Verde el viento, verde las ramas,
y yo... cociendo las migrañas
del galope, de tu espalda
que no descansa
entre tanta luna de plata,
no se te cierran los mares,
no sueñas con espuma blanca
y yo... me voy lamiendo la sangre
de cortarme con las hojas
para que salgan las palabras,
verdes las horas, verde tu carne,
trae el aire de las montañas
sombras de las flores,
de las frutas el aroma
y yo... entre versos y tus ganas
de que te bese en la garganta,
la saliva que te arañe
el fuego de las entrañas
que pregunta que por dónde
voy a venir mañana
sujetando velas y con su cera
y yo... haré espinas que atraviesan
corazones que derraman
algunos gritos y algunas penas
pero tengo tantas letras
que te puedo hacer una cama
caliente como una forja
para que duermas hasta el alba,
verdes las estrellas
que se enredan en mis canas
y yo... sólo te pido que leas
lo que traigo entre el recuerdo,
un pensamiento que aguanta
como el verde de tu cielo
igual que son tus sábanas
al viento que se las queda.
domingo, 11 de junio de 2017
martes, 18 de abril de 2017
Alergia (o una noche de perros)
Cuando es que no, es que
no. Me lo dijo alguien, no sé quién, ya quisiera acordarme con
tanta estima de una persona que me da tan buenos consejos. Seguro que
él sí se acuerda de mí, o no, quién sabe. Pero era que no. Hay
algo conjurando para que ese no se cumpla, y esa vez no fue mi noche.
Había algo, no sé el qué, confabulado con el universo para que se
abriese un agujero negro en una parte de mí. En mis tripas, como
cuando te acaban de dejar, sólo que esta vez simplemente era el
hambre. Y cuando llama, se le hace caso. Estaba solo y no tenía (ni
tengo, en presente) ni puta idea de cocinar, pero vaya, siempre hay
algo en el frigorífico. Le eché un ojo oscuro como la noche a un
par de yogures, marca blanca, de macedonia. Para cenar irían bien.
Llevaban unos tres días caducados, pero de esa mierda nadie se
muere, y suelo tener mala suerte, pero no tanta. Parece mentira que
un yogur de macedonia, la orgía de las frutas, la bacanal de lo
saludable, fuese de color blanco, pero vaya, ya lo avisaba el envase,
nada de colorantes. Qué noche más negra y qué yogures tan blancos.
Como buen jueves santo por la noche, encontraría miles de películas interesantes en la TV, como Barrabás o Ben-Hur, incluso Los diez mandamientos. En efecto, ahí estaba la última. Así que directamente apagué el dichoso aparato y me tiré en la cama a leer a Kazantzakis y su Zorba. Ojalá todos fuésemos, o al menos tuviésemos a un personaje así en nuestras vidas. Estaría en la calle, seguramente, con una guitarra española cual macedonio o griego con su santuri, y a la mierda los yogures y bienvenido sea el ouzo. Pero no, no era la noche. No estaba en una costa cretense, estaba en mi habitación, triste y amarilla, pero contento y apacible por la buena lectura y el sabor afrutado en los labios.
Ya empezaban los párpados a echarse de menos, lo que pude traducir como cerrar la luz y apagar el libro y meterme en la cama. Litoral cretense o no, aquello era como estar en el Olimpo. No hay nada mejor que coger una cama con sueño, es como follar con ganas, pero no quería pensar nada de eso para que no se desvelaran ni mi entrepierna ni mi corazón. Otro que tenía los párpados bien abiertos debía ser mi vecino, fruto de las entrañas de una meretriz, que echó los acordes balcánicos de mi cabeza para insuflarla con reggaeton puro y duro. Tenía dos opciones, o tapones para los oídos o dos hostias al muy deficiente. Pero no me apetecía ni lo uno ni lo otro. Ponerse tapones es no dejar respirar al cerebro por un lado y no dejar que entren los sueños por otro. Y claro, si subía en busca de gresca con mi pijama de Batman, iba a causar más carcajadas que dolor, y vaya quijotada. Me deshice de la violencia que envolvía mi aura pacífica y cansada y me deshice del pijama también. Me vestí dispuesto a caminar en procesión, algo muy acertado dada la fecha de mis desvelos, por mi barrio, con el destino marcado donde dice la punta de la nariz, siempre a la derecha.
