
“quiéreme monstruosamente como no lo ha hecho nadie
y como nadie lo hará.”



lunes, 10 de octubre de 2016

Lugares

     Hay lugares en los que no me gustaría estar. Cayendo desde un séptimo piso. En mitad de la trayectoria de una bala. En una cazuela gigante esperando a ser comido por caníbales. Perdido en mitad de un bosque. Haciendo un examen cualquiera de una materia infinita. En un avión que está a punto de estrellarse. Surfeando, o intentándolo, en un tsunami. Haciendo puenting sin cuerda. En carnaval sin disfraz. Delante de un espejo que me diga siempre la verdad. A punto de tomar veneno...

     Sin embargo, hay otros lugares en los que estaría sin dudar.

     Esperando abajo para cogerte si eres tú la que se cae desde un séptimo piso. En mitad de la trayectoria de una bala si así impido que llegue hasta su final, que está en tu piel. Entre el grupo de caníbales que observa impaciente una cazuela gigante en la que tú estás dentro. Perdido en un bosque si tus brazos son la tienda de campaña que necesito y tus ojos las estrellas que me guían. Haciendo un examen si todas las preguntas son sobre tu vida y tus virtudes. En un avión que está a punto de estrellarse si lo hace en una isla desierta y tú estás conmigo. Surfeando, o intentándolo, en un tsunami que esté hecho de tu saliva. Estaría en ese espacio de aire que ocupa la cuerda que se estira mientras eres tú la que hace puenting. En carnaval sólo con mi disfraz de piel si va a juego con el tuyo. Delante de ti diciéndome la verdad. Bebiendo el veneno que son tus besos...

     El caso es que, creo yo, queda claro lo que quiero decir, ¿no? Mi casa está donde estás tú. (Asomado a una ventana donde se vea un corazón.)


lunes, 26 de septiembre de 2016

(Mi) Stardust

Salté un muro con el único miedo de no volver,
sin importar las brujas, sólo desaparecer.
No me sirven tus ojos si al mirarnos
no nos entendemos, si me estoy ahogando.

No sé qué hago aquí ni cómo he llegado,
creo que me trajo un pirata volando
y desde aquí, te veo temblando.
Me pides que vaya a buscarla,
si es por amor, no hará falta encadenarla.
Me seguirá al son de los rayos chocando
contra nuestras espaldas.

Se cayó la estrella y la fui a buscar
para irme a encontrar
con las farolas de tu barrio.
Y ahora que voy de morado
ya sé de qué color pintar
lo que no hemos borrado.

Fuimos todos a una siguiendo su estela,
quién se encontró una luz, quién una vela.
No me sirve vivir contigo ochenta años
si más que reír, siempre estoy llorando.

Ya no sé quién soy ni cuál es mi suerte,
seguro que darle por culo a la muerte
y que se olvide de nuestras caras.
Si quiere llevarnos se va a encontrar de frente
con una lluvia de espadas
que va a hacer temblar toda una ciudad
y después nosotros la cama.

Se cayó la estrella y la fui a buscar
para irme a encontrar
con las farolas de tu barrio.
Y ahora que voy de morado
ya sé de qué color pintar
lo que no hemos borrado
y que hoy he recordado
tal vez por tu ausencia,
tal vez por mi carencia
o mi apetencia al pasado...


Pero no quería estar allí.