Era casi media noche cuando yo, lejos de la violencia casera que me había abrumado hace unos minutos, fui testigo de más violencia, y es que parece que el ser humano no puede escapar de ella. Como si Lorca viviese entre nosotros, vi a dos gitanos a punto de pelearse entre ellos, seguramente por el amor de la gitanilla que estaba entre ellos, de rodillas y llorando para que no se peleasen. Por lo que deduje de sus gritos (y desde lejos, que me crucé la calle) eran familia. Mentaron bastante ambos a sus familiares difuntos, y uno de ellos exclamó algo de su bolsa escrotal y de su valentía. Como si el Lorca malhablado estuviese narrando la escena, vi como la Luna, presumida, se quiso reflejar en algo de acero que extrajo uno de los gitanos de su pantalón. Era tan típico que llevase una navaja que me sorprendió lo manido del asunto. Ninguno llevaba camisa blanca, y si llegaron a sangrar no lo sé, sólo sé que un grito agudo de la chica se ahogó entre la oscuridad húmeda de la noche.
Yo seguía caminando, pensando ahora en Lorca y en las sirenas que se empezaron a escuchar. Si hubiesen sido caballos... pero cuando es que no, es que no, si ya me lo dijo un amigo, supongo. Las sirenas se pararon en el lugar de la pelea, pero las luces rompieron el silencio para anunciar que el altercado había sido allí. Tenía la mente en la comodidad, blandura y calor de mi destino, tenía ya la sal entre los dedos y una mirada clara me estaba esperando tanto como otra me estaba persiguiendo. Y allí, entre dos tierras, el Lorca de mi cabeza y yo fuimos detenidos por un elegante señor vestido de azul. Me quiso hacer preguntas sobre la pelea. Yo, que lo había visto todo desde lejos, le dije:
YO:
Corre, corre, corre
el hilo hasta aquí.
Cubiertos de barro
los siento venir.
¡Cuerpos estirados,
paños de marfil!
POLICÍA:
¿Qué dices?
YO:
Yo los vi; pronto llegan: dos torrentes
quietos al fin entre las piedras grandes,
dos hombres en las patas del caballo.
Muertos en la hermosura de la noche.(Con delectación.)
Muertos sí, muertos.
POLICÍA:
¿Estás bien?
YO:
Sí, perdone, es la medicación de la alergia.
Total, que el policía se pensó que le estaba vacilando, y me llevó a comisaria. Lorca se fue, seguro que con Kazantzakis, porque ya sabe que estas cosas nunca acaban bien. No tenía muy claro qué hacía allí, si me iban a detener por literato o es que era un testigo poco protegido. Estuve sentado un buen rato en una especie de sala de espera, en unas sillas azules poco cómodas y con carteles acusatorios por todos los lados. Mientras estaba allí entró un tipo alto, muy alto, y delgado. Llevaba un chándal viejo y olía a cerveza (y a más cosas). La sala estaba vacía, pero se sentó a mi lado. Era ya algo mayor el hombre, pero enseguida supe que era de esos que habían vivido lo suyo, los que hacen interesantes las historias, los que seguramente se han enamorado tantas veces como días tiene la semana, de los que montan a caballo salvajemente, de los que se puede escribir algo si te paras a observarlos en Amposta, de...
–¿Me estás mirando, hijoputa? –me dijo.
Y no contesté, porque su puño vino directamente a mi cara, ya cansada a esas alturas de la noche y con ganas de dormir. No sé de dónde sacó tanta fuerza un hombre con unos brazos gruesos como espaguetis, pero vaya si la tenía. Me manché la camisa azul de sangre. Cuando vino el policía y me vio la nariz hinchada y sangrando me dijo:
–Joder con la alergia, ¿no?
Me dejó irme, bastante castigo le pareció que tuve ya. Quería que acabase la noche, tenía ganas de bragueta, teta y revolcón, porque el golpe me había espabilado y las farolas me llevaron haciendo un camino de luces hasta mi destino. Porque aún quedaba algo de noche y esperaba aprovecharla, pero cuando es que no, es que no.
Como buen jueves santo por la noche, encontraría miles de películas interesantes en la TV, como Barrabás o Ben-Hur, incluso Los diez mandamientos. En efecto, ahí estaba la última. Así que directamente apagué el dichoso aparato y me tiré en la cama a leer a Kazantzakis y su Zorba. Ojalá todos fuésemos, o al menos tuviésemos a un personaje así en nuestras vidas. Estaría en la calle, seguramente, con una guitarra española cual macedonio o griego con su santuri, y a la mierda los yogures y bienvenido sea el ouzo. Pero no, no era la noche. No estaba en una costa cretense, estaba en mi habitación, triste y amarilla, pero contento y apacible por la buena lectura y el sabor afrutado en los labios.
Ya empezaban los párpados a echarse de menos, lo que pude traducir como cerrar la luz y apagar el libro y meterme en la cama. Litoral cretense o no, aquello era como estar en el Olimpo. No hay nada mejor que coger una cama con sueño, es como follar con ganas, pero no quería pensar nada de eso para que no se desvelaran ni mi entrepierna ni mi corazón. Otro que tenía los párpados bien abiertos debía ser mi vecino, fruto de las entrañas de una meretriz, que echó los acordes balcánicos de mi cabeza para insuflarla con reggaeton puro y duro. Tenía dos opciones, o tapones para los oídos o dos hostias al muy deficiente. Pero no me apetecía ni lo uno ni lo otro. Ponerse tapones es no dejar respirar al cerebro por un lado y no dejar que entren los sueños por otro. Y claro, si subía en busca de gresca con mi pijama de Batman, iba a causar más carcajadas que dolor, y vaya quijotada. Me deshice de la violencia que envolvía mi aura pacífica y cansada y me deshice del pijama también. Me vestí dispuesto a caminar en procesión, algo muy acertado dada la fecha de mis desvelos, por mi barrio, con el destino marcado donde dice la punta de la nariz, siempre a la derecha.
Era casi media noche cuando yo, lejos de la violencia casera que me había abrumado hace unos minutos, fui testigo de más violencia, y es que parece que el ser humano no puede escapar de ella. Como si Lorca viviese entre nosotros, vi a dos gitanos a punto de pelearse entre ellos, seguramente por el amor de la gitanilla que estaba entre ellos, de rodillas y llorando para que no se peleasen. Por lo que deduje de sus gritos (y desde lejos, que me crucé la calle) eran familia. Mentaron bastante ambos a sus familiares difuntos, y uno de ellos exclamó algo de su bolsa escrotal y de su valentía. Como si el Lorca malhablado estuviese narrando la escena, vi como la Luna, presumida, se quiso reflejar en algo de acero que extrajo uno de los gitanos de su pantalón. Era tan típico que llevase una navaja que me sorprendió lo manido del asunto. Ninguno llevaba camisa blanca, y si llegaron a sangrar no lo sé, sólo sé que un grito agudo de la chica se ahogó entre la oscuridad húmeda de la noche.
Yo seguía caminando, pensando ahora en Lorca y en las sirenas que se empezaron a escuchar. Si hubiesen sido caballos... pero cuando es que no, es que no, si ya me lo dijo un amigo, supongo. Las sirenas se pararon en el lugar de la pelea, pero las luces rompieron el silencio para anunciar que el altercado había sido allí. Tenía la mente en la comodidad, blandura y calor de mi destino, tenía ya la sal entre los dedos y una mirada clara me estaba esperando tanto como otra me estaba persiguiendo. Y allí, entre dos tierras, el Lorca de mi cabeza y yo fuimos detenidos por un elegante señor vestido de azul. Me quiso hacer preguntas sobre la pelea. Yo, que lo había visto todo desde lejos, le dije:
YO:
Corre, corre, corre
el hilo hasta aquí.
Cubiertos de barro
los siento venir.
¡Cuerpos estirados,
paños de marfil!
POLICÍA:
¿Qué dices?
YO:
Yo los vi; pronto llegan: dos torrentes
quietos al fin entre las piedras grandes,
dos hombres en las patas del caballo.
Muertos en la hermosura de la noche.(Con delectación.)
Muertos sí, muertos.
POLICÍA:
¿Estás bien?
YO:
Sí, perdone, es la medicación de la alergia.
Total, que el policía se pensó que le estaba vacilando, y me llevó a comisaria. Lorca se fue, seguro que con Kazantzakis, porque ya sabe que estas cosas nunca acaban bien. No tenía muy claro qué hacía allí, si me iban a detener por literato o es que era un testigo poco protegido. Estuve sentado un buen rato en una especie de sala de espera, en unas sillas azules poco cómodas y con carteles acusatorios por todos los lados. Mientras estaba allí entró un tipo alto, muy alto, y delgado. Llevaba un chándal viejo y olía a cerveza (y a más cosas). La sala estaba vacía, pero se sentó a mi lado. Era ya algo mayor el hombre, pero enseguida supe que era de esos que habían vivido lo suyo, los que hacen interesantes las historias, los que seguramente se han enamorado tantas veces como días tiene la semana, de los que montan a caballo salvajemente, de los que se puede escribir algo si te paras a observarlos en Amposta, de...
–¿Me estás mirando, hijoputa? –me dijo.
Y no contesté, porque su puño vino directamente a mi cara, ya cansada a esas alturas de la noche y con ganas de dormir. No sé de dónde sacó tanta fuerza un hombre con unos brazos gruesos como espaguetis, pero vaya si la tenía. Me manché la camisa azul de sangre. Cuando vino el policía y me vio la nariz hinchada y sangrando me dijo:
–Joder con la alergia, ¿no?
Me dejó irme, bastante castigo le pareció que tuve ya. Quería que acabase la noche, tenía ganas de bragueta, teta y revolcón, porque el golpe me había espabilado y las farolas me llevaron haciendo un camino de luces hasta mi destino. Porque aún quedaba algo de noche y esperaba aprovecharla, pero cuando es que no, es que no.
lunes, 6 de febrero de 2017
Charcos de sangre
Por vivir entre tus costillas,
por morirme en tus rodillas,
por tu boca de algodón.
Por todas las heridas
que sangran las pesadillas
y no cura ni tu alcohol.
Porque un cactus no se pudra
y porque no sea mi culpa,
es que a veces no soy yo.
Por si hiciese como una luna
y dejase tu cama entre las dudas,
lo siento, es que no sé ser dos.
Hay en el suelo torres con espadas
que resuenan en mis pisadas y ya ves,
tengo charcos de sangre bajo los pies.
Donde las cruces no se ahogan,
y es que no pasas mis horas, no lo sé,
no está hecho el hambre para este querer.
Por resucitar en tus latidos,
porque se copien los míos
y no suenen tan mal.
Por ser un ave sin nido
hasta que fuiste un abrigo
en las ruinas de mi ciudad.
Porque siga naciendo la primavera
por donde pasas mis poemas
y que no haya que regar.
Porque te prefiero seca y de arena
antes que afilando venas
que no sé nadar.
Hay en el suelo torres con espadas
que me ganan la batalla y ya ves,
tengo charcos de sangre bajo los pies,
por no ser más listo que el hambre, no lo sé,
pero es que pasan las horas, las prisas me ahogan,
no está hecho el tiempo para este querer.
por morirme en tus rodillas,
por tu boca de algodón.
Por todas las heridas
que sangran las pesadillas
y no cura ni tu alcohol.
Porque un cactus no se pudra
y porque no sea mi culpa,
es que a veces no soy yo.
Por si hiciese como una luna
y dejase tu cama entre las dudas,
lo siento, es que no sé ser dos.
Hay en el suelo torres con espadas
que resuenan en mis pisadas y ya ves,
tengo charcos de sangre bajo los pies.
Donde las cruces no se ahogan,
y es que no pasas mis horas, no lo sé,
no está hecho el hambre para este querer.
Por resucitar en tus latidos,
porque se copien los míos
y no suenen tan mal.
Por ser un ave sin nido
hasta que fuiste un abrigo
en las ruinas de mi ciudad.
Porque siga naciendo la primavera
por donde pasas mis poemas
y que no haya que regar.
Porque te prefiero seca y de arena
antes que afilando venas
que no sé nadar.
Hay en el suelo torres con espadas
que me ganan la batalla y ya ves,
tengo charcos de sangre bajo los pies,
por no ser más listo que el hambre, no lo sé,
pero es que pasan las horas, las prisas me ahogan,
no está hecho el tiempo para este querer.
jueves, 12 de enero de 2017
La chica de las lágrimas
Ella es la reina de la tristeza,
está aprendiendo a sangrar ahora.
Tiene en la cara perlas
y un collar de uñas rotas.
Quiere desaparecer,
pero pesan las mariposas.
Ella es la chica sin sonrisa,
le está doliendo el tiempo.
Tiene canciones de brisa
para momentos secos.
Entre los dedos una colilla
para borrar el sabor de los besos.
Ella es la princesa de los dramas,
ya la conocen en Madrid.
Tiene alcohol y tiene fama
pero está más rota que un abril.
“La llorona” de Malasaña,
es poemas sin escribir.
Cuántos trozos de ti
me trae este viento.
Estás hecha de mí
y un poco de mis miedos.
está aprendiendo a sangrar ahora.
Tiene en la cara perlas
y un collar de uñas rotas.
Quiere desaparecer,
pero pesan las mariposas.
Ella es la chica sin sonrisa,
le está doliendo el tiempo.
Tiene canciones de brisa
para momentos secos.
Entre los dedos una colilla
para borrar el sabor de los besos.
Ella es la princesa de los dramas,
ya la conocen en Madrid.
Tiene alcohol y tiene fama
pero está más rota que un abril.
“La llorona” de Malasaña,
es poemas sin escribir.
Cuántos trozos de ti
me trae este viento.
Estás hecha de mí
y un poco de mis miedos.
martes, 27 de diciembre de 2016
El regalo
Inquietante como la comodidad de un ataúd. Miraba la cajita,
pequeña, como quien mira un inmenso maizal deseando entrar en él
pero con miedo a perderse. Esa cajita, como un muerto que se hace
cada vez más grande y más guapo cuánto más muerto está, esa
cajita que poco a poco crecía hasta que la cogí con mis manos. Mis
manos que no eran gran cosa, que a veces sudan cataratas y a veces
raspan como una cama de fakir donde se agujerean los sueños, con mis
manos detuve el engrandecimiento. Abrirla era otra cosa. Para ello
había que tirar de un extremo del lazo rojo. Personalmente, no seré
yo quien se atreva a ello, deshacer un nudo rojo no parece una buena
idea, ahora que el cielo se estaba volviendo morado y no iba a hacer
juego con él. Joder, que podía llevarme un puñetazo en el ojo.
¿Y la curiosidad? La tenía, claro está, y eso sin ser gato. ¿Sólo había crecido la caja o lo de dentro también? Pues no lo sabía. Agité la caja creando un ritmo que nadie bailó, porque miré a mi alrededor y estaba solo, como siempre, en medio de esa carretera infinita. Lo que había dentro chocó con las paredes de la caja, rodaba y volvía a chocar. Efectivamente, la cagué. La caja explotó, a la mierda el cartón y a la mierda el hilo rojo. A la mierda yo, que acabé otra vez en una cuneta esperando ser un naranjo. Levanté la mirada y sólo veía una luz que se iba haciendo cada vez más y más grande, como la cajita. Levanté el resto del cuerpo y, como siempre, a correr, casi a volar como un cuervo con plumas nuevas. Ya una vez había roto un aleph y el resultado no fue emocionalmente agradable. Esta vez creé un big bang. En mi carrera me pasaban por encima estrellas, que subían al cielo esperando que alguien se suicidase hacia ellas, planetas hechos de tu piel esperando anillos de verdad. Joder, si hasta pequeños asteroides hechos de mierda impregnaron el aire. Ya podrían haberme regalado un mar.
Me escondí detrás de una roca, a una distancia prudente pero no aburrida. Y ahí estaba ese torrente de luz llenando mi cielo morado de cosas. Pasaban minutos, horas, y no se acababa nunca. Dejé de mirar, aburrido, aunque la tentación de echar un vistazo aparecía cada 41 segundos más o menos. Ahí estaba, detrás de esa roca, pensando, y alejándome cada vez más mientras yo subía dentro de un marco de foto hasta el cielo, como todos los recuerdos que salieron. Cuando ya era sólo una hormiga detrás de un terrón de azúcar, me concentré en seguir subiendo y paseando entre ti, tus imágenes, planetas, estrellas, lunas y mucha mierda. Pensé que me iba a morir porque en el espacio no hay oxígeno, así que directamente me concentré en no respirar. Me llamaron al móvil, que ni siquiera sabía que lo tenía. Tan extrañado como un perro que ladra a la puerta en mitad de la noche, lo cogí.
–¿Qué haces?
–Subir –contesté.
–Pues baja.
No sabía quién era y por qué dependía tanto de mí. Tal vez sí que debiera bajar y, sea quien sea, explicarle que no hay que interrumpir a nadie en medio de un regalo. Hay quien tiene muñecas y las llaman Pipa, hay quien tiene perros. Otros que no se levantan a abrir regalos y se quedan en la cama pensando qué demonios son y que buscan las respuestas en las lágrimas. Hay otros que están en la cama también regalándose sueños de amor y muerte. Y estoy yo, que he tenido tanta suerte que he sabido hacer un mundo de cada regalo que me han dado. Y joder, gracias.
¿Y la curiosidad? La tenía, claro está, y eso sin ser gato. ¿Sólo había crecido la caja o lo de dentro también? Pues no lo sabía. Agité la caja creando un ritmo que nadie bailó, porque miré a mi alrededor y estaba solo, como siempre, en medio de esa carretera infinita. Lo que había dentro chocó con las paredes de la caja, rodaba y volvía a chocar. Efectivamente, la cagué. La caja explotó, a la mierda el cartón y a la mierda el hilo rojo. A la mierda yo, que acabé otra vez en una cuneta esperando ser un naranjo. Levanté la mirada y sólo veía una luz que se iba haciendo cada vez más y más grande, como la cajita. Levanté el resto del cuerpo y, como siempre, a correr, casi a volar como un cuervo con plumas nuevas. Ya una vez había roto un aleph y el resultado no fue emocionalmente agradable. Esta vez creé un big bang. En mi carrera me pasaban por encima estrellas, que subían al cielo esperando que alguien se suicidase hacia ellas, planetas hechos de tu piel esperando anillos de verdad. Joder, si hasta pequeños asteroides hechos de mierda impregnaron el aire. Ya podrían haberme regalado un mar.
Me escondí detrás de una roca, a una distancia prudente pero no aburrida. Y ahí estaba ese torrente de luz llenando mi cielo morado de cosas. Pasaban minutos, horas, y no se acababa nunca. Dejé de mirar, aburrido, aunque la tentación de echar un vistazo aparecía cada 41 segundos más o menos. Ahí estaba, detrás de esa roca, pensando, y alejándome cada vez más mientras yo subía dentro de un marco de foto hasta el cielo, como todos los recuerdos que salieron. Cuando ya era sólo una hormiga detrás de un terrón de azúcar, me concentré en seguir subiendo y paseando entre ti, tus imágenes, planetas, estrellas, lunas y mucha mierda. Pensé que me iba a morir porque en el espacio no hay oxígeno, así que directamente me concentré en no respirar. Me llamaron al móvil, que ni siquiera sabía que lo tenía. Tan extrañado como un perro que ladra a la puerta en mitad de la noche, lo cogí.
–¿Qué haces?
–Subir –contesté.
–Pues baja.
No sabía quién era y por qué dependía tanto de mí. Tal vez sí que debiera bajar y, sea quien sea, explicarle que no hay que interrumpir a nadie en medio de un regalo. Hay quien tiene muñecas y las llaman Pipa, hay quien tiene perros. Otros que no se levantan a abrir regalos y se quedan en la cama pensando qué demonios son y que buscan las respuestas en las lágrimas. Hay otros que están en la cama también regalándose sueños de amor y muerte. Y estoy yo, que he tenido tanta suerte que he sabido hacer un mundo de cada regalo que me han dado. Y joder, gracias.
martes, 13 de diciembre de 2016
Dogma
Quédate,
ya que vienes despeiná
por encontrarte la tormenta y el mar,
tú, que eres arte y nada más.
Quédate,
ya que tienes a la luna
por enamorarla entre tanto cubo de basura,
tú, que eres tu piel y tu dulzura.
Tápate,
ya que puedo leer tu cuerpo
por enseñarme el lenguaje de los ciegos,
tú, que eres infierno y eres hielo.
Tápate,
ya que han cosido este cielo morado
por saber que entre tanta tela hay un mundo debajo,
tú, que eres religión y eres el diablo.
Tú, ven y...
Enséñame una canción que no hable de ti
y dejaré de creer en la música.
Dime otra persona que haya estado aquí
y dejaré de creer que eres la única.
Quédate,
ya que has hecho el camino
por querer prender las brasas frotando dos destinos,
tú, que eres alma libre y cuerpo mío.
Quédate,
ya que han salido las estrellas
por hacer de esta noche más pintura y menos poemas,
tú, que eres verso y eres letras.
Hasta el amanecer,
ya que quiero desayunarte
por si acaso no te he comido ya bastante,
tú, que eres mil sabores y lo sabes.
Hasta el amanecer,
ya que hoy no saldrá el sol
por no hacerte sombra entre tanto corazón,
tú, que eres diosa y eres religión.
ya que vienes despeiná
por encontrarte la tormenta y el mar,
tú, que eres arte y nada más.
Quédate,
ya que tienes a la luna
por enamorarla entre tanto cubo de basura,
tú, que eres tu piel y tu dulzura.
Tápate,
ya que puedo leer tu cuerpo
por enseñarme el lenguaje de los ciegos,
tú, que eres infierno y eres hielo.
Tápate,
ya que han cosido este cielo morado
por saber que entre tanta tela hay un mundo debajo,
tú, que eres religión y eres el diablo.
Tú, ven y...
Enséñame una canción que no hable de ti
y dejaré de creer en la música.
Dime otra persona que haya estado aquí
y dejaré de creer que eres la única.
Quédate,
ya que has hecho el camino
por querer prender las brasas frotando dos destinos,
tú, que eres alma libre y cuerpo mío.
Quédate,
ya que han salido las estrellas
por hacer de esta noche más pintura y menos poemas,
tú, que eres verso y eres letras.
Hasta el amanecer,
ya que quiero desayunarte
por si acaso no te he comido ya bastante,
tú, que eres mil sabores y lo sabes.
Hasta el amanecer,
ya que hoy no saldrá el sol
por no hacerte sombra entre tanto corazón,
tú, que eres diosa y eres religión.
jueves, 10 de noviembre de 2016
Las buenas costumbres
La cena no me ha salido muy bien, pero es normal, la cocina
nunca ha sido lo mío, pese a que veo varios programas. Puro
entretenimiento. Jugueteo con las verduras, moviéndolas con el
tenedor por todo el plato, lo que sea para hacer menos incómodo este
silencio. Hay verde, hay morado, hay rojo, hay naranja. No levanto
mucho la vista, pero puedo ver que tu plato está intacto. Otra vez.
Se me ha quitado el hambre. Otra vez. Bebo lo que queda de agua y me
levanto, recojo la mesa, tiro las sobras y friego yo los platos. Otra
vez.
Me voy solo al sofá. Está muy frío ahora que empieza el otoño. En la televisión no ponen nada interesante, al menos no para mí. Aún así sigo viéndola, esperando encontrar embobado algo que me entretenga. Le deben quedar pocas pilas al mando, así que aprieto los botones con fuerza, como si eso sirviese para todo: el mando, la vida... La casa, casi a oscuras, se ha vuelto azul por la luz que desprende el aparato. No vienes y la tele no me hace la suficiente compañía. Nadie se queja de que deje puesta una serie malísima, o de que haga demasiado zapping. Nadie se queja de que nunca dejo nada hasta el final. Yo me quejo de este silencio.
No aguanto este tedio, apago el televisor y me voy a dormir, solo. Está muy fría la cama ahora que empieza el otoño, aunque esas sábanas blancas más bien hacen un invierno, un vacío infinito que no proyecta ninguna sombra y en el que siempre estoy cayendo. Dejo tu lado de la cama intacto, por si decidieras tumbarte. Sé que no va a suceder, sé que me va a costar soñar, pese al sueño que tengo y las ganas de soñarte aquí que se me desbordan por los ojos. La cama es pequeña, pero la distancia es tan grande. Cama para dos para uno. Luna y estrellas de Madrid para nosotros dos para uno. Amanecer para uno. Tu lado de la cama sigue frío. Me da pereza y pesadumbre levantarme, es todo tan gris que se le ha contagiado al cielo y mirar por la ventana es como mirarse a un espejo. Miro el teléfono, ningún mensaje, ninguna llamada y poca batería.
Llorar en la ducha es tan inútil como soplar en un huracán. Simplemente por eso no lo hago. El agua está caliente ahora que empieza el otoño tan frío. Entre gota y gota pienso que ojalá vinieses a la ducha. O que no vinieses pero que al menos te quejases de cómo lo dejo todo. Ropa en el suelo, azulejos y espejo empañados, pelos en el desagüe. No sé, algo. No me molesto en limpiar el espejo porque no hay nada que ver. Si lo hiciese, se vería borroso, más real. Nada que ver. Voy a preparar el café. Mientras se enfrían las tazas voy a terminar de vestirme. Tu taza sigue intacta. Mejor, así tendré café para más tarde. Huele tan bien como se ve tu piel. El humo sale de las tazas como un fantasma silencioso, como un recuerdo. Te bebo y pienso que soy gilipollas. Pienso que tengo que perder la costumbre de hacer cena para dos, la costumbre de esperar hacer cosas contigo, tengo que perder la costumbre de hacerte el café.
Tal vez lo mejor para todos sería que me acostumbrase a ver que hace unos años que te fuiste.
Me voy solo al sofá. Está muy frío ahora que empieza el otoño. En la televisión no ponen nada interesante, al menos no para mí. Aún así sigo viéndola, esperando encontrar embobado algo que me entretenga. Le deben quedar pocas pilas al mando, así que aprieto los botones con fuerza, como si eso sirviese para todo: el mando, la vida... La casa, casi a oscuras, se ha vuelto azul por la luz que desprende el aparato. No vienes y la tele no me hace la suficiente compañía. Nadie se queja de que deje puesta una serie malísima, o de que haga demasiado zapping. Nadie se queja de que nunca dejo nada hasta el final. Yo me quejo de este silencio.
No aguanto este tedio, apago el televisor y me voy a dormir, solo. Está muy fría la cama ahora que empieza el otoño, aunque esas sábanas blancas más bien hacen un invierno, un vacío infinito que no proyecta ninguna sombra y en el que siempre estoy cayendo. Dejo tu lado de la cama intacto, por si decidieras tumbarte. Sé que no va a suceder, sé que me va a costar soñar, pese al sueño que tengo y las ganas de soñarte aquí que se me desbordan por los ojos. La cama es pequeña, pero la distancia es tan grande. Cama para dos para uno. Luna y estrellas de Madrid para nosotros dos para uno. Amanecer para uno. Tu lado de la cama sigue frío. Me da pereza y pesadumbre levantarme, es todo tan gris que se le ha contagiado al cielo y mirar por la ventana es como mirarse a un espejo. Miro el teléfono, ningún mensaje, ninguna llamada y poca batería.
Llorar en la ducha es tan inútil como soplar en un huracán. Simplemente por eso no lo hago. El agua está caliente ahora que empieza el otoño tan frío. Entre gota y gota pienso que ojalá vinieses a la ducha. O que no vinieses pero que al menos te quejases de cómo lo dejo todo. Ropa en el suelo, azulejos y espejo empañados, pelos en el desagüe. No sé, algo. No me molesto en limpiar el espejo porque no hay nada que ver. Si lo hiciese, se vería borroso, más real. Nada que ver. Voy a preparar el café. Mientras se enfrían las tazas voy a terminar de vestirme. Tu taza sigue intacta. Mejor, así tendré café para más tarde. Huele tan bien como se ve tu piel. El humo sale de las tazas como un fantasma silencioso, como un recuerdo. Te bebo y pienso que soy gilipollas. Pienso que tengo que perder la costumbre de hacer cena para dos, la costumbre de esperar hacer cosas contigo, tengo que perder la costumbre de hacerte el café.
Tal vez lo mejor para todos sería que me acostumbrase a ver que hace unos años que te fuiste.
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